lunes, 19 de febrero de 2018

Las ciudades imposibles

El otro día algunos amigos (arquitectos, naturalmente) han hecho en twitter una (enésima) evocación/recomendación del famoso libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y la espinita que llevo clavada desde hace treinta y tantos años ha vuelto a punzarme: Yo, que me terminaba todos los libros por arduos que fueran y que fui capaz de leer todo lo que cayera en mis manos, no terminé Las ciudades invisibles.

Subo al altillo a buscar el libro y lo encuentro a la primera. (Y eso que ha sufrido dos mudanzas en estas tres décadas). Chapeau por mi desorden ordenado. Es este:


Edición de Minotauro, Barcelona, mayo de 1983. Traducido por Aurora Bernárdez. En la guarda escribí "Septiembre 1983" y mi nombre. Suelo poner dónde compré cada libro, o quién me lo regaló, pero aquí no dice nada. Bueno, la fecha, que no es poco. Tenía veintitrés años y estaba en quinto curso de arquitectura. Sí: recuerdo con una media sonrisa que este era un libro obligado más o menos a esa altura de carrera.

Lo abro y veo, incrédulo, que la señal -un billete de metro del día seis de septiembre de 1983- está en la página 169, a solo siete del final. ¿Cómo pude dejar la lectura ahí, a diez minutos de terminar el libro?


La señal marca el comienzo del capítulo "Las ciudades ocultas. 4" (dos páginas). Luego viene "Las ciudades ocultas. 5" (tres páginas. Bueno, dos páginas y cinco líneas); y por último un colofón (dos páginas. Bueno, una y media).

Veo que el reverso del billete tiene algo escrito y no reconozco mi letra. Me recuerda más a la de mi hermano. Pero no: Es la mía. Era la mía a los veintitrés años.


Pone:

1.- Árbol para esperar a Godot y, si llega el caso, suicidarse.
2.- Paseo caleidoscópico.

Lo leo y me doy mucha vergüenza retrospectiva. Y también mucha ternura. (Pero sobre todo vergüenza. Ay, qué estupendito era yo entonces). ¿Qué querría decir? No tengo la menor idea. Alguna buena ocurrencia para un proyecto o para un cuento. ¿Quién sabe? Yo era muy sesudo en mis proyectos. Y escribía cuentos. Era todo muy yatúsabeh. En fin.

Leo las siete páginas que me faltaban y termino así una tarea que quedó interrumpida y pendiente hace treinta y cuatro años y medio. Me quito la espina. Ya era hora. Misión cumplida. Al fin terminé el libro.

¿Y?

viernes, 16 de febrero de 2018

Simetría y no sé si física cuántica (y II)

Podríamos resumir de esta manera lo que hemos dicho en la entrada anterior: Nos movemos entre una asimetría íntima y una simetría pública.

La intimidad de la habitación humana es asimétrica, y el espacio público es simétrico. Pero también cuando alguien quiere hacerse un casoplón para impresionar a los vecinos o a los viandantes -es decir, para hacerlo público- es frecuente que lo diseñe con simetría especular, aunque para ello tenga que hacer una de dos: O darle al baño la misma ventana que al comedor o hacer dos baños y dos comedores simétricos. Por supuesto que ambas cosas de una manera innecesaria; tan solo por aparentar.

A nadie se le ocurre hacerse una casa así para estar a gusto y disfrutar.
El status, la dignidad ante terceros, la obligación de dar envidia
son cargas muy pesadas y muy duras. Hay que sufrir mucho
y aburrirse mucho -y renunciar a la intimidad- para mantener el listón tan alto.

Es el debate, del que ya hablamos, de la intimidad frente a la apariencia. Muchos -los simetristas- tienen la necesidad de aparentar en su vida privada, que de alguna forma deja de serlo para hacerse pública(1)(2). Y, desde luego, los edificios públicos tienen la obligación de anunciar su función y, por ello, de aparentarla.

sábado, 10 de febrero de 2018

Simetría y no sé si física cuántica (I)

La simetría -en un sentido amplio- es la correspondencia entre las partes de un todo. Dicho así, podemos entenderla como algo orgánico, funcional y dinámico. Pero habitualmente solo tomamos como simetría una de entre todas las posibles: la especular.

Los animales tenemos simetría especular

La simetría especular, como caso particular (y el más extendido) de la simetría, nos sugiere cosas muy distintas a las que hemos dicho antes: rigidez, estatismo...

Los animales tenemos simetría especular. Los coches, los barcos y los aviones también. Parece obvio que para correr, nadar y volar es mejor ser simétrico que no serlo. Y sin embargo se me ocurren dos observaciones que no sé si llevan a algún sitio:
La primera es que los animales somos simétricos para andar, nadar o volar y sin embargo para poder hacer esas cosas tenemos que romper nuestra simetría. Si nos quedamos simétricos no nos movemos. Es la rotura momentánea de la simetría la que permite el movimiento, aunque luego se conserve y optimice gracias a ella.
La segunda es que los animales, los coches, los barcos y los aviones, somos simétricos por fuera y asimétricos por dentro. Las vísceras (hígado, páncreas, intestinos, bazo, corazón) no son simétricas. El interior del capó de un coche tampoco lo es. Llama la atención que un interior asimétrico se cierre con una cáscara simétrica.

Interior asimétrico para exterior simétrico

Se me ocurre pensar que la vida, lo orgánico, y también la función, se basan en una simetría exterior, aparente, y una asimetría interior, íntima. Ya sé que esto que pienso es una tontería, pero es lo que me sale. (De donde no hay no se puede sacar).

Y enlazo eso con las arquitecturas de Frank Lloyd Wright y de Sáenz de Oiza. Wright odiaba cordialmente la simetría porque era sobre todo un arquitecto de casas, y en una casa la simetría es una mala elección de diseño. Bueno: Me refiero a la rígida simetría especular.

La simetría especular te obliga a hacer cosas bastante raras. Si es una simetría perfecta, como en la Villa Rotonda de Palladio, te obliga a hacer cuatro pórticos, cuatro escaleras interiores, cuatro salones, cuatro gabinetes... Un disparate(1).

Andrea Palladio, planta baja de la Villa Capra (la Rotonda), Vicenza, 1566-1570

Y si es de simetría especular aparente para dar imagen al exterior pero asimétrica por dentro te obliga a que la cocina tenga la misma ventana que el salón, el baño la misma terraza que un dormitorio, y cosas así. Otro disparate.

sábado, 3 de febrero de 2018

Humani nihil...

Homo sum, humani nihil a me alienum puto.
(Terencio)

El dramaturgo romano Publio Terencio Africano lo escribió en su obra Heautontimorumenos (toma ya): "Soy hombre: Nada humano me es ajeno". Cierto: Somos personas, y aunque no practiquemos la avaricia, la corrupción, el tenis o la numismática (yo sí) podemos llegar a imaginar esas pasiones. Podemos hacer un esfuerzo de abstracción y entender qué es torear, qué es pescar en alta mar, qué es retarse a florete... Nada humano nos es ajeno porque somos capaces de entender a las personas.
Podemos comprender cualquier vicio o debilidad humana aunque nos repugne éticamente, y podemos comprender a quien los sufre o disfruta.

En este tipo de cosas la juventud suele ser más contundente, pero a medida que vamos cumpliendo años vamos ablandando nuestras barreras y, tal vez por puro aburrimiento, ya nada nos sorprende y nos volvemos cada vez más tolerantes. De modo que podríamos retocar un poco la cita y decir: "Senex sum, humani nihil a me alienum puto". También porque uno ya ha visto de todo varias veces y ya no siente nada nuevo, sino que cada barbaridad que le cuentan es para él una repetición más; lo de siempre.

La última es la de un ex futbolista y ex presidente de club de fútbol, empresario tramposo, estafador, defraudador, y esto, y lo otro, y lo de más allá.

Vamos a ver; que quede claro: Me repugna todo eso, pero lo entiendo. El vicio del dinero. El ansia. El goce de hacerse rico por el camino más corto. La tentación de disfrutar de todas las cosas buenas de la vida... Lo entiendo.

Y, sobre todo, el orgasmo de hacerse esta casa:


¿Quién se resistiría a una cosa así? Es el paraíso.

Un policía baja por la escalera exterior y otro va a entrar por la puerta de abajo. Tienen la cara pixelada, pero no para que no los conozcamos (¿qué de malo están haciendo como para que no se les deba identificar?), sino para que no se les note la cara de envidia, la mueca babeante. Eso sí sería contraproducente, porque nos mostraría que las fuerzas del orden admiran al estafador y la moraleja ética no sería verosímil.

Clicad la foto, por favor, para verla más grande.

Lo primero, enternecedor, es que es de esas edificaciones que tienen fachada-rostro, como la famosa iglesia del pollito. En este caso es un rostro con la boca como torcida de paralís, pero muy grande y sonriente. Y unos ojos pizpiretos y alegres, con vidrieras de colores.
¿Y los triglifos y metopas de los aleros? ¿Y las guarniciones de piedra falsa de los huecos de fachada? ¿Y los picatostes de piedra falsa en la esquina? (Una sí y la otra no: Una oda a la antisimetría moderna y al diseño de vanguardia). ¿Y las tejas azules? Yo confieso que por esas tejas azules vendería los clubes de segunda B que se me pusieran por delante, compraría defensas y representaría delanteros y los dejaría con el culo al aire, y haría diez pufos en Hacienda y otros diez en las arcas de mi club. Esa casa. E-SA-CA-SA.

Ah, esas tejas azules. Ah, esos aleros. Ah, esas piedras de guarripléis. Ah, ese pedazo de casa. E-SE-PE-DA-ZO-DE-CA-SA.


Estafar, sí, estafar. ¿A qué se arriesga uno, a la cárcel? Pues es un riesgo asumible por el placer de repantigarse en un sofá de cuero en el salón de esa casa (sabe Dios qué decoración tendrá) con un cubata en la mano.

Que sí, que ya sé que está mal. Que no lo defiendo. Pero es que esa casa... Esa casa... E-SA-CA-SA...


(NOTA.- Lo de este sinvergüenza es comparable a lo de todos los sinvergüenzas que a diario nos pasan por delante de las narices en la tele y en la prensa: Los mismos yates, las mismas prostitutas, la misma elegancia, las mismas casas... Por otra parte, uno ve la saga de El Padrino y ve un estilo y un nivel muy pobre, muy lacónico e incluso austero. El Padrino jamás podrá alcanzar todo lo que vemos a diario. Y es que, claro, la ficción no puede ni aproximarse a la realidad).

Addenda 4-2-2018. El comentario de Igor nos brinda un extraordinario documento. Como el enlace no se puede clicar os pongo aquí la foto que dice.


(¿Es para comprender a este hombre o no es para comprenderlo? El emperador Adriano se debió de sentir más o menos así en su villa de Tívoli).