sábado, 26 de diciembre de 2015

El toque Dumas

El gran escritor Alejandro Dumas (padre) tenía una cara que se la pisaba. Vivía a tope, siempre en la cuerda floja. Ganaba muchísimo dinero y se gastaba todavía más. Era un pinta, un sinvergüenza, un gran amigo.
En cuanto a su trepidante forma de vida, le venía de herencia: Su padre -el Conde Negro- cuando tenía doce o trece años había sido vendido como esclavo por el abuelo, quien con el dinero obtenido viajó a París a recuperar su herencia. Una vez recuperada, el abuelo recompró a su hijo, que se convirtió más tarde en uno de los mejores espadachines de Francia, y llegó a general. El Conde Negro murió muy joven, de cáncer, y dejó huérfano a Alejandro con cuatro años.
Comprenderéis fácilmente que con estos antecedentes personales las novelas de enredo y aventuras salen solas.

Alejandro Dumas, por Nadar

Alejandro Dumas se dedicó frenéticamente a la escritura, frenéticamente al amor, frenéticamente a la caza, a la comida, a la bebida, a la juerga y a la amistad.
Era un hombre apasionado y excesivo.
En sus mejores momentos cobraba verdaderas fortunas por sus novelas, y se las gastaba en un abrir y cerrar de ojos. Contraía deudas, huía, todo ello como si él fuera uno de sus inolvidables personajes.
En aquella época causaban sensación las novelas por entregas: Novelas que el escritor empezaba teniendo sólo una vaga idea de cómo iban a seguir, y que en función del éxito que iban teniendo, y a instancias del editor de los folletines, estiraba y ramificaba.
En esas condiciones era muy difícil que cualquier escritor, que iba improvisando cada entrega, siguiera el hilo de sus novelas. Y más si estaba simultaneando cuatro o cinco.
Por ello, Dumas tenía varios "negros". (Se llaman así, sobre todo en el ámbito literario, pero se aplica y extiende a cualquier otro, a los colaboradores anónimos, cuyos nombres no figuran en las obras y cuyos méritos vampiriza el autor "nominal" u "oficial", que se lleva la fama y el dinero mientras los malpaga).

Tan frenética era la producción de Dumas (padre) y tal dependencia llegó a tener de sus negros que al parecer en una ocasión le preguntó a su hijo: "¿Has leído mi nueva novela?"; a lo que el hijo le contestó: "Yo sí. ¿Y tú?"

viernes, 18 de diciembre de 2015

Cortadle las alas

Hace años que estoy deseando escribir una novela sobre Ivan Leonidov. Su historia me apasiona, y ya conté algo aquí. También conté su muerte en Necrotectónicas.

Ivan Leonidov

Hay una pequeña pega, y es que los datos ciertos que conozco por ahora sobre su biografía se pueden escribir (con letra pequeña) en el reverso de un sello de correos (más bien grande). Pero para eso está la fase de documentación.
Tengo pocas fuentes. Hay bastante más sobre el ambiente, sobre la OSA, la ASNOVA, la VOPRA, etc, y muchísima literatura que nos muestra de una manera muy vívida la vida en la Unión Soviética en aquella época.
El caso es que me apetece ponerme a ello.
Para empezar, se me ha ocurrido un título (provisional, por supuesto): Cortadle las alas.
Me gusta (ahora diré por qué), pero me frenaba su dificultad fonética: esa d fastidiosa y pedante que quiere manifestarse y le quita fluidez al resto.
Lleno de dudas, pedí opiniones en Facebook: Qué pensarían mis amigos, así, a bote pronto y como primera impresión, de una novela cuyo título fuera Cortadle las alas. Incluso pregunté si alguien lo vería mejor con signos de exclamación: ¡Cortadle las alas!, que a mí me parecen excesivos, al menos para el título, pero expresivos.
No expliqué el porqué de ese título, ni de qué iba la novela, ya que sólo quería saber cuál podría ser su primera impresión (de agrado o de desagrado) ante la fonética y los posibles significados de un título algo arriesgado: Cortadle las alas.

Las respuestas se han desencadenado con una rapidez y una profusión tales que me han desbordado. Vaya amigos que tengo en Facebook: Virtuales y todo lo que queráis, pero amabilísimos y muy entregados siempre a la causa. (Dejémoslo así: "La causa"). Muchísimas gracias a todos.
En vez de responderles uno a uno, o de abrir un nuevo hilo largo en Facebook, respondo aquí y de paso les explico el por qué del título.

Leonidov fue el más brillante alumno de arquitectura de su generación. Su proyecto de fin de carrera es famoso, y su maestro, el gran Alexander Vesnin, le puso inmediatamente a dar clases y le llevó a trabajar a su estudio.
Leonidov era tan bueno que incluso antes de haber construido nada ya se hizo famoso. Las revistas publicaban sus proyectos teóricos, sus presentaciones a concursos, sus artículos. Le Corbusier, admirado por el joven ruso, a su vez se interesaba por él.
Pero todo se rompió antes de empezar, antes de despegar.
El realismo socialista, el neoclasicismo, la supuesta ideología proletaria en la arquitectura, se hartaron del talento y de la brillantez del joven. Eso era individualismo, antisocialismo, formalismo burgués y caprichoso, pensamiento contrarrevolucionario, etcétera.
Lo curioso es que Leonidov era un comunista convencido, y lo demostró con su vida, y en sus proyectos había un profundo interés por el programa, por la renovación y mejora de las formas de vida y de utilización y funcionalismo de los edificios. Pero, lamentablemente, el talento, el genio, la brillantez personal, son siempre vistos con recelo por las mentes burocráticas, rutinarias y cobardes, que creen en un igualitarismo mal entendido que consiste en cortarle las alas a quien destaca.

Total, que la revista juvenil Smena (Nueva Generación) publicó en 1931 un artículo titulado "Cortadle las alas", que decía que los leonidovistas estaban en las nubes, y que esa fantasía creativa era frustrante y precipitaba a los jóvenes al abismo. Es curioso, pero Leonidov había terminado la carrera en 1927. En sólo cuatro años se había convertido en un mal ejemplo y en una perversa influencia, y en un líder de una corriente peligrosa. El artículo decía: "Declaremos la guerra a toda esa fantasía creativa. ¡Cortémosle las alas!"
Y vaya si se las cortaron.
Alexander Vesnin, su maestro y jefe, lloró con ese artículo, y Leonidov se emborrachó por primera vez en su vida. Todo se había acabado.
Leonidov aún no había construido nada. Y no le dejaron construir nada nunca en su vida.
(Bueno: Al final hizo, en grupo con más arquitectos, una ridícula escalinata con una fuentecita y un balconcito. Qué horror. Qué tremenda injusticia).

martes, 15 de diciembre de 2015

Socius

Dedicado a mi (ex) socio Tomás Saura

He puesto el título en latín, socius, porque significa algo más que socio.
Según mi modesto diccionario Vox, socius se puede traducir por: asociado, en común, cómplice, aliado, compañero, socio y pariente.
Todo eso ha sido Tomás para mí (y yo para él). Incluso parientes, porque a su vez el diccionario embebe ese término en el concepto de ser de la misma traza, condición, etc.
Y sin embargo somos completamente diferentes.
He hablado aquí de él alguna vez, pero muy de pasada, y creo que ya es hora de dedicarle una entrada.
Los dos somos muy púdicos anímicamente, y muy poco dados a moñeces, carantoñas y demás expresiones de ese tipo. Me resulta raro hablar aquí de él y decir cuánto le aprecio.
Tomás y yo nos conocimos en Seseña (Toledo), mi pueblo, y durante una temporada competimos lealmente. (Ya sabéis en qué consiste esa lealtad: "Este cabronazo se ha llevado el encargo"). La verdad es que yo tenía más encargos que él, pero los suyos, aunque algo menos numerosos, eran bastante más suculentos.
Una virtud de Tomás es que va al grano y no se anda con tonterías. Un buen día, en 1990, me propuso que nos uniéramos. A mí me pareció bien. Uno de Seseña me vaticinó que no íbamos a resistir juntos ni un año. Resistimos veinte, y aún nos llevamos muy bien.
Él vivía en Madrid y yo en Seseña. ¿Dónde montar el estudio? Por aquella época en Seseña no había ni una mala papelería, y no digamos una casa de copias. Tampoco era fácil conseguir que viniera un delineante. Aquí era todo muy difícil.
Así que decidimos montar el chiringuito en Madrid (también con la secreta ambición de que allí nos saliera algo, cosa que no ocurrió), y nos instalamos en la calle del General Arrando, número 36, en un apartamento pequeñísimo, pero en un entorno muy agradable. Su suegro tuvo que avalarnos ante la inmobiliaria para que nos lo alquilara.
Allí empezamos, el uno de marzo de mil novecientos noventa, en esa lata de sardinas. Al año siguiente nos mudamos a uno más grande y a partir de ahí todo fue crecer.

Tomás y yo. Esa foto debe de ser de 1991, en nuestro segundo estudio

Hemos trabajado muchísimo, y esa era la gran virtud de nuestro estudio: que tenía muchísimo trabajo. Tomás ha sido siempre muy 'echao p'alante', y conseguía muy buenos encargos, y se metía en los charcos, y yo le apoyaba. A veces le he dicho con toda sinceridad que he sido un privilegiado teniéndole al lado, porque gracias a él he hecho trabajos (y he ganado dinero) que por mí mismo ni habría soñado. Él me ha dicho (generosamente) que también estaba muy contento conmigo, porque mientras él se lanzaba a picotearlo todo, le era de gran ayuda ver que yo le apoyaba y era un sólido compañero. Bueno, vale, dejémoslo así.
Aunque compartíamos el trabajo, él cada vez estaba más volcado con las relaciones públicas y yo más metido en el estudio. Pero él en el estudio también estaba en su salsa. Dibuja muy bien y, sobre todo, le encanta planificar. No puede vivir sin un gran panel de corcho donde clavar cosas, esquemas, programas, lo que sea. Y es el número uno haciendo tablas larguíííííísimas en papeles larguíííííísimos (papel continuo, A3 empalmados, papel de plotter...) con plannings, desarrollos de dinero, de tiempo, de partes de un trabajo... de lo que sea. Dadle a Tomás un papel muy largo -pero muy largo- y muchos rotuladores de colores -pero muchos- y os arregla lo del cambio climático, los horarios de autobuses de la EMT y los calendarios de vacunación de las diecisiete comunidades autónomas.
El estudio se fue dividiendo cada vez más nítidamente en dos secciones: urbanismo y edificación, que casi llegaron a formar dos departamentos estancos. Él es un gran urbanista, y a mí me gusta calcular estructuras y tal. De modo que en la época de mayor boom y desmadre cada uno nos dedicábamos a trabajos y clientes diferentes.
Pero también hubo mucho trabajo en común, que todavía no sé cómo pudimos hacer, porque los dos somos bastante cabezotas y testarudos, y, después de haber hecho tantos, aún sigo sin saber cómo se hace un proyecto a medias. Pero, como fuera, los hacíamos; al menos en las fases de planteamiento. Luego cada uno desarrollaba una cosa.


Los dos hemos sido siempre leales y generosos. Hemos discutido mucho, lo normal. Yo soy muy cabezota, y justo en el momento más inoportuno tengo un punto socarrón-pesimista-sarcástico para darme dos tortas. Y él es muy metomentodo y 'dispón' y a veces también las pedía. Pero por encima de todo estaba nuestro aprecio mutuo y nuestra amistad.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Cuidado con las habas

A Manuel Ángel Morales Gutiérrez (@angel_neoars en twitter),
quien con sus comentarios me ha sugerido esta entrada y me 
ha animado a publicarla. 

Pitágoras es uno de los sabios más sabios de la historia de la humanidad. (Perdón; con mayúsculas: de la Historia de la Humanidad).
Aparte de su famoso teorema, que todos conocemos, y que hay quien dice que no es suyo, sino de su discípulo Híspaso de Metaponto (y otros señalan que es muy anterior, y que ya lo utilizaban los egipcios), su figura, su obra y su pensamiento abarca mucho más y tiene mucho más alcance, mucha más repercusión y mucha más transcendencia de lo que pensamos.

Pitágoras de Samos

Se le considera el primer matemático puro, y tuvo una cabeza prodigiosa. Fue un genio en la concepción y en el descubrimiento de la estructura y la función de los números, en la cosmovisión, en la idea de los intervalos musicales, en los primeros conceptos geométricos... Pero no le gustaban las habas.

Vale. Qué tontería. Pues no le gustaban las habas. No pasa nada. A mí no me gusta el queso. ¿Y qué?

Ya; pero es que en el caso de Pitágoras la cosa fue bastante más grave: Fundó una secta filosófica basada, entre otras cosas, en el odio a las habas.
Esta "Escuela Pitagórica", que también podríamos llamar -¿por qué no?- "Escuela Antifábica" (por no decir ἀντ-φάσηλος, que me he sacado de la manga y de un traductor automático español-griego antiguo) mezclaba ideas científicas, religiosas y esotéricas, y se basaba en varios principios muy importantes y trascendentes. Por ejemplo:

* La dualidad entre el bien y el mal, entre el alma y el cuerpo. ("El cuerpo es la tumba del alma").
* Por lo tanto, la necesidad de una continua purificación moral.
* Los números son la materia de la que está hecho el mundo.
* Las mujeres tienen relevancia y son iguales a los hombres en dignidad y derechos.
* Las habas son el mal. Vamos: no ya el mal, sino lo puto peor de lo peor del universo; la maldición.

¿Einnnn? ¿Qué le pasaba a este hombre?

Pues sí. Id a saber por qué, y qué le habrían hecho las habas, o si su madre le obligaba a comerlas de niño, o si le produjeron flatulencias, dolor de tripa o lo que fuera, pero Pitágoras no veía tan mal asesinar a un pobre niño desvalido como zamparse un plato de habitas salteadas.

¿Qué quiero contaros con todo esto? Pues no sé: Que la gente es muy poliédrica, y que algunas personas nos pueden llenar de admiración por algunos de sus logros y algunas de sus ideas, y nos pueden sonrojar de vergüenza o de desprecio por otras.
Los pitagóricos eran un grupo de gente (hombres y mujeres) que estudiaba y discutía sobre matemáticas (salieron unas cuantas matemáticas muy estimables, cosa impensable en aquella época), pero también sobre reencarnación, sobre el viaje a los infiernos, sobre el más allá y sobre la abominación de las habas.
Ojocuidao ahí, que todo iba junto y en el mismo paquete.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Los nombres de las calles

Paseando por mi pueblo he caído en la cuenta de que prácticamente todos los promotores inmobiliarios que han pasado por aquí han dejado calles, plazas y avenidas a nombre de sus padres, de sus hijos, de sus esposas...
Parece mentira que sean esos nombres los que acaben configurando los callejeros de nuestros pueblos y los que vayan a forjar nuestra memoria urbana y la de nuestros hijos.
En mi pueblo ha habido, de siempre, una Plaza de la Fuente porque en ella está la fuente; una Calle de la Vega porque por ella se sale del pueblo y se va hacia la vega; una Calle del Cristo que sube desde la plaza hasta la hoy desaparecida ermita del Cristo; una Calle Ancha porque era la más ancha; una Calle de la Botica porque... Así de simple y de sencillo era mi pueblo.
Después se pusieron nombres a algunas calles nuevas: A una el de un cura que estuvo muchísimos años y a quien la gente recordaba con cariño; a otra el de un médico muy querido que pasó aquí casi toda la vida; a otra el de un secretario por lo mismo... Hay un parque a nombre de un vecino (tío abuelo mío), y así algún otro lugar del pueblo. Me parece muy bien: Los nombres de vecinos queridos y respetados, de personas a las que el pueblo quiere recordar para siempre; gente insignificante para el mundo pero muy importante para sus vecinos, y de la que éstos quieren guardar memoria.
Sin embargo, en estos últimos años un promotor nos ha dejado una avenida a nombre de su madre, otra a nombre de su padre, un parque a nombre de su mujer y yo qué se qué más. Otro nos ha dejado una avenida a nombre de su empresa (que a su vez contiene las iniciales de sus hijos) y una plaza a su propio nombre. Otro más nos ha dejado una plaza a nombre de su padre. Otro una calle a nombre de su esposa. Etcétera.
¿Quiénes son estos personajes que pueblan nuestros callejeros? Pues gente que no pisaron jamás el pueblo, que no lo conocen de nada y a quienes nadie del pueblo conoce. Y cuyos nombres quedan grabados sin fundamento, sin necesidad, sin reconocimiento y sin justicia.
Es un ejemplo más del disparate que se ha adueñado de nuestras vidas.
En una época de enorme crecimiento, los administrativos del ayuntamiento se las veían y se las deseaban para buscar nombres de flores para nombrar las calles de una urbanización, de pájaros para otra, de escritores para otra, de minerales para otra, de islas para otra más, etcétera.
Es una consecuencia, tal vez tonta e insignificante, de este urbanismo de PAUs, de zonificación brutal y expeditiva, de creación de tejido urbano de la nada que hemos padecido: De este "Hurbanismo".
En los proyectos de urbanización las calles se llamaban A, B, C, D..., y cuando se terminaban y la gente empezaba a vivir en las casas resultantes el ayuntamiento tenía que poner deprisa y corriendo "Calle de Pío Baroja", "Calle de Miguel de Unamuno", "Calle de Valle-Inclán", "Calle de Ramiro de Maeztu"... o "Calle de la Oropéndola", "Calle del Jilguero", "Calle del Gorrión", "Calle de la Paloma"... Etcétera. Así, porque sí y a capón.
Así que si el promotor de turno ya les daba resuelto el asunto y les presentaba un plano con los nombres de las calles ya puestos -Avenida de Antonia Motilla Sánchez (su esposa), Calle de Luis Alberto Pérez Motilla, Calle de Juan José Pérez Motilla, Calle de María Teresa Pérez Motilla y Calle de Leonardo da Vinci (es que no tenía más hijos)-, el ayuntamiento le daba el okey y se quedaba tan contento.
La verdad es que para esto yo habría preferido dejar los nombres fríos de los planes parciales: "Calle A de la Primera Fase del SAU 24"; como los asteroides que se van descubriendo ahora, que ya no tienen nombres de dioses romanos, sino de conservantes.

Una variante divertida de este fenómeno se ha dado en más de un lugar (esta vez no en mi pueblo) cuando el promotor, una vez saciado su amor filial, conyugal y paternal, delegaba en el arquitecto la tarea de nominar las demás calles, y éste decidía convocar y concitar a todos sus héroes. Y así nos encontramos alguna urbanización con las calles Alvar Aalto, Frank Lloyd Wright, Miguel Fisac, Santiago Calatrava y Rafael Moneo. Y lo más impresionante es que en ellas hay unas casas que no tienen nada que ver con ellos, porque las casas ya sí las diseñaba el promotor a su gusto. ("Es que esto es lo que vende").

No es mi pueblo. Es otro cercano. Clica y lo verás más grande.

En la imagen superior se ve un fragmento de plano del callejero de un pueblo en el que podemos ver las calles de Alvar Aalto, de Miguel Fisac, de Sainz [sic] de Oiza, de Álvaro Siza, de Norman Foster, de Santiago Calatrava y de Rodrigo Carrasco (que ya estaba allí antes y viene de otra historia). (Las que no aparecen rotuladas en este plano son las calles de Rafael Moneo, de Frank Gehry y de Pablo Palazuelo (¿?). Y fuera del fragmento seleccionado, por el sur, siguen la de Walter Gropius y la de Alonso de Covarruvias. (Menudo cacao).
Fuera de este fragmento, por el este, nos encontramos con las calles de Bramante, Juan de Villanueva, Ventura Rodríguez, Andrea Palladio, Francisco Sabatini...

viernes, 27 de noviembre de 2015

Siza x Siza. Segunda parte

El otro día nos quedamos bajando al gran salón de actos para asistir a la presentación formal y solemne del libro Siza x Siza editado por la Fundación Arquia y cuyos autores son Carlos Seoane y Juan Rodríguez.
Pues bien: Cuando llegamos allí ya estaba casi lleno, así que nos repartimos por donde pudimos, más bien atrás.
El ambiente era muy diferente del de hacía un momento: Mucha gente, y los protagonistas muy lejos.

Fotomontaje cutre con fotos que no casan,
para hacernos una idea.

La megafonía no funcionaba demasiado bien, pero nos enteramos del discurso.
A los que habían intervenido en el prólogo se sumó ahora Rafael Moneo, y al director de la Fundación Arquia le sustituyó el presidente. Anatxu Zabalbeascoa actuó como moderadora de la mesa redonda.
El acto se transmitió, y por lo que sé tuvo bastante seguimiento.
(Me comentaron que a Siza y a Souto, que hablaban en el perfecto y límpido portuñol que dije antes,  y a quienes se les entendía perfectamente, en la transmisión les pusieron una traductora).

Siempre me fijo en lo que no es. Ahí delante hay grandes
sabios hablando y yo distraído mirando estas cosas.

Gotas sueltas:

* David Cohn dijo una cosa interesante: que Siza crea formas sin seguir la geometría euclidiana, sino la sensibilidad del lugar. (Esto me pega con lo que dijo Souto de los gatos tumbados al sol).
* Algunos nos fijamos en que mientras los demás hablaban Siza no hacía más que dibujar. Luego dijo que era muy inseguro cuando afrontaba un proyecto, y que dibujaba para ir aclarando dudas y descubriendo caminos y posibilidades. "El dibujo es muy rápido. No tengo otra base intelectual".
* Moneo dijo que era curioso que a estas alturas de la vida Siza hubiera escogido, como resumen de toda su trayectoria concentrada en sólo seis proyectos, dos de sus primeras obras. Eso demuestra que desde el primer momento toda su obra tiene coherencia y continuidad.
* Una de las obras elegidas, es decir, de las más queridas por Siza, es precisamente de esas primeras. Es el barrio de la Malagueira, en Évora, y a Siza le gusta mucho que con los años haya ido cambiando. Está formado por viviendas muy básicas, que han ido sufriendo (o disfrutando) los cambios hechos por los usuarios. Dijo que era muy hermoso que cada vecino pudiera ser arquitecto de su casa. Moneo dijo que eso era posible porque el diseño inicial era muy abierto y lo permitía. 
* Siza dijo que hay que defender el papel del arquitecto, que hoy está amenazado.
* Anatxu Zabalbeascoa dijo que siempre pregunta a los arquitectos si al proyectar un edificio piensan cómo se va a limpiar, así que preguntó eso sobre la obra de Siza. Moneo salió a desviar la pregunta hablando de cosas más "transcendentes", pero Souto sí entró al trapo explicando que acababan de terminar un museo los dos, y que un diseño de una barandilla había sido así para permitir que se limpiara bien la escalera y la pared. También se habló de que en sus famosas piscinas las mamparas de madera de los vestuarios no llegan hasta el suelo para que éstos se puedan limpiar de un manguerazo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Adiós, Luis

Hoy ha fallecido Luis Figuerola-Ferretti.

Sabía que estaba enfermo desde hacía tiempo, pero también que había tenido una mejoría. Estoy consternado. Lo seguía desde hacía muchos años, desde que me lo descubrió mi tía Celia, que tenía siempre la radio encendida en la cocina.




Años después, al irse de la radio, creó un blog delicioso -El duende de la radio- que yo seguía, y crucé con él algunos comentarios.
(Me trató siempre con mucho cariño, e incluso hizo alguna mención muy generosa a este blog).

Desde El duende de la radio hablaba de todo con gran estilo, humor, cultura y bonhomía, y también habló de su enfermedad sin tapujos, sin arrugarse, con valentía e incluso con su permanente ironía y amabilidad.

Era muy culto, muy afable, muy bueno, y tenía ese rasgo indefinible que, a falta de una palabra más exacta, llamamos "humor". (O tal vez sería más apropiado llamar "humour").


Que descanse en paz.

Estoy muy triste.

martes, 24 de noviembre de 2015

Siza x Siza = Siza2

El viernes 20 de noviembre la Fundación Arquia presentó su libro Siza x Siza, cuyos autores son Carlos Seoane (texto-entrevista) y Juan Rodríguez (fotografías).
Para el acto de la presentación-homenaje la Fundación nos invitó a algunos privilegiados no sólo al acto en sí, sino a la rueda de prensa previa.
Como, sea por lo que sea, fui invitado en calidad de prensa (o de lo que sea -qué gustazo sería aparecer con un sombrero y con la acreditación en su cinta, y qué poco valor tengo para estas cosas-), y el medio para el que trabajo es Arquitectamos locos?, creo necesario hacer aquí la reseña del acto. Pero comoquiera que este medio es un poco así, pues haré la reseña también un poco así.

Un grupo de avezados reporteros quedamos previamente a comer a la una y media.

Fila de la izquierda: Lorenzo Barnó, Susana Gallego, José María Echarte y yo.
Fila de la derecha: Raquel Martínez, Enrique Parra, Isa, Jimena y Alberto Alonso.
(Miguel Villegas llegó tarde, pero llegó. No sale en la foto).

De entre todos nosotros parece surgir un poderoso líder.



Enrique Parra había dado el día anterior una conferencia sobre arquitectura y videojuegos, y yo creí durante todo el tiempo que ese casco era suyo; que lo había llevado a la conferencia y que hoy lo traía de coña. Pero no: Era parte de la decoración del sitio, y no pegaba nada porque el resto eran libros gordos y como antiguos encuadernados en piel. Me enteré cuando al irnos le dije que se dejaba el casco.

Yo iba cargado desde casa (y para todo el día) con el tocho de Souto de Moura de GG, con la esperanza de que me lo firmara. Sí: cada uno a nuestra manera somos frikis.

La comida fue muy divertida, y ya sólo por eso había merecido la pena apuntarse al plan del día.

Llegamos a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fuimos a la rueda de prensa. Era una sala en la tercera planta. Antes de entrar, vimos a Suoto sentado, tomándose un café con leche y hablando en inglés con un hombre que estaba de pie.
-Ahí lo tienes. Dile que te firme el libro -me dijeron mis amigos.
Efectivamente, cuanto antes mejor.
Saqué el libro de la mochila y me puse respetuosamente detrás del hombre que hablaba con Souto. Pero, en vez de terminar e irse este señor, se le sumó otro, y siguieron hablando los tres tranquilamente.
Souto me vio y se apiadó de mí. Me hizo una afirmación con la cabeza y un gesto para que me acercase. Tomó el libro, lo apoyó en la mesa, me dijo que pesaba mucho y me preguntó mi nombre en un portuñol perfecto. (Yo diría 85% español y sólo 15% portugués. O sea, que se le entendía divinamente).


Buscó la página en la que aparece el título (su nombre), que aprovechó para que quedara incluido en la dedicatoria y me escribió: "Para José Ramón c/ un abrazo de EDUARDO SOUTO DE MOURA", y debajo su firma (legible: SMoura) y Madrid015.
Al ver cómo apretaba toda la dedicatoria en el borde superior de la hoja, dejando todo el espacio de abajo libre, durante un momento pensé lo mismo que me dijeron luego mis amigos:
-¿A ver? ¿A ver? Joder, te podría haber hecho un dibujo.
Ya veis cómo el ser humano es insaciable e ingrato.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Los perritos

Tal vez esto ocurra en todo el mundo, y yo como español me crea que sólo ocurre aquí. No digo yo que no. Pero cada vez tengo más arraigada la sensación de que en España (al menos en España) todos corremos una loca carrera que consiste en "hágame usted una norma absurda, que ya veré yo cómo me la salto".
Salió la Ley Antitabaco, y en seguida todos los bares a justificar que tenían menos de cincuenta metros cuadrados, llamando "almacenes" a salas de doscientos metros cuadrados. Se modificó la ley y todos a sacar espacios semiexteriores para fumar. En nuestro país no hay "la excepción que confirma la regla", sino "la excepción generalizada para saltarse la regla".
Sale un nuevo Real Decreto y rápidamente lo hojeamos para ver por dónde nos lo podemos saltar, dónde presenta flaquezas o ambigüedades que nos permitan interpretaciones libérrimas.
En este juego siempre contamos con la complicidad de quienes escriben los artículos, que son los peores escritores del mundo y redactan con tal retorcimiento y tan pésima sintaxis que cualquier cosa puede significar cualquier cosa.

El otro día he visto un ejemplo simpático (pero muy triste), que es el que me ha movido a escribir estas líneas.
En una tienda de hogar y decoración de Aranjuez he visto a la venta estos simpáticos perritos:


(También los hay en serpiente). Son unos cojines alargados para colocar debajo de las puertas e impedir que pase el biruji.
No los había visto en mi vida, pero me dicen que son soluciones clásicas para las casas antiguas, aquellos casoplones mal acondicionados en los que se colaba el aire por todas partes.
Pues resulta que se han vuelto a poner de moda. Y es que en nuestras maravillosas casas superacondicionadas y megacalefactadas se vuelve a colar el gato, pero esta vez por prescripción legal.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Corbu vende

En el quincuagésimo aniversario de la muerte de Le Corbusier (no os perdáis Necrotectónicas: Allí se cuenta estupendamente) han aparecido nuevas biografías, incluso una en comic, y se han celebrado exposiciones y otros eventos por todo lo largo y ancho de este mundo (Capitán Tan dixit).
La empresa Renault se ha sumado a estos homenajes sacando el automóvil Le Corbusier.

Renault Le Corbusier: El Corbucoche. O el Corbumóvil.

No sé. Yo no lo veo nada corbuseriano. Me parece más bien el coche de Batman.



Los diseñadores dicen que se han inspirado en Le Corbusier "por su simplicidad y por la estructura visible". Lo que hay que hacer para ganarse la vida. Y lo que hay que hacer para explicar cómo se la gana uno.
Vale: Y Cien años de soledad está inspirada en La Divina Comedia porque tiene palabras, y hay personajes.
Habría que recordar que Le Corbusier ya diseñó un coche. Éste:


Ojocuidao ahí. Y, si me apuráis, yo puedo diseñar otro inspirado en Corbu:


Bueno, vale; lo acabo de hacer con el pincel del photoshop manejado con el ratón. Vale. (Pero un puntito sí que le veo).
No seguiré por ahí, que me pierdo.

martes, 27 de octubre de 2015

En la biblioteca de Jorge Oteiza

Mi ya remota tesis doctoral trataba sobre la influencia de Frank Lloyd Wright en Mies van der Rohe pasando por De Stijl. Hacía notar cómo el maestro americano descompuso la caja constructiva en planos que se proyectaban más allá, rompiendo el volumen y haciendo que el espacio fluyera. Esto influyó notablemente en los holandeses y de ahí a Mies y a su Pabellón en Barcelona.
Hasta ahí parece obvio. (Aparte de la comunión de ideas hay un documentado tráfico de aprendices y de arquitectos consagrados que lo demuestran).
Algo más aventurado era sostener que con ese espacio fluyente y esa caja descompuesta se termina componiendo otra nueva caja, pero vacía. (Museo Guggenheim, Neue Nationalgalerie...).
Una vez explicado eso, ahí va el rimbombante título de mi tesis:


El tramo final, la conclusión de todo, tenía como punto fuerte una interpretación del espacio vacío, y ahí eran imprescindibles los físicos del siglo XX y Jorge Oteiza. (Simplificando más de lo permisible, podríamos decir que los diversos puntos de vista confluyen en la idea de que el vacío no es algo previo al espacio, sino una cierta conclusión de este, una colección de referencias, y se produce como ausencia elocuente).
Para colmo, en la conclusión ponía en relación a Oteiza con Unamuno.


No quería contar esto, pero era necesario exponerlo brevemente para que entendáis que yo necesitaba enviarle la tesis a Oteiza.
(Por otra parte, me parece mentira haber dedicado trescientas páginas y algunos años a exponer lo que queda contado ahí arriba en unas pocas líneas).
Jorge Oteiza: ese ser mitológico que se agarraba unos cabreos tremendos y rugía como un león. Jorge Oteiza: el monstruo capaz de arrancarle los higadillos a cualquiera que osara molestarle, pero a la vez capaz de emocionarse hasta las lágrimas al ver a un niño jugando.
Jorge Oteiza: personaje de los Hermanos Grimm o de Oscar Wilde, encerrado en su casita, sin querer ver a nadie y, al mismo tiempo, deseoso de que los estudiantes fueran a verle, encantado siempre con la juventud y anfitrión legendario.
Era el ogro y el príncipe, el gigante y el ruiseñor, todo en uno. (Dependía de cómo lo pillases).

Cartel que Jorge Oteiza tenía colgado en la puerta de su taller,
agobiado por tanta gente que quería conocerlo.

Sé que es un rumor, pero yo llegué a escuchar que cuando su amada Itziar se moría sin remedio Oteiza salió al pasillo del hospital enarbolando una pistola para recabar la atención urgente de los médicos y de los enfermeros. Vale, será un rumor, pero todos lo creímos.(1)
También sé que alguna vez iba algún grupo de estudiantes a verle y les recibía alborozado, les trataba como un padre (o abuelo, o bisabuelo) amantísimo y se tiraba charlando y riendo con ellos hasta las tantas.

En todo caso, yo tenía muchas ganas de mandarle mi tesis, y al mismo tiempo me daba mucho apuro molestarle, importunarle, haber utilizado su obra, su nombre y su pensamiento para argumentar quién sabía cuántas idioteces. Se iba a enfadar.
Así estuve años. De verdad. Años. Tenía su dirección apuntada en una agenda, y de vez en cuando lo pensaba, pero no lo hacía.
De repente un buen día, sin pensarlo más, cogí el ejemplar que tenía destinado para él, le quité el polvo de los años, lo empaqueté junto con una nota respetuosa y se lo mandé.

A los pocos meses hubo una exposición en la Fundación COAM sobre Oteiza y la Arquitectura, y uno de los organizadores me dio noticias suyas. Me dijo que Oteiza le había encargado que me diera muchas gracias por el envío, que le había gustado mucho y que estaba entusiasmado con que le hubiera comparado con Unamuno. Pues si Oteiza estaba encantado con todo eso imaginaos cómo me quedé yo.

martes, 20 de octubre de 2015

Melocotonazo en toda la boca

Dedicado de nuevo a mi amigo Javier García, por
el "zas, en toda la boca" que me soltó.

El otro día escribí una entrada sobre Cicerón y un melocotonero que sembró al final de su vida. Al parecer os gustó bastante, y algunos me mandasteis mensajes muy amistosos y simpáticos.
Pero un buen amigo me escribió: "Yo no siembro más, que soy especialista en hacerlo en campos estériles".
Ciertamente es todo muy difícil, y sé que a mi amigo le está costando despegar. No obstante, seguí con la alegoría y le dije que no se desanimara jamás y que se echara un hueso de melocotón al bolsillo.
Yo mismo lo hice, pero en sentido literal. De verdad. Como un amuleto. Una tontería: Me comí un melocotón, limpié bien el hueso y me lo guardé en el bolsillo.
Me anclaba a la bella imagen ciceroniana, y pensaba que llevar un hueso de melocotón en el bolsillo era un gesto elevado.
(Qué bonito es todo. Qué simpáticas son las alegorías y qué fácil es sentirse bien y ser un poco bobo y un bastante bocazas).

Pero Javier (a quien, con nuestro amigo común Miguel Ángel, le había dedicado esa entrada del melocotonero ciceroniano) me dio un zas en toda la boca. Vamos, un melocotonazo en toda la boca.
Me mandó un mensaje por guasap (otros dicen WhatsApp) que dio origen a esta conversación:


JAVIER.- Gracias por la dedicatoria, Mon. Muy buena reflexión.
YO.- Gracias.
JAVIER.- Sin embargo, es curioso, pero para que los niños puedan coger melocotones dentro de unos años, hay que sembrar un hueso de ciruela. [Risas]
YO.- Coño. Explícame eso.
JAVIER.- Es posible que en época romana sembraras un hueso de melocotón y el árbol diera melocotones, pero ahora las variedades son tan artificiales que no daría fruto.
"Para plantar un melocotonero, primero hay que plantar el portainjerto. El mejor es el ciruelo Santa Lucía (ciruelo silvestre). Al año siguiente se injerta con una ramita que tenga por lo menos una yema del melocotonero que se quiere conseguir.
"Actualmente, el hueso no contiene las características del frutal, ni de hueso, ni de pepita.
YO.- Me has hundido la moraleja de la historia. Tengo que escribir la siguiente entrada contando esto. "No llevéis huesos de melocotón en el bolsillo, niños, que no funciona".

Y en seguida he añadido: "Muchas gracias. Creo que ya lo tengo. Te citaré la semana que viene".

(Y aquí le acabo de citar. Y aquel "ya lo tengo" no es cierto: No lo tengo. Creía que tenía algo, una idea para una nueva entrada, pero se me ha escapado. Se me pasan por la mente varias opciones que se ramifican y no concreto ninguna ni resuelvo la historia).

martes, 13 de octubre de 2015

Cicerón y el melocotonero

A mis amigos Miguel Ángel Acosta, por sus melocotoneros
amarillos de agosto, y Javier García, por los suyos rojos.
Ambos son cicerones sabios y, sobre todo, hombres de bien.

Hace años leí (1) que Cicerón en sus últimos días, en aquellos tiempos convulsos del Segundo Triunvirato que pondría fin a la República Romana y que acabaría asesinándole, entre tanta agitación y angustia cotidiana tenía algún momento de esparcimiento y de tranquilidad en el jardín de su casa.
Era ya muy anciano (sesenta y tantos años), y el cuidado de las plantas era una forma grata de despedirse de la vida.
Un amigo le vio una tarde plantando en la tierra un hueso de melocotón.


Con toda su amistad y su cariño le dijo:
-Marco, ¿cómo se te ocurre plantar un melocotonero a tu edad? Tardará muchos años en dar fruto. No te va a dar tiempo a comerte ningún melocotón de ese árbol.
A lo que, naturalmente, Cicerón le contestó:
-¿Y para qué estamos los viejos? Para plantar melocotoneros. Ningún niño podría comerse nunca un melocotón si alguien no hubiera plantado el árbol años antes de que él naciera. Triste mundo sería este si nadie pudiera comer otros frutos que los que él mismo plantara.

Sea o no cierta esta anécdota, pienso en ella a menudo.
A todos nos afecta. Parece como si ahora (cambio climático, contaminación, agotamiento de los recursos...) todo el mundo pensara: "el que venga detrás que arree", o, lo que es lo mismo: "para lo que me queda en el convento..."
No sólo no somos cívicos, sino que ni se nos pasa por la cabeza la posibilidad de serlo. Lo del melocotonero de Cicerón es puro civismo. Nos está diciendo: "Deja algo bueno en este mundo. Deja una huella positiva. Mejora aunque sólo sea en algo insignificante lo que te encontraste al llegar".

Si este mandato es vigente para todos los seres humanos, para los arquitectos es aún más perentorio y también más concreto. La actitud ya mencionada (de todos quienes intervienen) de que "el que venga detrás que arree", de cobrar nuestro dinero y de largar el edificio para que el pobre destinatario lo sufra y para que el paisaje y el entorno se resignen a él es la que ha provocado y sigue provocando esta especie de cochambre empachadora y agresiva en la que vivimos.
No. No vale decir: "Es que me exigieron que lo hiciera así". No. No vale. Cada palo que aguante su vela. Aguantemos la nuestra.

domingo, 4 de octubre de 2015

De la validez de la cultura. (¿A quién le importa Gilgamesh?)

La película Ladri di biciclette (1948), de Vittorio de Sica es un pilar en la historia del cine. En España se tradujo como Ladrón (en singular) de bicicletas, y se censuró estúpidamente, cambiando del todo su intención y su sentido.


La película es cruel e implacable. No deja un solo resquicio a la esperanza y agobia hasta lo insoportable. No puede ser que la desgracia se cebe de esa manera con la gente más desvalida, con los más miserables y necesitados.
¿Quién podría hacer una historia así, sin ninguna piedad? En España eso no se toleró, y en la escena final, en la que el padre y el hijo van a la nada, una voz en off (que, por supuesto, no existe en el original) se deshace en melifluos y vergonzosos cantos de sirena y se permite contar el final que al censor le gustaba.
Bueno: Vivíamos en un país que tenía censuradas las ideas y mutilada la cultura. Pero muchos años después, en los noventa, cuando ya llevábamos décadas viviendo en un país libre, las cintas VHS de esa película seguían teniendo ese doblaje oprobioso. ¿Por qué? Pues porque ya estaba hecho y no era económico volver a hacerlo. (Ni siquiera había que volver a hacerlo. Tan sólo había que suprimir el último speech). Y además (y sobre todo), para cuatro piraos que iban a comprar esa película no merecía la pena perder el tiempo ni gastar dinero en retoques y cambios.
Esa película había dejado de estar censurada, pero ya aburría, lo que es muchísimo peor.

Hoy en España no hay censura, pero a nadie (o a casi nadie) le interesan esas películas ni esas visiones tristes y desasosegadoras. Y los cuatro piraos que vemos películas raras o leemos libros-pestiño ni contamos ni importamos.

Franco murió cuando yo tenía quince años, y mi adolescencia coincidió con la Transición. Además de que se acabó la censura sobre las fotos de desnudos justo cuando mi persona más se interesaba por ellas (feliz casualidad), también se habló mucho entonces de Víctor Jara, de Paco Ibáñez o de Quilapayún, cuyas cassettes traía a clase algún compañero casi con la misma delectación con que otro traía un Playboy.
En aquella época nadie reparaba en que tales cantantes y tales canciones tenían la misma chispa que un bocadillo de garbanzos, y que oír la cansina voz de Paco Ibáñez en el Olympia de París era tan divertido como contar granos de arena en la playa. Eran canciones con mensaje. Tenían el secreto de la verdad y de la vida. Había que entenderlas y aplicarlas. Eran la guía. Mostraban el camino.

-Tun tun.
-Quién es.
-Una rosa y un clavel.
-¡Abre la muralla!
-Tun tun.
-Quién es.
-El sable del coronel.
-¡Cierra la muralla!
-Tun tun.
-¿Quién es?
-La paloma y el laurel.
-¡Abre la muralla!

(Dior mío, Dior mío). (Había que estar atento para saber cuándo tenía que abrirse y cuándo cerrarse, sin equivocarse jamás, no fuera uno a quedar como un pardillo o, lo que era mil veces peor, como un facha).

A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.
A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.

(Por Dior, Don Pacoibáñez. Por Dior).

Poderó
socaballé
roesdondindó
dondiribidindó
es Don Dinero.

(Po zí. Pozezo, po vale, po dacuerdo).

lunes, 28 de septiembre de 2015

Algunas consideraciones sobre el blog

Martina, una estudiante de arquitectura, me dice que tiene que hacer una presentación sobre algún tema, libro, arquitecto, movimiento, crítica, etcétera, para suscitar un debate en clase, y que ha elegido este blog.
La idea me emociona y me vuelve aún más pasteloso de lo que lo soy habitualmente. (Ni "no me lo merezco" ni narices: Las cosas vienen de la forma más inesperada y hay que celebrarlas; todas. Yo lo celebro; claro que sí).
Me pide que le cuente cómo surgió el blog, qué "ideología" tiene, etcétera, y que haga una "lectura crítica" de él.
Las circunstancias sobre cómo surgió Arquitectamos locos? ya las he contado aquí alguna vez, así que me temo que me voy a repetir.
No obstante, esto es lo que le he contestado:



ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL BLOG “ARQUITECTAMOS LOCOS?”, por su autor.

Hola, Martina:
(Esto que te cuento ya lo he dicho en el blog. Me repito).
Siempre he sido muy discutidor (o muy bocazas), pero limitaba mis diatribas a los bares y sitios similares, con un reducido número de amigos.
Empecé a oír hablar de los blogs, y me puse a leer algunos, sobre todo de libros y de cine. Me iba haciendo gracia la idea de tener uno, pero no tenía ni idea de cómo se hacía eso.
Coincidió con el cierre de mi estudio y con la peor situación profesional y anímica que he tenido en mi vida. Mi hermana tenía un blog y me dijo que era muy sencillo. Me metí en blogger y, sin tener ni idea, acepté las plantillas que se me ofrecían, sin plantearme nada en cuanto al diseño o a la imagen del blog, y me lancé a escribir.
Esto ocurrió en julio de 2010, y yo escribía pensando en cinco o seis personas concretas (que al final son las que menos me leen) y no podía ni sospechar que en cinco años iba a tener más de medio millón de visitas.
El blog nació con un título que ni supe poner bien. Ahí se ve el nulo conocimiento que tengo de estas cosas. No me gusta la moda de escribir en español las interrogaciones con un solo signo, y hasta con el teléfono móvil las abro y las cierro, pero en el blog me diseñé un logo (que luego ni supe insertar) que jugaba con un solo signo de interrogación.
Yo quería dar un grito de indignación contra la pérdida de sensatez y de criterio en la arquitectura de relumbrón y de disparate, y titulé: ¿Estamos locos?, que a la segunda vuelta (¿Estamos locos con la arquitectura? ¿Hacemos arquitectura locos? ¿Arquitecturamos locos?) se quedó en “¿Arquitectamos locos?” Me gustó el título, pero iba con dos signos de interrogación.
Sólo tenía claro que lo que me gusta es la literatura, el cine, la música (especialmente la de jazz), y que un “blog de arquitectura” se debía abrir a esos campos. Vamos, que la sola idea de un “blog de arquitectura” me parecía un poco tonta y corta. Por eso puse el lema (que no es mío): “Quien sólo sabe de arquitectura no sabe de nada, ni siquiera de arquitectura”.
(Hace muchos años, siendo estudiante, me bajé del autobús con un libro del grandísimo Jardiel Poncela bajo el brazo. Me vio un compañero de clase, cogió con curiosidad el libro y en cuanto vio la portada me lo devolvió casi con asco, diciéndome: “¡Pero esto no es arquitectura!” Pues eso: Me ha enseñado mucha más arquitectura Jardiel Poncela que Aldo Rossi, porque Jardiel me ha hecho reír, pensar, coger ritmo, contrastar… etcétera).
Mi blog no tiene criterio, ni línea editorial. Hay algunas entradas más serias sobre algún arquitecto o movimiento, o sobre el concepto de espacio moderno o de fisión semántica, en la que me veo más profesor (aunque sin decir palabros y sin avasallar ni agobiar). Y hay otras de mero cabreo ante algún atropello. Hay otras sobre jazz. Hay otras más bromistas. Etcétera.
Cuando publico una entrada creo que ya no voy a ser capaz de publicar ninguna más. No tengo más que decir. No sé nada más. Y sin embargo al cabo de unos días me sale una nueva. Salgo más o menos a una entrada por semana, y nunca tengo la menor idea de cuál va a ser la siguiente.
(Mira: Ahora que lo digo, este texto va a ser el siguiente).
Creo que mi blog es un auténtico blog en cuanto a “diario personal”. Soy yo mismo, y se me nota mucho. Pero por ese mismo motivo adolece de falta de línea argumental o expositiva, de falta de programa.
A mucha gente le gusta leer lo que dice este bocazas, y a mí me gusta mucho escribir. Suelo hacerlo además con algún ligero tono humorístico (a veces es más descarado) y caricaturesco.
No me debo a nada ni a nadie. No cobro de nadie. No le debo obediencia a nadie. Así que lo que pongo en el blog son chorradas, pero son las que me salen libremente y sin mayor pretensión ni alcance.
Quería hacer alguna autocrítica, pero me releo hasta aquí y observo que estoy encantado de haberme conocido. Lo siento. En general no soy así, y acepto mis limitaciones y carencias con bastante deportividad y aun con cierta elegancia.
Por resumir, esto es sólo un blog. Son mis obsesiones y mis cabezonerías machaconas. Aún me sorprende que le interese a alguien.
Por favor: Si haces algún trabajo previo de presentación sobre este blog pásamelo, y si en tu clase debatís hazme un resumen.
Abrazos

José Ramón

lunes, 21 de septiembre de 2015

Pura fachada

Llevamos ya unos meses escuchando la murga del millonario chino que ha comprado el Edificio España de Madrid para tirarlo y hacer esas cosas que hace (o que dice que va a hacer) cualquier millonario que se acerca por Madrid: hoteles, salas de fiestas, casinos, puticlús o lo que sea. Pobre Madrid, que no sirve para otra cosa.
La operación consiste en comprar un edificio a pesar del edificio. Es decir: Te compras un edificio que no te gusta un pimiento y lo derribas.
Vamos, que lo que te compras es un "solar con bicho".

Edificio España. Madrid

Se juzga que el lugar es muy interesante para el negocio, pero que el edificio estorba. El edificio está en malas condiciones, cerrado y abandonado desde hace años, pero no se contempla la posibilidad de restaurarlo. (Creo que no tiene daños estructurales). Se propone directamente su derribo.
El Ayuntamiento de Madrid, náufrago en la miseria económica, pero sobre todo en la miseria moral, segrega jugosa saliva por la comisura de los labios y dice que, aunque el edificio está protegido (esas cosas raras que se hacen a veces: proteger edificios), se podría estudiar su derribo. Ya veremos.
En esto se celebran elecciones municipales en Madrid y entra a gobernarla un nuevo equipo, con una alcaldesa más sensata que dice que sólo la puntita. Es decir: Que se puede derribar el edificio, sí, construir otro, sí, y hacer lo que les salga de ahí, sí, pero dejando la fachada.
Surge entonces un problema técnico en el que entran incluso prestigiosos arquitectos e ingenieros: ¿Cómo se puede derribar ese edificio dejando en pie su fachada? Es como dejar el terreno de juego del Bernabéu de canto (qué didáctica es la "unidad campo de fútbol"). ¿Dónde narices se ancla eso? ¿Cómo se apuntala?
El chino dice entonces que se compromete a tirar el edificio completamente, y a construir luego otro con una fachada igualita.
El equipo de arquitectos e ingenieros enrollados al servicio de la alcaldesa enrollada dice que de eso nada, que la fachada debe ser protegida y que hay medios técnicos (caros, que se fastidie el chino) para dejar provisionalmente la fachada en el aire mientras se construye el nuevo edificio que la anclará y estabilizará.
Y la alcaldesa enrollada dice, con honda satisfacción, que la fachada del Edificio España va a salvarse.

Al loro: Por lo que están discutiendo todos es por la fachada, por la pura fachada.
El Edificio España está protegido por su valor histórico-tecnológico. Es una muestra de una técnica constructiva y de un alarde estructural de su época, y un logro en la concepción y construcción de edificios altos en una España que en 1948 soñaba con despertar a no se sabía bien qué.
Si lo tiran y dejan la pura fachada no habrá testimonio de nada. No habrá ya más Edificio España, sino un póster (carísimo y disparatado) en su recuerdo y homenaje.

Un edificio no es su fachada. Un edificio es un todo coherente y complejo que no se puede reducir a la imagen que da al exterior. Un edificio es un organismo completo. (¿Tan difícil es entender esto?).

Decorado de cine

Nótese que, ante el pretendido abuso del inversor, que consiste en tirarlo todo, los garantes del bien común y del alma urbana sólo exigen que se conserve la fachada.
¿Y esto por qué?
Pues porque reina la idea de que uno de puertas para dentro puede hacer con su vida lo que quiera, pero de puertas para fuera debe dar una cierta imagen. Es decir: "Dentro de tus oficinas, o de tus casinos, o de tus burdeles, tienes vía libre, pero no nos estropees la Plaza de España. Déjanos seguir paseando por la Plaza de España tan tranquilos y como siempre; sin que nada cambie; sin que nos planteemos siquiera qué está ocurriendo detrás de las fachadas".
Perfecto: Una ciudad-decorado, una arquitectura falsa y vaciada. Qué sublime ideal. (Y nosotros paseando por la ciudad como figurantes, como extras, como zombies de nosotros mismos).

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Final

Estos días he descubierto, pasmado, esta escultura:


Es La Virgen del velo (c.1850), del escultor italiano Giovanni Strazza (1818-1875)
Es algo verdaderamente admirable: Una pieza de mármol sólida, maciza. No es un retrato al que luego se le haya superpuesto una gasa que se haya enyesado (o "enmarmolado") posteriormente. No. De eso nada. Es una talla en piedra. Es pura talla. Todo ello está hecho con la técnica de sustracción: Tomar un bloque de mármol y quitar material.
No se puede tener más maestría, ni ser mejor escultor que Giovanni Strazza.
¿Pero quién fue Giovanni Strazza? Ni idea. No había oído hablar de él en mi vida. Lo busco ahora en Google y no lo encuentro. De esta escultura si hay varias entradas, pero de la biografía del autor nada. Ni siquiera tiene entrada en la wikipedia. O sea, que este gran escultor no aparece clasificado ni como de tercera división. Vaya.


¿Por qué la historia, la memoria, no aprecia a este escultor? Pues porque su obra es deliciosa, inmejorable, perfecta... pero ya no aporta nada nuevo, y no va a ningún sitio.
Su autor es un excelente conocedor de la técnica, un maestro, un Don Nadie. Parece que no tiene nada que decir.

Fuera de los círculos más o menos próximos a la arquitectura tengo un grupo de amigos muy cultos y con una gran formación y un criterio certero, pero que no aman el arte contemporáneo. No les interesa especialmente. A veces discuto con ellos de estas cosas, y me aportan puntos de vista muy interesantes e inteligentes desde fuera de este mundo endogámico en el que nos incrustamos los arquitectos como lapas contumaces.
Naturalmente, todos ellos me dijeron que estas imágenes les gustaban mucho. ¿Y a quién no? Sobre eso no hay discusión posible. Es una obra de una gran delicadeza y de un carácter extraordinariamente bueno y bello.
Pero yo, que no puedo estarme callado sin meter la pata, les decía que esta obra es fruto de un conocimiento absoluto de la técnica, y de un dominio total del oficio. Pero nada más. (Ni nada menos, de acuerdo. Pero nada más).
Ah, ¿es que es poco dominar el oficio y la técnica? Naturalmente que no. En eso consiste la profesionalidad. Y esta escultura es, obviamente, obra de un profesional.


Pero yo creo que es la obra de alguien que conoce magníficamente su oficio pero que ya no tiene nada nuevo ni nada especial que decir. Me refiero a que es un académico que sabe aplicar académicamente su profesión, que lo hace con una gran perfección, pero que se limita a repetir lo que ya sabe. Prueba un efecto exquisito, tal vez novedoso como tal, pero no prueba una nueva forma de expresión. No arriesga. Se queda en lo trillado. Ya sabe cómo le va a salir y ya sabe que su obra va a ser admirable desde antes de empezarla. Su única originalidad es precisamente el efecto, el adjetivo prescindible.
Veo a ese escultor como a un competentísimo profesor de Bellas Artes y como a un dignísimo miembro de la Academia (no sé si lo fue; no sé nada sobre él).
También lo veo, sí, como un escultor ya aburrido, necesitado de estímulos laterales o tangenciales a la propia obra, a su consabida esencia.
Porque saberlo ya todo y dominarlo ya todo aburre mucho.
Pero para entretenerse juega con variables accesorias.
Veo el final de un camino, veo el estancamiento de este arte en una vía que ha llegado a su máxima perfección y no puede dar más de sí.
(Lo que, por supuesto, no quita, y lo repito una vez más, que vea una obra perfecta).


Este escultor podría enseñar el oficio a los jóvenes (seguramente lo hizo) y ser el adecuado eslabón de la cadena para que ésta continuara. Pero la propia cadena no podía continuar. Estaba cerrada en círculo, acabada, y ya no iba a ningún lado. ¿Continuar hacia dónde? Hacia ningún sitio. Era repetir eso eternamente y no poder mejorar ya nada ni explorar nada. Tan sólo probar nuevos alardes técnicos (por ejemplo, otra Virgen Velada pero con un tejido calado como de ganchillo) y acabar en el puro kitsch.
En el fondo, esta obra magnífica que muestra su innegable perfección pero no arriesga nada ni busca nada está ya entrando en el kitsch.
Cuando digo estas cosas los amigos a quienes me he referido antes se cabrean. Y yo los entiendo: Hay algo que se rebela profundamente en el interior de uno cuando un tocapelotas ataca una obra que es no sólo irreprochable (no hay más que verla) sino ejemplar.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pecado

Seguimos teniendo noticia de distintos problemillas que tienen las obras de Santiago Calatrava.

Santiago Calatrava. L'Àgora. Valencia

Otra vez lo de siempre: Una obra faraónica que se empezó a hacer asumiendo que los costes serían monstruosos y acabó resultando que fueron muchísimo más monstruosos que lo que se dijo.
El harquitecto, que nunca se ha caracterizado por agachar las orejas y acobardarse, sino que, por el contrario, ante las dificultades ataca (lo que a mi juicio es su mayor virtud, si no la única), denuncia que la obra está sin terminar, que se han hecho cosas sin contar con él, que se está usando sin su consentimiento (¿eh?) y que para que esté en buenas condiciones de uso hay que gastarse otra porrada de dinero.
Desconozco si en su día el harquitecto hizo el correspondiente Certificado Final de Obra (se ve que no), y de qué forma ésta se recibió (odio el verbo "recepcionar", que es un monstrenco de "recibir"), pero os aseguro que yo he hecho un par de obras oficiales y que la burocracia del seguimiento de obra, certificaciones, informes mensuales hasta el certificado final y el acta de recepción es desesperantemente exhaustiva. ¿Qué pasa en estas obras? ¿Aquí no hay nada de eso? Supongo que se contrató a otro para que hiciera la faena de remate burocrático de la obra. No sé. Alguien debería explicar cómo se cuelan estas cosas.
Tampoco quiero pasar por alto la oportunidad de darle un palo al periodista que habla en el titular del riesgo de que se caiga la cubierta, y luego en el texto vemos que de lo que se trata es de que se le desprendan partes del recubrimiento. Hombre, no es lo mismo, pero ya en periodismo vale todo. Todo sea por el titular escandaloso. Tanto en arquitectura como en periodismo (como en todo) vivimos de la apariencia espectacular, y no del contenido.

Pero no era de eso de lo que quería hablar. Lo peor de lo peor es que ese edificio se encargó sin saber para qué.
De hecho, apenas se ha usado, y nadie encuentra destino ni ocupación para él.
Es decir, que se cierran alas oncológicas de los hospitales, se dejan de abrir bibliotecas en barrios de la periferia, se desatienden polideportivos y se encarga esta estrafalaria monstruosidad que no sólo cuesta el dinero que ni los valencianos ni los españoles tenemos, sino que exige, como un niño rico y malcriado, atención y gasto constante y eterno per secula seculorum.
Y la sociedad civil, democráticamente representada por sus eficaces, inteligentes y honrados políticos, asume (asumió en su día) estos despilfarros, estos despropósitos, estos pecados.
Porque ya no estamos hablando sólo de mejor o peor arquitectura. Estamos hablando de pecados. Estamos hablando de crímenes. Crímenes de lesa ciudadanía.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Copiar

Es verdaderamente extraordinario inventar algo desde cero(*). Lo normal es que incluso los creadores más potentes y originales tomen lo existente como punto de partida y lo mejoren o combinen para obtener cosas nuevas.
Si los seres humanos no copiáramos lo que vemos desde que nacemos no seríamos capaces de aprender ni de hacer nada. Para empezar, el lenguaje lo aprendemos imitando gestos, copiando sonidos, tanteando y probando. Incluso el escritor más original, el que más destruye y recrea el lenguaje, viene de copiarlo para reelaborarlo.
Ninguno de nosotros sabría abrir una puerta si no hubiéramos visto antes a alguien haciéndolo. (Yo soy tan torpe que a poco que me cambien el mecanismo habitual me quedo sin saber abrir hasta que veo cómo lo hace otro. Y de los mandos de las duchas de los hoteles mejor ni hablamos).
¿Cómo se inventa algo nuevo? Para empezar, copiando.
Recuerdo cuando empecé a hacer mis primeros ejercicios de proyectos en la escuela. Supongo que me consideraba un genio o algo así: alguien llegado a este mundo para dar una nueva voz. Quién sabe. El caso es que sin tener ni idea de nada quería crear algo nuevo. (Al mismo tiempo, mientras diseñaba un aseo medía los aparatos del baño de mi casa; para hacer una escalera medía los peldaños de la de mi casa, etcétera. Mi casa era mi Neufert condensado; mis referencias eran limitadísimas, y no obstante yo quería ser original y aportar algo nuevo. La ignorancia es audaz).
En esa tesitura tan extraña (pero que tal vez hayáis experimentado algunos de vosotros) me hallaba cuando mi profesor de proyectos me dijo: "Copie. Copie. Busque un proyecto que le guste y cópielo".
Yo entendía que eso era hacer trampas. Qué equivocado estaba. Copiar no es calcar un proyecto, porque además no se puede: El solar no tiene la misma forma, no mide lo mismo, no tiene los mismos desniveles... El programa es parecido pero no idéntico... etcétera. Y basta con que al copiar cambiemos una mínima cosa para que todo se mueva y se desbarate, y trabajar para readaptarlo y reencajarlo es un ejercicio fantástico de arquitectura.

Alvar Aalto. Croquis no definitivo de la planta de la casa Schildt

Por ejemplo: Tomad la sencilla planta de la casa Schildt, de Alvar Aalto y copiadla tal cual, pero poniéndole un dormitorio más. ¡Uf! Qué difícil. Intentad hacerlo. Tal vez acabéis con toda la casa desarmada, y al principio parecía fácil. O bien, en esa misma casa, suprimid la elevación del cuarto de estar. Aalto lo elevó para tener mejores vistas sobre el mar. Imaginemos que en vuestra casa no hay esas buenas vistas, o que la familia prefiere la comodidad de tener toda la planta al mismo nivel. Vale: pues quitáis los peldaños y ya está. Empezad a hacer secciones y alzados, a ver qué pasa.
Copiar tiene su miga.
Además, tenemos que tener en cuenta que Alvar Aalto también copió, y que adquirir su estilo le costó muchos años de duro trabajo y muchas obras construidas.

Todos los artistas, todos los profesionales, todos los artesanos, todos han copiado. Hemos copiado. Lo que importa no es copiar, sino saber elegir buenos modelos y buenos maestros para copiarlos.

Sáenz de Oíza en el Partenón, dibujando con Javier Vellés

Le Corbusier. Vista del Partenón desde los Propíleos


(*).- Hay algunos casos sorprendentes, como el del avión. Le Corbusier cuenta en Vers une architecture que durante siglos el ser humano intentó diseñar un aparato volador con premisas equivocadas. Gente muy creativa y muy observadora pensó que para volar había que copiar a los pájaros. Si uno estudiaba el vuelo de los pájaros hasta entender por qué se producía y cómo funcionaba, podría copiar el proceso y construir una máquina capaz de volar.
Fracaso. Fracaso tras fracaso. Una máquina y otra. Alas más grandes. Mayor potencia de batido de las alas. Nada. Fracaso.
Alguien tuvo que pensar fuera de la caja y plantear el problema desde premisas físico-teóricas para concebir otro paradigma: Un plano sustentador no batiente que, propulsado a suficiente velocidad, se elevara gracias a la fuerza de resistencia que oponía el aire. Nada de batir: La solución fue lanzarse con unas alas diseñadas con determinada sección, estudiada aerodinámicamente por fórmulas abstractas y teóricas, y no observando pájaros (que en determinados momentos también toman esa estrategia).
En todo caso, la mirada creativa que observa de lado, que cambia la perspectiva y se sale de lo trillado parte también, al menos en los procesos iniciales de tantear lo existente hasta el momento, probar y trabajar con ello.