lunes, 22 de octubre de 2018

Oiza inconstitucional

Planteamiento:

Me sumo gozoso a la celebración del centenario de Oiza (1918-2000), arquitecto admirable por muchos motivos, y al que cada día voy descubriendo más y con más gozo.


Pero hoy aquí quiero hablar de su faceta como profesor y de cómo podía verlo y apreciarlo un alumno cualquiera, un alumno "del montón". Quiero escribir desde la perspectiva de ese alumno, que creo que no es tan lisonjera.

(Estoy seguro de que muchos dirán que fueron alumnos de Oiza, que lo celebran cada día y que no conocieron, ni siquiera conciben, a un profesor mejor. También lo entiendo perfectamente).

Empiezo diciendo que la carrera de arquitectura no es que sea para superdotados, ni muchísimo menos (la prueba es que hasta yo la superé), pero sí exige mucha dedicación y da mucha guerra. Es una carrera muy agobiante.

Cuando era alumno estaba enfrascado en mis estudios, loco por ir tachando una y otra asignatura, y otra, y otra más, e írmelas quitando de encima cuanto antes para acabar la carrera de una puñetera vez. (Supongo que me entendéis perfectamente). Hubo un largo tramo en mis estudios durante el cual me podrían haber dicho que Frank Lloyd Wright y Le Corbusier venían por la tarde a la escuela a pelearse en el barro ante el campo de rugby y yo me habría ido a casa a preparar una práctica de instalaciones que tenía para el día siguiente.

Con estas urgencias y esta saturación de tareas dejé pasar extraordinarias oportunidades de las que ahora me arrepiento mucho, pero cada día tiene su afán, y el mío en aquellos era ir aprobando las asignaturas.

Por ese motivo no disfruté de Oiza todo lo que podría haber disfrutado.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Misión imposible

El otro día ha ocurrido una de esas cosas que nos hacen sonreír con excitación, darnos un codazo cómplice y decir: "¡Estos artistas!"
Ay, qué divertido.
Qué chispa tienen.

Y es que el supuesto artista callejero Banksy la ha liado parda: Se ha subastado un cuadro suyo en Sotheby's por un millón y pico de euros y nada más dar el martillazo final se ha autodestruido.

Así lo han dicho en todas las teles y radios: "Se ha autodestruido". Esa palabra me lleva, inevitablemente, a Misión Imposible: "Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos". Qué bien me lo pasaba de niño con esa serie de televisión (y qué decepción y qué vergüenza ajena con las películas del guapito bajito, que la traiciona impúdicamente).

La admiración seguía en mi memoria muchos años después,
cuando entre las decenas de personajes a quienes dediqué mi
tesis doctoral estaba "el negro de Misión Imposible"

Hace años empecé a oír hablar de Banksy (y muy bien) en la radio. Contaban su anonimato voluntario y férreo, que en seguida me sedujo y me llevó al Coyote (sí, de acuerdo, soy más del Coyote que de Batman, podéis insultarme, podéis repudiarme), que el artista aprovechaba para criticar la sociedad, para lanzar un rápido mensaje de lucha y de esperanza y desaparecer. Eso me llenaba de curiosidad. Era como un superhéroe. ¿Le perseguía la policía? Por supuesto. Y además su arte era nuevo, revolucionario. ¿Cómo serían sus pintadas? No me las podía imaginar.

Así que cuando por fin vi una obra suya se me cayeron uno a uno todos los palos del sombrajo. El mensaje era bastante light, y en cuanto al estilo y al nivel de su arte pictórico cualquier dibujante de cómic es bastante mejor.
Sus supuestos dibujos reivindicativos y admonitorios no le llegan ni a la suela de la suela del zapato a Quino, a Schulz, a Watterson, a Chumy, a Mingote, a Forges... a nadie.

No lo entendí y no lo he entendido desde entonces. No le veo la gracia. Nunca se la he visto. Me parece un ilustrador correctito con un mensaje facilón. Nada más. Supongo que, como de lo que se trata es de quedarse con el público, de "contar una historia", su gracia es el anonimato, pero no lo usa para subvertir el orden, sino tan solo para decirnos: "Chicos, no seáis malos". Me parece el típico enfant terrible que engatusa a las marquesonas.

jueves, 11 de octubre de 2018

Fragilidad

En clase de Fullaondo hicimos una sólida amistad Juan Pablo de Bidegáin, Marta Buenaventura, Juan Torres y yo.
Una vez terminada la carrera nos seguimos viendo, pero, lo que son las cosas, cada vez menos.
Tuvo que morirse Juan Pablo a principios de este año para que los otros tres volviéramos a quedar. Y la verdad es que, después de tantos años (gracias otra vez, Juan Pablo), lo hemos tomado con cierta seriedad y estamos juntándonos a comer cada tres o cuatro meses, que no está nada mal. Esperemos que la costumbre arraigue y se consolide.

Ayer tocó, y Marta nos dijo que, después de llevar un tiempo queriendo hablar con Paloma (la viuda de Fullaondo) se había enterado de que había fallecido hace poco. Naturalmente, Juan y yo no sabíamos nada y nos quedamos muy tristes.
Le teníamos mucho cariño. Siempre se portó muy bien con nosotros, como su marido.

Volvimos, como siempre, a evocar aquellos tiempos lejanos de cuando éramos primero estudiantes y después incipientes profesionales, en los que seguíamos en contacto con ellos. Tantas historias, tantas bromas, tantas batallitas. Tantos compañeros, tantas maniobras buenas y malas de unos y de otros, tantos dimes y diretes, pequeñas intrigas y grandes generosidades. Me imagino que lo normal, lo de todo el mundo, la vida de cada uno. Sí, ya, pero es que esta es la mía y me toca muy dentro y me conmueve.

Les conté que la última vez que estuve en contacto con Paloma fue a cuento de haber ido con Ochandiano a conocer la calle de Juan Daniel Fullaondo en Madrid. Nos fotografiamos bajo las placas con su nombre y le mandamos las fotos a Paloma. Siempre tan amable, tan cariñosa, nos agradeció el gesto y nos deseó lo mejor.

Les dije a mis amigos que estaba terminando de leer este libro (lo saqué de la mochila y se lo mostré):


Ya en casa por la noche lo acabé. Todo cuadra, así que lo fui a terminar justo unas horas después de haberme enterado de la muerte de Paloma.

El libro es magnífico, pero no estoy ahora para hacer una reseña de él (o tal vez sí, pero de otra manera).

martes, 9 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (III)

En el año 1929, cuando se presentaron los trabajos para la primera fase del concurso del Faro de Colón, el joven y brillante arquitecto Ivan Leonidov estaba en la cresta de la ola. Dos años después, cuando se falló la segunda y definitiva fase, ya no era ni joven ni brillante: Había sido súbitamente hundido y anulado, y languidecía en Siberia(1).

Leonidov fue el alumno más brillante del VKhUTEMAS. Había terminado la carrera en 1927 bajo la tutela de Alexandr Vesnin, que inmediatamente lo acogió en su estudio y lo lanzó a dar clases, a escribir artículos, a presentarse a concursos y a irse labrando su carrera triunfal. En 1929, con solo veintisiete años de edad y dos de arquitecto, ya tenía seguidores. Ya se hablaba de la "escuela de Leonidov", del "leonidovismo".
Recién casado, con un montón de proyectos por delante y con mucho por contar y por hacer, todo le sonreía.
El concurso del faro de Colón le venía a la medida. A Leonidov se le acusaba a menudo de que no respetaba las bases de los concursos y se inventaba cosas. Pero en este, a pesar de la exhaustividad de datos y solicitaciones, las bases mencionaban explícitamente la necesidad de redefinir el concepto de "monumento" y de replantear su función, su profundidad, su repercusión. Para eso estaba él. Este era su concurso soñado.

En el pequeño apartamento de Moscú trabajaba en calzoncillos sobre el tablero. Vivía con austeridad, pero no parece que con tanta como para carecer de un pantalón y de una camisa de trabajo. Más bien lo hacía por comodidad. Con una rodilla en el taburete y las caderas y el torso abalanzados sobre el papel, parecía dibujar con todo el cuerpo. Y sin embargo lo hacía con una precisión insuperable.
Estaba frenético, inmerso en su trabajo, absorto. Llamaron a la puerta. Ni lo oyó. Volvieron a llamar.
-¡Nina!
Seguían llamando.
-¡Nina!
El apartamento era muy pequeño como para que su mujer no lo hubiera oído. Seguro que había salido a comprar pan. Le habría advertido de que se iba un momento y se habría despedido de él, que, embebido en el faro, ni se había enterado.
Ya estaba de vuelta. Se habría dejado la llave.

Saltó con agilidad y en tres zancadas llegó a la puerta y la abrió. Pero no era Nina, sino un caballero de edad madura, pulcramente vestido con traje, chaleco, corbata, pañuelo bien doblado asomando por el bolsillo y hasta sombrero, que lo miró con desaprobación. Él llevaba solo unas zapatillas viejas de andar por casa y los calzoncillos(2).

-¡Andrei Nikolaevich!
-Ivan Ilich.
-Pero pasa, pasa.

Al ingeniero Andrei Nikolaevich Koniaev no le había gustado nada que su hija se hubiera casado con ese animal. Sí, decían que tenía talento, y parecía listo, pero... Qué pena, su querida hija, tan culta, tan educada.

-Nina ha salido. Volverá en seguida. ¿Quieres tomar...? No sé qué tengo.
-Dame un vaso de agua, por favor.

Incapaz de hablar de otra cosa ni de tener una conversación familiar o social, Ivan le enseñó a su suegro lo que estaba haciendo. El ingeniero descreía minuciosamente de la arquitectura de vanguardia, pero tampoco tenía mejor cosa que hacer que asomarse a los planos de su yerno.

Leonidov le contó que se trataba de reconsiderar el concepto de monumento. Un monumento era algo que conmemoraba. Hasta ahora se había conmemorado con mármol, con granito, con estatuas que reproducían la faz y el cuerpo de un personaje o la imagen de un hecho histórico. Pero la verdadera conmemoración actual, en los tiempos del cine y de la radio, debía ser otra cosa.
Él proponía honrar y rememorar a Cristóbal Colón, el personaje y su papel histórico en el desarrollo de la cultura contemporánea, con un conjunto de elementos tecnológicos que proyectaran imágenes sobre el cielo y ondas de radio por el aire, un foco de conferencias, tertulias, música... También iba a ser un puerto aéreo y marítimo, un cine, un museo, e incluso un centro experimental de radiovisión a distancia.
Al ingeniero ese planteamiento le gustó, y la fe y la claridad con la que lo exponía el joven mucho más. Verdaderamente era un hombre de talento y tenía la energía y la convicción para llevarlo a cabo.




Calzoncillista Leonidov. Propuesta para el monumento a Colón.

jueves, 4 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (II)

En la entrada anterior ya vimos el primer premio del concurso. Antes de seguir hablando vamos a ver el segundo premio:


Concurso "Faro de Colón". Segundo premio. Sres. Nelson y Lynch. (Chicago).

Y el tercero:




Concurso "Faro de Colón". Tercer premio. Sres. Vaquero y Moya. (España).

A Joaquín Vaquero Palacios y a Luis Moya Blanco les dieron el tercer premio. Qué bien, ¿no? Pues no. En un concurso tan importante ser los terceros era mucho, pero ser los primeros era mejor; sobre todo cuando, a su juicio, los dos que les habían adelantado no cumplían las bases y había que descalificarlos.

Veamos:

lunes, 1 de octubre de 2018

Día Mundial de la Arquitectura

Hoy, por ser primer lunes de octubre, y por lo tanto primer lunes del último trimestre del año, se celebra el Día Mundial de la Arquitectura.

Siempre en lunes.

Lunes.

Por algo será.


Por tal motivo interrumpo la saga calzoncillista que sé que estáis empezando a seguir con entusiasmo para hacer esta brevísima y rapidísima entrada.

Día mundial de la arquitectura: Primer lunes de octubre. Yo, que a veces presumo de ser un "arquitecto profesional", llevo trabajando intensamente todo el mes de septiembre sin cobrar. ¿Por qué? Porque soy tonto. Pero tonto a unos niveles raramente concebibles.


A).- He hecho un proyecto de un chalet (no solo durante septiembre, sino desde julio; no he tomado vacaciones) y el cliente aún no lo ha pagado. Le he urgido a que contrate aparejador, me ha pedido un presupuesto de honorarios de uno que fuera de mi confianza, se lo he pedido a un estupendo profesional con quien suelo trabajar y se lo he transmitido al cliente.
El presupuesto de mi amigo es verdaderamente muy ajustado.
Hoy me llama el cliente diciéndome que otro aparejador le ha dado un presupuesto de menos de la mitad. Le digo que no puede ser. (A mi juicio esa cifra le daría para pagar los visados, el seguro y muy poco más). Me dice que sí, y que ese aparejador trabaja en una cuadra-galera de servicios múltiples y también le ofrece los servicios de un arquitecto por la mitad de precio que yo, que os aseguro que trabajo por un precio realmente bajo, que no llega ni a la mitad de las añoradas y lloradas tarifas de honorarios.

El subprofesional mierdero ese no solo tira el mercado cobrando una cantidad irrisoria, sino que mete cizaña respecto a mí, que no he cobrado aún más que una pequeña provisión de fondos en julio pero tengo el contrato firmado.

(A ver si el cliente me paga, que sigo creyendo que sí, y también contrata como aparejador a este hijo de la gran puta(1). Ya veréis qué ambientazo vamos a tener en la obra).


B).- Otro cliente, que me ha pedido unos croquis para un hotel, para ver su viabilidad y tal, y que tampoco me ha pagado aún esos croquis (que pueden evolucionar a proyecto o quedarse ahí sin más, y como tales fueron presupuestados), ya me va pidiendo los ficheros de autocad.


Feliz Día Mundial de la Arquitectura.


(Por favor: No me hagáis comentarios en el sentido de que soy idiota. Eso ya lo sé. Ni me digáis que hay que cobrar más provisión, ni que hay que tener más picardía, ni que espabile. Ya. Ya. ¿No os estoy diciendo que soy tonto?)

(Tengo fe, con todo, en cobrar. Al menos una buena parte. Ya os lo contaré a continuación).


(1).- Bueno, más bien su explotador, el amo del corral. Este es un pobre gallino, un infeliz. (Pero que aprovecha su ridícula oferta para echar mierda sobre mí con verdadero entusiasmo).
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Addenda de **-10-2018: Hoy finalmente... (Ya pondré lo que sea).

Addenda de 15-10-2018: Hoy me han pagado los dos. El mismo día. Estupendo.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El faro y los calzoncillos (I)

A Rodrigo Almonacid, que me facilitó la crónica
de Joaquín Vaquero y Luis Moya sobre el concurso.

La Quinta Conferencia Internacional Americana, reunida en Santiago de Chile en 1923, recomendó honrar la memoria de Cristóbal Colón construyendo un faro monumental en la costa de la República Dominicana con la colaboración de todos los gobiernos y los pueblos de América y de todo aquel que quisiera soltar pasta.
Debería ser un faro, un monumento... y la tumba de Colón. (Eso si la catedral de Sevilla accedía a desprenderse del venerable cuerpo).

El Consejo Directivo de la Unión Panamericana tomó esta recomendación en 1927 y dijo que sí.
Se decidió, dada la importancia de esta obra, convocar un concurso internacional al que seguro que se presentarían los mejores arquitectos de todo el mundo.

El concurso se celebró en 1929, y constaba de dos etapas: A la primera se podría presentar todo el que quisiera, y de ahí se seleccionarían diez anteproyectos, a cuyos autores se les invitaría a participar en la segunda.

Las extensísimas y documentadísimas bases del concurso decían que no se trataba de diseñar un faro vulgar y corriente, sino un monumento a Cristóbal Colón, y se deshacían en exaltaciones simbólicas.

República Dominicana. Hoja bloque de 1953 mostrando
el proyecto ganador, de Joseph Lea Gleave.

En la primera fase compitieron 455 arquitectos de 48 países.
El jurado internacional, en el que estaban personalidades muy importantes, como Horacio Acosta y Lara, de Uruguay (presidente del jurado y representante de América Latina), Eliel Saarinen, de Finlandia (representante de Europa) y Raymond Hood, de Estados Unidos (representante de América del Norte), se reunió en Madrid en abril de 1929 y eligió a los diez finalistas, que pasarían a la segunda fase, pero también se despachó a gusto comentando los tremendos errores de muchos de los presentados, para que los diez seleccionados no los cometieran en la segunda y más madura elaboración de las propuestas.




(Antes de seguir, y para saber con quienes se jugaban los cuartos los concursantes, vemos lo que hacían los miembros del jurado: Una casa de Acosta y Lara -con el ingeniero Guerra Romero- en Montevideo, la estación de Helsinki, de Saarinen y el Chicago Tribune, de Hood, que ganó un concurso internacional famosísimo y ya sabía de que iban estas cosas).

Y, claro, conociéndolos, podemos imaginar lo que opinaron sobre algunos de los presentados impresentables. El secretario técnico del jurado, Mr. Albert Kelsey, escribió en el acta:

Albert Kesley. Edificio de la Unión Panamericana, Washington.

martes, 25 de septiembre de 2018

Arquitecto-arquitecto


En mi anterior entrada escribí que me parecía que Robert Venturi había sido un gran escritor, pensador y crítico de arquitectura, pero un mal arquitecto. Para colmo dije que como arquitecto-arquitecto dejaba mucho que desear.

El agudo polemista Hans Brinker me recriminó. Me preguntó qué entendía yo por arquitecto; es más: qué entendía por arquitecto-arquitecto. ¿Solo es arquitecto quien construye?, me preguntaba, ¿y solo quien lo hace bien?
Añadía que también es arquitecto quien escribe sobre arquitectura y quien hace muchas otras cosas, y que es muy reduccionista considerar arquitecto solamente a quien diseña y dirige las obras de edificios.

Le di apresuradamente la razón y le prometí que intentaría aclarar mi postura en el blog, ya que en twitter es imposible matizar con cierta extensión.
Confieso que mi primera intención fue contemporizar y templar gaitas, pero he estado mirándome por dentro, dándole vueltas y no puedo. Voy a exponer mi opinión sincera. Ojo: Mi opinión. Nada más que mi opinión, que no tiene valor alguno para nadie más que para mí. Y creo que voy a cabrearle aún más. (Es posible que cabree a más gente. Lo siento. No lo hago por pura maldad, sino por exponer sinceramente lo que creo).

¿Qué es un arquitecto1? y aún más: ¿Qué es un arquitecto-arquitecto?

La definición clásica de arquitecto-a en el DRAE era:


"Persona que profesa o ejerce la arquitectura". Bien. Parece obvio. Pero ahí mismo leemos qué entiende la RAE por arquitectura: "Arte de proyectar y construir edificios". Es decir, que el arquitecto es la persona que tiene por profesión proyectar y construir edificios.
Esto es lo que viene en mi edición en papel, que es la vigésima primera y data de 1992.
En el DRAE online vemos que esa definición ha cambiado:

Añaden (a mi juicio innecesaria y torpemente) el matiz de que esa persona esté legalmente autorizada, pero en lo que es su profesión y cometido no cambian nada.
Y arquitectura sigue siendo "arte de proyectar y construir edificios". Para más inri le añaden "diseño de una construcción", que creo que estaba más o menos incluido en la anterior acepción.


Las otras dos acepciones no aportan nada a lo que nos interesa, así que podemos decir que en este momento, según la RAE, un arquitecto es una persona que tiene el título académico adecuado, está colegiado, no se halla en situación de incompatibilidad, está al corriente de sus cuotas y demás obligaciones, no ha sido legalmente inhabilitado y yo qué sé qué más, y por todo ello tiene como profesión el arte de proyectar y construir edificios, y también diseñarlos (por si lo de proyectar no había quedado claro).

Este carácter ordenancista y circunspecto del diccionario de la RAE a mi juicio olvida el ámbito común de la lengua, al que debería pertenecer, y desvirtúa el significado amplio del término. Miro ya por curiosidad médico e ingeniero y lo mismo: han añadido la precaución legalista que a mi juicio estropea la definición y el significado común de esos términos.

Para huir de oficialismos y de similares plagas consultemos el María Moliner, que es tan solo un excelente diccionario, un diccionario DE USO del español. Allí leemos que el arquitecto es la persona que tiene como profesión la arquitectura. Casi lo mismo que en el primer DRAE que he puesto.


Y la arquitectura abandona la faceta de proyecto y se queda solo en construcción, pero incluye también a los monumentos: "Arte de la construcción de edificios y monumentos". Y también "esa actividad, considerada como una de las bellas artes".

Observo que, por la vía de los diccionarios, y recogiendo lo que se entiende comúnmente por el término, la profesión del arquitecto solo alcanza a proyectar y construir edificios (e incluso monumentos), aunque para ello tenga que cumplir unos determinados requisitos legales.

En principio, todo lo demás quedaría fuera.

jueves, 20 de septiembre de 2018

En la muerte de Robert Venturi

Anteayer, 18 de septiembre de 2018, ha muerto Robert Venturi. Pero yo me acabo de enterar y es ahora cuando intento una necrológica muy apresurada.
(O, más que una necrológica, una excusa para decir algo lateral, como de costumbre).


En mi opinión, Venturi, más que arquitecto, es uno de los pensadores y escritores de arquitectura más inteligentes y agudos que ha habido. Su libro Complejidad y contradicción en la arquitectura es un texto obligado para cualquiera que quiera saber algo o pensar algo. De arquitectura y de todo.

Ese libro sigue siendo tremendo, pero hay que recordar que es nada menos que de 1966. Y reformular entonces, con Mies vivo, su famosa frase less is more (menos es más) como less is bore (menos es aburrido) denotaba una dosis notable de valor y de intrepidez. Y también de lucidez.

Con su esposa Denise Scott Brown y con Steven Izenour escribió en 1972 Aprendiendo de Las Vegas, un libro muy provocativo que, a mi juicio, a base de elogiar la confusión y la superposición, acaba por ayudar a la no valoración de nada y a la anulación de lo mejor. Pero esa es solo una opinión mía, que, sumido en mis oceánicas ignorancias, y carente de tantísimos conocimientos, nunca he querido perder mi escasísimo tiempo en aprender nada de Las Vegas.

martes, 18 de septiembre de 2018

Los buenos amigos

A David, Emilio, Francis, Nacho y Pedro.

Hace unas semanas os conté que estaba preparando un currículum para presentarme a algo que, aunque no necesitaba perentoriamente para vivir, sí me hacía mucha ilusión.
Bueno, pues finalmente los resultados han salido hoy. Nos hemos presentado trece, y con la satisfacción de haber quedado entre los trece primeros os tengo que contar la experiencia tan tremenda que he vivido.

Lo primero fue que me llamó Ignacio Vicente-Sandoval para avisarme del asunto y para animarme a que me presentara.
Me hizo mucha ilusión que Nacho pensara en mí como un posible buen candidato, y me animé a participar.
Le doy las gracias muy efusivamente por ello.

Ya he contado varias veces que soy un desastre para estas cosas. Siempre hago algo mal, no presento la documentación correcta, no cumplo el plazo, no acudo al sitio adecuado... Lo que sea. El caso es que siempre lo hago mal.
Así que esta vez me propuse hacerlo bien. Me estudié las bases, reuní la documentación y fui al registro pertinente a presentarla.
Una vez presentado, fui a diario para ver si había salido la lista provisional de admitidos, ya que, como os podéis imaginar, tenía el inveterado mosqueo de que algo hubiera salido mal, y según las bases había solo cinco días para subsanar lo que fuera.
Tenía que estar atento. La señorita que atendía el registro me veía aparecer cada mañana ante su mesa y cada mañana me decía que no había novedades.

Finalmente salió la lista provisional y, como me temía, yo estaba excluido. No podía ser. Esta vez lo había hecho perfectamente. (Pero mirad cómo a pesar de todo tenía el temor, y cómo ese temor era fundado).
El motivo de exclusión fue no haber acreditado algo que me constaba que había acreditado incluso con exhaustivo y pelmazo cansinismo.

Me quedé hundido, desarmado. Deshecho. ¿Qué más podía hacer? Esta vez lo había hecho bien y tampoco había servido. Estaba completamente desanimado.

Vi con sorpresa (no había ningún motivo de sorpresa; era, sencillamente, que no me lo esperaba) que mi amigo David García-Asenjo también se había presentado (y sí estaba entre los admitidos).

Las mejores amigas

En mi desesperación, lo primero que se me ocurrió fue llamarle: "¿Qué documentación has presentado tú, que te han admitido?" Pero no podía. ¿Cómo iba a hacerlo si él optaba a lo mismo que yo, si éramos involuntarios competidores? No: Definitivamente no podía ponerle en ese compromiso de obligarle a ayudarme o a poner alguna excusa para no hacerlo. Me ayudaría, por supuesto, pero no quería (y no debía) obligarle. Tenía que buscar otra solución.

En esto me llamó Nacho, que había visto las listas. Me animó. Me dijo cómo interpretaba mi exclusión según su experiencia. Me animó a volver a aportar la documentación señalada, a insistir, a no rendirme. Me dejó más tranquilo.

En ese momento, y sin saber dónde se metía, se cruzó mi amigo Francis sin saber nada de esto y contándome otra cosa. Aproveché para desahogarme con él. Le señalé también la calidad del amigo que se había interesado por mí, que me había llamado y me había animado tanto. Y me contestó, sencilla y naturalmente, que cada uno se merece los amigos que tiene y que yo me merezco los mejores.

Estoy mayor, me siento un inútil, estoy muy sensible, veo que soy un bobo, tengo amigos que me quieren mucho... Conclusión: Una fugaz lagrimita me escurre por el borde la nariz. Ay, Señor, qué mentecatez, qué blandura.

Al día siguiente, también ignorando dónde se metía y sin imaginar la muñeca chochona que se iba a encontrar, me llamó Emilio para otra cosa. Nueva exaltación de la amistad. Enésima muestra del cariño que me tiene Emilio... No os riáis, pero con todo esto me siento triste, patoso, torpe y muy feliz.

Pedro, otro de los grandes amigos, contrapesaba la tensión hablándome del asunto desapasionadamente, pero cumpliendo también una función decisiva para conseguir un cierto equilibrio en mi estúpido yo.

Y ya el colmo, la bomba, fue cuando David (mi amigo David, pero no olvidemos que al mismo tiempo uno de mis rivales en la pelea) me mandó un mensaje preguntándome que me había pasado y brindándome su ayuda.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Estreno sección en "Cosas de Arquitectos"

Una de las webs lideresas en la difusión de la arquitectura, COSAS DE ARQUITECTOS, se ha dirigido a mi agente, ha pagado mi cláusula de rescisión y me ha puesto los grilletes para que publique allí una cosilla (no la llamo ni articulillo) a la semana.

Por higiene mental y por claridad, para no hacerme un lío, he querido que sean intervenciones sobre un tema concreto que yo mentalmente sepa separar con claridad de lo que publico aquí.
Así que he pensado que como soy un arquitecto con treinta y tres años de profesión (la mayor parte de ella bastante cutre), podría contar anécdotas reales que me hayan pasado (a mí o a amigos íntimos) con los clientes y con los constructores en el proceloso mundo de la pseudoarquitectura.

He titulado esa sección "Arquitecto de batalla - Batallitas de arquitecto", y me estreno con un post sobre los hermosos croquis de planta en papel cuadriculado que a todos nos han traído más de una vez los clientes.

Se titula "Los cuadritos (I)", y, como sugiere el número romano, continuará.

Espero que os guste y que visitéis a menudo la web COSAS DE ARQUITECTOS.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Del render a la rendición


El 11 de marzo de 2004 hubo en Madrid unos atentados horribles y espeluznantes de unos criminales tan malvados como idiotas, de los que creen al mismo tiempo en un dios omnipotente y en que no es capaz de solucionar sus propios asuntos ni eliminar a sus supuestos enemigos, y ellos -gilipollas profundos y ratas asesinas- se lo tienen que hacer.

El caso es que hubo muchísimos muertos en los trenes de cercanías de Madrid a primera hora de la mañana, cuando todo el mundo va a trabajar.
Todavía nos acordamos de ello. Y nos acordaremos siempre.

Uno de los actos que se programaron a partir de aquello fue erigir en la estación de Atocha de Madrid un monumento en memoria y homenaje de las víctimas de aquellos brutales e incomprensibles atentados.

El estudio FAM (Fascinante Aroma de Manzana), formado por los jóvenes arquitectos Mauro Gil-Fournier, Esaú Acosta, Raquel Buj, Pedro Colón de Carvajal y Miguel Jaenicke (a quien por el apellido le supongo hijo de quien fue profesor mío de estructuras) ganaron el concurso con una muy bella idea.

Render de la propuesta ganadora
Secuencia de ilumicación del monumento a lo largo del día. Render de la propuesta

Consistía en una cápsula rígida irregular y translúcida que dentro tendría una lámina ligera, flotante, como una especie de medusa, en la que estarían escritos unos cuantos mensajes de entre los que dejamos (sí, yo también) en los distintos  rincones de la estación de Atocha en los días siguientes a la salvajada.



No entendimos entonces cómo era esa cápsula exterior ni cómo flotaría la lámina en su interior. Lo peor fue que sus autores tampoco lo sabían.

sábado, 25 de agosto de 2018

Así se dibuja

Yo no fui un niño tan tonto. Me gustaba el fútbol (jugaba muy mal, pero me gustaba mucho), el rescate, montar en bici, jugar a policías y ladrones, y a indios y vaqueros, pegar tiros -púñam púñam-, discutir porque quien tenía que morirse no estaba dispuesto a hacerlo, ver películas, hacer carreras ciclistas y partidos de fútbol con chapas, galopar sobre un caballo imaginario... pero también me gustaba leer y me gustaba dibujar.
Me apasionaba dibujar. Y quería hacerlo bien.
En la biblioteca de mi barrio -yo entonces vivía en Madrid- tenían todos los libros de José María Parramón. (Ahora recuerdo que no estaban en la sección infantil, sino en la de adultos: Yo sería ya un adolescente, entonces), y los leí uno a uno, e hice todos los ejercicios y copié todos los modelos.

El que lo inauguró todo fue el Así se dibuja.


Ahí aprendí a encajar, a tener en cuenta las proporciones, los claroscuros... Practicaba mucho y, como digo, me fui empapando un libro detrás de otro.

En el colegio sacaba muy buenas notas en dibujo. Creía que dibujaba muy bien.

En esa época yo estaba en plena parramonia. Creía que Parramón era el summun de los dibujantes y pintores. No se podía dibujar mejor. Lo buscaba en el Espasa-Calpe de casa y no venía, y a mí eso me sorprendía mucho porque no le veía menos talla que a los artistas que sí venían.

martes, 21 de agosto de 2018

¿Para qué sirve un arquitecto?

Dedicado a Stepien y Barnó, con
mi reconocimiento por su labor.


Los incansables Stepien y Barnó están haciendo, entre sus numerosas campañas, una que se titula "¿Para qué sirve un arquitecto?", en la que le ponen cámara y microfóno a varios ilustres compañeros (y, sin embargo, muchos de ellos incluso amigos) para que contesten esa pregunta.
Son siempre testimonios optimistas, constructivos y positivos. Yo los miro y los escucho con ganas, envidiando su envidiable actitud, pero al terminar de ver cada vídeo me quedo mal.

La guinda ha sido ver ahora un vídeo similar, pero de una universidad, que pone a varios de sus profesores explicando para qué estudiar arquitectura; para qué ser arquitecto.

Pues perdonadme, porque se ve que llevo unos días bastante bajo. Os entiendo, os respeto e incluso os admiro. Sé que hacéis un esfuerzo para explicar a la sociedad lo que somos y lo útiles que le podemos ser. Sé que con esa actitud desinteresada me estáis intentando ayudar hasta a mí. Os lo agradezco de verdad, pero no. Mis posibles clientes no creo que vean ninguno de esos vídeos, así que os aplaudo las buenas intenciones, pero me temo que son inútiles.
Me temo que esos vídeos solo los vemos nosotros para autoconvencernos de algo de lo que ya estamos convencidos.


Nadie tiene que hacer un vídeo explicando para qué sirve un médico, porque es obvio para qué sirve. Sin embargo un arquitecto no sirve para nada, y eso también es obvio para todo el mundo.

Vale, me refiero a "todo el mundo" entre quien me muevo habitualmente. No discuto que un uno por ciento de los arquitectos (bueno, pongamos un dos por ciento) son verdaderamente creativos, buenos gestores, eficaces, limpios, y son buscados con espíritu abierto por el uno por ciento de los clientes (bueno, digamos el dos por ciento) para que les hagan obras funcionales, luminosas, hermosas, felices... Pero me temo que la inmensísima mayoría chapoteamos en el barro dándonos dentelladas unos a otros por unas migajas de balaustrada o de falsa columna de escayola. Al menos esa es la profesión que yo veo todos los días, y en la que estoy.

Os pondré un ejemplo que tal vez os parezca idiota (y tal vez lo sea), pero os aseguro que es casi literal con nuestra profesión:

Imaginemos que el mes que viene el gobierno aprobara un decreto ley que, en aras del decoro urbano, de la imagen cívica y de la estética pública, nos obligara a contratar a un "asesor indumentario" sin cuyo informe favorable no podríamos salir de casa.
Habría que abrir el armario y preguntarle si me puedo poner la camiseta de Barrio Sésamo con los vaqueros viejos y las zapatillas del rastrillo. Él nos haría unas pocas preguntas (con quién vamos, a dónde vamos, qué vamos a hacer, cuánto rato vamos a estar fuera...) y o bien nos extendería el informe favorable o bien nos propondría (ordenaría) alternativas (mejor ese polo azul, y cámbiese esos calcetines).
¿Qué haríamos? Obviamente, intentar escaquearnos: Salir a la calle sin el informe (multazo al canto), intentar hacernos uno nosotros mismos (multazo al canto), tratar de utilizar uno que hemos pillado por ahí (multazo al canto).

Escaldado por las multas, yo empezaría a pensar que, aunque mi aliño indumentario siempre me ha importado menos que las peleas de mejillones salvajes en el Mar Rojo, no tengo más narices que contratar a un asesor.
Imaginaos mi indignación.
Vale: Ya estoy resignado. Voy a ello. Ahora la pregunta: ¿Esa gilipollez por cuánto me sale? Y ahí ya se abre un mundo de posibilidades. Los asesores indumentarios se han movido ante esta nueva y enorme oportunidad profesional y nos ofrecen de todo: Abonos por semanas, por meses, por años, informes telemáticos e incluso telefónicos para no perder el tiempo y salir de casa con la prisa habitual, webs interactivas de consulta... Y unos precios asombrosos. En los primeros días de esta nueva obligación la cosa parecía que iba a ser muy onerosa, pero ya se están poniendo la zancadilla unos a otros y cada día que pasa recibimos nuevas ofertas con los precios cada vez más bajos.

jueves, 16 de agosto de 2018

La esposa del alarife

A mi amigo Joaquín López López,
que ha sido uno de los alarifes del
puente de San Martín y lo cuenta aquí.


Una de las leyendas más famosas de Toledo es la de la mujer del alarife del puente de San Martín, que salva el río Tajo y entra a la ciudad por el oeste.
Todo arranca de una pequeña e indescifrable estatua colocada en la cara o alzado del puente que mira aguas abajo, sobre la clave del arco central. Está demasiado alta y es demasiado pequeña para que se pueda apreciar bien desde fuera; y desde el propio puente no se puede ver.

La gente siempre la vio como una mujer, e imaginó (naturalmente) que era la esposa del alarife del puente. (Quién si no). Y la leyenda vino sola.


La guerra entre Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara había destrozado el puente antiguo, de modo que esa zona de la ciudad se había quedado sin acceso.

Pasaron treinta años así hasta que el arzobispo Don Pedro Tenorio dijo que ya estaba bien de tanta tontería y mandó llamar al mejor alarife de quien tuvo noticia, que se instaló en Toledo y se dedicó a la reconstrucción del puente con toda su alma.

La obra se hizo con rapidez. Llegó el gran momento de derribar las cimbras y los andamios del arco central, el más grande. Era un acto muy solemne y protocolario. Al alarife le tocaba cortar las maderas con un hacha o derribarlas con una maza. Esa era su prerrogativa y su privilegio.
(En realidad daba un hachazo o un mazazo simbólico a uno de los puntales, y al momento docenas de operarios se lanzaban a derribar el maderamen).

Pero la noche antes de la ceremonia el alarife, lejos de sentir la alegría del momento, estaba pálido, trémulo. Tenía que dormir para ir fresco a la obra el día siguiente y presidir el acto, pero no podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, le faltaba el aire, se angustiaba...
Se levantó a beber agua y después se encerró en su estudio y se echó a llorar.
Su mujer se despertó. Se asustó al verlo así. Él le dijo que había cometido un error gravísimo en el trazado del arco central, que se había dado cuenta hacía unos días y que aquella tarde, revisando las cimbras, lo había confirmado. Estaba completamente seguro de que por la mañana, al derribar la madera, caería todo el arco.

Sería su oprobio, su ignominia. Su carrera se terminaría. Tal vez incluso acabara en la cárcel por no poder afrontar las consecuencias de todo aquello.

La mujer entendió perfectamente el alcance del problema. Dejó a su marido que siguiera llorando y se alejó de él. Se vistió y salió de su casa con una antorcha.

Llegó hasta el puente, que nadie vigilaba, y arrojó la antorcha al maderamen del arco central, que empezó a arder.

La mujer se volvió a su casa apresuradamente. A sus espaldas las llamas ya iluminaban el camino.

Al cabo de una media hora, tal vez menos, el estrépito se oyó en todo Toledo. El puente se había derrumbado.

No se supo si había sido un rayo, una hoguera mal apagada o qué. En todo caso nadie sospechó nada.

El arzobispo, muy contrariado, le dijo al alarife que había que volver a empezar, y que esta vez había que darse más prisa aún, porque estaba rabioso por haberse quedado sin puente justo cuando ya lo veía terminado.

Las obras fueron rápidas, ya con las curvas de los arcos bien trazadas, y el puente quedó estupendo. El alarife disfrutó del gesto simbólico de derribar uno de los apoyos de la cimbra principal.


Respecto a la estatua se dicen dos cosas: La primera y más extendida es que el alarife la mandó tallar y colocar en homenaje y agradecimiento a su esposa. Pero, naturalmente, tenían que ser un homenaje y un agradecimiento secretos. Nadie podía conocer lo que de verdad había ocurrido. Por eso mandó colocar la estatua precisamente ahí, en un sitio tan importante como la clave del arco, pero al mismo tiempo donde no se distinguía quién era la persona homenajeada. Lo sabrían ellos dos, Dios y tal vez, en el futuro, algún otro alarife que volviera a restaurar o reconstruir el puente y que entendiera el episodio.

La segunda es que al cabo del tiempo la mujer, que no tenía la conciencia tranquila, se confesó con el arzobispo Tenorio. El prelado se agarró un cabreo de pronóstico al escucharla (sobre todo porque las dos reconstrucciones habían salido de sus arcas), pero al mismo tiempo se despertó en él una gran admiración por una mujer tan decidida y tan determinada a salvar la honra de su marido. Así que, tras recapacitar y serenarse, no solo guardó el secreto, sino que (de nuevo a sus expensas) mandó hacer la estatua de la heroica señora y colocarla sobre el arco central.


jueves, 9 de agosto de 2018

Currículum

(Nota previa: La RAE admite currículum, y a mí me gusta
más que currículo y que curriculum, así que lo uso así).

Dedico esta entrada a Ignacio Vicente-Sandoval González y a
David García-Asenjo Llana, con mi gratitud.
(Si David me autoriza, algún día contaré aquí un fantástico gesto suyo).




A mis cincuenta y ocho años, y contra todo pronóstico, me he visto haciendo un currículum. Qué sensación más extraña a mi edad. A mi edad uno debería de tener ya, si no la vida resuelta, al menos bien enfilada y más o menos definida. Pero el caso es no parar y seguir hurgando.


He tenido sensaciones muy raras. He perdido cosas, rastros, pruebas de algunos de mis pasos por el mundo, pero también rebuscando en cajones y estanterías he encontrado méritos que no recordaba.

Con todo ello he hecho una colección apresurada de mi vida. Y he pasado un par de días muy raros.

Me he visto a mis veinticinco, a mis treinta, a mis cuarenta años, atesorando méritos insignificantes cuyas pruebas permanecen tenazmente en carpetas, insistiendo una y otra vez durante décadas en que mi trayectoria tiene algún interés, y dándome batacazo tras batacazo al comprobar que no lo tiene.

He vuelto a recordar al joven prometedor que fui, que apuntaba maneras y tuvo algunos primeros méritos y distinciones que deberían haber inaugurado una larga colección pero se quedaron en eso, en vagos amagos expectantes.

Me he visto a mí mismo como desde fuera. Mi yo de cincuenta y ocho años ha visto a mi yo joven con mucha ternura y también con bastante amargura. Han sido muchas oportunidades perdidas y demasiados errores. Supongo que como todo el mundo. Supongo que eso debe de ser la vida, así, en general.

No sé qué recompensa esperaba entonces, ni si merezco aquella a la que aspiro ahora. Pero el afán, ay, el afán...

Por otra parte, este currículum que he preparado es de esos que vienen estructurados por capítulos que hay que rellenar. Uno mira con ansia aquellos en los que no puede poner nada y siente que son los que de verdad importan, y, al mismo tiempo, ve que los méritos de los que puede presumir no tienen cabida, y los acaba amontonando, sin arte, concierto ni pertinencia, en el último apartado: "Otros".

Vamos, que uno puede estar orgulloso de saberse La canción del pirata al revés, empezando por la última sílaba del último verso y declamando de memoria desde ahí hacia atrás, y no le sirve de nada. Capítulo "Otros": "Mar la, triapa caniú mi; tovien el y zafuer la; ley mi..."
(No. No me sé La canción del pirata al revés. Tampoco al derecho. Era solo un ejemplo. Pero sé escribir sonetos -técnicamente correctos, con su medida y sus rimas; otra cosa es que no tengan ningún aliento poético-, sé contar chistes con bastante soltura, sé imitar una gallina, sé hacer ambigramas, sé contar películas sin destriparlas... y más cosas. Pero ninguna de ellas sirve para el currículum).

Intentando rebañar méritos, uno intenta ponerlo todo, y se valora lo mejor que puede, pero sabe mejor que nunca, con una lucidez definitiva, que está inflando la bola con tonterías.

¿Soy apto para conseguir lo que pretendo? Honradamente creo que sí, pero seguramente no por las pruebas que estoy aduciendo, sino por otras. ¿Quién sabe? ¿Quién puede valorar estas cosas? Precisamente se piden datos objetivos, elementos mensurables y baremables para ser lo más justo posible. Pero a saber si quien más tiene es quien mejor va a saber desempeñar la función pretendida.

No quiero ver quiénes más se presentan. No quiero saber nada de sus trayectorias. Siempre es gente joven, brillante, talentosa, culta. Siempre es gente mejor que yo. Saben idiomas, han hecho cursos en el extranjero, dominan no sé cuántos programas informáticos, saben de todo, y yo me veo como el personaje de Los lunes al sol -Lino- que se tiñe el pelo de forma vergonzante, haciéndome el joven, el guay, el eficaz.


Mientras tanto, sigo viviendo y perdiendo el tiempo como de costumbre. Es agosto y esto sigue, y cada día que pasa soy más viejo y estoy más acartonado.

martes, 7 de agosto de 2018

La habitación cursi

(Consecuencia -más que continuación- de mi entrada
anterior, que ha suscitado comentarios muy interesantes
y me ha dejado con ganas de decir más cosas).


El término kitsch se acuñó en Múnich hacia mil ochocientos sesenta y tantos. No se conoce su etimología: Unos dicen que procede de kitschen, una palabra del dialecto alemán del sur que significa chapuza y mugre, y otros dicen que viene de la mala pronunciación del inglés sketch, que los turistas pedían a los artistas locales. A mí ambos argumentos me parecen forzados. Pero es lo que hay.

Algunos autores dicen que kitsch no se puede traducir a ningún idioma más que al español cursi, que a su vez tiene una etimología más que dudosa (las hermanas Sicour, de Cádiz, y otras tres o cuatro versiones más) y además no significa exactamente lo mismo.

Sí hay un punto en que coinciden lo kitsch (o cierto subgrupo de lo kitsch) y lo cursi: Ambos son sucedáneos de lo artístico, de lo intelectualmente valioso, a lo que se supone que querrían aspirar pero se quedan en algo cómodo, trillado y con pretensiones, en algo ridículo.

El público no avisado (y un poco patán) aspira a vivir experiencias artísticas pero se va a lo cursi y a lo hortera porque se cree que esos sucedáneos son arte verdadero. (El arte verdadero no le suele gustar).

Ramón Gómez de la Serna tiene un texto delicioso y lucidísimo que se titula "Ensayo sobre lo cursi"(*). En él dice con gran ternura e ingenuidad, pero también con gran perspicacia, que en su casa racional y sensata necesita tener una habitación cursi, llena de cosas y recuerdos, blanda: Una habitación donde refugiarse, donde esconderse como en el claustro materno.
"En esa habitación sí que no me puede coger la mala muerte y me siento en una lejanía de todos los gases asfixiantes".


Este es el fundamento del kitsch: la huida de la tragedia y el consuelo ante la dureza de la vida. Todos necesitamos una habitación cursi.

Decimos que amamos el arte, que deseamos el arte, pero a menudo se nos olvida que el arte no es esa bella fruslería cómoda y hermosa que deseamos. Esa cosa amable y dulce es una bella imitación, es el kitsch. El arte es jodido. El arte es sumergirte en la duda, en el torbellino, luchar, perder, dejarte la piel a tiras, no descansar ni un momento, angustiarte, buscar. El arte es una mierda.

Y la vida es otra mierda. O la misma. Competir, afanarse, madrugar, fracasar, jadear, llegar tarde y al sitio equivocado, volver a empezar...

Pero el kitsch, lo cursi, es una maravilla. Nubecillas de algodón dulce y muchos lazos rosas(**). Es un consuelo y un placer.

Si te encierras en la habitación cursi y te abrazas a un cojín blandito y mullido nadie va a venirte con un burofax y, como dice mi ilustre tocayo, ni siquiera la muerte te va a encontrar.

Los libros que más gustan, las músicas, las películas... todo eso es un sucedáneo de arte que va muy bien, que está muy bien hecho y nos satisface, pero que no es arte en lo que este tiene de vanguardia y de experimentación e investigación. (Vamos, en lo que tiene de arte de verdad).

jueves, 2 de agosto de 2018

Buenos edificios detestables

A mi amigo virtual The General (@johnygrey), que
ha propuesto esta discusión y me ha movido a escribir
esta entrada lleno de dudas.

En twitter sigo con entusiasmo a un ingeniero de caminos que se hace llamar The General (@johnygrey), como la obra maestra de Buster Keaton y el nombre de su protagonista. Se dedica a los puentes: profesionalmente a hacerlos y pasionalmente a amarlos y a explicarlos.

Tanto entusiasmo demuestra, tanta pedagogía despliega y tanta sabiduría atesora que para mí es siempre una gozada leerlo. Lo tengo por "amigo virtual" y he tenido más de una jugosa conversación con él. Lo tengo como "amigo" pero ni sé su nombre en este mundo unopuntocero ni qué aspecto tiene. Para mí (y para todo twitter) tiene la cara de Buster Keaton que exhibe en su avatar.

El otro día ha escrito en twitter que lamenta no haber estudiado en la antigua escuela de caminos que está en el parque del Retiro de Madrid, en un bello edificio de ladrillo y en un entorno idílico:


Por el contrario, tuvo que padecer la carrera en este monstruoso comealumnos:


Para él fue una desgracia que la escuela se mudara de aquel lugar tan agradable a este otro tan duro, tan desagradable, y decía: "Y qué queréis que os diga, que tu casa te define y que el edificio no ayuda a transmitirles a los alumnos el amor al Arte y a las Humanidades".

Me sorprendió esta afirmación en una de las personas que con más lucidez habla de belleza, de arte y de humanidades. Me encanta cuando habla de la belleza de un puente, fundamentada esta en lo bien que trabaja aquel, y con cuánta lucidez explica los porqués de tal forma o de tal detalle, y los aciertos de diseño que impiden malos comportamientos de tal sección, y de todo ello glosa una precisa y lúcida alabanza a la belleza, a la belleza real que yo también defiendo: "La belleza es el resplandor de la verdad". Y todo eso, naturalmente, son Arte y Humanidades. Para mí son el Arte y las Humanidades más elevados.
Salvando la maniquea y falsa caricatura de la oposición entre el arquitecto y el ingeniero, con The General da gusto hablar porque entiende la arquitectura y le gusta, y porque hermana estas dos profesiones en una misma misión.

Por eso me sorprende que diga que le gusta el edificio antiguo, que yo veo como anodino pastiche sin interés alguno (aunque sí: agradable), y que odie el nuevo, que yo veo muy interesante. (Cuando habla de los entornos, de la proximidad al metro y esas cosas sí estoy de acuerdo con él, pero como edificio veo el moderno mucho más eficaz y apropiado).

Le digo que es obra de los arquitectos Luis Laorga y José López Zanón y que es un buen edificio moderno que ganó el concurso en 1963. (Clicando aquí podéis leer un informe).


Me dice: "Te voy a ser sincero: El edificio sumado a su uso (como centro de tortura) es una pesadilla. Y no es acogedor en absoluto para el alumno. Y con este sentir se me hace muy difícil verle las virtudes". Y añade: "Y esto me lleva a una duda que te traslado, a ver qué piensas: ¿Si la mayor parte de los usuarios de un edificio lo detestan, es buen edificio?"

Menuda pregunta. Uf. Es definitiva. No sé qué decir. Pues que no. Claro que no. No puede serlo.

Pero vamos, por el mero placer de debatir, a señalar dos posiciones extremas:

1.- Una de las funciones más importantes de un edificio es satisfacer a sus usuarios, hacerles las cosas agradables, ser limpio con ellos, ser sincero, ayudar a que realicen sus tareas (en este caso dejando entrar bien la luz, estando bien climatizado, siendo cómodo, etcétera). Por lo tanto, si sus usuarios lo detestan es un mal edificio. Sin duda.

2.- Supongamos que el edificio sea bueno y los usuarios no sepan, o no puedan, o no estén en condiciones de apreciarlo. Supongamos que lo odien por lo que no es: por la dificultad de las asignaturas, por la dureza de los profesores, por la falta de compañerismo con los demás alumnos... Yo qué sé. En ese caso los usuarios pueden detestar un buen edificio.

Pero The General me ha demostrado muchas veces su buen criterio y su fino instinto como para liquidar la conversación con una salida apresurada del tipo: "Tú confundes la calidad arquitectónica con la hostilidad de la carrera". Sí, yo podría argumentar que puede haber una cárcel que sea un magnífico ejemplo de arquitectura, pero que no por ello los reclusos van a ser muy felices en ella. Pero parece ser que la cosa no va por ahí.

domingo, 29 de julio de 2018

Juan Daniel Fullaondo: Cuestionario proustiano

Dedicado a Peter (@Speedmaster72), a Rodrigo Almonacid
(puede decirse que he hecho esta entrada por ellos y para ellos)
y a todos los jóvenes arquitectos apasionados por la arquitectura
moderna que estudian incluso obras ocultas y relegadas.
Su recuerdo de Fullaondo me ha impulsado a poner aquí este
documento que tal vez les interese.


El escritor francés Marcel Proust compuso un cuestionario para entrevistar con él a cualquier persona que tuviera interés.
Este cuestionario se ha usado y se sigue usando muchísimo, se ha hecho famoso, y a mí me ha gustado siempre tanto que incluso se lo hice contestar al protagonista de mi novela El poliedro de la melancolía.(*)

Hoy juntamos un cuestionario que me encanta y un entrevistado fascinante: Juan Daniel Fullaondo.

Lo transcribo del libro Juan Daniel Fullaondo, de la editorial Munilla-Lería, de Madrid, 1996. El libro fue coordinado y maquetado por la hija del protagonista, María Fullaondo. Tiene 255 páginas y el cuestionario va desde la página 11 hasta la 17.
Espero que os gusten su sentido del humor, su mala leche, su aroma de desencanto y su desbordada cultura.


-Empecemos. ¿Qué virtud es la que prefieres?
-La inteligencia, simultáneamente ecuánime y creadora. La lucidez, si quieres. Desgraciadamente esto te sitúa, habitualmente, a contracorriente. Hace poco he visto parangonar a Teruel con Atenas, por ejemplo. Con la Atenas de Pericles, quiero decir.

-¿Qué cualidad es la que prefieres en el hombre?
-Pues lo mismo. Esa inteligencia, unida a un cierto sentido del coraje, de la decisión. Hay cobardes muy listos, pero que, por ello mismo, terminan haciendo las cosas más disparatadas... Generalmente suelen vestirse de saltimbanquis. A rombos.

-¿Cualidad preferible en la mujer?
-Es difícil hablar sobre el mundo de la mujer. Oteiza hablaba de la comprensión sentimental.Pero también está el talento, la inteligencia, lo mismo de antes, y el saber integrarse, hasta el fin, en todos los terrenos, la belleza, el atractivo...

-¿Tu ideal de felicidad terrenal?
-Disponer de la tranquilidad necesaria para poder seguir indagando. En otra clave, que me dejen en paz, por el amor de Dios. Lo que parece bastante difícil. También podría, alternativamente, decir, como Borges, convertirme en el Hombre Invisible.

-¿La ocupación que prefieres?
-La mía, como arquitecto, dentro de ese aludido marco "inter científico". Desde la arquitectura, hacia casi todo. Otros van hacia casi nada. Aunque hablen de la Acrópolis, que ahora se lleva mucho. Yo prefiero hablar del Bomarzo de Chillida.

¿Cuál es, para ti, la mayor de las desgracias?
Rodearse de majaderos. Que, inevitablemente, desembocan en traidores de tercera. Eso también pasa mucho.

-¿Qué te hubiera gustado ser?
-Lo mismo que soy, pero mejor, con un mayor margen de maniobra, de confianza...

-¿Dónde te gustaría vivir?
-He variado bastante con el tiempo, la edad. Ahora pienso en un panorama frío, con lluvia y nieve, cerca del mar...

-¿Cuál es el estado actual de tu espíritu?
-El de una cierta perplejidad dentro de una reflexión constante, personal. Esto ha sido bastante constante en mí.

-¿Qué don de la naturaleza te gustaría tener?
-Son tantos... Me gustaría no ser calvo. Y tener mejor salud. Y jugar mejor al ajedrez. Me pierdo en el medio juego. Pero hay muchas otras cosas.

-¿Hacia qué falta tienes mayor indulgencia?
-Obviamente, hacia las del corazón.

-¿Qué es lo que detestas por encima de todo?
-Como antes, la majadería. Si además se une, como es frecuente, a la petulancia y al poder, ya tendríamos, verdaderamente, la apoteosis.

viernes, 27 de julio de 2018

El espacio no cuenta

Se me ocurrió este tema para el blog y se me había olvidado.
Carla Arnal y Manuel Baena me ayudaron a recordarlo.
Por ello les dedico esta entrada.


Hace unas semanas he estado en Salamanca y he vuelto a disfrutar de sus dos catedrales. Se entra por la fachada norte (plaza de Anaya) de la catedral nueva y se pasa de esta a la vieja y después al claustro.
El claustro es, pues, la guinda final de un fantástico recorrido, la despedida, y tiene este magnífico aspecto:


Sí, bueno, claro. Le han plantado esas cabinas. Hay que entenderlo: Hay muchos turistas viendo la catedral, y han pagado -lo que les hace poseedores de derechos-, y algunos tienen que dar rienda suelta a sus apretones.
El punto rojo, en el centro del claustro, señala el emplazamiento de los urinarios.

Dejo esto aquí un ratito. Voy a perderme y a contradecirme un poco por ahí y ahora vuelvo.

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