sábado, 8 de julio de 2017

Hendrik Petrus Berlage: Un hombre honrado

Hace dos meses escribí una entrada en la que hablaba de mi torpeza como diseñador y, de paso, me metía con Berlage. Lo llamé "mediocre o, al menos, no brillante", aunque valoré su gran solvencia y su enorme capacidad de trabajo.
No me quedé a gusto habiendo sido tan mezquino con él y prometí dedicarle una entrada un poco más justa.
Bueno, pues todo llega.

En primer lugar, hay que decir que Berlage es un arquitecto reconocido. En su país lo tienen por un personaje ilustre, y lo demuestran a menudo como se suelen demostrar estas cosas.

Holanda: Personajes. 1954

Holanda. Arquitectura moderna. 1955

 Holanda. Grandes momentos holandeses del S.XX, 1999

Holanda sin límites. Indonesia. 2012

Tarjeta telefónica, 1999

Perdonadme este exordio que ocupa mucho y aporta muy poco, pero es que soy un frikicoleccionista y me llaman la atención estas cosas. Creo que dos de los signos más claros de haber triunfado en la vida es que le pongan tu nombre a una calle o plaza de tu pueblo y que te saquen en un sello de correos. Y con las imágenes que he puesto se nota que los holandeses siguen apreciando a Berlage al cabo de los años.
Hendrik Petrus Berlage es un hombre muy honrado por sus compatriotas. Y además fue un hombre honrado.
Berlage fue un arquitecto de muchísima importancia. No fue un gran creador, un hombre de talento excepcional, no, permitidme que insista, pero fue un gran profesional y una persona lúcida, muy lúcida.
Cuando ganó el concurso de la Bolsa de Ámsterdam lo hizo con un diseño neomedievalista, interesante pero anclado en el pasado, y que conservaba algunos de los tópicos de la arquitectura holandesa (o, si preferís, nordeuropea) tradicional.

viernes, 7 de julio de 2017

Me explico:

A David García-Asenjo Llana,
perverso embaucador.

Hay mucha gente tan tonta que se pone a palmotear con entusiasmo ante cualquier chorrada. No ven que les están engañando. ¿Hay que decir que esto es una maravilla? Pues lo digo, no sea que me vayan a tomar por tonto por no aplaudir. Y, claro, eres un tonto por aplaudir.


Te la meten doblada y sigues asintiendo y sonriendo. Pero qué bobo.

Andersen escribió un cuento sobre esto: "El traje nuevo del emperador". Dos sastres sinvergüenzas se ofrecieron al emperador para hacerle un traje con un paño tan excelente y sutil que no lo podían ver quienes tuvieran el alma sucia o fueran estúpidos, sino solamente la gente buena, inteligente y limpia.
Obviamente, los sastres le cobraron un buen dinero y no le dieron traje alguno. Hicieron el paripé de mostrarle un traje invisible. Y a ver quién era el guapo que reconocía que no lo veía. En la corte unos por otros hicieron como que sí lo veían, ya que cada uno pensaba que él era el único que no podía apreciarlo, e incluso elogiaron su belleza.
Finalmente el rey quiso lucir el traje ante su pueblo y todos también decían verlo, excepto un crío que gritó: "¡El rey va desnudo!"
Al escuchar al niño, que no podía ser sucio ni perverso, sino que era la inocencia misma, todos terminaron por reconocer la estafa de los sastres.

Ese espíritu del niño que hace abrir los ojos a los estúpidos se ha extendido a muchos superhéroes que, como los de la Marvel o la DC, velan por nuestra seguridad y por nuestra integridad. Estos benefactores están siempre atentos a desfacer entuertos y a desenmascarar a los estafadores.

Hay pintores que hacen pintarrajos y pánfilos que creen que esos cuadros les gustan. ¡A por ellos!
Hay poetas que escriben sin rima ni medida, y estúpidos lectores que leen esos poemas y dicen que están muy bien. ¡Zasca!
Hay músicos que componen sin tonalidad ni melodía. ¡Qué asco!
Hay arquitectos que... ¡A muerte! ¡Asquerosos! ¡Destructores del paisaje! ¡Hijos de puta!

Y así todo.

-Te dicen que la tierra es redonda y te lo crees. ¿Lo has comprobado? ¿Has medido su curvatura?
-No, pero...
-¿Ves? Te han engañado.
-Pero mi hermana vivió unos años en Chile y cuando hablábamos por teléfono eran horas distintas. A lo mejor aquí era de noche y allí era de día.
-Ya, claro, ¡pero qué crédulo! ¡La tierra es plana, leches!

Igualmente algunos creemos en las vacunas. Nos han hecho creer que son eficaces. Somos idiotas.
Y también creemos en la quimioterapia, en la física, en la geometría. ¡Paparruchas! ¡Cómo nos engañan!
Hay una confabulación mundial para creer esos disparates y a la vez negar las virtudes de la homeopatía o de la aromaterapia. Menos mal que una valiente presentadora de televisión recomendó oler limones para prevenir el cáncer.

Los superhéroes, los valientes, los lúcidos son muchos, pero el daño es mucho mayor, inabarcable. El grueso de la sociedad seguimos admirando el no-traje del emperador. Cuánto queda por hacer. Qué misión más ardua. Verdaderamente es un océano de despropósitos en el que los héroes pueden, todo lo más, secar algunas gotitas. Qué desesperación, qué impotencia.

domingo, 2 de julio de 2017

Renzo Piano y Luis Vidal no son unos hijos de puta

Dedicado a Óscar Miguel Ares,
arquitecto, por sus fotos, por su
ayuda y sus opiniones.

Una tuitstar de merecida fama de crítica mordaz de la sociedad y de fina humorista toca todos los temas de la cultura, de la política, de la sociedad y de lo que se ponga por delante, y siempre tiene la palabra exacta, la frase graciosa, la ironía fina. (No se llega al Olimpo del tuitstareo porque sí).
Esta agudísima y ácida comentarista se mete a veces también en el campo de la arquitectura. Nada escapa a su pluma. Y dice cosas tremendas y desopilantes.

El otro día la tomó con el recién inaugurado Centro Botín de Santander, de los arquitectos Renzo Piano y Luis Vidal.
Se ve que no le terminó de gustar ni el edificio ni su emplazamiento, y lo dijo con la gracia que la caracteriza.


Ahí lo tenéis: ¿Qué dijo del edificio? Que es un calefactor gigante. ¿Y qué dijo de sus autores? Que son muy hijos de puta.
Qué gracia tiene.
¿Y qué dijo del entorno, del Paseo Pereda? Pues que es una avenida de arquitectura clásica.
(Esa expresión, "arquitectura clásica", aplicada a la de ese paseo -ecléctica, burguesa y totalmente anticlásica-, demuestra que la tuitstar no tiene ni idea de arquitectura, pero tampoco vamos a pretender a estas alturas que uno sepa por qué insulta a quien insulta).

Antes y después. Explanada de aparcamiento y
Centro Botín con ampliación del Parque de Pereda.
(Si clicáis las imágenes las podréis ver más grandes).


Dos capturas de Google Street en las que se aprecia la brutal
agresión del Centro Botín (a la izquierda) sobre el ambiente urbano y
sobre las pacíficas viviendas (a la derecha) del Paseo de Pereda.

El Centro Botín se sitúa en el puerto de Santander, en una zona en absoluto degradada, pero sí un tanto "marginal" y "residual": una explanada de aparcamiento.
Queda separado de la ciudad burguesa por el Parque de Pereda, que rediseña y amplía, pues hace subterránea la vía de borde.
Podéis ver en las dos fotos que he sacado del Google Street el tremendo impacto visual del Centro Botín sobre el indefenso frente de bloques de pisos del Paseo de Pereda. Vamos, que si el ayuntamiento decidiera cambiar de color los autobuses urbanos la agresión sería cien veces mayor.

Las comparaciones con el Museo Guggenheim de Bilbao son inevitables: un edificio con un diseño "agresivo", un borde de ciudad un tanto "desordenado" y "residual", una estética náutica e industrial que remite a los barcos, a las grúas..., una avenida burguesa muy agradable (en Bilbao es la Alameda de Mazarredo), etc. El Botín es bastante más pequeño y humilde que el Guggenheim, pero creo que hay paralelismos evidentes en su importancia urbana, su misión, su impacto y su protagonismo de recién llegado.

Podemos acusar a Renzo Piano y a Luis Vidal de muchas cosas: de no haber hecho en Santander su mejor obra, de haber pecado de vanidad e incluso de soberbia (todo el que hace un edificio singular peca de ello), de haber dejado cabos sueltos y temas sin resolver... pero no podemos acusarles de ser unos hijos de puta. Ni muy hijos de puta ni un poquito hijos de puta.

¿Se considera hijo de puta a quien diseña un edificio que parece un calefactor? Yo digo que no. Y además a mí no me parece un calefactor. Me parece un edificio.
Los edificios diseñados con criterios contemporáneos y con tecnología contemporánea acaban teniendo forma de artefactos contemporáneos. A posteriori la gente los suele comparar con calefactores, tostadoras, afeitadoras o cosas así. Bueno. No dejan  de ser comparaciones simpáticas. En todo caso, según mi opinión Renzo Piano y Luis Vidal no han diseñado un calefactor a propósito y por lo tanto no se les debería considerar hijos de puta por ello.

Veamos si se les puede considerar hijos de puta (muy hijos de puta) por agredir la avenida de "arquitectura clásica".
Repito que la arquitectura de esa avenida no es clásica en absoluto, sino de un eclecticismo que oscila entre lo discreto y lo pasteloso, con bastantes edificios de calidad y otros cuantos más que desafortunados, y todo ello configura un conjunto urbano agradable.
¿El Centro Botín rompe ese entorno?

miércoles, 28 de junio de 2017

El mono

Dedicado a mi hermana Gema
y a mi amigo Alfonso de la Torre,
que sí que saben de arte.


Mi hermana Gema ha hecho un comentario en la entrada anterior de este blog ("Comentarios") que me ha animado a contestar más o menos en el sentido en que lo ha hecho Álvaro, pero -como soy un bocazas- extendiéndome más.
Tanto me he querido extender que al final me ha salido esta entrada nueva.

En ese comentario Gema contaba cómo en primero de Bellas Artes un profesor vaciló a toda su clase de mala manera poniendo diapositivas de obras abstractas y animando a todos los alumnos a comentarlas. Poco a poco, diapositiva a diapositiva, los chicos se iban soltando e iban comentando las imágenes. Al final, ante unas obras expresionistas, los alumnos ya estaban encendidos y las comentaron apasionadamente. Entonces el ladino profesor les descubrió el pastel: Esas últimas obras habían sido hechas por un mono.

Pierre Brassau, el mono que engañó a los críticos.

Los alumnos se sintieron en ridículo por el engaño de su profesor. Habían comentado seriamente unas obras supuestamente serias y habían quedado en vergüenza y con el culo al aire. Esa sensación indignante le vuelve a uno escéptico y escaldado, y le convierte en un enemigo del arte contemporáneo (al menos del expresionista), en el que tanta validez tiene la obra de un artista talentoso como la de un mono. Todo vale lo mismo y, por lo tanto, nada. 
Desde este punto de vista el arte contemporáneo es un engaño, una tomadura de pelo, una estafa.

A ver si un mono puede pintar una carga de caballería, o a la familia de un monarca, o un bodegón. ¡Ja!

Y, sin embargo, a mí (con mi edad, con mi conocimiento, con mis decepciones, con mi cinismo) ese ejercicio crítico propuesto por el profesor me parece estupendo. Y, por supuesto, me arrogo el derecho de valorar un cuadro hecho por un mono como valoro la forma de una nube, la plasticidad de un paisaje, la rugosidad de una piedra o la textura de los restos de carteles en una pared: como obras plásticas dignas de comentario. Que sean resultados de la casualidad o de un acto deliberado me da igual (en según qué contexto).

He buscado imágenes de restos de carteles en paredes y he
visto tantas y tan buenas que no sabía cuál escoger.

Esos restos de carteles me molestarían si estuvieran en el portal de mi casa, e incluso llamaría al ayuntamiento protestando, pero he paseado muchas veces por la calle Hortaleza de Madrid y más de una vez me he parado ante unos restos de carteles e incluso los he fotografiado.
En las paredes de esa calle siempre hay carteles pegados sobre carteles pegados sobre carteles pegados, y restos rascados sobre restos rascados sobre restos rascados. Y las tramas que forma todo eso, las superposiciones, las evocaciones de urdimbres, texturas, mensajes contradictorios, profundidades espaciales y cromáticas, tipografías, etc, son riquísimas y muy sugerentes.
Es decir, que independientemente de que la obra sea fruto de la casualidad, el crítico siempre tiene derecho a interpretar, a leer. O, por la misma razón, aunque la obra sea muy mala, carente de talento, de intención, de riqueza plástica, a mí me puede decir algo y tengo derecho a exponer y a comentar ese algo.
Es el clásico "pues a mí me gusta". Ante esa afirmación no tenemos nada que decir. Y ante la negación correspondiente -"pues a mí no me gusta"- tampoco.
La clave, la validez crítica, reside en el por qué. ¿Por qué te gusta? ¿Por qué no te gusta? Ahí puede haber argumentos interesantes o estúpidos. Ahí hay un discurso. Y es la calidad de ese discurso la que nos interesa a menudo más que la de la obra que lo ha originado.

Estamos en el metaarte, en el discurso sobre el arte, e incluso en el discurso sobre el discurso sobre el arte.

Mucha gente se queja de la falta de criterios objetivos para valorar las obras, pero es que si hubiera criterios objetivos habría métodos objetivos de trabajo, habría academicismo. Y en este mundo contemporáneo evocar nostálgicamente algún tipo de academicismo es un error y un imposible. No hay normas de apreciación, de calidad, y no hay manera de imponerlas. Porque no hay ninguna base sobre la que imponerlas.
Lo que hay es un predominio de la interpretación. Y eso, aunque no os lo creáis, nos hace avanzar más deprisa que si tuviéramos un catecismo que aplicar. (Nos hace avanzar más deprisa, ¿pero hacia dónde?)
¿Que el mundo es muy complejo?, ¿que todo es muy difícil?, pues sí.

domingo, 18 de junio de 2017

Comentarios

Tengo ya el vicio de mirar este blog varias veces al día por si hay algún nuevo comentario. En general sois parcos o tímidos, o es que para dejar algún comentario se os piden demasiados datos y molestias y os da pereza.
El caso es que, salvo en algunas entradas muy "calientes", no suele haber demasiados comentarios. Pero, eso sí, los que hacéis suelen ser muy cariñosos y a veces hasta elogiosos. Así que me hincho como un pavo.

A menudo ocurre que cuando alguien está de acuerdo con el contenido de una entrada no se suele tomar la molestia de hacer un comentario. ¿Para qué? ¿Para decir que muy bien, que vale? Sin embargo, cuando se está en desacuerdo, y no digamos cuando la entrada le llega a indignar a uno, sí que salva todos los laberintos y tropezones que le impone el blog (los he dejado en lo mínimo posible) para hacer constar su disconformidad.

Hace dos entradas me eché al monte a hablar de un personaje muy difícil: Juan Navarro Baldeweg. Me superó. No fui capaz de decir nada interesante de él. Se me escurrió entre los dedos (como suele hacer, el cabrito) y me dejó sin nada. Mi blablablá no pudo ser más vacío ni más torpe. Esa entrada merecía comentarios acerbos, sin duda. Pero creo que no se merecía los que recibió. Porque los comentarios que tiene hasta este momento(1) no critican mi pobreza analítica y expositiva, sino el arte de Juan Navarro y la pintura y la arquitectura contemporáneas en general. Benditoseadiós.

 

A estas alturas esos argumentos. Otra vez.
Se le quitan a uno las ganas de seguir.
(Me estaban esperando desde lo de Adriansens).
Menos mal que por las redes sociales -y los más íntimos cara a cara- me hacéis comentarios y críticas de otro tipo.
¿Cómo se puede seguir alimentando, a estas alturas, ese desprecio a todo lo que supone la modernidad, la contemporaneidad? ¿Cómo se puede, para reforzar esa postura, hacer dos bandos no basados en la calidad ni en la profundidad programática, sino en la mera percepción superficial y anecdótica?

A estas alturas. Vamos, por favor.
En algún comentario detecto una sana ironía. O a lo mejor me la imagino yo, que ya no sé ni qué pensar.

jueves, 15 de junio de 2017

Adiós, doctor

Vanitas vanitatum et omnia vanitas(*)
Eclesiastés, 1,2.


Ya lo he contado en alguna ocasión: Para mí el doctorado fue una aventura apasionante, una fuente de alegría. Qué bien me lo pasé haciéndolo.
Lo de ser doctor fue, ya digo, un placer, pero nunca me lo tomé como un motivo de orgullo, y no digamos de ensoberbecimiento o de vanidad. (Al menos eso creía hasta ahora).
Monté un estudio con un amigo y funcionó estupendamente durante veinte años. Él no era doctor y, aunque me animaba a hacerlo, yo nunca puse "doctor" en mis tarjetas. Nos las encargábamos juntos, con el mismo diseño, y en las dos decía: ARQUITECTO. Bella palabra. Bella profesión. Ni quería aparentar ser más que él ni desde luego lo era en nada. De ahí que estuviera mucho tiempo sin mencionar en ningún sitio mi rimbombante (e inútil) título académico.
Al cabo de los años, en una reforma y remozamiento que hicimos en el estudio, él quiso que enmarcáramos nuestros títulos (él tenía varios cursos de urbanismo) y los pusiéramos en la sala de juntas del estudio, en la que recibíamos a los clientes, para que luciesen. Así lo hicimos. No sé si alguna vez algún cliente reparó en nuestros numerosos y variados marchamos y patentes, pero ahí estaban.
Cuando en 2010 la crisis se llevó por delante nuestro estudio y nos fuimos cada uno a nuestra casa a lamernos las heridas, mis títulos (de arquitecto y de doctor) fueron a un mueble y ahí siguen. (Eso sí: enmarcados).


Nunca he necesitado mi título de doctor arquitecto. Di clases durante el curso 1989-90, cuando aún no lo había obtenido, y cuando leí la tesis en 1992 ya no era profesor ni lo volví a ser nunca más.
Tampoco he formado parte de consejos o grupos de sabios ni de investigadores ni de nada parecido, y la única vez que me he presentado a un puesto no se valoraba el título de doctor.
De manera que mi título ha sido solamente lo mejor que podría ser: un motivo de satisfacción personal.
De la redacción de la tesis recuerdo la incansable lectura de libros -incluso en lenguas que desconocía(**)-, la apasionante relación con Fullaondo, con sus libros, con los datos que iba obteniendo, la búsqueda de relaciones entre eventos que no las tenían, pero que a veces hacían saltar alguna chispa, más voluntariosa que lógica, la estúpida pero intensa sensación de redescubrir la pólvora a cada momento. Todo valía. Todo sumaba y yo lo tomaba todo, y todo me parecía revelador.
Qué bien me lo pasé.
Leí la tesis poco antes de que naciera mi primer hijo, y meses después, con él ya nacido, fui investido doctor en la apertura del curso académico de la UPM, ceremonia a la que mi mujer no pudo venir porque no pudimos dejar al niño al cuidado de nadie y se quedó en casa con él, pero a la que vinieron mis padres, que debían de sentirse muy orgullosos de mí, ay, pardillos, y que cuando el decano me encasquetó el exiguo birrete alquilado (soy cabezón) y abrazó ceremonialmente mi cuerpo vestido de castañera galáctica tuvieron un nudo en la garganta y en los ojos. Benditos sean.

El día antes de la ceremonia, en mi casa, me vestí de
castañera galáctica y mi mujer me hizo esta foto. 

El día de la ceremonia, en el paraninfo de la UPM,
con mis padres. (Él hasta se había leído mi tesis).

Solo por eso ya mereció la pena ser doctor. Y nada más, ya digo. Nada más.

lunes, 5 de junio de 2017

La mente retorcida de Juan Navarro

Ha habido varios momentos (tampoco demasiados, qué le vamos a hacer) en los que me he sentido impelido a agarrar unos pinceles y ponerme a pintar apasionadamente. Dos de ellos me ocurrieron estando cómodamente sentado en el sillón de mi casa, ante la tele.
Las dos veces di un salto del sillón. La primera fue viendo la película Apuntes del Natural, de Martin Scorsese, que es una de las tres entregas de Historias de Nueva York. Lionel Dobie (Nick Nolte) arrollaba pintando. Era una fiebre incontenible, una verborrea de color, un delirio, una pringue hasta los tuétanos. Me impresionó la paleta que usaba: una tapa de cubo de basura, el radiocassette embadurnado de pintura, su ropa sucia, su frenética furia...


La segunda fue viendo el episodio de Juan Navarro Baldeweg de la serie Elogio de la Luz, de Televisón Española. Pero en este caso el pulcro pintor era puro control, puro intelecto, pura limpieza (pero no pura claridad).


Pero las obras de Juan Navarro no son frías, no son "cerebrales" (signifique eso lo que signifique y se oponga eso como se oponga a "mentales", que sí lo son, y mucho).

Juan Navarro Baldeweg.
Litografía de la serie Noche

Juan Navarro Baldeweg es un arquitecto escurridizo, un arquitecto "conceptual" que trae a la arquitectura, buscando solución, los problemas que encuentra en la pintura, en el pensamiento y en la vida.
-¿Cómo va a encontrar solución en la arquitectura a los problemas que encuentra en la pintura, si la arquitectura es mucho más difícil y exigente?
-Pues precisamente por eso: Porque la pintura lo admite todo pero la arquitectura, con la puñetera gravedad de por medio, no te deja. La arquitectura te obliga a resolver.

Juan Navarro Baldeweg. La casa de la lluvia.

martes, 16 de mayo de 2017

Neoclasicismo

A Ana Fernández del Prado

Acabo de leer en twitter que el torero (y últimamente ideólogo) Fran Rivera ha dicho que le gustaría que volviera la mili por los mismos motivos por los que mi madre y mi novia querían que la hiciera yo (me libré por excedente): para que los jóvenes se curtieran y aprendieran lo que vale un peine.


En seguida twitter se ha puesto a hervir. (¿Qué es twitter sino un hervidero?). La mayoría se ha burlado (de nuevo) del torero, pero unos cuantos le han dado (de nuevo) la razón.
Yo he pensado que es hermoso (y totalmente estúpido) añorar los viejos tiempos, y de repente he vislumbrado una Arcadia feliz y viejuna en la que los hombres adultos no se pusieran nunca pantalones cortos, la música fuera melódica y en español (y la foránea se tradujera: "Ansietat / de tenedte en mis brasos..."), los muchachos se pusieran la gorra con la visera para delante (y se la quitaran al entrar en los sitios), a los mayores se nos llamara de usted, hubiera más respeto y las autoridades fueran más contundentes con... con todo.

Y he caído en la cuenta de que eso es precisamente el neoclasicismo. O sea (que lo sepáis): Fran Rivera es neoclásico.

El neoclasicismo es muchas cosas, algunas de ellas incluso interesantes. Pero es -yo creo que sobre todo- esto: ¿Hacia dónde va el progreso, la modernidad, la vida? Pues yo tiro para el otro lado.

viernes, 12 de mayo de 2017

A un clavo ardiendo

Estoy haciendo croquis de una casa para una pareja y parece que la organización general y la distribución ya les gustan, pero ahora vamos con los alzados. Ay, malditos alzados.
Como de costumbre, por ese camino no nos entendemos. Esta vez la culpa es mía: Ya de entrada hacer por una parte las plantas y por otra los alzados es un disparate, es romper la lógica del proyecto, su coherencia, y armarlo como un monstruo de Frankenstein. Pero, lamentablemente, por un mal enfoque inicial, esa es la dinámica de trabajo en la que me encuentro ahora y, naturalmente, no puede traer nada bueno.
Primero he encajado y distribuido el programa teniendo en cuenta los tamaños, la parcela, las limitaciones normativas, etcétera. Mientras lo he estado haciendo he intuido o vislumbrado vagamente la plástica del artefacto, pero no he sido capaz aún de mostrársela a mis clientes de una forma convincente y solvente. Apenas eran unos esbozos muy vagos. Les he intentado explicar lo que veía (o quería ver) en ellos. No me han entendido porque no me entendía ni yo.
Pero mientras tanto nos hemos centrado en las plantas, que sí han ido tomando una forma cada vez más nítida, o, al menos, comprensible.

-¿Una cocina de doce metros cuadrados? Pequeña, ¿no? ¿Tú qué opinas? ¿Cuánto mide la que tenemos ahora?

Y así, poco a poco, iban tomando forma (y, sobre todo, tamaño) la cocina, el salón, los dormitorios...
En definitiva: Entre tantos tanteos y correcciones el trabajo se acabó centrando solo en las plantas. Fallo mío, repito: El afán de encajar el programa, de que los números cuadraran, y la idea engañosa (nunca sale bien) de que cuando resolviéramos todo eso ya haríamos los alzados. ¡Error! Todos sabemos que ese sistema de trabajo no es correcto, pero a veces nos sumergimos en él, supongo que por comodidad, por acotar el programa y concretar con los clientes, de una vez, el punto de partida del trabajo. Mientras tanto las fachadas no interesan, y creo que precisamente pensar así es puro fachadismo, porque implica que las fachadas son un maquillaje, una decoración, un quita y pon que da más o menos igual. Es como pensar por un lado en una persona y ya luego, aparte, en su vestido. El vestido no forma parte de la persona, pero la fachada sí forma parte vital y orgánica de la casa.

Pues ahora estoy con eso, con el vestido. O, mejor dicho, con el disfraz. Ya digo que la culpa de esta situación es exclusivamente mía. Y ya me están diciendo los clientes qué vestido quieren para su casa (qué tipo de ladrillo visto, qué ventanas, qué tejas, etcétera), y yo, profesional eficiente donde los haya, tomo el catálogo de materiales trillados e intento encajar unas fachadas que no sean excesivamente trilladas. (Error de nuevo. Lo sé. Esa especie de prurito de buscar algún punto no demasiado común cuando el planteamiento mismo, el concepto de todo este proyecto, una vez más, es lo más consabido del mundo, e incluso ese afán de una cierta originalidad es lo más habitual y falto de originalidad, y mi único trabajo decente, ya que no ha brillado la chispa, sería hacer un buen trabajo sencillo y homogéneo, técnicamente bien resuelto y punto. Sin nada más, sin tonterías).

Oliendo ya el fracaso del intento, buscando la fachada imposible que lo resuelva todo milagrosamente y haga atractivo mi bocadillo de pan con pan, recurro a mi biblioteca para buscar ejemplos, a modo de catálogos de "sírvase usted mismo", recetas, soluciones prefabricadas a las que agarrarme como a un clavo ardiendo para maquillar esta casa que viene sosa, sosa y sosa desde el principio.
Se trata de un problema de "composición", de "fachadismo", con sus ritmos, sus chorradicas... Paso la mirada por las estanterías buscando ejemplos de arquitectura de ventana-ventana-ventana, cornisa, moldurita, arco y ventana-ventana-ventana.
La cosa va mal. Ya hablé una vez de la nostalgia frustrante y a la vez dulce que me supone demorarme en los libros con una especie de delectación morbosa.

Esta vez tomo en mis manos este de Berlage:


No confío en que me resuelva el problema; vamos, estoy seguro de que no me lo resolverá. Pero al menos me distraeré hojeándolo y ojeándolo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Benditos sean

Ayer vino a mi estudio un cliente con un croquis muy trabajado:


Pero que muy trabajado:


Meticuloso, detallado, completamente incomprensible.

Mi primera sensación, como siempre que entra un cliente en mi estudio (ahora muchos menos que antes, ay) fue de profunda gratitud. Nunca termino de saber por qué escogen mi puerta y mi teléfono. La segunda sensación, casi simultánea a la primera, fue -también como siempre- de duda: A ver qué quería este hombre y si yo sería capaz de ayudarle. Y la tercera, cuando sacó el papel del bolsillo del pantalón y lo puso, arrugado, sobre la mesa, fue -como casi siempre- de pasmo: ¿Esto qué es? ¿En qué lenguaje está escrito? No entiendo nada.

Al bofetón que me da el dibujo se superpone la explicación atropellada del cliente, que lleva varios días enfrascado en ese Manuscrito del Mar Muerto y lo tiene tan interiorizado y tan elaborado que piensa que su diseño es evidente para cualquiera. Por ello, en vez de empezar por el principio, empieza por los últimos problemas que le acucian.
Antes de saber yo aún qué es eso (un local comercial, una vivienda, una oficina, una industria...) ni de que me diga para qué me necesita (para proyectar esa edificación de obra nueva, para hacer una reforma de esa planta existente, para partir ese local en dos partes iguales para su hermano y para él...), lo primero que suelta el cliente tras desplegar la hoja de papel sobre la mesa es:

-En los baños no quiero bidé. Tampoco bañera: Ducha.
-Ya -digo yo, por decir algo y para ver si mientras tanto averiguo cuales son los baños (y eso que lo pone).
-Y lo que no sé es si es mejor entrar a la sala por aquí o por aquí.
-Hombre... -y sigo dejando pasar el tiempo, a ver si me entero de qué es "aquí" y qué es "aquí".
-Y esta puerta es de setenta, ¡y tiene que abrir a izquierdas!
-Claro, claro. A izquierdas.

Vamos a ver: empecemos por el principio, y sin falsas ñoñerías ni cursiladas: El hecho de que un cliente llame a mi puerta o a mi teléfono es algo que me sigue emocionando y que me sigue pareciendo inexplicable. Y si viene diciéndome que le gustó el trabajo que le hice a un amigo suyo, o que su hermano le ha hablado muy bien de mí, me puede. Me mata.
-José Ramón Hernández; un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo.


Que conste que aunque parezca que digo todo esto con algún cachondeíto (apenas nada) y algún dolor (bastante más) mi simpatía hacia mis clientes es sincera. Benditos sean.

sábado, 29 de abril de 2017

A veces sale el sol. [Las tres edades]. (Torrija's Swing)

A Francis y a Emilio, naturalmente.
Ambos me respondieron a la entrada
del otro día y esta es mi re-respuesta.

(Le he puesto tres títulos nada menos. No me decidía. Me lo tenéis que permitir porque hoy es mi cumpleaños. Cumplo cincuenta y siete y espero que me queden al menos otros tantos).


No se puede estar mustio mucho tiempo. La vida tiene altibajos, cambios de humor, y a veces sale el sol.


(¿A veces? Te vas a hartar tú de sol. Ya me contarás la chicharrera de junio, julio y agosto en ese horno en el que vives).

Uno es consciente de su edad, de sus frustraciones, de su grisura anímica, pero a la vez uno sabe (menos mal) que con él no se acaba el mundo, que viene gente detrás, que la vida sigue y que los jovenzuelos tienen todos los deseos y todos los sueños que uno ha malbaratado y arrojado a la basura demasiado pronto.

Los jóvenes vienen apretando pero bien, como ha sido siempre. Te dicen -con mayor o menor educación o simpatía- que si no tienes ganas de sumarte a la fiesta te apartes, pero que no des más la murga.

Los chavalines vienen cantando una canción que ya era vieja décadas antes de que tú nacieras, pero que ellos vuelven a hacer nueva. Y joven. Y alegre. Y llena de esperanza.
Cuando sonríes el mundo entero sonríe contigo.
No me digan que no es para comerse a esta niña -Elsa Armengou-. (Aunque yo, por comérmelos, me los comería a todos).


Sale el sol y se hace la música, y la gente baila en la calle, y yo miro este vídeo y sonrío como si fuera el protagonista de la canción (when you're smiling / when you're smiling / the whole world smiles with you), pero también se me nublan un poco los ojos y, según me pille, soy capaz de echar una lagrimita porque esa niña no puede ser más adorable, tan seriecita, tan consciente de su papel, tan responsable, tan buena cantante y trompetista, y ese saxofonista... ¡ay, Dios!

Ya hablé de esta canción y no quiero insistir. O sí, pero diciendo otras cosas.

El otro día le mostré este vídeo a un amigo mío y le dije lo que acabo de escribir: "¿Esta niña no es para comérsela?" Y me contestó que si tuviera que comérsela le echaría sal, porque es bien sosa. Naturalmente, me enfadé con él. ¿Cómo es que no ve que esta niña tiene esa valentía infantil de enfrentarse con seriedad y responsabilidad a una misión que parece sobrepasarla, que sobrepasaría a cualquiera, y se concentra en ella, y la cumple, y vence todas las dificultades porque sabe (como todos los niños) que nada puede salir mal?
¿Sosa? No. Seria. Responsable. Concienzuda. Aplicada. Me encantan los niños serios, responsables, concienzudos y aplicados. Y redichos.
Porque, sí, se ve que Elsa es además redicha. Tiene que serlo. Se aprecian los ensayos, el aprendizaje exacto de la letra y de la música, las dos veces que dice ha-ppy again exactamente igual, tal como le han enseñado, parándose un instante entre ha y ppy para desequilibrar la frase, para marcar la síncopa. Me la imagino como al niño pelirrojo del Viaje a la Alcarria: "¿Me permite usted que le acompañe unos hectómetros?" Me encanta.

viernes, 21 de abril de 2017

Respetemos el producto

Antes de empezar aclaro que esto que sigue lo escribo con una profunda envidia como arquitecto hacia los cocineros, por el éxito que está teniendo su profesión y el ostracismo en que languidece la nuestra.

Podríamos hacer un paralelismo entre arquitectura y gastronomía porque ambas tienen como función inicial satisfacer las más imperiosas necesidades del ser humano, pero, evolucionando y perfeccionándose en sus respectivos campos, a veces llegan a alcanzar la satisfacción de placeres que ya trascienden las perentorias necesidades iniciales, y logran incluso cotas muy altas de satisfacción "intelectual".
Arquitectura, gastronomía, vestido... son campos de actividad humana que surgen de lo más humilde, pero que a veces consiguen rozar lo sublime.
Ya digo que veo con envidia que los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto están muy interesados en las cuestiones gastronómicas, en una proporción inversamente proporcional a lo que lo están en las arquitectónicas.
En todas las casas se ha cocinado siempre, y en casi todas muy bien, pero ahora se habla con desparpajo de emulsionantes, homogeneizadores, esferificaciones, cocina al vacío y quién sabe de cuántas guarradas más.
A los arquitectos nos tocan especialmente esos programas televisivos en los que unos concursantes tienen no solo que cocinar muy bien, sino saber explicar y "vender" sus creaciones, e ir evolucionando episodio a episodio hasta la excelencia final. Nos tocan especialmente porque nos recuerdan a las clases de proyectos. Los concursantes presentando sus platos son como los alumnos de arquitectura presentando sus croquis, y las opiniones y duros juicios de los miembros del jurado son como los de los profesores de proyectos.
Además hay conceptos muy similares: la búsqueda de una armonía, los fallos de los novatos que buscan muchos focos de estímulo que se contradicen, la pureza, la "estructura", la exaltación de algún detalle que da "sabor" y "carácter" al conjunto...
Como pasa en proyectos, como pasa en todo, hay gente muy brillante que con una aparente sencillez combina elementos muy problemáticos y resuelve brillantemente el problema. (La "composición" de sabores, olores, texturas... es similar a la de espacios, volúmenes, texturas... ¡anda!, ¡texturas también!).
Se da a menudo el fallo garrafal de quien parte de unos ingredientes de primera calidad (ya sean una lubina, una langosta o un solomillo, ya sean una plataforma, un desnivel o una avenida) y los estropea con un trabajo zafio y embarullado. Entonces escuchamos decir a los "jueces": ¡Respeta el producto!
Esto de respetar el producto es algo que deberíamos hacer todos: Si a cualquier espectador le parece indignante que alguien se apodere de las mejores ostras del mercado para ponerlas a cocer (¡a cocer!) y finalmente escachifollarlas con ketchup, no suele parecerle a nadie tan horrible tomar una limpia estructura de hormigón y forrarla con molduras y escayolas varias.
¿Por qué? ¿Por qué no se puede sensibilizar a la gente sobre la arquitectura como se la está sensibilizando con la cocina?

En este sentido es sorprendente la (anti)enseñanza arquitectónica que nos puede dar uno de los jueces más conspicuos del programa de Televisión Española Masterchef. Este gran cocinero tiene un famoso restaurante en Illescas (Toledo): El Bohío, que conozco porque queda muy cerca de mi pueblo.
He comido allí dos veces (las dos invitado por promotores inmobiliarios en la época del boom; ¡ah, qué tiempos!). La primera no me gustó demasiado porque le vi mucha tontería, pero la segunda me encantó. (Tal vez en la segunda yo tenía ya también encima alguna tontería).
El famoso restaurante es una mala casona de pueblo muy deslavazada, y para más inri hasta hace poco ha estado pintada de rojo oscuro y "tiraba p'atrás". Una cosa verdaderamente horrorosa. Y muy paleta. Era sorprendente cómo en semejante lugar se hacía una cocina tan avanzada, tan sofisticada y tan buena. A cualquiera se le podía pasar por la cabeza que aquello no cuadraba, que ese trabajo de prestigio requería un espacio mejor tratado y más "intencionado".
Pero al parecer ese restaurante era el de los padres del genio, en el que él se crió y donde aprendió a manejar sus primeros fogones. Y eso se lleva en el corazón. Bueno, vale. (Pero cuando yo estuve le habían hecho por dentro una especie de "refrescamiento" que tampoco era demasiado afortunado). Ahora lo han pintado de blanco y lo han dejado más limpio y agradable por fuera, pero por dentro no sé cómo estará: Hace tiempo que no me invita ningún promotor.

El otro día pasé por Esquivias (Toledo), aún más cerca de mi pueblo que Illescas, y vi que el negocio de este maestro de cocineros se ha ampliado y que tiene allí una nave destinada a catering.


Me dio una sofoquina. Tuve que dar un frenazo, bajarme del coche y hacer unas fotos. En una hilera de naves industriales esta de El Bohío es la única customizada con una visera de teja y, sí, amigos, con dos molinitos en las esquinas de esa visera.
Diormío, Diormío, Diormío.

El molinito ha perdido sus aspas de plástico.

"No puede ser", me dije. "No puede ser". Y, efectivamente, no podía ser.

viernes, 7 de abril de 2017

Abril. (Torrija's Blues)

(Advertencia previa, a modo de excusa: Estos días estoy celebrando una muy buena noticia en cuanto a mi salud. Estoy muy contento y muy feliz. El texto que sigue, bastante machacón y aplanador, no va por esta circunstancia mía actual, sino que es una reflexión general sobre mi vida, mi tipo de vida, y creo que puede ser más o menos compartido en algún punto por alguno de vosotros. Ya digo ahí mismo que me va bien. ¿Entonces por qué la pena? ¿Por qué el desánimo, el hastío, el aplatanamiento anímico? No sé. No me termino de entender a mí mismo. No os pido, por lo tanto, que me entendáis; ni siquiera que lo intentéis. Seguro que la próxima entrada es más amable y divertida. Una mala tarde la tiene cualquiera. Disculpad).

Dedico esta llorera a todos mis amigos y mis seres queridos. Me acuerdo especialmente de Francis, por lo que luego diré, y de Emilio. También de muchos otros que no nombraré para no hacer esto interminable. Su hombría de bien es mi guía y mi consuelo en muchos momentos bajos.

(El título inicial de esta entrada era tan solo "Abril". El subtítulo de "Torrija's Blues" ha sido una aportación de Fernando Ramos -@bgmps- en twitter. Me ha gustado y se lo he robado. Gracias, Fernando).



Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
                     T. S. Eliot. La tierra baldía


Ya está aquí abril, el mes más cruel, con sus cielos grises y su tristeza.


A finales de este mes cumpliré cincuenta y siete años. Cincuenta y siete. Aún no soy un anciano, pero desde luego ya no soy joven, y veo que mi vida está hecha. Una vida, como todas, decepcionante y frustrada porque ha sido (como todas) la cristalización de una sola de las variantes entre las infinitas posibles, y seguramente la de una de las más triviales, anodinas y, desde luego, previsibles. Una vida que, lamentablemente, ha alcanzado muchos de los objetivos propuestos; es más: casi todos. Una vida plena. Puta vida.
Recuerdo mis anhelos juveniles, mis ilusiones, mi energía y mis ideales. Recuerdo qué cosas deseaba por entonces y ahora veo con pasmo e incluso con horror cómo he conseguido muchas de ellas.

Uno alcanza a cumplir sus sueños juveniles, o al menos una parte de ellos, cuando ya no es joven y cuando ya no le hacen tanta gracia ni tanta ilusión.
Me queda una incómoda sensación de que los objetivos se consiguen y los deseos se cumplen cuando ya no vienen a cuento, cuando ya se nos ha pasado el arroz, cuando ya no toca, cuando ya hasta estorban. Dios da pan a quien no tiene dientes: Cuando los tienes sanos y fuertes tienes mucha hambre y nada de pan, y a medida que se te van cayendo y se te va quitando el apetito vas consiguiendo chuscos, mendrugos e incluso alguna que otra jugosa hogaza. Y te incomodan. Y los dejas ahí, olvidados, sin hambre, sin ganas y sin fuerzas.

Con veinticinco años me titulé arquitecto y empecé a trabajar, a proyectar casas, a construirlas. Con veintinueve fui profesor asociado de proyectos en la ETSAM, con treinta y uno fui doctor.
Me casé con la mujer que amo; tengo dos hijos sanos, fuertes, guapos y con sentido del humor; he proyectado y construido cientos de edificios -sí, jóvenes lectores, cientos. Ahora parece algo imposible, pero "en mis tiempos" no era raro que un arquitecto se dedicara a proyectar y dirigir edificios-; he cometido muchos errores, pero también he tenido algunos aciertos. Lo normal.
Y, sin embargo, a menudo veo (supongo que como todo el mundo cuando llega a cierta edad) como si toda mi vida hubiera sido una especie de estafa. (Todos nos pasamos la vida soñando con Zihuatanejo mientras comemos brócoli de un tupperware porque nos han dicho que eso es muy sano y así tendremos "calidad de vida").
He sido un buen chico; he hecho lo que se esperaba de mí: He estudiado, he trabajado, me he casado, he sido buena persona, etcétera, y -maldición- he recibido mi premio.
Y veo que nada de esto merece la pena, que nada me llena, que nada me satisface. O, mejor dicho, me satisface, sí, pero ya he terminado, ya está.
Antes cada sacudida, cada éxito, incluso cada desastre eran estimulantes, efervescentes. Ahora, a la mínima contrariedad me vienen a la mente los versos de Pa todo el año:

Porque sé que de este golpe
ya no voy a levantarme

jueves, 30 de marzo de 2017

Seat Puerto Hurraco

La marca automovilística SEAT va a lanzar un nuevo modelo de coche y le quiere poner el nombre de algún pueblo español. Así que, supongo que sobre todo para despertar el interés del público y llamar su atención, ha convocado una especie de concursillo en las redes sociales para que quien quiera opine y sugiera nombres de pueblos.
Como la gente es como es (¡Ay, Señor!), se lo ha tomado a chunga y por ahora el pueblo más votado es Puerto Hurraco.


El segundo es Guarromán, que suena a superhéroe que no se lava. El nombre viene del árabe Uadi-r-Romman, que significa "río de los granados", pero ya sabemos cómo somos todos.
Estoy seguro de que SEAT contratará a profesionales que sepan elegir un buen nombre, y que barajen su fonética, su tipografía, sus relaciones imprevistas con la sigla "SEAT", sus rimas involuntarias, etcétera. Pero queda muy bien proponer una campaña que le haga la pelota al público. Las dos obvias respuestas de la gente son: o el nombre del pueblo de cada uno (Seat Seseña) o la coña marinera e incluso despiadada (Seat Puerto Hurraco).

Es muy bonito hacer como que la gente elige las cosas, darnos a todos esta ilusión de que somos escuchados y de que nuestras opiniones cuentan. Suele ser un paripé, un postureo falso. Pero cuando es de verdad es bastante peor.
Ya comenté en su día lo del Ayuntamiento de Madrid preguntando a los vecinos cómo querían la Plaza de España, e incluyendo en el cuestionario asuntos que implicaban consecuencias técnicas muy difíciles. También vemos ahora que la Marina de Valencia quiere que la gente les ponga nombres a los espacios que la conforman. En vez de contratar a profesionales creativos dejan que la gente sugiera nombres.
Muy participativo todo.
Se muestra un aparente respeto (pero en realidad es muy paternalista) por el ciudadano ayuno de conocimientos específicos, y al mismo tiempo un desprecio olímpico por quien se ha formado en el asunto.
Al fin y al cabo, ¿en qué consisten los planes de estudios y las profesiones de diseñador gráfico, publicista, arquitecto, urbanista, periodista, lingüista, etcétera? En pamplinas y chorradas. Cualquiera sabe de sobra, sin necesidad de estudiar ni de adquirir experiencia, diseñar un logotipo, acuñar un eslogan, inventar un nombre, diseñar un edificio y cosas así de tontas.

lunes, 27 de marzo de 2017

Una crítica

A Eduardo Almalé, que se indignó con
este edificio. (Qué hombre más soso).

Últimamente he recibido varias opiniones en la línea de que este es un blog divertido, simpático, majete... pero en el que no se hace una crítica arquitectónica seria. Y me ha dolido. Me ha dolido porque quienes me han hecho tales observaciones tienen razón.
Me he picado en mi amor propio y he decidido exhibir mi capacidad crítica. Para ello voy a hablar de un edificio notable: Ática 7, en Pozuelo de Alarcón (Madrid).
No tengo el honor de conocer el nombre de su autor, pero lo prefiero. A menudo la fama del artista impide una visión limpia y desprejuiciada de su obra. Analicemos, pues, este edificio por sus propios méritos.


Se trata de un edificio de oficinas diseñado con gran cuidado y precisión. La fachada de vidrio está formada por piezas rectangulares colocadas unas encima de otras y unas al lado de otras, formando filas bien alineadas.
Todo coincide. No hay franjas torcidas. Todo cuadra.
Los vidrios están muy limpios.
Hay varios pórticos colocados en distintas fachadas y con distintos criterios: No en los centros, no en los ejes de simetría, no en las direcciones principales. Es un alarde de arquitectura moderna, libre y no dependiente de rancios esquemas compositivos.
Los capiteles de las columnas también son muy modernos. Son de un orden como jónico-mireusté o jónico-chúpateesa. Y de metal verde. De alguna forma están diciendo: "Ictinos, Calícrates: Comednos lo de abajo" o "este Fidias nos toca las pilotas".


Unos capiteles muy bonitos. Y no sólo muy bonitos, sino muy comilfó en estos tiempos de desorden, confusión y marasmo. (Vale, y también pleonasmo). (Y orgasmo).

miércoles, 22 de marzo de 2017

Mesas ordenadas

A David García-Asenjo, a Carlos Santamarina,
A AGUA arquitectos y a Alberto Alonso, por su
colaboración y por sus mesas.

La idea de escribir esta entrada nació con un tuit de David García-Asenjo en el que citaba un artículo de Juan Tallón: "Instrucciones para ordenar la mesa". David es un lector infatigable, culto e inteligente, y si él cita, glosa o refiere un artículo te lo tienes que leer. Así son las cosas, así que me lo leí inmediatamente. (Hacedlo también vosotros). Al momento saqué con el móvil una foto a mi mesa según estaba, y la mandé como respuesta al tuit de David y al artículo.
Esto desencadenó más respuestas de más amigos, y así, espontáneamente, nos fuimos retratando.

Mi mesa

He trabajado durante veinte años con mi socio Tomás Saura. Durante ese tiempo me ha dado muchos motivos de envidia. Uno de ellos era su mesa siempre ordenada. Podríamos tener muchísimo trabajo, muchas llamadas apremiantes, muchos faxes, cartas, lo que fuera. Él tenía cada cosa en una carpeta, en un archivador, en un cajón. Todo en su sitio. A veces, mientras trabajaba, tenía la mesa inundada de papeles, pero cada uno de ellos cumplía una función exacta y estaba donde tenía que estar, y al terminar la jornada era guardado y clasificado en su correspondiente carpeta, convenientemente etiquetada, y la mesa quedaba limpia y libre para el día siguiente.
Yo no puedo. Mi mesa ya me expulsa a mí. Busco un rincón despejado para escribir allí, encogido, una nota. Como Juan Tallón, me digo a mí mismo que no es tan difícil guardar cada cosa en su sitio, pero, también como él, veo cosas que no lo tienen, y, lo que es peor, cosas que pueden tener dos o tres sitios válidos porque pertenecen simultáneamente a dos o tres órdenes o familias.
Por otra parte, me da miedo tirar cosas. Ese folleto de un material de cubierta: No tengo intención de usar ese material, pero no lo tiro. Esa carta medio rara que te llega, esa tarjeta de un comercial de fontanería, esa notificación, esa invitación a un acto, esa lo que sea. ¿Dónde guardarla? En ningún sitio. Su sitio es la papelera, pero ya. Pues no. La dejo sobre la mesa vagando y vegetando y al cabo de meses y meses ya se ha pasado la fecha, la efectividad, la oportunidad, lo que sea, y la tiro por fin, cosa que debería haber hecho el primer día. Me digo y me repito que si un papel me es útil debe tener su sitio para ser guardado y ordenado, y si no lo es debe ir a la papelera, pero no lo hago.
(Por cierto, ¿alguna vez habéis revuelto la papelera buscando ese papel que tirasteis el otro día y que ahora necesitáis? Yo sí. Soy un desastre).
Otra cosa que pienso es que si yo trabajara en una empresa, si yo tuviera un jefe, sería más cuidadoso con el aspecto de mi mesa. Supongo que no me atrevería a ser censurado por mi jefe ni por mis compañeros. Pero trabajo solo, a mi bola, y creo que eso ayuda también a tener la mesa así. En este caso el desorden tiene también algo de capricho. Pero cuidado con el capricho: Es como no afeitarse un día para trabajar (¿qué más da?, por un día no pasa nada): Acaba uno trabajando otro día en zapatillas de estar por casa, y otro día en chándal, y otro día en pijama. Esto del desorden mesero es como el alcoholismo: Uno reconoce en ciertos momentos que se está pasando, que está siendo superado y no puede controlarlo, pero en el fondo no cree que sea un problema grave, no se da cuenta, se va abandonando y naufraga. Uno se agarra una borrachera de desorden y se olvida de los problemas que le abruman.
En medio del caos, uno está rodeado de amigos: Un medallón, unos sellos, una lupa, unas fotos, una figurita de Astérix, un viejo llavero... Cosas que te acompañan y te alegran, pero que, aún más, te abruman, te descentran y te fastidian. Y todo ello a la vez.

No sé muy bien por qué (o sí, pero para qué andar dando explicaciones tontas) en el follón de mi mesa había un montón coronado por el Corto Maltés en Siberia. Debajo, no se ve en la foto, había un número del Jot Down, un libro de órdenes, un bloc, varias carpetas que no eran de ahí, etcétera. Al fondo, detrás de los botes de lápices y bolis (tantos botes y cuando necesito un rotulador no lo hay) tengo la novela Oblomoff, en una vieja edición de 1931, y debajo de ella Si te dicen que caí. Entre los botes de bolis y las novelas hay un medallón de bronce en el que sale el Palacio de Cristal de la Casa de Campo de Madrid, en una rara vista curvada en ojo de pez. A su lado, una tarjeta de la residencia de ancianos de mi pueblo.
Y para qué seguir.

A mi foto reaccionó David poniendo dos de su mesa según estaba en ese momento. Por un lado libros y papeles amontonados (y un aparato eléctrico que no identifico) y por otro unos apuntes de un ratón (diría que sí, que es un ratón) sobre un libro ilustrado. También veo herramientas y más cosas.


Mesa de David García-Asenjo

sábado, 4 de marzo de 2017

Necio chinchorrero

No quiero escribir esta entrada. No quiero reaccionar airadamente cada vez que un tonto del haba se mete con la arquitectura y con los arquitectos porque sí, sin dar una razón, sin un fundamento, sin conocimiento de causa. No quiero darle a esa gente boba y autocomplaciente una importancia que no tiene. No quiero ensuciar este blog con mi cabreo y mi desprecio.
Pero es que hacen mucho daño. Es que es un bombardeo continuo desde la tele y desde la radio, una gota malaya inmisericorde. Es que es el insulto gratuito y constante sin que nadie haga nada por frenarlo, y calando un día tras otro en la opinión pública.
Es un lugar común: Nadie lo niega, ni siquiera la gente supuestamente culta. (Esos menos que nadie). Una panda de opinadores indocumentados, bobos y chinchorreros dicen que la arquitectura moderna es una desgracia para la humanidad y que los arquitectos somos los enemigos. Y nadie les calla la boca, nadie les pide que se retracten, que pidan perdón. Es una ofensa gratuita y estúpida, sin el menor fundamento ni la menor base, y que sigue cundiendo.
Uno de estos personajillos patéticos que aletean y cacarean con estas falacias es un tal Adriansens, que se tiene por artista, por hombre muy culto y sensible, que no sabe nada de nada más allá de tres datos inanes y de tres nombres alemanes del siglo diecisiete o dieciocho, que babea sus orgasmos stendhalianos y jadea sus suspiritos y sus exabruptos escupiendo alabanzas a los castillos del Loira y a los orinales del Rey Sol mientras despotrica contra todo lo moderno. Habla con rotundidad, con exaltación, con cabreo, y loa sus bibelots y sus chuminadas grasientas a toda hora. Ah, y además pinta.

Cosita de Adriansens

Ayer, en el programa de radio Julia en la Onda, que dirige Julia Otero en Onda Cero, este mamarracho se ha permitido eructar que no puede perdonar a los arquitectos modernos porque han afeado el mundo. Y nadie le ha mandado callar. Ni siquiera nadie ha mediado o ha intentado terciar, matizar nada. Así, tal cual: Los arquitectos modernos no merecen perdón porque han afeado el mundo.
¿Pero por qué nos tiene usted que perdonar? ¿De qué? ¿Pero quién se ha creído usted que es?
Imaginaos que alguien hiciera una afirmación tan genérica sobre los médicos, los charcuteros o los taxidermistas. Tal vez alguien se sintiera molesto y le pidiera que matizara algo, que puntualizara algún detalle o suavizara alguna expresión. Pero con los arquitectos no hay matices. No pasa nada. Somos el pimpampum, los enemigos de la humanidad.
El otro día un eurodiputado polaco ha dicho que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son más bajitas y más tontas y se ha liado buena, con toda la razón. Si hubiera dicho que los arquitectos debemos cobrar aún menos de lo que cobramos porque somos la pura maldad nadie se habría sentido molesto.

Cosita de Adriansens

Por otra parte, este odiador de la arquitectura moderna (y de la arquitectura en general, pues diga lo que diga no entiende ni sabe nada de arquitectura, ni le interesa lo arquitectónico) va a Florencia o a Venecia y se despiporra. Le da un stendhalazo que se cae al suelo. Levita y palmotea, y se le cae la baba. Pero habría que haberlo visto allí, en la Florencia del quattrocento, cuando el moderno Brunelleschi se lio la manta a la cabeza y acometió aquella tremenda barbaridad del cupulón.

Cosita de Adriansens

viernes, 24 de febrero de 2017

La plástica es culpable

Si un pintor encuentra a un hombre en harapos y si se conmueve por empatía, de hombre a hombre, ante la condición de pobreza en la que el hombre se encuentra, puede ocurrir que el pintor traslade esta emoción de pobreza a una situación pintada, pero ligada a la aparición de un hombre en harapos.
Vista y reproducida de esta forma, puede surgir una imagen típica de la pobreza que, sin embargo, muy poco o nada tenga que ver con el arte estético y plástico. [...]
Si, por el contrario, la relación del artista con su objeto de la experiencia es predominantemente estética, los sentimientos de placer o de desplacer, lo personal y lo individualmente humano, harán lugar a los acentos más generales, estéticos [...]. No dejará predominar en su obra los acentos emocionales, sino los estéticos. [...]
Esta exageración [de los acentos estéticos] se lleva a cabo por medio de una definición más intensa de los valores espaciales y de los valores del color. No por empatía ante la situación en la que el objeto de la experiencia se encuentra, sino precisamente por lo contrario, por la abstracción de toda particularidad local del objeto, el artista llegará a exponer las relaciones cósmicas más generales y valores como los de: equilibrio, posición, masa, número, etc., que la particularidad local del caso hubiera cubierto o velado.
Theo van Doesburg (1)

Este año se cumple un siglo de la creación de De Stijl. Fue un movimiento que quería abarcar todas las artes, y que pretendía que estas fueran antitrágicas. Es decir, que no se ocuparan de representar la realidad emocional y emocionante, sino que construyeran puras relaciones plásticas, liberadas de la anécdota.
Pretendían, ante este mundo caótico, caprichoso, desordenado y trágico, crear un universo estético ordenado y organizado por las meras relaciones plásticas.

Theo van Doesburg: Dibujos y pinturas representando y reelaborando una vaca, yendo desde
la representación "realista" hasta la abstracción y las puras relaciones plásticas primarias
y geométricas. (Pero este es un momento inicial e inmaduro: Al madurar, De Stijl ya no
trata de cuadricular una vaca, sino que no parte de una vaca para empezar a pintar).

Las fotos que vimos en la anterior entrada son como el hombre en harapos al que se refiere Van Doesburg: basan su eficacia plástica en la empatía. Su plástica es trágica y expresionista: Las cualidades puramente plásticas (color, tamaño, forma...) están al servicio de un sentimiento empático.
Por el contrario, De Stijl se basa sólo en cualidades plásticas, sin referencia alguna a sentimientos o a experiencias vitales.
La entrada anterior, de la que esta es continuación, se titula "La plástica no es inocente", y hace mención a que aquella resalta cualidades trágicas. ¿Entonces, por fin, la plástica de De Stijl es inocente? En absoluto. La plástica nunca es inocente. La plástica de De Stijl quiere ser antitrágica, pero no por ello se libra de culpa.
Además de buscar una pura plástica, sin acentos emocionales, los fundadores de De Stijl quisieron restringirla al protagonismo del plano, a las líneas rectas verticales y horizontales y a los colores primarios. Con estas severas restricciones el arte tenía que salir como un objeto de laboratorio o como un teorema.
Podríamos pensar que con estos condicionantes antitrágicos y estas normas severas la plástica sería inocente y desenfadada, e ideológicamente neutra. Nada de eso. No se trataba de un mero ejercicio de diseño. Se trataba de construir un universo, y eso es muy duro.
En cierto momento, ya un poco aburrido de siempre lo mismo, Van Doesburg inclinó las líneas y adoptó colores no primarios, y Mondrian dejó de hablarle. Nadie se agarra semejante cabreo bíblico por una plástica inocente, por un mero juego de formas y colores.
No era tan sencillo, y de ninguna manera era algo tonto o inocente. No hay más que leer a Mondrian y sus rollos teosóficos y sus disquisiciones sobre lo que significa la horizontal, la vertical, los colores... ¡Uf! Ahí hay mucha seriedad, mucho afán de trascendencia y mucho misticismo.

Cuando van Doesburg gira las líneas y figuras del cuadro Mondrian gira el marco, pero el contenido del cuadro sigue siendo vertical-horizontal. Mucha enjundia. Mucha tensión.

Theo van Doesburg, Contra-composición XVI, 1925.

Piet Mondrian, Composición I con azul y amarillo, 1925.

Piet Mondrian, Composición con dos líneas, 1931.

No es ninguna broma romper con un amigo porque ha girado las líneas y, una vez rota la amistad, reconcentrarse en el estudio, pensar, probar, reflexionar... y terminar girando el cuadro entero pero las líneas no.
Ahí no hay nada inocente. Eso es algo muy serio. (Y además hay que estar mu loco. Pero mu loco). (2)
Me imagino a Mondrian ahora, asistiendo al triunfo de sus diseños en teteras, vestidos y relojes y sufriendo un serio jamacuco. Su arte convertido en objeto de decoración, en broma, su carga explosiva desactivada, su fuerza vital convertida en un chiste.
La plástica no es inocente.

miércoles, 15 de febrero de 2017

La plástica no es inocente

Se ha fallado el premio World Press Photo 2017, y la fotografía ganadora ha sido una del fotógrafo turco Burhan Ozbilici que muestra al asesino del embajador de Rusia en Turquía -que se suponía que estaba allí como su guardaespaldas, para protegerlo-, justo después de matarlo.
El cuerpo del embajador está tendido en el suelo boca arriba, muerto, mientras que el asesino, con la pistola recién disparada en la mano derecha, eleva al cielo el dedo índice de la mano izquierda mientras suelta un speech a los aterrorizados presentes (que no salen en la foto).

Fotografía ganadora del World Press Photo 2017
Burhan Ozbilici

El fotógrafo estaba allí para cubrir la inauguración de una exposición de cuadros bastante anodina y trivial. Para el embajador, decir unas palabras en ese acto era una de sus obligaciones rutinarias. Lo que ocurrió fue rápido e inconcebible. Por puro instinto profesional, Burhan Ozbilici se sobrepuso a la sorpresa y al miedo y disparó su cámara. Hizo una gran foto. (Hizo unas cuantas).

Porque, no nos olvidemos, lo que premia el World Press Photo son grandísimas fotos. Se trata de fotografías de prensa; es decir, con un mensaje, una noticia, una idea o incluso una denuncia, y no se trata por lo tanto de fotografías "artísticas". Pero no es menos cierto que, tengan la carga de denuncia o de testimonio que tengan, y aunque estén hechas con un criterio periodístico y reporteril, son obras de arte y se valoran y premian como tales.

Por una parte, ese tipo de fotos nos dejan consternados, pero por otra nos fascinan. Qué buenas.
A mí me impresiona muchísimo que ante una foto tan terrible los de WPP digan esto:


Datos técnicos de la fotografía premiada porque se trata de una fotografía muy buena, tomada con la técnica de un profesional e incluso de un artista, y porque todo aficionado a la fotografía quiere saber con qué equipo y con qué técnica está hecha.

La fotografía, cuyo mayor valor es la grandísima carga dramática que tiene, queda así como un objeto aséptico, inocente.

El resto de fotografías seleccionadas son todas muy "plásticas" y, por lo tanto, en muy gran medida "hermosas".






Muy hermosas.