lunes, 10 de diciembre de 2018

Contra la arquitectura

No hay escritor-pensador que se precie que no acabe escribiendo un artículo o incluso un libro entero contra la arquitectura contemporánea, y, si lo leemos con atención y amplitud de miras, veremos que es contra la arquitectura. Así, en general: contra la arquitectura como disciplina, como ocupación, como forma de ver las cosas, como pretensión, como plástica. Como todo. Contra la arquitectura.

Alegoría de la Arquitectura en la fachada del Museo del Prado, Madrid.
Obra de Valeriano Salvatierra, o de Francisco Elías, o de José Piquer y Duart,
o de Francisco Pérez Valle, o un poco de todos ellos. 1830-1852.
La foto de base es de Rafael Gómez. Los tachones rojos son míos.

No quiero citar nombres porque son muchos (y además porque no quiero "linkarlos" ni "hastagearlos" aquí; no me apetece nada), pero es fácil identificarlos. No falla: Si han destacado en tertulias televisivas o radiofónicas, si han entrevistado por extenso a un futbolista retirado en una revista cool, si son expertos en la literatura española de postguerra, si han publicado un ensayo sobre la despoblación del campo y el éxodo a las ciudades, si se han distinguido como hábiles críticos de la política internacional, si han escrito libros de ética, si han publicado reseñas de jazz... no falla: Acabarán despotricando de lo inhumana que es la arquitectura moderna, de lo fea que es, de lo alienante, agria, cara, horrible... De que produce granos, impotencia, alopecia, miopía, sarna y dengue en quienes la padecen y, sobre todo, en quienes la ejecutan.
(Bueno, en realidad quienes la ejecutan ya venían con todo eso de serie. Por eso son tan mala gente, tan hijosdeputa, y su mayor afán es propagar sus taras).

Se culpa al arquitecto, a su ego, a su vanidad, a su inconsciencia, a su avaricia, de todos los vómitos de acero cortén que arruinan nuestras vidas, de todas las rotondas con osos gigantes de gominola (aunque no sean cosa suya) y de todos los volúmenes inclinados al borde del Cantábrico, en una zona que fue tan señorial y tan bonita. Se le culpa de destrozar hipódromos históricos con ampliaciones de color caca. Se le culpa de fabricar hornos de pan en plena Plaza de Oriente de Madrid, de hacer iglesias que parecen trasteros y casas que parecen frigoríficos, de acabar con aquel mundo tan bonito y anacrónico del romanticismo. Se le culpa de haber interpuesto su criterio, su trabajo, su habilidad, su determinación, entre el ojo del paseante y el paisaje construido. En definitiva se le culpa del delito de lesa arquitectura y, prácticamente, de lesa humanidad.

Algunos de estos aguafiestas criticones saben de otras cosas, pero de arquitectura no tienen ni idea. Sin embargo, compruebo que otros sí que saben del asunto, y mucho. Es solo que no les gusta, que no lo soportan.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El precursor atrasado

A Miguel Barahona, gracias a cuyas indica-
ciones y advertencias pude hacer esta visita.


He estado unos días (muy pocos) en Praga y he aprovechado para visitar la Villa Müller, de Adolf Loos.
No sé muy bien qué decir, pero al mismo tiempo tengo una especie de necesidad de decir algo de ella.


Está en un barrio muy agradable, a pocos kilómetros al oeste del casco histórico, en una cota elevada desde la que este se ve estupendamente bien.

La casa ha sido restaurada y está muy pero que muy bien cuidada. (Esto daría para otra entrada: El orgullo de cuidar y exponer el patrimonio).

Esta villa es una de las que mejor exhiben la idea loosiana de raumplan: Esa palabra significa plano espacial, y consiste en que los niveles de suelo y techo de cada planta no son constantes. Es decir: Un salón y un comedor están al lado, pero para pasar de uno a otro se suben tres o cuatro peldaños. Cada habitación tiene la altura que necesita.
En unos puntos sube o baja el suelo. En otros el techo.
De este modo, cada habitación tiene su expresión, su luz, su altura, sus vistas, su espacio, y la casa no es una superposición de plantas como las rebanadas de pan de un sandwich, sino una especie de tetris en el que cada pieza encaja de forma quebrada o irregular con las demás.






Como arquitecto friki la casa me gustó mucho. Vamos, quiero decir que me gustó mucho la sensación triunfal de haber cruzado media Europa para llegar a la puerta (fuera del cogollo de Praga) a la hora prevista (pues había que reservar la visita y mi mujer y yo lo habíamos hecho semanas antes del viaje)(1).
Hay un poco de no creérselo del todo. Qué bien. Todo ha salido bien. Aquí estamos, finalmente. Eso os parecerá una tontería, pero para mí no es lo menos importante. He llegado a tiempo, ha coincidido el espacio y el tiempo para rendir el rito y el culto necesarios a la Arquitectura. Podemos proceder.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Haz el amor (y también la guerra)

Salvador Dalí conoció a John Lennon y a Yoko Ono en París en 1969 durante la luna de miel de estos. Se habían casado en Gibraltar y se fueron de viaje de novios a Ámsterdam, a París y a otros lugares haciendo campaña por la paz.


Los recién casados se "encamaron por la paz" en la suite presidencial del Hotel Hilton de Ámsterdam(1). Lennon dijo que lo mejor que podía hacer por la paz del mundo era meterse en la cama y dejarse crecer el pelo.
Después siguieron con esa campaña por París y por más sitios. En la capital francesa, como he dicho, coincidieron con Dalí, a quien estas cosas le chiflaban.


Yoko Ono, John Lennon y Salvador Dalí en París, a la puerta del
Hôtel Plaza-Athénée, en 1969

A Dalí ya le gustaba mucho la música pop, y había sido siempre fan de los Beatles, pero esta nueva deriva que estaba tomando Lennon le entusiasmaba.
Al matrimonio también le gustaba mucho Dalí y su obra, y fueron a visitarlo en varias ocasiones a Portlligat.

Querían que el pintor les apoyara en su campaña por la paz, y Dalí accedió, porque todo eso de llamar la atención era su vida.

¿Qué podían hacer? ¿Encamarse los tres? ¿Encamarse solo Lennon y Dalí? Bueno. Vale. De acuerdo. Qué más daba.
Lo que fuera.

Lennon estaba entusiasmado con la idea. Le dijo a Dalí que una opción muy interesante sería, por ejemplo, pasar unos días en algún escaparate de París, en alguna avenida importante y muy transitada. Seguro que habría firmas prestigiosas que les ofrecerían buenos locales en Los Campos Elíseos, por decir una gran avenida mundialmente conocida. No iban a tener ningún problema.

viernes, 23 de noviembre de 2018

"Respeto"

El otro día un amigo compartió en las redes sociales este lacónico aviso:


No lo parece, así, tan aséptico, tan mono, pero esconde una historia interesante. Vamos, es un microrrelato. A ver si lo sé desarrollar:

Lo que veis es un pantallazo de un anuncio de la Oficina de Concursos del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, que publica (sin gritar, sin llorar, sin insultar, sin quemar nada, sin cagarse en nadie) que un concurso público que tiene por objeto la contratación de un estudio de arquitectura para la remodelación y ampliación del servicio de urgencias de un complejo hospitalario ha sido adjudicado a alguien que ha hecho un 64,74% de baja.

Ya está. Solo eso. ¿Y qué?

Pues nada. Nada demasiado importante. Que en la limpia y sana competencia comercial, uno de los estudios de arquitectura ha conseguido aquilatar tanto su previsible trabajo futuro que ha hecho una rebaja del 64,74% sobre los honorarios base de licitación, que ya estaban bastante bajos porque la administración los baja y los baja a cada nuevo concurso, y los sigue bajando a la vista de que hay quien hace ofertas de ese calibre.

Eso sí que es un Black Friday (día que, por cierto, se está celebrando hoy).

No hay de qué preocuparse ni de qué asustarse. Cada uno afina su oferta con el afán de llevarse el encargo. "Es el mercado, amigo", que dijo un ilustre presidiario.

(Por cierto, ¿os habéis dado cuenta de que todos los ideólogos del anarcoliberalismo han estado chupando de la teta pública toda su vida? O son políticos o son empresarios muy bien anclados y muy favorecidos por los poderes públicos. Y te dicen a ti que emprendas y que te tires al charco. Qué risa).

Estos "compañeros" que hacen esa oferta suscitan pena, compasión, asco... todo junto. No sé qué pensar de ellos y tampoco quiero saber quiénes son ni por qué lo hacen. ¿Los compadezco y les doy palmaditas en la espalda o les escupo en la cara? Pues ninguna de las dos cosas. Los desprecio y ya está. A otra cosa.

¿Os imagináis que esa misma administración autonómica, en ese mismo hospital, contratara a los cirujanos, a los anestesistas y a los traumatólogos con el mismo método? Quien quiera cobrar menos se queda con el puesto. Sería bastante raro, ¿no? Sin embargo con los arquitectos es lo normal.

¿Qué tal os sentiríais si os operara un cirujano que ha hecho un 64,74% de baja en su sueldo para poder operaros? ¿Y si hubieran comprado el equipo de anestesia que costaba un 64,74% menos?

Una persona muy cercana a mí ha estado varios años preparando una oposición. Me parece algo de lo más cruel. Según los años se ofertaban ciento y pico plazas, doscientas... y se presentaban dos mil, tres mil aspirantes. Horrible. No vale con saberse el temario; hay que sabérselo mejor que el noventa y tantos por ciento de los presentados.
Imaginaos que en cualquiera de los años en que esta persona fracasó le hubieran dicho: "Vale: Si te bajas el sueldo te contratamos a ti". Naturalmente que lo habría hecho.
Ahora bien: ¿Cuánto habría estado dispuesto a bajárselo? ¿Y los demás? La demencial carrera por memorizar el mayor número posible de artículos de la ley tal y del real decreto cual se habría transformado en la no menos demencial carrera por bajarse el sueldo más que el de al lado.

Pues así estamos nosotros.

Tengo un amigo que ha trabajado muchos años en la gestión de un hospital público. Se ha encargado de todo tipo de concursos de suministros de bienes y servicios, excepto de obras. Ha comprado escáneres, equipos de resonancia magnética, pijamas, sábanas, anestésicos, material de quirófano... Muchos de los concursos eran de bastantes millones de euros, y me dice que el precio no era nunca el factor más importante, sino que lo eran la calidad y las prestaciones.

Me parece que así es como tiene que ser, ¿pero cómo se mide la calidad de la arquitectura? Me sorprende y me duele que la administración pública piense a ese respecto lo mismo que el vecino de mi pueblo cuando me pide precio porque los muy tal del ayuntamiento le exigen un proyecto, que maldita la falta que le hace. La administración no da ejemplo precisamente.

Lo que sí sabe, y cada vez mejor (como cualquier cliente) es que ponga el precio que ponga siempre va a haber un arquitecto que se lo va a bajar.
Nuestra profesión está hundida irremisiblemente. Nos han perdido el respeto, pero porque antes nos lo hemos perdido nosotros mismos. Nos hemos quedado como arquitectos zombies, muertos vivientes, caminantes que van a recogerse a su colegio suplicando amparo, pero que se encuentran con que donde estaba han puesto un macdónalds.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Dedicatoria

Aquí, a la derecha, tenéis mi tesis doctoral, que os podéis descargar cuando queráis.

Pero, aunque sé que algunos lo habéis hecho y lo seguís haciendo, y os lo agradezco mucho, me apetece especialmente que quienes pasáis de ella (pase más que comprensible) leáis su dedicatoria y sus agradecimientos, y como sé que descargarla es un tostón os la pongo aquí.

Terminé y entregué mi tesis en el año 1991 y la leí en marzo de 1992. Cuando la rematé aún no tenía hijos, pero cuando meses después la leí mi mujer estaba embarazada de nuestro primogénito. Ahora se me hace raro habérsela dedicado a tanta gente y que mis hijos no aparezcan, que no existieran, que aún no fueran nada para mí.
Por el contrario, algunas personas a quienes se la dediqué y a las que estaba muy unido entonces hoy están ya muy alejadas de mí. Y, lo que es peor, otras han fallecido. Qué dolor.
Qué extraño: Uno cree que tiene una vida sólida y muy estable y sin embargo todo está siempre bullendo y cambiando.

Sin embargo, los grandes amigos permanecen y permanecerán siempre. Los grandes maestros también. Copio aquí aquella dedicatoria para homenajearlos.

Me llama mucho la atención verme a mis treinta y un años coqueteando ya de viejo, haciéndome el anciano evocando series de televisión y personajes de mi (entonces lo creía) lejana adolescencia y de mi remota infancia. Dónde estarán ahora. (Aunque, de alguna forma, muy a menudo vuelvo a verme niño con gran naturalidad).

Han pasado muchos años. Demasiados. Lo que os enseño ahora es en cierto modo un autorretrato que me hice entonces. Mirad qué ingenuo y qué tierno.


viernes, 9 de noviembre de 2018

La lección del maestro

Hoy quiero hablaros de los maestros: las grandes personas a quienes admiramos y a quienes deseamos escuchar porque pensamos -porque sabemos- que tienen algo importante que decirnos. Ellos han descubierto el secreto (de lo que sea) y deseamos que nos digan algo, que nos dediquen un gesto, una palabra (incluso enigmática) para que rumiemos y rumiemos cada detalle y saquemos enseñanzas valiosísimas. 
Maestros hay muy pocos. Una persona que verdaderamente merezca ese nombre es un tesoro rarísimo, y hay que mimarlo y venerarlo.

Para nosotros Jorge Oteiza es un maestro. Yo estuve un par de veces a punto de conocerlo, pero finalmente la cosa no salió porque... porque patatas. (No removamos el asunto, que aún me resulta muy doloroso).
Sin embargo, ese Oteiza mayor, con barba apostólica y gesto impresionante, fue también una vez un joven tímido en busca de maestros.

Se había ido a Sudamérica en 1934 (con veinticinco o veintiséis años(1)) y allí le sobrevino la guerra civil española y se quedó. Malvivió entre Bolivia, Colombia, Argentina y Chile.
En el año 1937 (con veintiocho o veintinueve años(1)), el joven escultor estaba en Buenos Aires muy desanimado y muy perdido: La guerra en España, su impotencia allí, sin dinero, con muchas dudas como creador... Estaba realmente en unos momentos muy bajos.
En ese momento llegaba Pau Casals a Buenos Aires para dar un concierto benéfico para los niños que habían salido de España. El maestro tenía sesenta años(2) y estaba en la cumbre de su carrera.
Oteiza no era muy aficionado a la música clásica ni tampoco especialmente al arte de Casals, pero este gran artista, en ese preciso lugar y en ese momento, era una referencia para el joven desorientado.

Retrato de Pau Casals por Ferdinand Schmutzer.
Tarjeta dedicada a Oteitza.

Casals, además de como artista, era admirable por su valor político y cívico y por su generosidad.

Oteiza lo llamó al Hotel Plaza y él le concedió una cita.

Tal como lo cuenta el escultor se nota su nerviosismo al llegar al hotel, su timidez y también el valor trascendental que le daba a ese encuentro. Nos habla de cómo desde recepción llamaron al maestro para anunciarle la visita, y que él dijo que podía subir. Lo veo paleto, cohibido, bruto (se sorprende y admira por la mullida alfombra). Subió callado con el ascensorista hasta uno de los pisos más altos. Al llegar, este le dijo lacónicamente: "Al final", y lo dejó solo. (Sí: Oteiza nos dice que el ascensorista lo dejó solo. ¿Qué quería, que saliera con él del ascensor y lo acompañara hasta el final del pasillo?)

Avanzó tímidamente por el corredor, en silencio (nos vuelve a decir que iba solo) y muy despacio. Comenzó a oír el violonchelo, que le condujo hasta la puerta de la habitación. Ante ella no se atrevió a llamar. El maestro estaba tocando y él no podía interrumpirlo. Se quedó escuchando, extasiado y con los ojos cerrados.
Cuando Casals terminó, Oteiza aún permaneció unos momentos sin atreverse a llamar. Por fin lo hizo y el músico le abrió la puerta, sonriente.

-Pase, joven.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Redundancia

El otro día he visto este rótulo en una furgoneta y me ha llamado mucho la atención. A ver si sois capaces de entender qué pone en la luna trasera:


¿Alguno no ha leído "solución10"? Por favor, quien no lo haya podido leer porque le faltan signos, o haya leído otra cosa, que lo diga en un comentario. Pero me sorprendería mucho. Estoy seguro de que todos habéis leído sin problema la palabra solución.

Hay dos letras que han sido sustituidas por dos signos arbitrarios: dos manos abiertas con parte de sus correspondientes antebrazos. Se ha aprovechado su forma alargada y vertical porque puede recordar vagamente a las letras sustituidas, pero lo más curioso es que se ha empleado el mismo icono para dos letras diferentes: la ele y la i. (Uno un poco más grande que otro, para adaptarse a la diferencia de altura de esas dos letras).

En la máquina de escribir de mi padre la ele minúscula era exactamente igual que el uno. Es más: es que no traía uno, había que usar la ele. En algunas tipografías la i mayúscula es igual que la ele minúscula, y al escribir "Illescas" se ven tres palotes verticales y luego "escas". En otras tipografías los ceros son iguales que las oes mayúsculas. Pero no suele haber confusión. Y cuando la hay (por ejemplo, alguien con mala ortografía que quiere escribir "sábana" pero omite la tilde y en vez de la ropa de cama menciona la llanura africana), el contexto de la frase corrige el error.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a pesar de errores de tecleo, mala letra o pérdida de algún signo seguimos entendiendo casi todos los mensajes? La lengua resiste ruidos, interferencias, alteraciones, mutilaciones, etc. porque está más que reforzada con redundancias,
con insistencias,
con repeticiones,
con reiteraciones,
con prolijidades,
con excesos,
con demasías,
con sobreabundancias,
con...
-¡Ya, ya! ¡Cállate! Te hemos entendido.
-Lo hacía para que quedara claro. Lo hacía para ser redundante. Lo hacía para insistir. Lo hacía para...
-¡Que sí! ¡Que te calles!

Las pocas veces que realmente se puede producir un error de interpretación, un cortocircuito, un doble sentido, son tan llamativas que nos sorprenden mucho y nos hacen reír. Grandes humoristas como Les Luthiers triunfan buscando contextos en los que estos patinazos sí puedan inducir a error. Y es difícil.

Porque, aparte de la propia estructura sobrerredundante de las palabras y de las frases, el contexto en el que se dicen aporta aún más redundancia.

Por ejemplo, este texto,

Visto en varios sitios de internet. No dicen su autoría. Siento no poder mencionarla.

aunque para hacernos los interesantes nos dicen que solo pocas personas lo logran, creo que es entendible por todos nosotros.
Se basa en que ciertas cifras recuerdan por su forma a ciertas letras. Sin embargo, aun con ese leve parecido gráfico, yo no sabría leer la primera palabra "3573" si me la encontrara aislada, pero cogiendo carrerilla para leerlo todo, y anticipando las siguientes palabras, veo que 3573 es ESTE.

Sí: El cerebro es muy ágil y muy plástico, y se adapta a leer lo que pone en el mensaje por muchos tropezones y faltas que tenga. Pero es que además de lo listo que sea, la lengua está saturada de pistas insistentes y machaconas.

(Vamos, que el asesino ha dejado huellas dactilares, restos biológicos, notas manuscritas... y hasta su documento de identidad. Como para no pillarlo).

lunes, 29 de octubre de 2018

Si sale con barbas...

Nota previa: ¿Qué haces cuando ya tienes casi escrita una entrada en este blog y al irla puliendo en el repaso final te enteras de datos nuevos y te das cuenta de que estabas equivocado (o ahora crees que lo estabas)? Pues supongo que modificar la entrada y redactarla según lo que crees ahora, ¿no? Pues no. No me sale. Ahora veo, gracias a un dato aportado por la Fundación-Museo Jorge Oteiza, que la anécdota que pretendía contar tiene mucha más profundidad de lo que pensaba, y necesitaría que la contara un investigador más serio que yo, que soy un indocumentado sin ningún peso académico ni solvencia alguna. No obstante, la publico de todas formas. Me contradigo y corrijo sobre la marcha, y cambio de opinión en el punto donde me he enterado del dato nuevo. Dejo los hilvanes sin rematar por si le pueden valer a alguien que sepa y quiera.

(Dicho lo cual, voy con mi entrada):


Seguro que todos conocéis el proverbial dicho de aquel tallista de imágenes religiosas que sobre ser muy malo era de muy buen conformar y muy despreocupado: "Si sale con barbas, San Antón; y si no, la Purísima Concepción".

Es una frase muy reconfortante y consoladora, muy digna de aplicar a todos quienes nos equivocamos y, pretendiendo hacer una cosa, hacemos otra. Santa y bella frase que deberíamos grabar y tener muy a la vista en nuestros lugares de trabajo.

Traigo esta bella divisa hoy aquí para contaros que Jorge Oteiza estaba haciendo el retrato de Ramón Laborda, sacerdote abertzale, estimable tenor y creador de coros y grupos de danza, y sin quererlo le salió el de Juan XXIII.

Jorge Oteiza: Retrato doble de Ramón Laborda y Juan XXIII 

Estaba Oteiza enfrascado con Ramón Laborda y todo el que lo veía le decía: "Caray, Jorge, qué bien te está quedando Juan Veintitrés. Es que está clavado".

Ramón Laborda y Juan XXIII

Él protestaba: "Que no, leche. Que es Ramón Laborda". A lo que le contestaban: "¿Y quién es Ramón Laborda. Ese es el Papa".

Así que el autor, resignado -también él veía que el retrato le había salido mal y tiraba mucho al cardenal Roncalli-, lo acabó titulando como retrato doble.

lunes, 22 de octubre de 2018

Oiza inconstitucional

Planteamiento:

Me sumo gozoso a la celebración del centenario de Oiza (1918-2000), arquitecto admirable por muchos motivos, y al que cada día voy descubriendo más y con más gozo.


Pero hoy aquí quiero hablar de su faceta como profesor y de cómo podía verlo y apreciarlo un alumno cualquiera, un alumno "del montón". Quiero escribir desde la perspectiva de ese alumno, que creo que no es tan lisonjera.

(Estoy seguro de que muchos dirán que fueron alumnos de Oiza, que lo celebran cada día y que no conocieron, ni siquiera conciben, a un profesor mejor. También lo entiendo perfectamente).

Empiezo diciendo que la carrera de arquitectura no es que sea para superdotados, ni muchísimo menos (la prueba es que hasta yo la superé), pero sí exige mucha dedicación y da mucha guerra. Es una carrera muy agobiante.

Cuando era alumno estaba enfrascado en mis estudios, loco por ir tachando una y otra asignatura, y otra, y otra más, e írmelas quitando de encima cuanto antes para acabar la carrera de una puñetera vez. (Supongo que me entendéis perfectamente). Hubo un largo tramo en mis estudios durante el cual me podrían haber dicho que Frank Lloyd Wright y Le Corbusier venían por la tarde a la escuela a pelearse en el barro ante el campo de rugby y yo me habría ido a casa a preparar una práctica de instalaciones que tenía para el día siguiente.

Con estas urgencias y esta saturación de tareas dejé pasar extraordinarias oportunidades de las que ahora me arrepiento mucho, pero cada día tiene su afán, y el mío en aquellos era ir aprobando las asignaturas.

Por ese motivo no disfruté de Oiza todo lo que podría haber disfrutado.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Misión imposible

El otro día ha ocurrido una de esas cosas que nos hacen sonreír con excitación, darnos un codazo cómplice y decir: "¡Estos artistas!"
Ay, qué divertido.
Qué chispa tienen.

Y es que el supuesto artista callejero Banksy la ha liado parda: Se ha subastado un cuadro suyo en Sotheby's por un millón y pico de euros y nada más dar el martillazo final se ha autodestruido.

Así lo han dicho en todas las teles y radios: "Se ha autodestruido". Esa palabra me lleva, inevitablemente, a Misión Imposible: "Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos". Qué bien me lo pasaba de niño con esa serie de televisión (y qué decepción y qué vergüenza ajena con las películas del guapito bajito, que la traiciona impúdicamente).

La admiración seguía en mi memoria muchos años después,
cuando entre las decenas de personajes a quienes dediqué mi
tesis doctoral estaba "el negro de Misión Imposible"

Hace años empecé a oír hablar de Banksy (y muy bien) en la radio. Contaban su anonimato voluntario y férreo, que en seguida me sedujo y me llevó al Coyote (sí, de acuerdo, soy más del Coyote que de Batman, podéis insultarme, podéis repudiarme), que el artista aprovechaba para criticar la sociedad, para lanzar un rápido mensaje de lucha y de esperanza y desaparecer. Eso me llenaba de curiosidad. Era como un superhéroe. ¿Le perseguía la policía? Por supuesto. Y además su arte era nuevo, revolucionario. ¿Cómo serían sus pintadas? No me las podía imaginar.

Así que cuando por fin vi una obra suya se me cayeron uno a uno todos los palos del sombrajo. El mensaje era bastante light, y en cuanto al estilo y al nivel de su arte pictórico cualquier dibujante de cómic es bastante mejor.
Sus supuestos dibujos reivindicativos y admonitorios no le llegan ni a la suela de la suela del zapato a Quino, a Schulz, a Watterson, a Chumy, a Mingote, a Forges... a nadie.

No lo entendí y no lo he entendido desde entonces. No le veo la gracia. Nunca se la he visto. Me parece un ilustrador correctito con un mensaje facilón. Nada más. Supongo que, como de lo que se trata es de quedarse con el público, de "contar una historia", su gracia es el anonimato, pero no lo usa para subvertir el orden, sino tan solo para decirnos: "Chicos, no seáis malos". Me parece el típico enfant terrible que engatusa a las marquesonas.

jueves, 11 de octubre de 2018

Fragilidad

En clase de Fullaondo hicimos una sólida amistad Juan Pablo de Bidegáin, Marta Buenaventura, Juan Torres y yo.
Una vez terminada la carrera nos seguimos viendo, pero, lo que son las cosas, cada vez menos.
Tuvo que morirse Juan Pablo a principios de este año para que los otros tres volviéramos a quedar. Y la verdad es que, después de tantos años (gracias otra vez, Juan Pablo), lo hemos tomado con cierta seriedad y estamos juntándonos a comer cada tres o cuatro meses, que no está nada mal. Esperemos que la costumbre arraigue y se consolide.

Ayer tocó, y Marta nos dijo que, después de llevar un tiempo queriendo hablar con Paloma (la viuda de Fullaondo) se había enterado de que había fallecido hace poco. Naturalmente, Juan y yo no sabíamos nada y nos quedamos muy tristes.
Le teníamos mucho cariño. Siempre se portó muy bien con nosotros, como su marido.

Volvimos, como siempre, a evocar aquellos tiempos lejanos de cuando éramos primero estudiantes y después incipientes profesionales, en los que seguíamos en contacto con ellos. Tantas historias, tantas bromas, tantas batallitas. Tantos compañeros, tantas maniobras buenas y malas de unos y de otros, tantos dimes y diretes, pequeñas intrigas y grandes generosidades. Me imagino que lo normal, lo de todo el mundo, la vida de cada uno. Sí, ya, pero es que esta es la mía y me toca muy dentro y me conmueve.

Les conté que la última vez que estuve en contacto con Paloma fue a cuento de haber ido con Ochandiano a conocer la calle de Juan Daniel Fullaondo en Madrid. Nos fotografiamos bajo las placas con su nombre y le mandamos las fotos a Paloma. Siempre tan amable, tan cariñosa, nos agradeció el gesto y nos deseó lo mejor.

Les dije a mis amigos que estaba terminando de leer este libro (lo saqué de la mochila y se lo mostré):


Ya en casa por la noche lo acabé. Todo cuadra, así que lo fui a terminar justo unas horas después de haberme enterado de la muerte de Paloma.

El libro es magnífico, pero no estoy ahora para hacer una reseña de él (o tal vez sí, pero de otra manera).

martes, 9 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (III)

En el año 1929, cuando se presentaron los trabajos para la primera fase del concurso del Faro de Colón, el joven y brillante arquitecto Ivan Leonidov estaba en la cresta de la ola. Dos años después, cuando se falló la segunda y definitiva fase, ya no era ni joven ni brillante: Había sido súbitamente hundido y anulado, y languidecía en Siberia(1).

Leonidov fue el alumno más brillante del VKhUTEMAS. Había terminado la carrera en 1927 bajo la tutela de Alexandr Vesnin, que inmediatamente lo acogió en su estudio y lo lanzó a dar clases, a escribir artículos, a presentarse a concursos y a irse labrando su carrera triunfal. En 1929, con solo veintisiete años de edad y dos de arquitecto, ya tenía seguidores. Ya se hablaba de la "escuela de Leonidov", del "leonidovismo".
Recién casado, con un montón de proyectos por delante y con mucho por contar y por hacer, todo le sonreía.
El concurso del faro de Colón le venía a la medida. A Leonidov se le acusaba a menudo de que no respetaba las bases de los concursos y se inventaba cosas. Pero en este, a pesar de la exhaustividad de datos y solicitaciones, las bases mencionaban explícitamente la necesidad de redefinir el concepto de "monumento" y de replantear su función, su profundidad, su repercusión. Para eso estaba él. Este era su concurso soñado.

En el pequeño apartamento de Moscú trabajaba en calzoncillos sobre el tablero. Vivía con austeridad, pero no parece que con tanta como para carecer de un pantalón y de una camisa de trabajo. Más bien lo hacía por comodidad. Con una rodilla en el taburete y las caderas y el torso abalanzados sobre el papel, parecía dibujar con todo el cuerpo. Y sin embargo lo hacía con una precisión insuperable.
Estaba frenético, inmerso en su trabajo, absorto. Llamaron a la puerta. Ni lo oyó. Volvieron a llamar.
-¡Nina!
Seguían llamando.
-¡Nina!
El apartamento era muy pequeño como para que su mujer no lo hubiera oído. Seguro que había salido a comprar pan. Le habría advertido de que se iba un momento y se habría despedido de él, que, embebido en el faro, ni se había enterado.
Ya estaba de vuelta. Se habría dejado la llave.

Saltó con agilidad y en tres zancadas llegó a la puerta y la abrió. Pero no era Nina, sino un caballero de edad madura, pulcramente vestido con traje, chaleco, corbata, pañuelo bien doblado asomando por el bolsillo y hasta sombrero, que lo miró con desaprobación. Él llevaba solo unas zapatillas viejas de andar por casa y los calzoncillos(2).

-¡Andrei Nikolaevich!
-Ivan Ilich.
-Pero pasa, pasa.

Al ingeniero Andrei Nikolaevich Koniaev no le había gustado nada que su hija se hubiera casado con ese animal. Sí, decían que tenía talento, y parecía listo, pero... Qué pena, su querida hija, tan culta, tan educada.

-Nina ha salido. Volverá en seguida. ¿Quieres tomar...? No sé qué tengo.
-Dame un vaso de agua, por favor.

Incapaz de hablar de otra cosa ni de tener una conversación familiar o social, Ivan le enseñó a su suegro lo que estaba haciendo. El ingeniero descreía minuciosamente de la arquitectura de vanguardia, pero tampoco tenía mejor cosa que hacer que asomarse a los planos de su yerno.

Leonidov le contó que se trataba de reconsiderar el concepto de monumento. Un monumento era algo que conmemoraba. Hasta ahora se había conmemorado con mármol, con granito, con estatuas que reproducían la faz y el cuerpo de un personaje o la imagen de un hecho histórico. Pero la verdadera conmemoración actual, en los tiempos del cine y de la radio, debía ser otra cosa.
Él proponía honrar y rememorar a Cristóbal Colón, el personaje y su papel histórico en el desarrollo de la cultura contemporánea, con un conjunto de elementos tecnológicos que proyectaran imágenes sobre el cielo y ondas de radio por el aire, un foco de conferencias, tertulias, música... También iba a ser un puerto aéreo y marítimo, un cine, un museo, e incluso un centro experimental de radiovisión a distancia.
Al ingeniero ese planteamiento le gustó, y la fe y la claridad con la que lo exponía el joven mucho más. Verdaderamente era un hombre de talento y tenía la energía y la convicción para llevarlo a cabo.




Calzoncillista Leonidov. Propuesta para el monumento a Colón.

jueves, 4 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (II)

En la entrada anterior ya vimos el primer premio del concurso. Antes de seguir hablando vamos a ver el segundo premio:


Concurso "Faro de Colón". Segundo premio. Sres. Nelson y Lynch. (Chicago).

Y el tercero:




Concurso "Faro de Colón". Tercer premio. Sres. Vaquero y Moya. (España).

A Joaquín Vaquero Palacios y a Luis Moya Blanco les dieron el tercer premio. Qué bien, ¿no? Pues no. En un concurso tan importante ser los terceros era mucho, pero ser los primeros era mejor; sobre todo cuando, a su juicio, los dos que les habían adelantado no cumplían las bases y había que descalificarlos.

Veamos:

lunes, 1 de octubre de 2018

Día Mundial de la Arquitectura

Hoy, por ser primer lunes de octubre, y por lo tanto primer lunes del último trimestre del año, se celebra el Día Mundial de la Arquitectura.

Siempre en lunes.

Lunes.

Por algo será.


Por tal motivo interrumpo la saga calzoncillista que sé que estáis empezando a seguir con entusiasmo para hacer esta brevísima y rapidísima entrada.

Día mundial de la arquitectura: Primer lunes de octubre. Yo, que a veces presumo de ser un "arquitecto profesional", llevo trabajando intensamente todo el mes de septiembre sin cobrar. ¿Por qué? Porque soy tonto. Pero tonto a unos niveles raramente concebibles.


A).- He hecho un proyecto de un chalet (no solo durante septiembre, sino desde julio; no he tomado vacaciones) y el cliente aún no lo ha pagado. Le he urgido a que contrate aparejador, me ha pedido un presupuesto de honorarios de uno que fuera de mi confianza, se lo he pedido a un estupendo profesional con quien suelo trabajar y se lo he transmitido al cliente.
El presupuesto de mi amigo es verdaderamente muy ajustado.
Hoy me llama el cliente diciéndome que otro aparejador le ha dado un presupuesto de menos de la mitad. Le digo que no puede ser. (A mi juicio esa cifra le daría para pagar los visados, el seguro y muy poco más). Me dice que sí, y que ese aparejador trabaja en una cuadra-galera de servicios múltiples y también le ofrece los servicios de un arquitecto por la mitad de precio que yo, que os aseguro que trabajo por un precio realmente bajo, que no llega ni a la mitad de las añoradas y lloradas tarifas de honorarios.

El subprofesional mierdero ese no solo tira el mercado cobrando una cantidad irrisoria, sino que mete cizaña respecto a mí, que no he cobrado aún más que una pequeña provisión de fondos en julio pero tengo el contrato firmado.

(A ver si el cliente me paga, que sigo creyendo que sí, y también contrata como aparejador a este hijo de la gran puta(1). Ya veréis qué ambientazo vamos a tener en la obra).


B).- Otro cliente, que me ha pedido unos croquis para un hotel, para ver su viabilidad y tal, y que tampoco me ha pagado aún esos croquis (que pueden evolucionar a proyecto o quedarse ahí sin más, y como tales fueron presupuestados), ya me va pidiendo los ficheros de autocad.


Feliz Día Mundial de la Arquitectura.


(Por favor: No me hagáis comentarios en el sentido de que soy idiota. Eso ya lo sé. Ni me digáis que hay que cobrar más provisión, ni que hay que tener más picardía, ni que espabile. Ya. Ya. ¿No os estoy diciendo que soy tonto?)

(Tengo fe, con todo, en cobrar. Al menos una buena parte. Ya os lo contaré a continuación).


(1).- Bueno, más bien su explotador, el amo del corral. Este es un pobre gallino, un infeliz. (Pero que aprovecha su ridícula oferta para echar mierda sobre mí con verdadero entusiasmo).
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Addenda de **-10-2018: Hoy finalmente... (Ya pondré lo que sea).

Addenda de 15-10-2018: Hoy me han pagado los dos. El mismo día. Estupendo.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El faro y los calzoncillos (I)

A Rodrigo Almonacid, que me facilitó la crónica
de Joaquín Vaquero y Luis Moya sobre el concurso.

La Quinta Conferencia Internacional Americana, reunida en Santiago de Chile en 1923, recomendó honrar la memoria de Cristóbal Colón construyendo un faro monumental en la costa de la República Dominicana con la colaboración de todos los gobiernos y los pueblos de América y de todo aquel que quisiera soltar pasta.
Debería ser un faro, un monumento... y la tumba de Colón. (Eso si la catedral de Sevilla accedía a desprenderse del venerable cuerpo).

El Consejo Directivo de la Unión Panamericana tomó esta recomendación en 1927 y dijo que sí.
Se decidió, dada la importancia de esta obra, convocar un concurso internacional al que seguro que se presentarían los mejores arquitectos de todo el mundo.

El concurso se celebró en 1929, y constaba de dos etapas: A la primera se podría presentar todo el que quisiera, y de ahí se seleccionarían diez anteproyectos, a cuyos autores se les invitaría a participar en la segunda.

Las extensísimas y documentadísimas bases del concurso decían que no se trataba de diseñar un faro vulgar y corriente, sino un monumento a Cristóbal Colón, y se deshacían en exaltaciones simbólicas.

República Dominicana. Hoja bloque de 1953 mostrando
el proyecto ganador, de Joseph Lea Gleave.

En la primera fase compitieron 455 arquitectos de 48 países.
El jurado internacional, en el que estaban personalidades muy importantes, como Horacio Acosta y Lara, de Uruguay (presidente del jurado y representante de América Latina), Eliel Saarinen, de Finlandia (representante de Europa) y Raymond Hood, de Estados Unidos (representante de América del Norte), se reunió en Madrid en abril de 1929 y eligió a los diez finalistas, que pasarían a la segunda fase, pero también se despachó a gusto comentando los tremendos errores de muchos de los presentados, para que los diez seleccionados no los cometieran en la segunda y más madura elaboración de las propuestas.




(Antes de seguir, y para saber con quienes se jugaban los cuartos los concursantes, vemos lo que hacían los miembros del jurado: Una casa de Acosta y Lara -con el ingeniero Guerra Romero- en Montevideo, la estación de Helsinki, de Saarinen y el Chicago Tribune, de Hood, que ganó un concurso internacional famosísimo y ya sabía de que iban estas cosas).

Y, claro, conociéndolos, podemos imaginar lo que opinaron sobre algunos de los presentados impresentables. El secretario técnico del jurado, Mr. Albert Kelsey, escribió en el acta:

Albert Kesley. Edificio de la Unión Panamericana, Washington.

martes, 25 de septiembre de 2018

Arquitecto-arquitecto


En mi anterior entrada escribí que me parecía que Robert Venturi había sido un gran escritor, pensador y crítico de arquitectura, pero un mal arquitecto. Para colmo dije que como arquitecto-arquitecto dejaba mucho que desear.

El agudo polemista Hans Brinker me recriminó. Me preguntó qué entendía yo por arquitecto; es más: qué entendía por arquitecto-arquitecto. ¿Solo es arquitecto quien construye?, me preguntaba, ¿y solo quien lo hace bien?
Añadía que también es arquitecto quien escribe sobre arquitectura y quien hace muchas otras cosas, y que es muy reduccionista considerar arquitecto solamente a quien diseña y dirige las obras de edificios.

Le di apresuradamente la razón y le prometí que intentaría aclarar mi postura en el blog, ya que en twitter es imposible matizar con cierta extensión.
Confieso que mi primera intención fue contemporizar y templar gaitas, pero he estado mirándome por dentro, dándole vueltas y no puedo. Voy a exponer mi opinión sincera. Ojo: Mi opinión. Nada más que mi opinión, que no tiene valor alguno para nadie más que para mí. Y creo que voy a cabrearle aún más. (Es posible que cabree a más gente. Lo siento. No lo hago por pura maldad, sino por exponer sinceramente lo que creo).

¿Qué es un arquitecto1? y aún más: ¿Qué es un arquitecto-arquitecto?

La definición clásica de arquitecto-a en el DRAE era:


"Persona que profesa o ejerce la arquitectura". Bien. Parece obvio. Pero ahí mismo leemos qué entiende la RAE por arquitectura: "Arte de proyectar y construir edificios". Es decir, que el arquitecto es la persona que tiene por profesión proyectar y construir edificios.
Esto es lo que viene en mi edición en papel, que es la vigésima primera y data de 1992.
En el DRAE online vemos que esa definición ha cambiado:

Añaden (a mi juicio innecesaria y torpemente) el matiz de que esa persona esté legalmente autorizada, pero en lo que es su profesión y cometido no cambian nada.
Y arquitectura sigue siendo "arte de proyectar y construir edificios". Para más inri le añaden "diseño de una construcción", que creo que estaba más o menos incluido en la anterior acepción.


Las otras dos acepciones no aportan nada a lo que nos interesa, así que podemos decir que en este momento, según la RAE, un arquitecto es una persona que tiene el título académico adecuado, está colegiado, no se halla en situación de incompatibilidad, está al corriente de sus cuotas y demás obligaciones, no ha sido legalmente inhabilitado y yo qué sé qué más, y por todo ello tiene como profesión el arte de proyectar y construir edificios, y también diseñarlos (por si lo de proyectar no había quedado claro).

Este carácter ordenancista y circunspecto del diccionario de la RAE a mi juicio olvida el ámbito común de la lengua, al que debería pertenecer, y desvirtúa el significado amplio del término. Miro ya por curiosidad médico e ingeniero y lo mismo: han añadido la precaución legalista que a mi juicio estropea la definición y el significado común de esos términos.

Para huir de oficialismos y de similares plagas consultemos el María Moliner, que es tan solo un excelente diccionario, un diccionario DE USO del español. Allí leemos que el arquitecto es la persona que tiene como profesión la arquitectura. Casi lo mismo que en el primer DRAE que he puesto.


Y la arquitectura abandona la faceta de proyecto y se queda solo en construcción, pero incluye también a los monumentos: "Arte de la construcción de edificios y monumentos". Y también "esa actividad, considerada como una de las bellas artes".

Observo que, por la vía de los diccionarios, y recogiendo lo que se entiende comúnmente por el término, la profesión del arquitecto solo alcanza a proyectar y construir edificios (e incluso monumentos), aunque para ello tenga que cumplir unos determinados requisitos legales.

En principio, todo lo demás quedaría fuera.

jueves, 20 de septiembre de 2018

En la muerte de Robert Venturi

Anteayer, 18 de septiembre de 2018, ha muerto Robert Venturi. Pero yo me acabo de enterar y es ahora cuando intento una necrológica muy apresurada.
(O, más que una necrológica, una excusa para decir algo lateral, como de costumbre).


En mi opinión, Venturi, más que arquitecto, es uno de los pensadores y escritores de arquitectura más inteligentes y agudos que ha habido. Su libro Complejidad y contradicción en la arquitectura es un texto obligado para cualquiera que quiera saber algo o pensar algo. De arquitectura y de todo.

Ese libro sigue siendo tremendo, pero hay que recordar que es nada menos que de 1966. Y reformular entonces, con Mies vivo, su famosa frase less is more (menos es más) como less is bore (menos es aburrido) denotaba una dosis notable de valor y de intrepidez. Y también de lucidez.

Con su esposa Denise Scott Brown y con Steven Izenour escribió en 1972 Aprendiendo de Las Vegas, un libro muy provocativo que, a mi juicio, a base de elogiar la confusión y la superposición, acaba por ayudar a la no valoración de nada y a la anulación de lo mejor. Pero esa es solo una opinión mía, que, sumido en mis oceánicas ignorancias, y carente de tantísimos conocimientos, nunca he querido perder mi escasísimo tiempo en aprender nada de Las Vegas.

martes, 18 de septiembre de 2018

Los buenos amigos

A David, Emilio, Francis, Nacho y Pedro.

Hace unas semanas os conté que estaba preparando un currículum para presentarme a algo que, aunque no necesitaba perentoriamente para vivir, sí me hacía mucha ilusión.
Bueno, pues finalmente los resultados han salido hoy. Nos hemos presentado trece, y con la satisfacción de haber quedado entre los trece primeros os tengo que contar la experiencia tan tremenda que he vivido.

Lo primero fue que me llamó Ignacio Vicente-Sandoval para avisarme del asunto y para animarme a que me presentara.
Me hizo mucha ilusión que Nacho pensara en mí como un posible buen candidato, y me animé a participar.
Le doy las gracias muy efusivamente por ello.

Ya he contado varias veces que soy un desastre para estas cosas. Siempre hago algo mal, no presento la documentación correcta, no cumplo el plazo, no acudo al sitio adecuado... Lo que sea. El caso es que siempre lo hago mal.
Así que esta vez me propuse hacerlo bien. Me estudié las bases, reuní la documentación y fui al registro pertinente a presentarla.
Una vez presentado, fui a diario para ver si había salido la lista provisional de admitidos, ya que, como os podéis imaginar, tenía el inveterado mosqueo de que algo hubiera salido mal, y según las bases había solo cinco días para subsanar lo que fuera.
Tenía que estar atento. La señorita que atendía el registro me veía aparecer cada mañana ante su mesa y cada mañana me decía que no había novedades.

Finalmente salió la lista provisional y, como me temía, yo estaba excluido. No podía ser. Esta vez lo había hecho perfectamente. (Pero mirad cómo a pesar de todo tenía el temor, y cómo ese temor era fundado).
El motivo de exclusión fue no haber acreditado algo que me constaba que había acreditado incluso con exhaustivo y pelmazo cansinismo.

Me quedé hundido, desarmado. Deshecho. ¿Qué más podía hacer? Esta vez lo había hecho bien y tampoco había servido. Estaba completamente desanimado.

Vi con sorpresa (no había ningún motivo de sorpresa; era, sencillamente, que no me lo esperaba) que mi amigo David García-Asenjo también se había presentado (y sí estaba entre los admitidos).

Las mejores amigas

En mi desesperación, lo primero que se me ocurrió fue llamarle: "¿Qué documentación has presentado tú, que te han admitido?" Pero no podía. ¿Cómo iba a hacerlo si él optaba a lo mismo que yo, si éramos involuntarios competidores? No: Definitivamente no podía ponerle en ese compromiso de obligarle a ayudarme o a poner alguna excusa para no hacerlo. Me ayudaría, por supuesto, pero no quería (y no debía) obligarle. Tenía que buscar otra solución.

En esto me llamó Nacho, que había visto las listas. Me animó. Me dijo cómo interpretaba mi exclusión según su experiencia. Me animó a volver a aportar la documentación señalada, a insistir, a no rendirme. Me dejó más tranquilo.

En ese momento, y sin saber dónde se metía, se cruzó mi amigo Francis sin saber nada de esto y contándome otra cosa. Aproveché para desahogarme con él. Le señalé también la calidad del amigo que se había interesado por mí, que me había llamado y me había animado tanto. Y me contestó, sencilla y naturalmente, que cada uno se merece los amigos que tiene y que yo me merezco los mejores.

Estoy mayor, me siento un inútil, estoy muy sensible, veo que soy un bobo, tengo amigos que me quieren mucho... Conclusión: Una fugaz lagrimita me escurre por el borde la nariz. Ay, Señor, qué mentecatez, qué blandura.

Al día siguiente, también ignorando dónde se metía y sin imaginar la muñeca chochona que se iba a encontrar, me llamó Emilio para otra cosa. Nueva exaltación de la amistad. Enésima muestra del cariño que me tiene Emilio... No os riáis, pero con todo esto me siento triste, patoso, torpe y muy feliz.

Pedro, otro de los grandes amigos, contrapesaba la tensión hablándome del asunto desapasionadamente, pero cumpliendo también una función decisiva para conseguir un cierto equilibrio en mi estúpido yo.

Y ya el colmo, la bomba, fue cuando David (mi amigo David, pero no olvidemos que al mismo tiempo uno de mis rivales en la pelea) me mandó un mensaje preguntándome que me había pasado y brindándome su ayuda.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Estreno sección en "Cosas de Arquitectos"

Una de las webs lideresas en la difusión de la arquitectura, COSAS DE ARQUITECTOS, se ha dirigido a mi agente, ha pagado mi cláusula de rescisión y me ha puesto los grilletes para que publique allí una cosilla (no la llamo ni articulillo) a la semana.

Por higiene mental y por claridad, para no hacerme un lío, he querido que sean intervenciones sobre un tema concreto que yo mentalmente sepa separar con claridad de lo que publico aquí.
Así que he pensado que como soy un arquitecto con treinta y tres años de profesión (la mayor parte de ella bastante cutre), podría contar anécdotas reales que me hayan pasado (a mí o a amigos íntimos) con los clientes y con los constructores en el proceloso mundo de la pseudoarquitectura.

He titulado esa sección "Arquitecto de batalla - Batallitas de arquitecto", y me estreno con un post sobre los hermosos croquis de planta en papel cuadriculado que a todos nos han traído más de una vez los clientes.

Se titula "Los cuadritos (I)", y, como sugiere el número romano, continuará.

Espero que os guste y que visitéis a menudo la web COSAS DE ARQUITECTOS.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Del render a la rendición


El 11 de marzo de 2004 hubo en Madrid unos atentados horribles y espeluznantes de unos criminales tan malvados como idiotas, de los que creen al mismo tiempo en un dios omnipotente y en que no es capaz de solucionar sus propios asuntos ni eliminar a sus supuestos enemigos, y ellos -gilipollas profundos y ratas asesinas- se lo tienen que hacer.

El caso es que hubo muchísimos muertos en los trenes de cercanías de Madrid a primera hora de la mañana, cuando todo el mundo va a trabajar.
Todavía nos acordamos de ello. Y nos acordaremos siempre.

Uno de los actos que se programaron a partir de aquello fue erigir en la estación de Atocha de Madrid un monumento en memoria y homenaje de las víctimas de aquellos brutales e incomprensibles atentados.

El estudio FAM (Fascinante Aroma de Manzana), formado por los jóvenes arquitectos Mauro Gil-Fournier, Esaú Acosta, Raquel Buj, Pedro Colón de Carvajal y Miguel Jaenicke (a quien por el apellido le supongo hijo de quien fue profesor mío de estructuras) ganaron el concurso con una muy bella idea.

Render de la propuesta ganadora
Secuencia de ilumicación del monumento a lo largo del día. Render de la propuesta

Consistía en una cápsula rígida irregular y translúcida que dentro tendría una lámina ligera, flotante, como una especie de medusa, en la que estarían escritos unos cuantos mensajes de entre los que dejamos (sí, yo también) en los distintos  rincones de la estación de Atocha en los días siguientes a la salvajada.



No entendimos entonces cómo era esa cápsula exterior ni cómo flotaría la lámina en su interior. Lo peor fue que sus autores tampoco lo sabían.

sábado, 25 de agosto de 2018

Así se dibuja

Yo no fui un niño tan tonto. Me gustaba el fútbol (jugaba muy mal, pero me gustaba mucho), el rescate, montar en bici, jugar a policías y ladrones, y a indios y vaqueros, pegar tiros -púñam púñam-, discutir porque quien tenía que morirse no estaba dispuesto a hacerlo, ver películas, hacer carreras ciclistas y partidos de fútbol con chapas, galopar sobre un caballo imaginario... pero también me gustaba leer y me gustaba dibujar.
Me apasionaba dibujar. Y quería hacerlo bien.
En la biblioteca de mi barrio -yo entonces vivía en Madrid- tenían todos los libros de José María Parramón. (Ahora recuerdo que no estaban en la sección infantil, sino en la de adultos: Yo sería ya un adolescente, entonces), y los leí uno a uno, e hice todos los ejercicios y copié todos los modelos.

El que lo inauguró todo fue el Así se dibuja.


Ahí aprendí a encajar, a tener en cuenta las proporciones, los claroscuros... Practicaba mucho y, como digo, me fui empapando un libro detrás de otro.

En el colegio sacaba muy buenas notas en dibujo. Creía que dibujaba muy bien.

En esa época yo estaba en plena parramonia. Creía que Parramón era el summun de los dibujantes y pintores. No se podía dibujar mejor. Lo buscaba en el Espasa-Calpe de casa y no venía, y a mí eso me sorprendía mucho porque no le veía menos talla que a los artistas que sí venían.

martes, 21 de agosto de 2018

¿Para qué sirve un arquitecto?

Dedicado a Stepien y Barnó, con
mi reconocimiento por su labor.


Los incansables Stepien y Barnó están haciendo, entre sus numerosas campañas, una que se titula "¿Para qué sirve un arquitecto?", en la que le ponen cámara y microfóno a varios ilustres compañeros (y, sin embargo, muchos de ellos incluso amigos) para que contesten esa pregunta.
Son siempre testimonios optimistas, constructivos y positivos. Yo los miro y los escucho con ganas, envidiando su envidiable actitud, pero al terminar de ver cada vídeo me quedo mal.

La guinda ha sido ver ahora un vídeo similar, pero de una universidad, que pone a varios de sus profesores explicando para qué estudiar arquitectura; para qué ser arquitecto.

Pues perdonadme, porque se ve que llevo unos días bastante bajo. Os entiendo, os respeto e incluso os admiro. Sé que hacéis un esfuerzo para explicar a la sociedad lo que somos y lo útiles que le podemos ser. Sé que con esa actitud desinteresada me estáis intentando ayudar hasta a mí. Os lo agradezco de verdad, pero no. Mis posibles clientes no creo que vean ninguno de esos vídeos, así que os aplaudo las buenas intenciones, pero me temo que son inútiles.
Me temo que esos vídeos solo los vemos nosotros para autoconvencernos de algo de lo que ya estamos convencidos.


Nadie tiene que hacer un vídeo explicando para qué sirve un médico, porque es obvio para qué sirve. Sin embargo un arquitecto no sirve para nada, y eso también es obvio para todo el mundo.

Vale, me refiero a "todo el mundo" entre quien me muevo habitualmente. No discuto que un uno por ciento de los arquitectos (bueno, pongamos un dos por ciento) son verdaderamente creativos, buenos gestores, eficaces, limpios, y son buscados con espíritu abierto por el uno por ciento de los clientes (bueno, digamos el dos por ciento) para que les hagan obras funcionales, luminosas, hermosas, felices... Pero me temo que la inmensísima mayoría chapoteamos en el barro dándonos dentelladas unos a otros por unas migajas de balaustrada o de falsa columna de escayola. Al menos esa es la profesión que yo veo todos los días, y en la que estoy.

Os pondré un ejemplo que tal vez os parezca idiota (y tal vez lo sea), pero os aseguro que es casi literal con nuestra profesión:

Imaginemos que el mes que viene el gobierno aprobara un decreto ley que, en aras del decoro urbano, de la imagen cívica y de la estética pública, nos obligara a contratar a un "asesor indumentario" sin cuyo informe favorable no podríamos salir de casa.
Habría que abrir el armario y preguntarle si me puedo poner la camiseta de Barrio Sésamo con los vaqueros viejos y las zapatillas del rastrillo. Él nos haría unas pocas preguntas (con quién vamos, a dónde vamos, qué vamos a hacer, cuánto rato vamos a estar fuera...) y o bien nos extendería el informe favorable o bien nos propondría (ordenaría) alternativas (mejor ese polo azul, y cámbiese esos calcetines).
¿Qué haríamos? Obviamente, intentar escaquearnos: Salir a la calle sin el informe (multazo al canto), intentar hacernos uno nosotros mismos (multazo al canto), tratar de utilizar uno que hemos pillado por ahí (multazo al canto).

Escaldado por las multas, yo empezaría a pensar que, aunque mi aliño indumentario siempre me ha importado menos que las peleas de mejillones salvajes en el Mar Rojo, no tengo más narices que contratar a un asesor.
Imaginaos mi indignación.
Vale: Ya estoy resignado. Voy a ello. Ahora la pregunta: ¿Esa gilipollez por cuánto me sale? Y ahí ya se abre un mundo de posibilidades. Los asesores indumentarios se han movido ante esta nueva y enorme oportunidad profesional y nos ofrecen de todo: Abonos por semanas, por meses, por años, informes telemáticos e incluso telefónicos para no perder el tiempo y salir de casa con la prisa habitual, webs interactivas de consulta... Y unos precios asombrosos. En los primeros días de esta nueva obligación la cosa parecía que iba a ser muy onerosa, pero ya se están poniendo la zancadilla unos a otros y cada día que pasa recibimos nuevas ofertas con los precios cada vez más bajos.