viernes, 22 de junio de 2018

Lo que un arquitecto podría aprender de Jack Lemmon

A Manuel Pina (Mapila), uno de los pocos sabios que he conocido, y a
Luis Ángel Martín Merino, buen amigo gracias a quien -me acabo de
enterar- soy "segundo culo" de James Stewart, uno de mis ídolos.
Ah, claro, y también a Emilio. Porque si escribo esta entrada y no se la
dedico sería para matarme.




Hoy he vuelto a discutir con mis amigos Manuel y Luis Ángel porque, como de costumbre, me han venido ponderando un edificio que les parecía muy hermoso y yo, como de costumbre, les he ladrado sin motivo.

Como ya no sé cómo contestarles ni qué argumentarles, hoy les he contado lo de Jack Lemmon, y, como de costumbre, tampoco ha servido de nada. Bueno, de algo sí ha servido: Nos hemos puesto a hablar de actores y Luis me ha dicho que un conocido suyo posee el Mercedes de James Stewart, y que él ha tenido el honor de pasearse en ese coche, lo que me ha dejado muy contento, porque recuerdo perfectamente que en una ocasión acabé sentándome en una silla que acababa de dejar libre, y eso me hace "segundo culo" de mi admiradísimo actor(*).

Lo que les he contado (y ya digo que no me ha valido; espero que con vosotros sí) es que Jack Lemmon era un actor de variedades y de vodevil, un todoterreno acostumbrado a contar chistes mientras la vedette se cambiaba de ropa para el próximo número, a hacer imitaciones, a cantar, a ser abucheado, a manifestar entusiasmo perpetuo y a hacer reír.


Hay que ser muy simpático y muy gracioso para tener entretenidos a unos hombres que lo único que quieren es que vuelva a salir la chica, y con menos ropa que antes. Y Jack siempre lo fue: Muy dispuesto, muy explosivo, muy histriónico, muy clown.

Era tan bueno que muy pronto actuó en Broadway. Y era tan bueno que George Cukor se fijó en él y lo contrató para la película It should happen to you (La rubia fenómeno).

En el teatro (y no digamos en las salas de fiestas, cabarets, etc) hay que exagerar mucho. El público está lejos, no te presta atención, hay bullicio... El actor cómico tiene que contar los chistes al estilo de los bares, a voces, con muchos gestos y entonando exageradamente como avisando de que "atención ahora, que viene lo bueno", y el actor trágico tiene que bramar, rasgarse las vestiduras, llevarse el antebrazo a la frente, indignarse mucho y acampanar la voz. Es el estilo propio del teatro, sobre todo del de mucho follón.
El contraste con el cine es tremendo, como dejó claramente expuesto Fernando Fernán Gómez en su película El viaje a ninguna parte.


Pues con Jack Lemmon fue exactamente así, pero George Cukor era bastante más paciente que el personaje de José María Caffarel.
La primera escena que le tocó rodar a Jack Lemmon era especialmente difícil, con mucha acción y muchos movimientos de cámara. Terminada la primera toma, Cukor le dijo(**):
-¡Fantástico! Ha estado usted muy bien, míster Lemmon. Pero vamos a repetirla. ¿Podría usted esta vez actuar un poco, solo un poco menos?
Lemmon asintió. Hicieron una segunda toma y de nuevo:
-¡Fantástico! ¡Realmente extraordinario! Pero permítame que se lo ruegue de nuevo: Un poquito menos. Actúe usted un poquito menos.
Hicieron la tercera toma y otra vez:
-Ha estado estupendo. De verdad. Tiene usted una gran carrera ante sí. Se lo digo en serio. Pero, por favor, si es posible actúe usted un poco menos.
Y así doce veces. Doce. Y Cukor seguía exquisito, alabando siempre a Lemmon. Cuando iban a empezar la toma decimotercera el novato le dijo al director:
-Okay, míster Cukor. Pero si seguimos así, pronto no actuaré en absoluto.
-¡Bravo! ¡Ya está usted cogiendo la idea!

lunes, 18 de junio de 2018

Bombones y betún de Judea

En la entrada anterior os prometí que os contaría la historia de un regalo ridículo y un episodio sórdido de mi vida profesional. Voy.

Mi socio Tomás y yo teníamos un buen amigo (viejo y querido compañero de la escuela, pero que no ejercía como arquitecto) al que apreciábamos mucho. Nos constaba sobradamente que él a nosotros también.

Una vez este amigo estuvo en condiciones de intermediar para que alguien nos encargara un proyecto muy bueno y muy jugoso. Y lo hizo. Parecía uno de tantos cuentos de la lechera en los que te prometen el oro y el moro, te haces más ilusiones de la cuenta y al final todo se va a la porra y se queda en nada. ¿Os suena? Pero esta vez la cosa salió bien. Nos encargaron el proyecto, lo hicimos y lo cobramos.

Estábamos a primeros de diciembre, y aunque no éramos de ese tipo de amigos que se hacen regalos de Navidad, esta vez la ocasión venía a huevo. Teníamos que regalarle algo a nuestro amigo. ¿Pero qué?

Como podéis suponer, dimos vueltas y vueltas a todo tipo de ideas, y también, como os podréis imaginar, acabamos decidiéndonos por la más tonta.

La mujer de Tomás era muy buena restaurando muebles y creando objetos muy interesantes de decoración. Conocía un montón de tiendas de antigüedades, almoneda y similares. Entre las docenas de opciones que barajamos se nos ocurrió ir a uno de estos sitios que ella nos recomendó. No sabíamos si íbamos buscando una mesita de noche, una lámpara o un espejo.

Una vez allí, miroteando y miroteando, a los dos nos sedujo una especie de cazuela cerámica con tapa. Era una preciosidad: La pieza inferior era monocroma, de un color marrón muy oscuro y una textura muy rugosa. La superior, sobre ese mismo marrón de fondo, tenía trazos esmaltados brillantes preciosos formando dibujos geométricos. Eran como esos verdes y azules metálicos de algunas moscas y le daban a la bastez marrón un toque elegantísimo y bellísimo.

Tomás me preguntó: "¿La compramos y la llenamos de bombones?" Y la idea me encantó. Qué bombonera más extraordinaria.


Dicho y hecho. La compramos (no era barata) y nos fuimos a una de las mejores chocolaterías de Madrid a comprar bombones. Nos felicitamos por el magnífico regalo que le íbamos a hacer a nuestro amigo.

Una vez en el estudio miramos y remiramos la bombonera, acariciábamos su textura áspera y nos gustaba mucho, pero... Pero era tal vez demasiado tosca, mate... Quizá algo deslucida. O sería que con la luz del estudio, más intensa y nítida que la de la tienda, se le veían más defectos.

Se la dimos a examinar a la mujer de Tomás y ella dijo: "Esto con betún de Judea queda precioso". Así que dicho y hecho. Lo compramos y lo extendimos con una muñequilla frotando una y otra vez, paciente y concienzudamente.

Ahora sí. Ahora sí que había quedado de lujo. Preciosísima. Sin llegar a ser brillante (uy, no, qué chabacano) sí que había adquirido un aspecto bruñido, lustroso, delectable, exquisito.

Era una preciosidad, pero ahora había otro problema: El betún de Judea había llenado la bombonera de un fuerte olor a barniz o a linimento, no desagradable en sí mismo, pero demasiado intenso, y por supuesto incompatible con los bombones.

Las personas inteligentes (e incluso los arquitectos) se caracterizan por saber adaptar sus proyectos y pretensiones a las circunstancias de cada momento, cambiando de plan si hace falta. Nosotros no: Habíamos dicho que bombonera y tenía que ser bombonera. La podríamos haber regalado vacía sin más, o llena de otras cosas. Pues no: Tenían que ser bombones.

La tuvimos varios días en el alféizar entre la ventana y la contraventana para que se orease con el aire frío de la calle, pero no fue posible. El olor bajó algo de intensidad, pero ahí seguía. Se acercaba la fecha y no teníamos tiempo para que el olor disminuyera más, así que sacamos los bombones de la caja de cartulina de la chocolatería y los pusimos en el interior del precioso y oloroso cacharro cerámico.

Tomás, que siempre ha sido un echao p'alante y un tragón, tomó un bombón y dijo eufórico: "Buedídimo". Y yo, más timorato pero igual de comilón, tomé otro y le di la razón: "Mu dico. Y el bedún ni de nota".

Atamos la tapa con un lazo de seda para que no se abriera.
Cuando le regalamos la bombonera a nuestro amigo, la miró y no hizo demasiado aprecio.
Tomás y yo nos quedamos preguntándonos qué harían su mujer y él con los bombones. ¿Sería tremendo el olor y los tirarían a la basura? Y ya de paso ¿tirarían la bombonera?
No; eso sí que no. De los bombones tal vez se deshicieran, pero seguro que el recipiente decoraría su casa durante muchos años.

lunes, 11 de junio de 2018

A dos manos de Molezún y a tres de Wright

Ahora es muy común la teoría de los seis grados de separación. Hace muchos años yo la anticipé con una especie de juego mental que bauticé como "las manos" -sí, vale, no soy muy bueno poniendo títulos a mis juegos mentales-, por el que un amigo me acabó acusando de plagiador porque según él se lo había copiado a Orson Welles.
(No me defenderé de tal acusación. Es un episodio turbio de mi vida).

Mi juego (o el de Welles) consistía en calcular a cuántas manos de distancia podría estar de algunos personajes importantes. Esa distancia se medía en haber estrechado la mano a alguien que se la hubiera estrechado a alguien que se la hubiera estrechado a alguien... etc... que se la hubiera estrechado a la persona en cuestión. (Obviamente, se intentaba buscar el camino más corto posible).

Por ejemplo, yo estoy a una mano de algunos arquitectos contemporáneos importantes, que me honro en haber conocido o al menos en haberme cruzado con ellos en algún momento, y a dos manos de casi todos, ya que habiendo sido discípulo y amigo de Juan Daniel Fullaondo y habiendo conocido también por ejemplo a Sáenz de Oiza (ambos, por tanto, primera mano) soy segunda mano de todos aquellos con quienes ellos hubieran tenido trato en alguna ocasión. Así que figuraos.

Por esa razón, uno de los grandísimos arquitectos de los que estoy a dos manos de distancia es Ramón Vázquez Molezún.


(Si apuro un poco puedo decir que casi estoy a una mano de él, porque una vez fui a una conferencia suya y de José Antonio Corrales y estuve muy cerca. Pero vale, seamos honrados: Dos manos).

(En otro orden de cosas, aprovecho para decir que mi amigo Sergio es sobrino nieto o algo así de Sara Montiel, de modo que estoy a dos manos de ella y por lo tanto a tres de Gary Cooper, Burt Lancaster y Marlon Brando. Pero volvamos a Molezún).

Estoy a dos manos de Molezún, y gracias a él a tres de Frank Lloyd Wright. Porque Molezún disfrutó del Pensionado de Roma entre 1949 y 1952 y durante ese tiempo coincidió con una visita -gestionada por Bruno Zevi- del maestro estadounidense.

Molezún, nervioso y expectante ante la inminente llegada del monstruo, le quería regalar algo cuando Zevi se lo presentara. ¿Pero qué le regalas a Wright? ¿Qué coño le regalas al enorme Franlloirrái?

viernes, 1 de junio de 2018

Por la vanguardia

Escribo lo que sigue porque de pronto siento que la vanguardia es muy frágil, que todos nos decimos vanguardistas, o al menos simpatizantes de la vanguardia y casi ninguno lo somos, y que detrás de todo nuestro buen rollo y nuestras buenas intenciones somos mucho más conservadores de lo que estamos dispuestos a reconocer. Voy:

La vanguardia siempre triunfa, y por eso mismo siempre fracasa.

(Hala, ya está dicha la boutade, la frasecita chorra. Supongo que tendré que explicarme. Lo intentaré).

Todo movimiento de vanguardia se propone experimentar y buscar, y experimentando y buscando siempre acaba encontrando algo.
Pero, por otra parte, la mera actitud de experimentación y búsqueda es un premio en sí misma. Es una actitud vital. No somos zoquetes ni tarugos; somos entes pensantes y sintientes(1).

La vanguardia es la única forma de vivir como personas. La vanguardia es juego, aventura, prueba, riesgo, experimento, vida, búsqueda, trabajo, error, acierto, alegría, dolor.

Ante el "esto se ha hecho así toda la vida" está el "vamos a ver si somos capaces de hacerlo mejor" o "vamos a ver si haciéndolo de otra forma vemos otros aspectos". Y a menudo al hacerlo de otra forma lo estropeamos, porque la forma tradicional está ya muy probada y funciona muy bien, y la nueva es un salto en el vacío. Pero esos errores generan nuevas soluciones y mejoras.

En la ciencia es ya típico que buscando un medicamento contra la hipertensión se encuentre un remedio a la impotencia, o que estudiando la forma de que una nave espacial penetre en la atmósfera se acaba encontrando un material para hacer sartenes. En el arte pasa lo mismo: buscando una nueva manera de componer un cuadro se descubre un rincón oscuro del alma humana, o escribiendo una novela no lineal se reflexiona sobre los modelos políticos. Esas cosas pasan.

La vanguardia no puede triunfar, porque cuando triunfa se vuelve academia y ya no vale.

Ya lo he dicho al principio: La vanguardia al triunfar fracasa. Más que la meta lo que importa es el camino. La vanguardia es una actitud.


Hay gente que se dice amante del arte, e incluso artista, y que lo que hace es pintar como si preparara la imprimación para una puerta, o escribir como si estuviera haciendo un parte para el seguro. Es gente cuidadosa, meticulosa, precisa, y se aplica con atención.


Gente que termina una acuarela y la enmarca con satisfacción y con orgullo, y que la cuelga en su casa o se la regala a sus familiares.


Gente que no se complica la vida con el arte. No sufre, pero tampoco goza. Gente que está cómoda y que pasa la tarde del domingo lo más plácidamente posible.

domingo, 27 de mayo de 2018

Etcétera

Por estas cosas que pasan en la vida, y porque estoy todo el rato dando vueltas y me expongo a todo tipo de contactos y se me cruza gente muy rara, he dado con un supervillano de esos que quieren dominar el mundo o, en su defecto, destruirlo, le he caído bien y me ha encargado el proyecto de su nuevo centro de operaciones.
El complejo consiste en una guarida de lujo*, una oficina para las extorsiones y los chantajes, un laboratorio de armas químicas, bacteriológicas y nucleares y una base de lanzamiento de misiles teledirigidos cargados con esas armas. Un proyectazo. Me ha regateado un poco mis honorarios (menos que otros clientes, la verdad) y nos hemos puesto a buscar emplazamiento.

Es difícil encontrar un lugar en el que poder hacer algo así, pero después de buscar por muchos municipios hemos encontrado un sitio idóneo. Naturalmente no lo puedo decir**.

Como siempre que se va a empezar un proyecto, he ido al ayuntamiento y he consultado la normativa urbanística. La ordenanza de aplicación en ese solar es sorprendente, increíble. Nos viene a huevo: O ha sido escrita por un idiota o por un cómplice de mi supervillano, porque ha dejado entreabierta la puerta para que entremos a cumplir nuestros sórdidos fines. Y es que los usos permitidos en la finca en la que mi cliente quiere establecerse son:

Fotografía sin manipular. La ordenanza dice eso.

1.- Vivienda colectiva.
2.- Vivienda unifamiliar agrupada, en fila, aislada y pareada.
3.- Comercio.
4.- Oficinas.
5.- Hotelero.
6.- Deportivo.
7.- Sanitario.
8.- Religioso.
9.- Cultural.
10.- Industria artesana.
11.- Almacenes.
12.- Etcétera.

¿Etcétera? ¡No puede ser! ¿Etcétera? Sí. ¡Etcétera! ¡ETCÉTERA! De verdad.

viernes, 25 de mayo de 2018

Advertencia

Hoy entra en vigor el nuevo reglamento de protección de datos y llevo desde hace un par de días recibiendo mensajes de todo el mundo y por todas las vías imaginables diciéndomelo. Una tienda virtual me explica que puedo acceder a los datos que tiene de mí (porque me compré unos calcetines por internet hace diez años), que puedo exigir que me los borren (rellenando un formulario en su web, para lo que tengo que acceder a "mi perfil"; eso sí: si soy capaz de recordar qué sobrenombre me puse y qué contraseña utilicé hace diez años cuando me compré esos calcetines). Y así todo el mundo. De pronto se han vuelto todos locos y me están volviendo loco a mí.

En definitiva, me cansan y me abruman explicándome el derecho que tengo a que no me cansen ni me abrumen.

Resulta que me ha dado por pensar que llevo casi treinta y tres años haciendo proyectos de edificios y conservo los planos secretos de los polvorines y los datos de mis clientes, y estoy por quemarlo todo y, si me apuráis, quemarme yo también, porque no soporto tener tanta responsabilidad (incluso sobre edificios que han cumplido sobradamente el plazo decenal, algunos de los cuales no tienen grietas ni humedades).

Vamos, que no sé qué hacer con mi archivo. En cuanto a los nuevos proyectos lo tengo muy claro: En la carátula y en la memoria dirá:
Proyecto de Ejecución de Un Edificio.
Situación: Un lugar.
Promotor: Una persona (física, con su DNI o NIE, o tal vez jurídica, con su CIF), domiciliada en su casa (o acaso en su oficina).
Y, naturalmente, todos los planos irán pixelados para que no se vea cuántos cuartos de baño hay ni cosas así, que la gente es muy cotilla.

Si no les dan licencia de obras se siente. Yo más no puedo hacer.

Pero ya el colmo, lo que me ha inquietado, me ha aturdido, me ha desazonado y me ha angustiado es que Blogger me manda este mensajito:

Por favor, clicad para verlo más grande.

Así, diciéndome que tenga cuidadito con quienes entráis aquí de vez en cuando (y no digamos si además dejáis un comentario) porque tengo una altísima responsabilidad y me la estoy jugando.

No entiendo nada, no sé nada. Soy como la infanta.

No sé qué datos vuestros recopilo en mi blog. Vamos, que yo no recopilo ninguno. Los que queráis dejar vosotros.
Blogger me dice que ya os está dando una advertencia sobre las cookies, cosa que le agradezco porque yo no sabría. Bueno, yo ni sé todavía exactamente qué son las cookies, Hulio. Pero me advierte de que si estoy usando otras (¿estoy usando otras?), como por ejemplo las que añadan determinadas funciones de terceros (¿?) puede que esté cometiendo el pecado nefando.

Qué angustia, de verdad. Qué coraje. Yo solo os puedo decir -y os lo digo con la mano en el corazón y lágrimas en los ojos- que jamás utilizaré ni daré a nadie vuestros datos bancarios, vuestro historial médico ni vuestros antecedentes penales. Lo juro. Y no solo por mi inmarcesible ética personal, sino porque no sabría cómo hacerlo.

Podéis estar tranquilos. (¿O no?)

domingo, 20 de mayo de 2018

Más gente normal

Hace unos meses escribí una entrada sobre los reyes de España, su forzado ambiente familiar y, sobre todo, su casa, a la que titulé "Gente normal".
Pues hoy toca hablar de más gente normal.
A la pareja protagonista de hoy le han dado palos por todas partes respecto a si tienen derecho o no lo tienen a comprarse la casa que se han comprado. Yo no tengo intención de discutir nada de eso. Vamos, es que ni me lo cuestiono. Pues claro que tienen derecho. Si se han comprado esa casa con su dinero lícitamente ganado, o con una herencia familiar o con cualquier otro medio justo y han pagado sus impuestos y han cumplido sus obligaciones nadie tiene nada que decir. Estaría bueno. (Aunque ellos lo dijeran de otros políticos: Allá ellos).

Estamos en un estado de derecho legítimamente constituido y sus políticos tienen las retribuciones legalmente establecidas. Si se compran una casa como si se compran un piano de cola. Eso es cosa de cada uno.

(Comenté esto en twitter y recibí alguna respuesta defendiendo que esta pareja sí podía pero los reyes no, y alguna otra en sentido contrario: que los reyes sí pero estos no. No estoy de acuerdo con ninguna de las dos posturas. Yo creo que son lícitos los dos casos y que dimanan de la estructura jurídica-democrática-política sobre la que se sustenta el estado español. La casa real tiene sus asignaciones presupuestarias y los políticos las suyas, y cada uno cumple con su función prevista por nuestro ordenamiento, así que no hay nada que decir).

Yo solo voy a mostrar la casa. Esto es un blog mayormente de arquitectura, y si me sorprendió para mal la casa de los reyes me ha sorprendido casi para peor esta casa.


Repito que se está hablando mucho sobre si una pareja de izquierda puede gastar tanto dinero, y repito que a mí eso no me importa. Lo que sí me importa es que unos líderes que propugnan un nuevo modelo de sociedad y una nueva estructura de dignidad del ser humano quieran esos cargaderos de madera, esos canecillos, ese pilar con esas zapatas de madera encima, esos chapados de piedra a modo de picatostes sumergidos en el chocolate, esa rueda de carro, esas sillas, esos pavimentos...

(NOTA.- Estas son fotos de la web que vende la casa, y los muebles y objetos decorativos son los de los dueños actuales. Los nuevos propietarios pondrán los suyos, pero dada la arquitectura de la casa, que les ha gustado, supongo que ellos están en esa onda y que lo que pongan seguirá una línea parecida).

jueves, 17 de mayo de 2018

Arquitecto profesional

Núria Espert vende su casa en la costa castellonense. Me he enterado por un artículo cuyo titular dice que "aquí escribía Alberti" y que es "la casa más bonita del mundo". (Bueno, tanto como la más bonita del mundo... Está muy bien).


También veo que dice que el arquitecto fue Fernando Higueras, olvidando (una vez más, como tantas) al coautor Antonio Miró.

Y es que entre Núria Espert y Fernando Higueras hubo una entrañable amistad y unos sentimientos de cariño y de admiración mutua que no existieron entre la diva y el otro arquitecto, el silenciado, el siempre olvidado.


Este vídeo empieza con Núria Espert leyendo un texto suyo con la misma pasión (y entonación) que debió de emplear el notario que les leyó a ella y a su marido la escritura de esa misma casa. Parece mentira que semejante actriz lea tan mal y con tan poca sensibilidad y tan mal ritmo. 
Pero lo más gordo que dice en ese vídeo (y se ve que al periodista también le impresionó, porque lo cita en el artículo) es que Fernando Higueras se negó a cobrar su trabajo.

Me sorprende y, es más, me molesta.

Me molesta porque eso incide en la habitual idea de que los arquitectos hacemos unos dibujos más o menos inspirados, soñamos un poco, nos dejamos llevar por nuestro súbito estro y parimos nuestras obras en una especie de arrebato místico. Y claro: los arrebatos místicos sí se pueden regalar. (Es más: yo los regalo siempre).

¿Regalaron su trabajo los albañiles, los fontaneros, los carpinteros, los electricistas...? No. Eso ni se plantea. Ellos eran profesionales. Todos ellos trabajaron, mientras que el arquitecto se divertía.

Por otra parte, a mí no me parece ni bien ni mal que Higueras regalara su trabajo. Cada uno hace lo que quiere con lo suyo. Pero aunque ni me va ni me viene me gustaría decir tres cosas:

1.- En lo que deja de cobrar un arquitecto (no quiso cobrar nada) van incluidos los gastos de estudio, tales como pagar a los delineantes y demás profesionales que intervienen, el coste del visado, la Hermandad Nacional de Arquitectos (en esa época la cuota se detraía como un porcentaje de los honorarios mínimos obligatorios; lo calculaba el colegio y te lo cobraba sin más), el seguro de responsabilidad civil de ASEMAS (también lo tramitaba el colegio), etcétera, etcétera, etcétera. ¿Todo esto lo pagó Higueras de su bolsillo o le dijo a Espert que lo que no le cobraba era lo que le debería haber quedado neto para sí, pero que sí le cargaba todo lo demás? Por lo que dice Espert no pagó nada de nada. En fin.
2.- Semejante acto de generosidad me parecería más apropiado para una obra social o filantrópica (y ni así: en esas los albañiles también cobran), pero es que se trata de una casa de lujo, de mil metros cuadrados, para una actriz famosa que dice que no tenía ni un duro, pero ya había pagado a un arquitecto previo (que no le gustaba) y se iba a construir un enorme casoplón. La verdad es que no lo entiendo.
3.- Me consta que Antonio Miró, el coautor arrumbado, no gozó de los mismos sentimientos amistosos con la discípula de Talía. ¿Tragó con lo de no cobrar? No me lo creo ¿Hizo cuentas particulares con Higueras compensando o equilibrando tal vez con otros proyectos del estudio? No lo sé. (Más cargas acumuladas a los bolsillos de Higueras, a quien le debió de salir muy caro el regalo).

Nuria Espert nos cuenta arrobada que Fernando Higueras hablaba con ella de teatro y le preguntaba cómo hacía para aprenderse los papeles, y en la obra se paseaba por los andamios con un sombrero. Una imagen idílica de un artista y de un amigo, pero no de un profesional.

domingo, 13 de mayo de 2018

La estética como excepción al pensamiento

(A Mapila)

Fernando Savater ha escrito ayer un artículo en EL PAÍS que me ha dejado con la sensación déjà vue, déjà connue de que los arquitectos contemporáneos son la plaga y de que la arquitectura actual es la perversidad misma.
Vale. Ya aburre. Ya lo sabemos. Pero es que esta vez me ha llamado la atención más que otras veces porque se supone que Savater es un pensador. Y porque se supone que un pensador piensa.


En su día no me leí su en muchos colegios obligatoria Ética para Amador (a mí me pilló ya muy mayor para ello), y a partir de ahí ya todo me vino torcido con él.
Sé que de vez en cuando escribe un libro, pero hasta ahora los he ido evitando concienzudamente, y ya a estas alturas espero salir de este circo con mi virginidad savateriana intacta.

Me cae bien porque es, como yo, un apasionado de La isla del tesoro, y sé con absoluta seguridad que si eres stevensoniano no puedes ser mala gente. Es imposible.

Hace tiempo escribió un libro sobre caballos, y entonces me enteré de su pasión por la hípica. 

Y en el artículo de ayer vuelve a hablar de esa pasión. Mejor dicho: De lo que habla es de que por culpa de esa pasión ha tenido que sufrir la inmersión en una obra de arquitectura contemporánea, y es que su amado hipódromo de Longchamp ha padecido una reforma perpetrada por el arquitecto francés Dominique Perrault.

lunes, 7 de mayo de 2018

La lección de Monet

Hoy quiero contaros una historia con moraleja, que trata de la lucha de una persona, en este caso de un gran artista y un gran creador, por sus ideas, sus principios y su dignidad, y del enfrentamiento a todos sus fracasos hasta lograr la victoria final.
Permitidme hoy ser moralista y sentimental, pero la historia de Claude Monet merece la pena.

Monet nació en 1840, y hasta los veinte años pintó en un estilo realista tal como se debía hacer, y lo hacía muy bien. Pero hacia 1860 empezó a salirse del tiesto y a hacer disparates como aplicar los colores puros y de golpe, sin degradados, modelados, esfumados y demás, y a romper las formas con manchas discontinuas.
Con esta manía que le entró sus obras dejaron de gustar a la gente y no vendía un pimiento. Esto, naturalmente, se dejó sentir en su modo de vida, que se parecía cada vez más al de un mendigo y que no auguraba nada bueno.

¿Cambió Monet de actitud por ello? Noooo. Al revés: Se encabezonó cada vez más y siguió directo hacia el abismo.

En 1872 pintó un cuadro al que tituló Impression, soleil levant (Impresión, sol naciente), que era un verdadero despropósito: Se ven unas barcas en el mar, en un puerto en el que se adivinan grúas y chimeneas, y el disco solar se refleja en el agua. Todo está desdibujado. El cielo está hecho a base de brochazos inconexos, la textura del agua se quiere hacer con picotazos azules sin criterio, todo está deslavazado.


Pero, sobre todo, lo que quiere transmitir esta obra endemoniada es que un pintor puede ir a un sitio, con sus santos güevos, y pintar así, sin más, lo que ve y tal como lo ve. Y eso acaba con siglos, con milenios de arte. ¿Dónde quedan la composición, la preparación del tema? ¿Y para qué el oscuro y polvoriento estudio del pintor, lleno de escayolas y trapos? Nada. Venga, a pintar al exterior lo primero que uno vea. Todo espontáneo. Todo a lo loco.

Porque este cuadro se titula Impression... y es eso: una impresión, un aquítepillo aquítemato sin más, sin pretensiones sublimes, sin trascendencia, sin seriedad ni rigor. Este cuadro es un cachondeo intolerable.

miércoles, 2 de mayo de 2018

La fealdad

Advertencia: Sobre la fealdad se pueden (y se deben) escribir varios tratados muy extensos. Esto es solo el blog de un aficionado, y por lo que me pagáis debéis conformaros con tres o cuatro brochazos rápidos exponiendo un par de ideas (o solo una), y nada más. Seguramente retomaré el tema más de una vez.


INTRODUCCIÓN:

Vincent Van Gogh no consiguió vender un solo cuadro en toda su vida porque todos eran horribles. (Bueno, vendió uno a su hermano, que era marchante, pero eso no cuenta porque su hermano le daba dinero y le intentaba mantener como podía, de manera que esa venta no puede considerarse tal, sino una ayuda fraterna).


No es que los cuadros de Van Gogh no gustaran a casi nadie. No es que solo gustaran a unos pocos. No. Es que no le gustaban a nadie. A nadie. Repito: A nadie. Es decir: en la segunda mitad del siglo XIX lo que pintaba Van Gogh era feísimo.
Y sin embargo hoy esos cuadros nos gustan a todos. A todos. No a la mayoría, no a muchos. A todos. Es decir: en la primera mitad del siglo XXI lo que pintó Van Gogh es bellísimo.
¿Y eso por qué es? ¿Acaso la belleza y la fealdad son una moda? ¿Acaso la belleza y la fealdad van por rachas? Pues sí. Parece obvio.

domingo, 29 de abril de 2018

Fuera de programa

Esta entrada no estaba prevista, pero me pongo a ello porque me hace ilusión.

Hoy es mi cumpleaños. Cincuenta y ocho.

Mi hermana Gema está utilizando una agenda para hacer en ella un dibujo diario durante todo el año, y en la página de hoy me ha hecho un retrato y me lo ha enviado como felicitación.


Me ha sacado un poco Miliki, pero me gusta. Me veo. Como me han dicho algunos amigos, me ha plasmado "el alma".

Pues he hecho esta entrada solo para enseñaros el retrato. Pero ya que me pongo os enseño también estos dos libros que me ha regalado mi familia:


(También unos auriculares para escuchar podcast por el teléfono mientras hago mi caminata diaria, que los que tenía cada vez se oían más bajito, y ya era imposible).

Bueno, perdonad mi impudor por contar y mostrar mis intimidades y permitidme que os dedique una canción y os dé las gracias por vuestra amistad virtual y vuestra cercanía. Un abrazo.

jueves, 26 de abril de 2018

Rejas

Esto no es una novela sino
la purga de mi corazón.
               Camilo José Cela, Oficio de tinieblas 5


En mi vida he proyectado dos centros de atención a la infancia y he intervenido muy levemente en otros dos. Los cuatro bastante pequeños y de una sola planta. (Estos centros de atención a la infancia son los que antiguamente se llamaban guarderías, y en el lenguaje común se siguen llamando así. Pero en el lenguaje políticamente correcto no sé cómo se llamarán ahora porque hace mucho tiempo que no hago ninguno).

En uno de ellos, henchido de un sentimiento de buen rollo que a su vez estaba contaminado por mi perenne estupidez, pensé que sería agradable que en el pasillo de circulación que daba a la fachada hubiera ventanas a dos alturas: la de los niños y la de los adultos.
(Sí, ya lo sé: La típica chorrada que no se le ha ocurrido nunca a nadie).
Quería que los niños tuvieran su propio punto de vista.
(Aunque el centro da a una calle peatonal tranquila y alegre no quise que las salas dieran a ella, sino a un gran patio interior ajardinado al que salieran los niños directamente. Por eso hice el pasillo por fuera).

En cuanto se inauguró, el edificio empezó a sufrir robos y actos vandálicos. Los ladrones entraban a placer y se llevaban los ordenadores, el equipo de música y todo lo que pillaban. Todo. (Supongo que los ladrones expertos se colarían por las ventanas de arriba y los aprendices por las de abajo).
No solo entraban ladrones. También (sobre todo) se metían amantes de romper cosas por el placer de romperlas. (Al parecer hay algunos menguados que disfrutan rompiendo).

El caso es que la dirección del centro se vio en la necesidad de poner rejas.


(Las rejas estaban todas pintadas de negro, pero en una intervención posterior las han pintado de colores y también han pintado un zócalo de color azul añil).

Antes de seguir hacia donde quiero ir, y puesto que este blog es sobre todo la purga de mi corazón, he de reconocer que cuando hice el proyecto y cuando dirigí la obra no preví ese problema, y por lo tanto, obviamente, no dispuse ninguna solución, por lo que tiempo después la dirección del centro, el ayuntamiento, la consejería y hasta el Sursum Corda han tenido que aplicar las medidas que han considerado oportunas y yo no solo no tengo ningún derecho a quejarme sino que he de agachar las orejas avergonzado por haber forzado esta situación con mi imprevisión y mi torpeza.

(Cuando os "destrocen" una obra pensad por qué lo han hecho, y analizad, lo primero de todo, qué problemas no habéis sabido resolver y habéis dejado a los usuarios para que se las apañen como puedan).

Dicho lo cual, me llama poderosamente la atención que lo que yo imaginé como un lugar de juego, de luz y de alegría se haya convertido en un búnker, una caja hermética, enrejada, inaccesible, y lo que imaginé como un espacio en el que los niños pudieran tener una experiencia incluso arquitectónica de... no sé cómo decirlo... digamos "libertad orgánica", haya quedado como un bloque cerrado a hierro y fuego y encajonado porque el mundo no es la alegría que quisiéramos inculcar a nuestros niños, sino una desordenada colección de hijosdeputa a quienes un arquitecto torpe no supo dejar fuera.

lunes, 23 de abril de 2018

Paletería e insulto

El ayuntamiento de Madrid ha plantado 80 meninas chungas en el espacio público de la ciudad así, a lo tonto, para fastidiar.


Es verdaderamente agotador que no le dejen a Madrid respirar a gusto ni quince días: Cuando no hay un estorbo hay otro, cuando no hay una patochada hay otra. Pero es que además vale todo. No hay criterio, no hay valoración.

Que conste que para estas cosas me caen mejor la alcaldesa actual y su equipo que lo que ha habido antes, pero sigue prosperando el infantilismo cultural, la paletería y, lo que es peor, el insulto.


Sí, el insulto. Porque a la gente que se dedica al arte y al diseño no se la trata bien, apenas se le dan facilidades ni ayudas, y cuando se organiza un evento como este se invita a toreros, cantantes, actores... gente de la prensa del corazón que de pronto se arranca con esto porque al fin y al cabo para estas cosas todo el mundo tiene mucho talento, mucha originalidad y muy buen gusto, ¿no?1

viernes, 13 de abril de 2018

Gracias, Madrid

A David García-Asenjo y a Chema,
que me han proporcionado las
imágenes que ilustran esta entrada.

La revista Arquitectura, del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, cumple cien años. La exposición que se está haciendo durante estos días muestra las diversas orientaciones que ha tenido esta publicación tan prestigiosa a lo largo de su siglo de vida y, con ello, muestra también la historia de la arquitectura no solo madrileña, sino española e incluso mundial.

Es una revista muy importante. Quienes tenemos una cierta edad hemos conocido ya varias etapas con varios equipos directores, siempre en un muy alto nivel. La revista es un referente no solo dentro de su ámbito colegial (la provincia de Madrid).

Pero, aparte de su clara vocación cultural, vanguardista, de debate, etc., es (o debería ser) una revista profesional. Y digo "profesional", si queréis, incluso en la acepción más cutre y rutinaria del término.

Porque no debemos perder de vista una cosa: La profesión de arquitecto (al menos en su forma clásica de profesional liberal) ha de ejercerse obligatoriamente bajo colegiación. El colegio de arquitectos es nuestro garante, nuestra fuerza, nuestra defensa, pero también es nuestro chulo.
Un buen chulo le defiende a uno, le ayuda a cobrar, le protege, pero uno malo te saca los cuartos y te deja tirado. Esto da para otra entrada. Hoy no toca.

A lo que quería ir es que el arquitecto debe colegiarse a la fuerza, y el colegiado madrileño con su cuota obligatoria está pagando también su suscripción a la revista Arquitectura. Esta revista trata al arquitecto como al artista de vanguardia que se supone que es y le estimula con propuestas superferolíticas. Eso está bien: Ser arquitecto es algo más que dedicarse a sobrevivir ejerciendo una profesión cada vez más evanescente y zurrada. Ser arquitecto es rozar el cielo (o algo así: yo ya no sé). Y la revista no va a dedicarse a cosas triviales como de revista de colegio profesional. Qué risa: como esas revistas de colegios anodinos de profesionales más anodinos aún que te hablan de cómo hacer la declaración de la renta, y de normativa, y te dan noticias técnicas, de materiales, etcétera.

No, no. La cojorrevista del cojocolegio madrileño te dice cosas como estas:

Clicad si tenéis lo que hay que tener y lo veréis más grande

El arquitecto madrileño que paga religiosamente sus cuotas y que está más que preocupado porque ya no sabe cuánto pedir por una ITE o por un CEE porque no se come una rosca recibe periódicamente en su casa este estupendismo obsceno.




Un diseño muy al desgaire, muy de cuidadoso descuido, muy avanzado. Es que somos arquitectos, coño. A ver si vamos a querer parecer yo qué sé: gente sensata y aburrida.

Vale: El diseño es incómodo. Está hecho para ser ilegible. No lo vamos a poner cómodo ni asequible, coño, que somos arquitectos.
Sí, el diseño es duro. Muy duro. Pero al fin y al cabo eso es solo la apariencia. Lo que importa es el contenido, el fondo. Lo que importa son las ideas. Así que tomad un botón de muestra:


Ah. Esto ya es otra cosa. ¿Lo habéis leído? Pues leedlo otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra.
¿Ya os habéis empapado? Pues insistamos. Os lo transcribo. Leedlo otra vez:

Los diferentes estados de la energía no prejuician cualidades arquitectónicas, la construcción es deudora de un tipo, la creativa de otro. Un estado, una acción o una disposición son oportunidades de experimentación que determinan presencias o apariencias.

Yo confieso que lo he leído diecisiete veces, y aparte de errores léxicos, de concordancias y de puntuación (o a lo mejor precisamente por eso) no sé lo que pone.

A lo mejor es que no lo leo bien. Voy a probar otra vez.

LOS DIFERENTES ESTADOS DE LA ENERGÍA NO PREJUICIAN CUALIDADES ARQUITECTÓNICAS, LA CONSTRUCCIÓN ES DEUDORA DE UN TIPO, LA CREATIVA DE OTRO. UN ESTADO, UNA ACCIÓN O UNA DISPOSICIÓN SON OPORTUNIDADES DE EXPERIMENTACIÓN QUE DETERMINAN PRESENCIAS O APARIENCIAS.


lunes, 9 de abril de 2018

Para una nueva crítica

[Nota previa.- Todos los ejemplos de Trip Advisor han sido tomados de El Barroquista, a quien agradezco mucho su labor de selección (tiene bastantes más) y su llamada de atención].


El otro día escribí que el Panteón de Roma es (para mí) uno de los motivos por los que merece la pena vivir.
No hace falta decir que otras personas tendrán otros motivos, y también que a la mayoría les gustará pero no será para tanto como para justificar su vida. Y finalmente, sí, amigos, he de reconocer que a algunos no les gusta nada.


Claro, que uno se pregunta, como siempre, cuánto vale el mero "me gusta" y el mero "no me gusta", y si no habrá algún criterio más objetivo.
Pues parece que no. Parece que de lo que se trata es, precisamente, de dar opiniones subjetivas, que son las que valen porque la opinión de cada uno es soberana y, lo que es más importante, es libre e insobornable.
Tanto es así que la Nueva Escuela Epistemológica (Trip Advisor), que empezó ofreciéndonos críticas sinceras y valientes sobre hoteles y restaurantes, ha ampliado su campo (era necesario) y se ha extendido a museos, monumentos y obras de arte en general siguiendo su aclamado y afamado estilo amítúnomeengañas, puesmenudosoyyo, y veteareírtedetupasteleramadre.

¿El Panteón de Roma? Deprimente. No vale la pena visitarlo. Está muy a mal traer (¿?) oscuro y poco referente. Esperaba algo más bonito.

(Clicad esta y las siguientes capturas para verlas más grandes y poder leerlas)

No me extraña que de 1 a 5 le pongan un 1. (Cero no se pude poner. Lo mínimo es uno. Uno. O sea, lo peor de lo peor. Peor que ir de turismo a un desguace o a un basurero).
¿Poco referente? Ahí la llevas.
Y sí. Es oscuro. Y eso que se han dejado un bujero en to lo alto.


Un agujero porque la gente antigua llevaba mohair bajo la ropa y los pies llenos de hongos fermentados, y eso hacía que no sintieran el frío y qué sé yo qué más. Pero ahora la gente se moja cuando llueve y eso no está ni medio bien. ¿Qué mierda de edificio es ese que deja pasar el agua de lluvia? Podéis ahorraros el sofocón de ir a verlo si hacéis un agujero en un cartón negro y miráis el cielo a través de él. Y además así no os mojáis.

lunes, 2 de abril de 2018

El grano de Plutón

A Ekain Jiménez Valencia, que me ha contado
lo del grano de Plutón, me ha pasado las fotos
del grano y me ha hecho así más de media entrada.


Parece que mucha gente se ha puesto de acuerdo en elogiar el arte de Gian Lorenzo Bernini comentando esta foto:


Últimamente la veo por todas partes. La gente se hace cruces de la maravilla que supone hacer que el frío y duro mármol parezca carne. Mirad cómo presionan los dedos de Plutón en el muslo de Proserpina. La verdad es que es impresionante.
Sin embargo, a mí eso no me parece que sea la quintaesencia y la razón de ser del arte, como dicen todos. No le quito mérito, naturalmente que no -¿cómo se lo podría quitar?- pero me parece que eso se ha llamado siempre "oficio". No es fácil, claro que no, pero se aprende.
Ya hablé de eso aquí, así que no voy a repetirme ahora.

Esta escultura, El rapto de Proserpina, es muy buena. Está muy bien, naturalmente que por las texturas que logra su autor, pero tanto o más por la composición, por el movimiento contenido y vibrante, por las tensiones enfrentadas... En fin.


El arquitecto vitoriano Ekain Jiménez estaba hace poco en la Galería Borghese de Roma y se quedó mirando atentamente esta magnífica estatua. Siendo él un gran dibujante imagino que miraría detalles, proporciones... De pronto, por la parte trasera de la estatua, la menos vista, atendida y fotografiada, le pareció ver...




Ekain Jiménez. Serie Aproximación al grano, pixel sobre pantalla

¡Un grano! ¡Una verruga! ¡Un angioma  rubí (o beso de ángel)!

jueves, 29 de marzo de 2018

Los clones

El periódico EL PAÍS ha publicado un reportaje en el que denuncia que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha clonó un polideportivo y lo reprodujo más de cien veces sin que su autor lo supiera.


Por favor: Antes de seguir leyendo esta entrada leed el reportaje. Clicad aquí.

Sí. Me espero. Leedlo sin prisa.

¿Ya lo habéis leído? Pues sigamos.

El reportaje, que sobre ser de denuncia también es un poco de recochineo hacia los castellano-manchegos (sí, amigos: Don Quijote, los molinos, lo paletos que son los alcaldes...), es -a mi juicio- pésimo, y de un amarillismo y de una mala calidad periodística antológicos.
(¿Y lo de la burbuja inmobiliaria a qué viene?).

Si el autor del libelo se hubiera tomado la molestia de preguntar a los técnicos de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y de informarse bien (y de ser crítico con ellos; no quiero decir que les hiciera la ola) habría tenido bastante material para hacer un buen reportaje, muy interesante y aleccionador, de una de las actuaciones de las que más orgulloso se ha sentido durante años (y con razón) el gobierno de Castilla-La Mancha.

domingo, 25 de marzo de 2018

Merece la pena

Cuando un profano como yo se quiere poner filosófico sin estar formado en filosofía suele decir muchas perogrulladas y cursilerías pensando que está diciendo algo interesante.
Soy consciente de ello, pero aun así me atrevo a escribir sin pudor una sensación que he tenido muy intensamente. A ver si la sé explicar:
Siempre, desde niño, le he tenido mucho miedo a la muerte, un miedo angustioso. Ahora lo voy controlando un poco más, y solo aspiro a que, si ninguna enfermedad ni accidente se me cruzan antes, llegue el momento en que sea lo suficientemente viejo y equilibrado (y también cansado y lúcido) como para pensar en ella con serenidad y con paz, o tal vez para que ya me importe todo una porra.

Lo angustioso es pensar que la muerte termina con todas las posibilidades, con todas las opciones, y las aplasta con la losa de lo ya irrefutable e incorregible. Quiero decir, por ejemplo, que nunca me he tirado en paracaídas y creo que nunca se me ocurrirá hacerlo, pero es algo que está ahí, a mi disposición. Es una posibilidad abierta. ¿Quién me dice que tal vez algún día...? Tampoco conozco Uagadugú (Burkina Faso), ni he leído el Yajurveda (ni tampoco, ya puestos, Mis bodas reales), ni he asistido a una función de kabuki (ni al certamen internacional de tunas "Cazorla Pueblo"), ni he probado el caviar iraní (ni los saltamontes fritos). Pero todo eso está ahí, y tal vez el día menos pensado los disfrute o los sufra. ¿Quién sabe?
Cualquier día puedo empezar a estudiar ruso, o apuntarme a un club cicloturista, o comprarme un sombrero. ¿Por qué no? Todo es posible. Todo está disponible. Todo puede ocurrir.

Pero la muerte quita todas esas opciones, echa el cierre y acaba con los sueños de "tal vez algún día..." y de "ya veréis cuando yo..." No; ya nada. Esto fue lo que fue. Se acabó. Hasta aquí hemos llegado.
Libros que nunca leeré. Cosas que nunca haré. Películas que nunca veré. Países que no visitaré. Gente que no conoceré.

Perdonadme las perogrulladas y las tonterías, ya digo(1). Estoy soltando una obviedad tras otra, ya lo sé.

lunes, 19 de marzo de 2018

Arquitectura del siglo veintiuno

A Eduardo Almalé y a todos mis
amigos pisacharcos de twitter.

El otro día mi amigo tuitero Eduardo Almalé, siempre polémico y activo, dijo que hay consenso en que los tres grandes arquitectos del S. XX fueron Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Mies van der Rohe, y puso sobre la mesa la cuestión de quiénes serán los del S. XXI.

Algunos se atrevieron a proponer varias ternas y yo dije que estamos tan solo en 2018, y me pregunté qué terna habrían propuesto los arquitectos en 1918 para elegir a los más grandes del S. XX. Obviamente, ni Le Corbusier ni Mies habían hecho aún nada interesante, y Wright, aunque ya era conocido, no creo yo que suscitara por entonces los entusiasmos mayoritarios. Seguramente los arquitectos de la época habrían elegido a sus compañeros modernistas o neoclasicistas más rimbombantes, y habrían creído que esa iba a ser la arquitectura característica del siglo XX, sin tener la más vaga intuición de lo que iba a pasar.

En 1918 ya llevaba un año fundado De Stijl en Holanda, pero aún no era conocido ni había causado ningún efecto apreciable. La Bauhaus aún no existía. Los rusos estaban en plena revolución... ¿Quién podría imaginar lo que venía?

Me gustaría que terminara alguna vez este largo período manierista que vivimos en este ya tan largo fin de siglo, y que hubiera un nuevo florecimiento bajo algunas ideas que no soy capaz de intuir ni de imaginar, pero a menudo dudo de que eso vaya a ocurrir y más bien espero resignado que esta decadencia remate finalmente en un plof.

Como soy un pisacharcos y me gusta opinar más que a un cartero doblar una revista, en ese debate tuitero se me ocurrió decir a modo de boutade (pero no tan boutade) que tal vez el XXI sea el siglo de la esperada desaparición de la arquitectura.
No digo deseada. Digo esperada.
Y ahora me toca defender esa tontería que dije.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Defensa del asqueroso

Acabamos de tener noticia de que cinco mujeres han denunciado al gran arquitecto -sí, gran arquitecto- Richard Meier por acoso sexual.

Son cinco mujeres con distintas circunstancias, y denuncian separadamente cinco acciones diferentes en distintas épocas. Todo hace pensar, en principio, por lo tanto, que dicen la verdad. Incluso el estudio de Meier ya indemnizó a una de ellas y le pagó por su silencio parcial y ha pedido disculpas, farfullando tan solo (ay, qué vergüenza) que algunas cosas que las víctimas han dicho no fueron exactamente así. O sea. Ya te digo. Y el cerdo ha dicho que se toma seis meses de vacaciones para esconderse y esperar que pase el chaparrón.

Nos hemos quedado todos perplejos porque admirábamos al tío asqueroso.

Un cerdo, un abusador, un acosador, un cobarde, un mierda. Y un gran arquitecto.

Nos quedamos sin palabras, porque es algo horrible. Y además yo no le veo el sentido. No lo puedo entender. Se supone que un arquitecto brillante, con mucho talento, y bien plantado (ahora es un viejo hinchado, pero hay denuncias de hechos ocurridos hace treinta años), debería tener recursos, cultura, simpatía, atractivo y personalidad suficientes como para ligar limpiamente y para actuar como un hombre. Pero se ve que es más directo y más cómodo abusar del poder, de la posición. ¿Hay algo más asqueroso que el jefe acosando a una empleada y abusando de ella? ¿Qué piensa ese miserable que es una mujer? ¿Qué se imagina que es una mujer?

Qué bazofia. Qué prepotencia y qué atropello. ¿Cómo alguien tan sutil y tan sofisticado, puede pensar que una mujer es tan solo un objeto para su uso y disfrute? Y al revés: ¿Cómo alguien tan zafio, tan repugnante, tan plano, tan saco de carne, grasa y pus puede crear unas obras tan extraordinarias?

Me da asco solo pensarlo. Y qué ridículos los numeritos que al parecer se montaba. Qué patético monigote. Qué cerdo.

viernes, 9 de marzo de 2018

El vulgar Pritzker

A todos estos amigos cultos e inteligentes:
por lo que más adelante digo.


El otro día se ha concedido, como cada año, el premio Pritzker. Y una vez más hemos oído cómo lo llamaban "el Nobel de la arquitectura". Y un año más algunos (los más "listos") hemos sonreído con suficiencia.

Pero tengo que reconocer que el año pasado me gustó mucho que se lo dieran a RCR, y que este me he quedado boquiabierto porque jamás había oído hablar de Balkrishna Doshi.

En seguida nos informó en twitter el siempre avisado y erudito Rodrigo Almonacid de que ya en el Benevolo y en el Curtis (dos de las biblias sobre la historia de la arquitectura moderna) aparece Doshi desde ediciones antiguas. Cotejo las mías (soy un antiguo) y viene. Inmediatamente David García-Asenjo, otro joven sabio, nos instruye con este artículo y Ekain Jiménez busca y publica en twitter las fotos con las que ilustro esta entrada, y las acompaña de muy serios y justos (y elogiosos) comentarios a la trayectoria de este arquitecto desconocido minuciosamente por mí hasta ahora




Pero quien me ha animado a escribir esta entrada ha sido Jaume Prat con este artículo en el blog de la Fundación Arquia.
Me ha dejado con el culo al aire. A mí, que me he reído siempre con desdén, como tantos arquitectos, del premio y de su banalidad y de su frivolidad.

Aparte de que el premio de marras haya acertado muchas veces a ser concedido a arquitectos magistrales y de que se haya equivocado (a mi juicio) otras muchas, es cierto que por un día la arquitectura sale en todos los noticiarios de la tele, en todos los periódicos y en todas las emisoras de radio, y, por un día, parece incluso una actividad decente y estimable, y los arquitectos, así, en general y como colectivo, parecemos seres dignos de respeto y aun de aprecio.

miércoles, 7 de marzo de 2018

De fama mundial

Perdón, perdón, perdón.

Acabo de publicar esta entrada indignándome por un supuesto concurso de arquitectura para diseñar las marquesinas de autobús de Bilbao que no es tal, sino un concurso de fabricación de esas marquesinas.

Una vez que me lo han dicho me he quedado rojo de vergüenza.

Lo que he escrito no tiene corrección posible, ni matización (y eso que tenía un par de frases ingeniosas).

Lo siento mucho. Lo único que puedo hacer es borrar esta entrada.

Dejo aquí este testimonio de mi poco rigor.

Perdonadme quienes seguís este blog, pero ya digo que no tenía forma de arreglar lo que había escrito.

(Vaya cagada).

viernes, 2 de marzo de 2018

Arte en venta

(A Mapila)

La galería Guillermo de Osma, de Madrid, expone (y vende) hasta el día 25 de marzo una interesante muestra de la obra en papel de Le Corbusier. También tiene algún mueble.
En estos días de furor por la feria ARCO, donde, como cada año, todos los medios de comunicación muestran entre indignación y cachondeo por los precios de ciertas mamarrachadas, me acerco a ver los dibujos del Corbu con la pringosidad morbosa de saber que si tuviera el capital necesario los podría comprar. No sé cómo decirlo, pero eso le da un toque pornográfico a mi visita, que no puede ser tan desinteresada como la que haría a un museo, sino muy venal y guarrona. Vamos, como si fuera al carrefour.
Tengo pensado entrar como un señor, dar una primera pasada ligera y preguntar después los precios con aplomo. (Nunca están a la vista; en eso hay aún una especie de distancia pudorosa respecto a los productos exhibidos en el mencionado centro comercial).

Sí, tengo pensado comportarme con gran dignidad, que me tomen por un coleccionista, pero no puedo empezar peor, o cagarla más temprano. En Madrid llueve sin parar y accedo a la galería con el plumas empapado y además con una bolsa de plástico (¡una bolsa de plástico!) que chorrea. No hay perchas, ni repisas, ni nada, así que dejo discretamente mis cosas mojadas en el suelo, en un rincón. La empleada de la galería viene corriendo porque he apoyado ligeramente la bolsa en una especie de cajonera de madera (de la galería, no del Corbu) que se va a estropear con la humedad.
Me deshago en excusas y empiezo a ver las obras del Corbu como el gañán impresentable que siempre he sido. (Hay gente que transmite ligereza y elegancia, y otros que somos patosos sin descanso).

Le Corbusier es un pintor estimable, pero siempre me pregunto si su obra plástica sería tan apreciada si no se apoyara en su inmensa fama como arquitecto.
También me pregunto si sus ingresos como artista plástico eran importantes respecto a los que tenía como arquitecto y, una cosa que se debería contar siempre en las biografías, qué patrimonio alcanzó a poseer en vida. (Vamos, que si ganaba bien).

Como ahora la calidad artística parece que consiste exclusivamente en los precios de las obras, voy a hacer un somero análisis de esta exposición desde ese punto de vista.

Se exponen veintidós obras en papel, dos sillones y una mesa. (El catálogo presenta también un conjunto de catre, mesa y estanterías que no he visto. Me doy cuenta ahora. Tal vez estaban en otra habitación y no he reparado en ello).

Después de dar la primera pasada pregunto -en voz muy baja y aplomada- los precios de los números 12 y 16, y me sacan de un cajón la lista metida en una funda de polipropileno. La examino cuidadosamente y me doy una segunda vuelta con ella en la mano.
Los precios van desde 24.000 € a 225.000 € (IVA incluido). La gran mayoría no llegan a los 100.000 €.
Me congratula mi buen ojo, porque uno de los dos que he elegido, el nº 12, es el segundo más caro de la muestra. Pero también es de los más grandes, y eso es evidente: En general los más caros son los mayores. Lo interesante sería elegir el más caro intrínsecamente, es decir, el de mayor precio por centímetro cuadrado.

(El más barato de la lista, Nacimiento de Minotauro, 24.000 €, ni está expuesto ni aparece en el catálogo. Pues vaya).

Me paro ante el nº 15 porque me gusta mucho: Taureau, 1952. Es un boceto con lápices y tinta sobre papel. Firmado. 21 x 33 cm2 (prácticamente un A4). 33.000 €. 47,62 €/cm2.

Le Corbusier, Taureau, 1952