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sábado, 28 de marzo de 2020

La señora y Bachelard

Esta mañana han salido por la radio unas cuantas mujeres mayores que viven solas y que se defienden bastante bien en este duro confinamiento que estamos pasando. Han hablado de las muestras de cariño y buena vecindad consistentes en que siempre hay alguien que les deja el pan y la leche en la puerta (benditos sean), y de las diarias conversaciones por teléfono con los nietos.

La que más me ha llamado la atención ha sido una señora de más de noventa años (creo que ha dicho noventa y dos), que se levanta, ventila, hace la cama, desayuna... por las tardes sale al balcón a aplaudir y hay unas luces azules (deben de ser las de la policía) que le encantan. Ve la tele, lee alguna revista...

Albert Anker. Anciana leyendo

Debe de ventilar mucho, porque lo ha vuelto a decir después de leer la revista. Ha confesado que estaba hablando desde su dormitorio; seguramente sentada sobre la cama. Aunque una viva sola y nadie la moleste en ninguna habitación, parece que para las llamadas importantes se está más concentrada en el cuarto que en la sala.

Ha hecho mucho hincapié en las luces que entran por las ventanas y por el balcón y ha rematado con: "Es que tengo una casa preciosa".

jueves, 2 de noviembre de 2017

Hambre

Desde que estoy en las redes ando gratamente sorprendido con mis amigos arquitectos. Son unas cuantas cascadas de entusiasmo. Unos celebran a diario los obituarios y los natalicios de nuestros santos patrones. Otros publican casas maestras todos los sábados. Otros dedican los jueves a la arquitectura. Otros glosan a grandes maestros y otros nos sacuden las telarañas con sus blogs.

No hay un segundo de respiro. Es un no parar. Tanta gente dando tanta información, tantos estímulos, tantas ideas... Tanta gente con tanta pasión por la arquitectura, con tantos conocimientos arquitectónicos, con tanta hambre de arquitectura.


¿Qué nos pasa? Somos unos apasionados, unos enamorados, unos locos de la arquitectura. Y no nos hartamos. Queremos más, más y más.
Yo he conocido en las redes, retrospectivamente, grandes arquitectos de cuya existencia reconozco que no había tenido noticia en la escuela.
Ya digo: recibo un torrente continuo de información, una corriente imparable.
Leo más sobre arquitectura que nunca en mi vida, pero es lectura de pantalla, lectura rápida, lectura sin poso y sin lápiz para subrayar, y, por el contrario, cada vez leo menos libros.

Ay, los libros. El placer de leer libros, y de leerlos con un lápiz en la mano, con un lápiz entre los dientes para sacarlo (un poco babeado) y subrayar este párrafo, y este, y este otro... A veces tantos párrafos que el subrayado es contraproducente: No puede llamar la atención sobre una idea porque todas están señaladas. Pero aun así parece que al subrayarlas -y al leerlas mientras tanto por segunda vez- se nos quedan fijadas y las saboreamos con más delectación.

El último libro que acabo de subrayar hasta lo absurdo es Hambre de arquitectura, de Santiago de Molina. Realmente es un libro que despierta el hambre. No el apetito: el hambre.
Yo soy un tragón. No sé vosotros, pero yo he tenido conversaciones sobre comida mientras comía. ¿Sabéis lo que es eso? Eso es ya patológico, puro vicio: Te estás hinchando a comer digamos paella y mientras, con la boca llena, hablas con pasión de solomillos asados. Y tus amigos te quitan la razón, y también con la boca llena de arroz -que pasan ayudados por un buen trago de vino-, te replican que unos chocos a la plancha, o unas cocochas, o unos pimientos fritos, o las croquetas de su madre. Y eso sí que no; por ahí no paso: Croquetas las de MI madre. Y etcétera. Y más comer. Y más reír. Y más beber.
¿No os ha pasado? Pues vaya. Pues qué pena. Pues a mí me pasa con cierta frecuencia. Se ve que tanto yo como mis primos y mis amigos somos incorregibles (y esféricos). Y, en otro orden, me ha pasado con este libro de Santiago de Molina. Cuantas más ideas (o estrategias) de arquitectura exponía más ganas tenía de muchas más. Y más. Pura hambre.

jueves, 11 de julio de 2013

El arquitecto estorba

Tengo esbozada una nueva entrada en el blog, y ya iba con ella cuando esta mañana se ha colado Fernando Sánchez Dragó (¡ay, este hombre!) y me ha conminado a escribir urgentemente esta otra.
Ha hablado en Radio Nacional, y ha glosado un libro que, por lo que ha dicho, parece muy interesante: La Historia de San Michele, de Axel Munthe. (Confieso que no lo conocía, pero ya me lo he agenciado).
Sánchez Dragó se gustaba (como de costumbre) hablando de este médico sueco que recaló en Capri en los años veinte, en la época romántica y lejana de entreguerras. Ha descrito la isla paradisíaca, y ha referido cómo, en la época de Munthe, los restos de la villa de Tiberio estaban esparcidos por doquier, ante el desinterés de todos.
Munthe recogió amorosamente columnas, estatuas, molduras, etc, que estaban literalmente "tiradas por ahí" y se construyó una casa idílica, a la que llamó San Michele.


Sánchez Dragó, absolutamente transido de emoción y de vehemencia, y en el colmo de lo que para él es esa casa celestial, esa joya, ha añadido (aunque ya se intuía) que en esa casa (naturalmente) no había intervenido ningún arquitecto.
Yo iba conduciendo, pero como lo estaba viendo venir no he dado ningún respingo ni he hecho ninguna maniobra peligrosa. A veces tengo una solidez mental y espiritual que ya la quisiera un Caballero Jedi.
Ha añadido (y eso sí me ha molestado) que la casa la hizo Munthe con sus propias manos, ayudado por los lugareños, que, aunque analfabetos, habían heredado de padres a hijos, desde los romanos, el oficio de trazar arcos.
Me ha molestado lo de "aunque analfabetos" porque a Sánchez Dragó le ha salido involuntariamente el señorito que lleva dentro. (¿Por qué "aunque analfabetos"? ¿Es que eso es impedimento para saber hacer un arco o un muro? Es como si hubiera dicho "aunque fumadores", "aunque de pelo rizado", "aunque bajitos", etc).
Yo aprendí mucho de lo que sé sobre construcción de un albañil de Seseña (Toledo) que no es exactamente un analfabeto, aunque no se distingue precisamente por pasar las noches en blanco leyendo a Schopenhauer. Hace poco tiempo me contó que en la primera obra que hicimos juntos (la segunda que hacía yo en mi vida) le confesé que yo iba allí a aprender, y eso le emocionó. No recuerdo haberle dicho aquello, pero no me sorprende, porque era lo que siempre he pensado.
Con los años le proyecté y dirigí dos casas para dos hijas suyas, y él me hizo la mía. O sea, que hemos confiado mucho el uno en el otro. Jamás se me ocurriría llamarle analfabeto, o decir que "aunque es analfabeto" sabe construir casas. No era un mero albañil (ya está jubilado), en el sentido de un mero operario. A su modo era arquitecto, como lo eran los albañiles de entonces, a quienes llamaba la gente del pueblo cuando se quería hacer una casa. Había diseñado muchas casas cuando no se exigía proyecto, y años después, trabajando conmigo, aportaba sugerencias siempre valiosas, en las que se veía que adivinaba consecuencias futuras y se anticipaba a futuros problemas. Pero de pronto, en medio del despliegue de su sabiduría práctica, me hacía con toda naturalidad una pregunta sobre cuestiones que se le escapaban, y en las que reconocía que yo sabía más que él, y cuando era capaz de resolverle la duda o de explicarle satisfactoriamente lo que me había preguntado me sentía orgullosísimo y feliz.
Pero retomo el hilo, que me pierdo.
Obviamente, una casa soñada, una casa experimento o una casa manifiesto poético, una casa amante o una casa mausoleo la hace quien la siente, quien la vive, quien la sueña, su protagonista, su destinatario, su amante, su muerto, y en ella un arquitecto puede hasta estorbar. (El arquitecto, de intervenir, debería ser una especie de medium que conecta estos sentimientos y ayuda a cuantificarlos y a "tecnificarlos" y "ajustarlos a norma". Y nada más).
Cuando yo era niño mi tío Carlos se hizo una casa magnífica y completamente ilógica. Tenía el salón en todo el centro, sin una sola ventana, y desde él se abrían todas las puertas a todas las dependencias de la casa. Ese salón era muy especial. Era como un escenario de teatro, en el que pasa toda la acción, y la verdad es que allí siempre pasaban cosas.
También recuerdo una casa lineal en la que todas las habitaciones eran de paso. Para llegar al dormitorio de los padres había que pasar por el de los hijos, pero lo peor era que al final del recorrido había una pequeñísima sala donde estaba la tele y donde pasaba las tardes la familia (y las visitas), y a la que se llegaba después de pasar por el cuarto de los hijos y el de los padres (ambos carecían de ventanas). Además, como el terreno era muy irregular, había que subir peldaños o mesetas de una habitación a otra, e incluso dentro de una de ellas.

Así tenemos muchas casas encantadoras e incluso fascinantes.
Obviamente, en el universo onírico de estas casas "bachelardianas" el arquitecto estorba. Claro que sí.
Hablamos de casas (o catedrales) disparatadas, sentidas, soñadas, pero personales e intransferibles.


Hay gente que echa de menos con nostalgia una época en la que no había normativas, en la que cada uno se buscaba la vida y hacía lo que podía o lo que le salía, improvisando y sin planificar, y nadie le decía cuánto tenía que medir como mínimo la ventana de un dormitorio, ni cuánto el espacio sobre el que se asomaba, ni cuánto aire tenía que pasar por ella. Una época épica en la que si te salía el suelo desnivelado te acababas acostumbrando, si te salía una grieta te resignabas, y si se te caía un trozo de techo encima te resignabas más.
Así se pueden hacer casas muy originales, absurdas, antifuncionales y llenas de significado. Pero eso no justifica que se desprecie tan rotundamente a los profesionales.
En esta época, que regula incluso cuál tiene que ser el grado de resbaladicidad de un suelo, cuánto tiene que medir la tabica de un peldaño o cuántos sumideros tiene que tener una cubierta plana, hacen falta profesionales. Y cada vez más profesionalizados. (Y cada vez tienen que responder de más pijoterías). Pero por eso mismo se añora el tiempo en que no hacía falta nada, cuando para echarse al monte sólo hacía falta decisión y audacia. (Ahora para ser bandolero hay que sacarse la licencia de actividad y el epígrafe fiscal, y eso molesta).
Se pueden (y se deben) cantar con pasmo y admiración las alabanzas de una buena casa (y San Michele desde luego lo parece) que no ha sido diseñada por ningún arquitecto, pero igual que uno admira y aplaude una brillante traqueotomía de urgencia hecha en un avión con la cubertería de plástico y un boli BIC por un fontanero que iba de vacaciones.
Son hechos dignos de alabanza. Pero muy otra cosa es frotarse las manos y decir con fruición: "¡Chincha, rabiña, que esta casa no la ha hecho ningún arquitecto!", y pensar que ojalá los arquitectos nos dedicáramos a castrar cerdos y dejáramos de marear de una vez por todas con nuestras giliflauteces.

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