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jueves, 16 de septiembre de 2021

Hoy no me puedo levantar

Hoy es un día especial, uno de esos raros en los que una historia que venía fraguándose desde hacía tiempo cierra con una guinda, con un perfect. Hoy es un día de alegría para la arquitectura, porque es precisamente ella la que engarza ese broche de oro.

Todo encaja como en una  trama de una novela policíaca, y se resuelve con una solución tan inesperada como coherentísima que nos deja con la boca abierta, pasmados, admirados.

La historia empieza hace ya un par de décadas: El ayuntamiento de Madrid le cedió una parcela en el distrito de Hortaleza al gran emprendedor José Luis Moreno para que construyera en ella el fantástico proyecto empresarial del Coliseo de las Tres Culturas. (Perdonad: No sé qué tres culturas. Supongo que la del pelotazo, la del mamoneo y la del abuso). Parece ser que el ayuntamiento le dijo: "Toma, Moreno", y ya.

El insigne empresario presentó su proyecto y todo parecía ir bien (aunque despacio) hasta que de repente, vaya usted a saber por qué, el gran hombre cayó en desgracia. Ya sabéis cómo va esto: Eres una persona encantadora y en un momento, porque haces negocios con la mafia o porque tú eres la mafia(1), te empiezan a mirar mal y te hacen de lado. Tiquismiquis.

El caso es que la parcela de patrimonio público que el ayuntamiento de Madrid le había puesto a su disposición se quedó sola y abandonada, con toda su pública patrimonialidad desatendida.

Acaso la asociación de vecinos de Hortaleza pudo llegar a pensar que con esa parcela hicieran algo infame como un edificio público: un centro social, un centro de salud, una biblioteca... Esas estupideces.

Pero menos mal que otro prohombre se prestó a recibir ese suelo y rescatarlo de la mediocridad de lo público-vecinal. Un héroe: "Si no puede ser para Don José Luis Moreno yo mismo me puedo hacer cargo de él". Benefactor.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Ocho que ochenta

Hace unos días me han publicado este artículo en el blog de la Fundación Arquia. Trata un tema que ya toqué hace unos años aquí. Y ahora estoy escribiendo otra vez sobre lo mismo. No me gusta insistir, de verdad, pero es que "ellos" insisten e insisten, y yo me sigo enfadando como el primer día. Así que perdonadme, pero voy de nuevo con ello.

El arquitecto Miguel Fisac vivió noventa y dos años, y los vivió con lucidez. Quién pudiera. Pero por muy enérgico y muy vital que fuera (que lo fue), a los noventa, cuando unos jóvenes arquitectos (Fernando Sánchez-Mora, Sara González, Blanca Aleixandre y Leonardo Oro) fueron a verlo, ya estaba retirado. (¡Qué me dices!) Le pidieron que se presentara con ellos a un concurso y se animó; incluso se entusiasmó, y se presentaron a varios.

Ganaron el del Polideportivo de la Alhóndiga en Getafe (Madrid). Podemos considerarlo una "obra menor" en su historial, un proyecto nada espectacular, pero muy sereno y equilibrado (que era de lo que se trataba), e incluso muy elegante en su sencillez.




Fue, con una vivienda en Almagro (Ciudad Real), su última obra. Una discreta y muy decente y limpia despedida.

miércoles, 3 de junio de 2020

Ignominia y torpeza

Aunque ya sé que nunca aprenderemos y que siempre seremos igual de imbéciles(1), me enfado cada vez que tengo noticia de un nuevo episodio, pero es siempre el mismo.

Hoy toca hablar, de nuevo, de políticos emocionados con el arte. Pero si no entienden nada, si no saben nada, si no les importa ni un poquito. ¿Para qué destrozan? ¿Para qué ofenden? ¿Para qué vandalizan? No ayuden, por favor, pero tampoco estorben ni arruinen.

Que a los políticos no les interesa el arte, la arquitectura, el diseño ni la cultura es notorio. Ya nos hemos resignado a ello. Pero cuando se entusiasman con algo es peor; es para salir corriendo.

Ya hablé aquí del vergonzoso episodio del "vandalismo artístico" de los silos castellanos. Ahora toca cargarse el faro de Ajo (Cantabria).


En esta foto tenemos a una caterva de impresentables haciendo el ridículo y posando ante la nueva agresión que van a perpetrar. Y tan contentos. Y con esa cara tan grimosa de "¿pero no decías que no nos interesaba el arte contemporáneo?; pues aquí nos tienes".

Uno enrojece, mira hacia abajo, humillado y cansado, y dice: "No es eso. No es eso".

No se enteran de nada. En su inconcebible ignorancia omnímoda escuchan siempre al cantamañanas y nunca al artista, siempre al demagogo y nunca al riguroso, afrontan proyectos absurdos y nunca los verdaderamente válidos y necesarios. Tienen un radar infalible: Apunta siempre al revés. Si caminaran hacia el lado contrario del que les dicta su instinto acertarían siempre.

viernes, 22 de mayo de 2020

Señas de identidad

Cada país tiene su idiosincrasia y sus señas de identidad. Hemos leído que lo primero que hicieron los estadounidenses cuando se enteraron de que venía la COVID-19 fue ir corriendo a comprar armas. Así son ellos. Sí. Temían el desabastecimiento, el pillaje, los desórdenes públicos, el caos. Y la mejor forma de hacer frente a todo ese sindiós es comprarse un buen AK-47 o un M-16(1). Los miramos con superioridad y conmiseración. "Pobrecillos", nos decimos, "qué simplones son".


Pero qué bolos. Armas, armas, armas para todo. ¿Así creen que van a superar la pandemia? Qué manía, de verdad.

Nos quedamos tan panchos y tan satisfechos de no ser como ellos, de ser más sofisticados, más civilizados, más cultos.

¿Y qué es lo primero que hemos hecho los españoles? Pues muy fácil: Suprimir controles y trámites para dar licencias urbanísticas. Que ya digo que somos otra cosa.

Para empezar, la presidenta de la Comunidad de Madrid anuncia triunfante que sustituye las licencias urbanísticas por declaraciones responsables.


Eso significa que los proyectos y planes que hasta ahora eran examinados por los técnicos de la comunidad (y tardaban un montón, y encima ponían pegas) ahora no van a sufrir control alguno, y todo el procedimiento va a ser sustituido por que el interesado (incluso si es perpetrador de lofts "residen-dustriales") declare "responsablemente" que cumple con todo. Y ya está.

viernes, 13 de marzo de 2020

Las letras vaciadas

El otro día la arquitecta y profesora @jblPaz, del estudio PAZ+CAL, puso en Twitter un excelente edificio (no suyo) de Toledo, y yo lo apoyé y lo intenté difundir, y aproveché para decir que mucha gente admira la arquitectura toledana de siglos pasados y no sabe que la ciudad imperial también tiene excelentes edificios contemporáneos.
Ella se sumó dando una lista de magníficos arquitectos actuales que tienen obra en Toledo, pero, naturalmente, se excluyó por modestia. Yo creo sinceramente que PAZ+CAL son de los mejores y así se lo dije, y, como no lo había hecho ella, puse fotos de su Consejería de Educación de Castilla-La Mancha, en la calle del Río Alberche, de Toledo.
Y los dos nos acordamos de un artículo que escribí hace muchos años. Ella lo conserva, cosa que me honra, y me lo pasó.
Lo leo y, esté mal o bien escrito, creo que cuenta algo muy interesante sobre la relación de los arquitectos con las administraciones públicas, y pienso que aunque ya tiene dieciséis años (qué barbaridad) sigue valiendo porque lo que cuenta es eterno.

Os lo pongo. Apareció en la ya desaparecida revista Ecos, de Toledo, en el número del 20 de febrero de 2004. (Se nota su edad, por ejemplo, cuando aún estoy tan desorientado con la supresión de la ché y de la elle, pero lo dejo tal como lo escribí entonces).



Las letras vaciadas

Hace unos días el Colegio de Arquitectos organizó una visita a las obras de la Consejería de Educación, en el barrio del Polígono, en Toledo. Nos reunimos allí un grupo de compañeros (y, sin embargo, amigos), y esperamos unos minutos a que comenzara la visita.


Había algo muy apropiado para entretener nuestra espera: La explanada de acceso estaba poblada por letras grabadas, vaciadas en la solera de hormigón, que, aparentemente, no significaban nada. Estaban sueltas, pero seguían pautas paralelas, lo que invitaba a intentar descifrar un posible mensaje buscando lecturas en horizontal o incluso en vertical, al derecho y al revés. Nada. Imposible. Aquello parecía ser un mero recurso gráfico: utilizar las letras como objetos decorativos haciendo una analogía entre la Consejería de Educación y el aprendizaje, las primeras letras, los textos, la cultura... Bien; pues vale.

Reconozco que tengo sensaciones contradictorias ante el uso, tan de moda, de las letras como objeto de diseño y de consumo. Por una parte, las letras son fascinantes gráficamente, como objetos formales, y nos dan la impresión de que siempre han existido. (¿Quién se atrevería a inventar una letra nueva?). Y para las veintitantas letras existentes (ya no sé el número exacto, después de lo de la “che” y la “elle”) hay mil diseños tipográficos, tan diferentes que parece mentira que se refieran a las mismas letras, y sin embargo éstas son reconocibles por debajo o por detrás del diseño. Por ello, qué bonito resulta emplear las letras como bellos objetos decorativos, o como ensalmos, talismanes o amuletos mágicos.

Pero, por otra parte, una letra sin significado tiene algo de monstruoso, como un residuo mutilado y mutante. Uno ve una “a” y dice “a”, aunque sea en silencio. Suena “a”, y se queda en nada, en un miembro desgarrado de su cuerpo. ¿Es la “a” de “amor” o es la “a” de “arenque”? Con las letras conviene ser serio, tomárselas en serio. Ya sé que ahora, en plena postmodernidad, da igual ocho que ochenta, y lo que priva es la desconstrucción del mensaje,  la descontextualización del signo, la ambigüedad de los significados, el fin de la razón, el pensamiento débil y todo eso. Pero, a fuerza de relajar nuestra capacidad crítica y nuestro rigor, y a fuerza de avergonzarnos de la dureza que conlleva el racionalismo, hablamos con entusiasmo del pensamiento débil cuando en realidad deberíamos hablar con dolor de la debilidad del pensamiento.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Nuestros antepasados

(A Merxe Navarro)

Mi amiga virtual en las redes Merxe Navarro me ha pasado indignada un artículo donde, de nuevo (y ya es una costumbre) se denigra la arquitectura. (Clicad aquí).

La cosa consiste en que el ayuntamiento de Jávea (Xàbia en valenciano) acaba de aprobar una ordenanza que prohíbe las cubiertas planas, las grandes cristaleras y todos los excesos demoníacos de la arquitectura contemporánea, esa siniestra disciplina. (No sé si, ya puestos, y en plena carrerilla purificadora y salvífica, han prohibido también los versos que no riman, la pintura abstracta, la música dodecafónica y el fútbol femenino).

El periodista nos lo cuenta con verdadero entusiasmo. Se ve que es muy partidario: Nos dice que bueno, que sí, que ha habido alguna casa moderna muy premiada, pero que eso ha degenerado ya en verdadero vicio y desparrame, a lo que el alcalde, justamente indignado, ha puesto fin. Ya era hora.

El ayuntamiento, harto de esto:


ha exigido esto otro:

Estas dos fotografías están sacadas de la galería de imágenes
del artículo citado. O sea, que no son exageraciones mías.

Mucho mejor. Dónde va a parar.

Pero el motivo por el que vuelvo a hablar de este aburrido y manido tema es porque me ha hecho gracia. Me ha divertido mucho que el asco que siente esta gente por un cierto lenguaje arquitectónico sea vergonzante; vamos, que no se atrevan a reconocerlo, sino que lo justifiquen con una excusa "razonable" e incluso "racional".

Y la excusa elegida esta vez es... ¡tachánnnn!... ¡LA EFICIENCIA ENERGÉTICA! ¡BRAVO! ¡BIENNNNN! ¡YUJUUUUU!

(Fuente de la imagen aquí)

La eficiencia energética, la sensatez económica, la sostenibilidad. Joé, si es que le saben emocionar a uno.

(Fuente aquí)

martes, 21 de mayo de 2019

La chorraera

(NOTA.- En Málaga a los toboganes se les llama chorraeras, un nombre muy gráfico, especialmente en este caso).


El genial alcalde de Estepona es abogado del estado, notario y registrador de la propiedad. Quizá sea el único español que haya alcanzado esos tres ochomiles. (Unos me dicen que es el único y otros que ya hubo uno antes. En todo caso, es un personaje de récord). Un talento inconmensurable.

¿Se puede ser una persona inteligentísima y preparadísima y al mismo tiempo un papafrita? Es obvio que sí. Lo estamos viendo cada día. Pero en este caso, dada la excelencia inalcanzable, la sublimidad olímpica del personaje, también su papafritismo es inconmensurable. Estamos ante un ser extremo, mitológico, legendario.


Y es que al giligenio se le ocurrió instalar una chorraera para salvar el enorme desnivel(1) que hay entre dos calles de Estepona, y que obliga a un largo camino para salvarlo. ¿Por qué no tirar por la chorraera de en medio? Y así lo hizo. Apenas veintiocho mil euros resolverían un problema urbano y además le darían vidilla y cachondeo a la población. La genial idea lo tenía todo.

La chorraera no estaba pensada solo para divertirse, ni solo para los jóvenes intrépidos con muy alta condición física, sino que era una instalación urbana de uso cotidiano apta para todos los públicos y para todas las necesidades: Para ir al mercado con el carrito de la compra, para ir al ambulatorio a lo de las recetas, para comprar una bombilla, para ir al ayuntamiento a las cosas del ayuntamiento (yatúsabeh)... Para todo. Una maravilla.

domingo, 20 de mayo de 2018

Más gente normal

Hace unos meses escribí una entrada sobre los reyes de España, su forzado ambiente familiar y, sobre todo, su casa, a la que titulé "Gente normal".
Pues hoy toca hablar de más gente normal.
A la pareja protagonista de hoy le han dado palos por todas partes respecto a si tienen derecho o no lo tienen a comprarse la casa que se han comprado. Yo no tengo intención de discutir nada de eso. Vamos, es que ni me lo cuestiono. Pues claro que tienen derecho. Si se han comprado esa casa con su dinero lícitamente ganado, o con una herencia familiar o con cualquier otro medio justo y han pagado sus impuestos y han cumplido sus obligaciones nadie tiene nada que decir. Estaría bueno. (Aunque ellos lo dijeran de otros políticos: Allá ellos).

Estamos en un estado de derecho legítimamente constituido y sus políticos tienen las retribuciones legalmente establecidas. Si se compran una casa como si se compran un piano de cola. Eso es cosa de cada uno.

(Comenté esto en twitter y recibí alguna respuesta defendiendo que esta pareja sí podía pero los reyes no, y alguna otra en sentido contrario: que los reyes sí pero estos no. No estoy de acuerdo con ninguna de las dos posturas. Yo creo que son lícitos los dos casos y que dimanan de la estructura jurídica-democrática-política sobre la que se sustenta el estado español. La casa real tiene sus asignaciones presupuestarias y los políticos las suyas, y cada uno cumple con su función prevista por nuestro ordenamiento, así que no hay nada que decir).

Yo solo voy a mostrar la casa. Esto es un blog mayormente de arquitectura, y si me sorprendió para mal la casa de los reyes me ha sorprendido casi para peor esta casa.


Repito que se está hablando mucho sobre si una pareja de izquierda puede gastar tanto dinero, y repito que a mí eso no me importa. Lo que sí me importa es que unos líderes que propugnan un nuevo modelo de sociedad y una nueva estructura de dignidad del ser humano quieran esos cargaderos de madera, esos canecillos, ese pilar con esas zapatas de madera encima, esos chapados de piedra a modo de picatostes sumergidos en el chocolate, esa rueda de carro, esas sillas, esos pavimentos...

(NOTA.- Estas son fotos de la web que vende la casa, y los muebles y objetos decorativos son los de los dueños actuales. Los nuevos propietarios pondrán los suyos, pero dada la arquitectura de la casa, que les ha gustado, supongo que ellos están en esa onda y que lo que pongan seguirá una línea parecida).

sábado, 30 de enero de 2016

Urbanismo participativo vs. urbanismo asambleario

(A Emilio)

¿Deben los ayuntamientos escuchar a los ciudadanos o es mejor que se líen a remodelar las calles y plazas sin hacer caso a nadie? La respuesta es obvia. O sea: la pregunta es completamente innecesaria.
Pues claro que hay que escuchar a los ciudadanos. Estaría bueno. Estamos hartos de que los alcaldes hagan todo tipo de barrabasadas sin contar con nadie, y de que sus arquitectos les secunden diseñando "de espaldas al pueblo" (Doña María dixit).
¿Pero hasta qué punto hay que escuchar a los ciudadanos? ¿Y a cuántos ciudadanos hay que escuchar?
Este es un tema peliagudo y peligroso, porque por ese camino, y en aras de querer diferenciar entre democracia y demagogia, podemos desarmar el tema, anularlo y acabar despreciando a la gente y apoyando los comportamientos autoritarios y dictatoriales de quienes mandan. Cuidado. También decían (antes se decía mucho) que no había que confundir libertad con libertinaje, y se escudaban en eso para no dejar hacer nada a nadie.
Vamos, que yo sí soy partidario de que quienes gobiernan escuchen al pueblo.
Ahora bien:
El Ayuntamiento de Madrid tiene entre sus posibles objetivos la remodelación de la Plaza de España. Pero antes de hacer nada han formulado dieciocho preguntas para que los vecinos respondan.
No me parecen bien ni las preguntas ni la forma de consultar.


Preguntar a bulto y a mogollón es como preguntar a una asamblea, y todos sabemos lo que es un régimen asambleario. (Yo lo conozco de la escuela, de cooperativas de viviendas y de alguna reunión vecinal como la que contaré después). Quien convoca y modera la asamblea tiene toda la capacidad del mundo para manipular, marear la perdiz y hacer que o se decida lo que lleva previsto de antemano o no se decida nada y se aplace el asunto para otra asamblea; y así hasta que salga lo que quiere.
Empezaron planteando sesenta y siete preguntas, que tras "votación consensuada por las organizaciones participantes en el proceso" quedaron reducidas a dieciocho. De entrada no sé por qué esas organizaciones y no otras, ni quiénes las forman, ni quiénes las eligen. Se nos dice también que el once de enero varias de las organizaciones más relevantes decidieron abandonar. Pues vaya.
Puestos a que unas organizaciones entren, otras salgan, unas consensúen y otras se cabreen, pienso que los que sí están elegidos democráticamente por toda la población son los ediles. Las otras "organizaciones" no sé quiénes son ni cómo funcionan. Y no tengo por qué fiarme de su criterio ni de sus intenciones.
El caso es que esas organizaciones han preparado el cuestionario, que queda publicado para que quien quiera se lo descargue, lo conteste y lo presente. Tal vez yo sea muy pesimista o muy derrotista, pero estoy harto de ver que quienes responden a este tipo de llamadas suelen ser los más puntillosos, tocanarices y maniáticos, mientras que la gente "normal" bastante tiene con lo que tiene como para responder el cuestionario.
Por otra parte, el cuestionario tiene -siempre en mi muy personal opinión- algunas preguntas manipuladoras, otras muy técnicas y otras muy caprichosas, y me temo que los encuestados no pueden analizar todos los datos, hacer cálculos, cotejar presupuestos ni plantearse dificultades, sino que responderán a bote pronto y a sentimiento.
En esta web el ayuntamiento lo explica todo muy bien. ¿Pero de verdad nos vamos a estudiar todos los documentos de la columna de la derecha (estudio ambiental, estudio de movilidad, estudio sociodemográfico...). Mejor nos descargamos el cuestionario y vamos al grano. "Venga, venga. Vamos a poner cruces".
El ciudadano debe contestar a sentimiento y decir lo que quiere a base de poner cruces. Ya están los técnicos para calcular y resolver. Sí. Cierto. Pero creo que, por esa misma razón, no se le pueden hacer a los vecinos ciertas preguntas de respuesta rápida y cortante.
La primera sí es buena: Plantea la propia conveniencia de la operación. "¿Crees necesario reformar la Plaza de España?" Si sale que no, asunto terminado.
La 2 es gloriosa: "¿Crees que se deberían mejorar...?" ¡SÍ! ¡NATURALMENTE! ¡CLARO QUE SÍ! Todos queremos que se mejore. Todo lo que sea mejorar es bueno. ¿Quién va a decir que no? "¿Crees que se deberían mejorar las relaciones entre Armenia y Filipinas?" Pues sí. "¿Crees que se deberían mejorar los implantes mecanogástricos del fosfeñojo poliédrico?" Pues claro. Pobres implantes mecanogástricos.
Pues eso: que si crees que se deberían mejorar las conexiones peatonales de la Plaza de España con
Plaza de Oriente
Barrio de Conde Duque
Templo de Debod
Parque del Oeste
Cuesta de San Vicente
Madrid Río
Casa de Campo
Gran Vía
Ninguna
Y, atención, te dicen que ¡puedes elegir varias! ¡Coño, pues todas! (menos la última: "Ninguna"). ¿Hay alguien con tan mal corazón que no quiera mejorar las conexiones peatonales? ¿Que algunas de ellas ya son buenas? Puede ser, pero todo se puede mejorar, y me están preguntando si quiero que se mejoren. Sí, sí. Que se mejoren todas.
Ni siquiera te piden que elijas una, lo cual ayudaría a señalar cuál de las conexiones está ahora peor, cuál necesita más atención. No: Puedes elegir varias. Elegir varias no es elegir. Señalemos todas. Ya que tenemos unos padres que nos malcrían de esa manera, pidámonos para los Reyes Magos todo el cortinglés.
Otras preguntas son muy alambicadas, algunas algo ambiguas, y otras demasiado técnicas.
¿Cuántas plazas de aparcamiento hacen falta? ¿Hay que mantener el paso elevado de Bailén? (Obsérvese que hay apartado "otras" respecto a ese paso elevado, a ver si a algún vecino se le ocurre alguna idea genial y la regala). ¿Hay que soterrar el tráfico en el eje Gran Vía y Princesa, teniendo en cuenta el elevado coste? Ojocuidao: Teniendo en cuenta el elevado coste. Sin más. ¿Qué coste? ¿Cómo se va a pagar? ¿Cuántos años nos va a tocar pagar? ¡Qué narices, yo pongo la cruz!

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pecado

Seguimos teniendo noticia de distintos problemillas que tienen las obras de Santiago Calatrava.

Santiago Calatrava. L'Àgora. Valencia

Otra vez lo de siempre: Una obra faraónica que se empezó a hacer asumiendo que los costes serían monstruosos y acabó resultando que fueron muchísimo más monstruosos que lo que se dijo.
El harquitecto, que nunca se ha caracterizado por agachar las orejas y acobardarse, sino que, por el contrario, ante las dificultades ataca (lo que a mi juicio es su mayor virtud, si no la única), denuncia que la obra está sin terminar, que se han hecho cosas sin contar con él, que se está usando sin su consentimiento (¿eh?) y que para que esté en buenas condiciones de uso hay que gastarse otra porrada de dinero.
Desconozco si en su día el harquitecto hizo el correspondiente Certificado Final de Obra (se ve que no), y de qué forma ésta se recibió (odio el verbo "recepcionar", que es un monstrenco de "recibir"), pero os aseguro que yo he hecho un par de obras oficiales y que la burocracia del seguimiento de obra, certificaciones, informes mensuales hasta el certificado final y el acta de recepción es desesperantemente exhaustiva. ¿Qué pasa en estas obras? ¿Aquí no hay nada de eso? Supongo que se contrató a otro para que hiciera la faena de remate burocrático de la obra. No sé. Alguien debería explicar cómo se cuelan estas cosas.
Tampoco quiero pasar por alto la oportunidad de darle un palo al periodista que habla en el titular del riesgo de que se caiga la cubierta, y luego en el texto vemos que de lo que se trata es de que se le desprendan partes del recubrimiento. Hombre, no es lo mismo, pero ya en periodismo vale todo. Todo sea por el titular escandaloso. Tanto en arquitectura como en periodismo (como en todo) vivimos de la apariencia espectacular, y no del contenido.

Pero no era de eso de lo que quería hablar. Lo peor de lo peor es que ese edificio se encargó sin saber para qué.
De hecho, apenas se ha usado, y nadie encuentra destino ni ocupación para él.
Es decir, que se cierran alas oncológicas de los hospitales, se dejan de abrir bibliotecas en barrios de la periferia, se desatienden polideportivos y se encarga esta estrafalaria monstruosidad que no sólo cuesta el dinero que ni los valencianos ni los españoles tenemos, sino que exige, como un niño rico y malcriado, atención y gasto constante y eterno per secula seculorum.
Y la sociedad civil, democráticamente representada por sus eficaces, inteligentes y honrados políticos, asume (asumió en su día) estos despilfarros, estos despropósitos, estos pecados.
Porque ya no estamos hablando sólo de mejor o peor arquitectura. Estamos hablando de pecados. Estamos hablando de crímenes. Crímenes de lesa ciudadanía.

lunes, 20 de julio de 2015

La verdadera democracia

Este edificio es la sede de la Asamblea de Murcia, la expresión más pura y respetable de la democracia que se encarna en una región española.


De la Constitución Española de 1978, cristalizadora de nuestra democracia y marco de nuestra convivencia no sólo pacífica sino creativa y constructiva de un progreso innegable, surgieron las comunidades autónomas, que se establecen a su vez como democracias regidas por sus respectivos parlamentos y gobiernos.
La sede de la asamblea de una comunidad autónoma es, por lo tanto, el palacio del pueblo, el espacio arquitectónico que aloja las ansias y las aspiraciones de una sociedad. Es el lugar de las ideas, las palabras, las leyes que se imponen los ciudadanos a sí mismos para convivir y para prosperar.


Arquitectónicamente hablando, diseñar esa sede es un ejercicio fascinante.





jueves, 30 de abril de 2015

Que se la queden

Esto de vivir en un despropósito continuo hace que uno se acostumbre, que compruebe día a día que la bajeza que creía insuperable es superada de nuevo y que ya no le sorprenda nada de nada.
Hace tiempo glosé aquí cómo la ínclita Doñaespe deseaba la muerte de los arquitectos en general y de los buenos en particular.
Pues ahora que esa personaja aspira a la alcaldía de Madrid y que, por lo tanto, se presupone que quiere lo mejor para la ciudad y sus habitantes, descubrimos que no, que lo que quiere es que la ciudad quede cuca para los turistas. Los habitantes, especialmente si son pobres, harían bien en morirse o, al menos, en marcharse a otro sitio.


No entro en la cuestión de fondo, en la falta de empatía y de com-pasión de esta politicastra por sus (supuestos) congéneres y conciudadanos. No profundizo en su carácter psicópata, que le impide ponerse en el lugar de los demás y "sentir" sus sentimientos. Tampoco menciono su bajeza moral ni su desfachatez, su maldad y su crueldad.
Tampoco quiero valorar el sistema económico y moral que primero ha dejado gente a merced de la intemperie, y después les pide que se escondan, que se mueran, que se desintegren porque hacen mal efecto.

Quino. Mafalda

No. Cierro los ojos y no quiero ver eso. (Mucha gente mucho mejor que yo ya ha comentado esos aspectos del problema). Yo quiero hablar de urbanismo.

¿Qué es la ciudad? ¿Qué son los espacios urbanos? ¿Son residuos que quedan entre los edificios? ¿Son espacio? ¿Son espacio público? ¿Son sitios? ¿Son fértiles o estériles?
Civilización viene de civis. En la ciudad es donde nace la relación social, el intercambio de ideas, el enriquecimiento social, el progreso. Y eso no ocurre en la casa de Fulano o de Mengano, sino en el ágora, en el espacio público.

Manuel Delgado, El espacio público como ideología
(Clica aquí y lee la reseña)

Para muchos, el espacio privado es nido y refugio, morada segura, y el espacio público es selva y peligro. Y, todavía peor, para muchos el espacio público es innecesario. Las casas están cada vez más dotadas para no necesitar nada exterior. Una vida plácida y feliz es la que no te exige salir a la calle.
En la calle sólo pasan cosas malas y la gente huele mal.
Además, el espacio público no es lucrativo.

jueves, 6 de septiembre de 2012

El mejor arquitecto es el arquitecto muerto.

Hoy está un poco agitado el twitter porque Esperanza Aguirre, la Presidente de la Comunidad de Madrid, en una visita a Valdequemada(*) se ha quedado sorprendida por el edificio del ayuntamiento.
-¿Esa cosa qué es?
El alcalde, baboso y viscoso, pelota hasta reptar, le contesta que "esa cosa" es el ayuntamiento, y añade -como escandalizándose del sindiós que es este caótico mundo- que tiene premios de arquitectura y todo. (Ya ves tú).
La cosa sigue, y la presidente acaba diciendo, como atribuyendo este chascarrillo a un allegado suyo que es muy burro, que odia a los arquitectos, y que habría que matarlos porque sus obras les sobreviven: El autor se muere y su cosa ahí se queda. Añade que menos mal que la crisis ha terminado con todo esto y ahora estamos parados.


El alcalde, servil ya hasta comerse el polvo de la calle, echa más leña al fuego: "Pues no ha visto lo que han hecho con la iglesia".



El ayuntamiento en cuestión es obra de unos grandes arquitectos, Paredes y Pedrosa. Y es lo que pasa con los buenos, que hacen una arquitectura poco asequible para los espíritus simples.
¿Qué tenemos los arquitectos? ¿Por qué nos gustan esas cosas que no le gustan a la gente? No lo sé. (O sí). A veces parece que vivimos en un mundo cerrado, que solo nos entendemos a nosotros mismos. No lo sé. (O sí).
Pero, por otra parte, tampoco es cosa de que nos tiremos piedras a nosotros mismos, ejercicio que nos gusta tanto. A lo mejor también tenemos que decir que hay gente especialmente bruta, y no solo por desearnos la muerte.
Esta señora fue Ministra de Cultura, y como tal presidió el jurado del concurso de la ampliación del Museo del Prado. El fallo, lamentable y vergonzoso, dejó el premio desierto y concedió dos primeros accesits, ex-aequo, al estudio madrileño de Alberto Martínez Castillo y Beatriz Matos Castaño y al suizo de Jean Pierre Durig y Philippe Rämi. Cuando le preguntaron por este fallo tan decepcionante, que dejaba el asunto sin resolver, Esperanza Aguirre pergeñó rápidamente la solución: Habría que hablar con ambos estudios para que se pusieran de acuerdo y, juntos, hicieran una solución intermedia entre sus dos propuestas.
Quien tal cosa dijo ni sabe lo que es la arquitectura ni lo que es el trabajo en equipo, ni lo que es el respeto por el trabajo ajeno.
Digamos, por caricaturizar, que uno planteara un rascacielos y el otro un edificio enterrado. ¿Cuál es la solución intermedia?
Yo sé cuáles son las soluciones arquitectónicas que quiere la dirigente de la Comunidad Autónoma de Madrid: Canecillos de madera, tejados de teja, relojes con agujas historiadas de forja, portones de madera con clavos cabezones de hierro, jabalcones de fundición, rosetones de piedra. Lo sé. Lo sé de sobra. Sé perfectamente cómo hacer un ayuntamiento que le guste a Doña Esperanza. Es muy fácil, y queda bien con todo el mundo.
Hay, ya digo, un debate interesante sobre cuál es el papel de los arquitectos en la sociedad, sobre para qué servimos, y podemos hacer una autocrítica profunda sobre la misión de la arquitectura. Podemos debatir muchos asuntos, ya digo. Pero con Doña Espe no merece la pena. Con Doña Espe bastante tenemos con seguir vivos, y eso que la crisis, gracias a Dios, nos tiene acochinados.
Con Doña Espe no merece la pena nada.
¡Mátame, camión!

(*).- Nota. Una amable seguidora del blog me dice que el pueblo no es Valdequemada, sino Valdemaqueda. Perdón; qué fallo más tonto.