Nos acabamos de enterar de que le han dado el Premio Pritzker (sí, ya sabemos: "El Nobel de la arquitectura") a Francis Keré (Diébédo Francis Keré, para ser más completos), y nos ha hecho mucha ilusión, en general, a todo el colectivo de arquitectos. (Vamos, yo hablo de lo que estoy viendo por aquí).
Soy un ignorante. Confieso que no había oído hablar de este ilustre arquitecto hasta hace nada, hasta 2018, año en que el Museo ICO le dedicó una estupenda exposición (como todas las suyas).
Aparte de la indiscutible calidad de su arquitectura, lo que nos llama la atención y nos enamora es su película: Nacido en el pueblo de Gando, en Burkina Faso, en 1965, era hijo del jefe de la tribu, y su padre tuvo la suficiente lucidez como para mandarle a la escuela para que aprendiera a leer y así pudiera descifrarle las cartas que le llegaban y además saber algo de cuentas, que siempre viene bien.
Lo malo era que Gando no tenía ni escuela, así que a los siete años de edad tuvo que dejar su pueblo y a su familia y marchar a la capital del país, Uagadugu.
Tras terminar sus estudios primarios obtuvo una beca de una entidad alemana, unas cosas llevaron a otras, el asunto se fue liando y el niño que había ido a aprender a leer y las cuatro reglas terminó completando estudios secundarios en Alemania y entrando después en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Técnica de Berlín.
(Total: Que a su padre seguían sin leerle las cartas).
La película termina cuando el joven arquitecto vuelve a su pueblo y construye la escuela. Una música emotiva va subiendo de volumen y se ve a los niños entrar, sentarse y atender a la maestra, mientras que el arquitecto, en un plano superpuesto, saluda y sonríe. Fin. Todo hace presagiar que la creatividad y el servicio a la sociedad seguirán creciendo.