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martes, 13 de septiembre de 2011

Arquitectos en tiempo de desastre

Ahora que todo el mundo se pregunta qué vamos a hacer (qué podemos hacer) los arquitectos en estos tiempos de desastre, voy a darle un giro a la cuestión y no voy a hablar de la prosaica economía, sino que me voy a poner existencial y estupendo. (Pero estupendo, estupendo).
En el famoso poema Brot und Wein (Pan y Vino), Hölderlin se preguntaba: "Wozu Dichter in dürftiger Zeit?", que tiene (como casi todas las frases estupendas) una traducción muy difícil y enrevesada. Y, por lo tanto, ha sido traducida a todos los idiomas. En francés quedó: "A quoi bon de poètes en un temps de manque?". En inglés: "Why poets in a hollow age?". Y en español: "¿Para qué poetas en tiempos de carencia?" (Carencia, penuria, desastre... etc). Tomo la opción de "desastre", que prefería mi maestro Juan Daniel Fullaondo, y, como él, la llevo a nuestro molino y la dejo como:

¿Para qué arquitectos en tiempo de desastre?

Y ni la respondo ni nada (porque no sé). Así que -como él- me voy otra vez a la pregunta original, que es muy famosa y ha sido respondida por mucha gente.

viernes, 30 de julio de 2010

Martin Heidegger (Moisés y Aarón, caso 1)

Soy buen lector, y todoterreno: desde James Joyce hasta Jardiel Poncela, desde Raymond Chandler hasta Homero, desde García Márquez hasta Valle Inclán. Incluso a veces me aventuro con la filosofía. No tengo formación filosófica académica, y a menudo me pierdo, aunque hay filósofos como Aristóteles o Nietzsche a los que se les entiende todo, o casi todo.
Con el que no pude jamás fue con Heidegger. Por un prurito cultureta (la RAE acaba de admitir la palabra), oidor de que Ser y Tiempo era una obra imprescindible, la saqué de la biblioteca pública (tampoco era cosa de comprar el libro; no nos volvamos locos) y comencé a leerlo. Digo comencé, pero en realidad no pude ni terminar de leer la primera página. Es cierto que el existencialismo tiene mucha tela, y que el idioma alemán tiene más tela todavía. De todas formas, cuando veáis en un libro de filosofía una introducción del traductor, echaos a temblar. Siempre es para pedir perdón, para lamentarse de lo duro que es su trabajo y para jurar que ha hecho lo que ha podido. El alemán permite palabras-tren, construidas sobre la marcha a base de unir vagones. La estructura del idioma hace natural ese procedimiento. Al traducirlo al español queda artificioso, retorcido e incomprensible. Queda “el-Ser-en-cuanto-que-es”, “el-Ser-en-cuanto-que-actúa”, “el-Ser-siendo” y otras finuras. Al tercer párrafo en el que “el-Ser-en-cuanto-que-actúa” mira hacia “el-Ser-en-cuanto-que-es” y todo ello hace que “el-Ser-siendo” tenga conflictos con “el-Ser-sido”, uno se pregunta para qué narices está leyendo esa diarrea si, afortunadamente, nadie le va a examinar. (Porque me pasa lo que a Borges: que he leído siempre lo que me ha apetecido. No he estudiado letras y no he tenido nunca que leer un libro por obligación). Y se va uno a dar una vuelta siendo en cuanto que es, no sea que si uno ha sido no esté siendo.
Pues yo creía que era problema de la traducción, y que en todo caso era una deficiencia mía, de mis escasas luces. Pero acabo de leer unas frases de Jesús Mosterín que me han subido la autoestima.
En su volumen Los Judíos, de la serie Historia del Pensamiento, habla de Heidegger, de su militancia nazi, y de “su pensamiento irracional, oscurantista y lleno de frases sin sentido”. ¡Ya era hora de que alguien lo dijera!
Pienso en que el nazismo vivió de la irracionalidad, o, mejor dicho, del irracionalismo, de apelar a un vago sentimiento, a una difusa fiebre, a un entusiasmo acrítico, y pienso que la razón, lo racional, tan limitado y denostado ahora, es, al fin y al cabo, lo único que nos protege. Y pienso que ahora estamos, una vez más, celebrando la “inteligencia emocional”, lo afectivo, la intuición, y vamos llevando todo eso, a su vez, hacia lo pasional, lo irracional, lo espontáneo, lo disparatado y lo divertido, sin analizar ni comprender nada.
Y, además, me viene a la cabeza la relación entre Heidegger y Chillida, que se admiraban mutuamente sin comprenderse, pensando cada uno de ellos que el otro era un genio porque se lo había dicho alguien, pero sin entenderse. A mí que no me digan, pero ni Chillida entendía una palabrita de el-ser-en-cuanto-que-actúa-y-compra-en-Mercadona, ni Heidegger entendía nada del "arte degenerado" de Chillida.
Chillida es uno de los escultores más exquisitos, más bellos, más sensibles de la historia del arte. Sobre su obra estaríamos hablando horas, y nos quedaríamos sin haber dicho nada, porque a pesar de todo lo que se diga tiene una esencia inefable, de una capacidad sublime de expresión, de espacio, de vibración. Pero, ¿qué escribió Chillida sobre su obra y su pensamiento? Nada: Una colección de frases manuscritas, sugerentes por la belleza de su caligrafía, que no dicen nada. Chillida lo dice todo con su obra, pero con palabras no sabe decirnos nada. Pura irracionalidad, pura incomprensión.
Por otra parte, Chillida, siempre un ejemplo de civismo en su difícil País Vasco, siempre dando la cara ante la injusticia y el crimen, hace buenas migas con un nazi. ¿Lo sabe? Creo que no. Creo que no sabe nada.
Chillida me parece un claro ejemplo de Aarón. Heidegger ni eso. Porque Aarón era un artista, y lo que hacía era bello. A Heidegger no le veo la belleza. Veremos más ejemplos de Aarones y de Moiseses.
Mientras tanto, no nos avergoncemos de ser racionalistas. El racionalismo es lo que nos salva y lo que nos redime.