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jueves, 11 de enero de 2024

No se me ocurre nada

Hay veces (incluso bastantes) en que tengo dos o tres temas bulléndome en la cabeza para escribirlos aquí, e incluso empiezo un par de entradas a la vez, cuyos borradores se estorban y se dan codazos para ser publicados antes que el otro, pero de repente (serán las fiestas, será el año nuevo) me he quedado sin nada que decir. El tan temido momento ya apareció: Adiós al blog. Se me acabó la mecha.

Pero la vida nunca para y en mi estúpida rutina ayer mismo vinieron a verme unos clientes para pedirme que les hiciera el certificado final de obra de una pequeñísima y modestísima intervención que les he hecho. Así que os voy a contar esa insignificante aventura.

Hace unos años les hice el proyecto de su casa y les dirigí la obra. Es una casa que jamás publicaré aquí ni en las redes sociales ni en ningún otro sitio, porque temo la feroz (y seguramente justa) aversión de mis adorados compañeros de profesión y de los amantes de la arquitectura en general.

La casa que me encargaron fue una versión reducida y más pobre (pero con el mismo espíritu optimista) de esas mansiones salvajes, empalagosas y agobiantes que aparecen en la revista ¡HOLA!(1).

miércoles, 29 de enero de 2020

Dos bandas negras

Hace tiempo se hizo muy famosa la estrafalaria bruja Lola, que adivinaba el futuro de los espectadores de la tele con el consabido éxito que tienen todos estos cantamañanas, y que, cuando alguien la pillaba en un renuncio clamoroso, saltaba airada y amenazante: "¡Te viá poné doh velah negrah!"

La bruja Lola y sus dos velas negras

Bueno, pues a mí no me han puesto dos velas negras, sino dos bandas negras. Y no sé qué es peor.

He terminado con una gran satisfacción una de las mejores obras que he hecho en mi vida (lo cual, dado mi irrisorio nivel, tampoco es decir mucho). Ha sido una experiencia buena en todo.

Desde el primer momento, cuando conocí a mi cliente, las cosas fueron bien. Venía con unas ideas claras y sencillas y a partir de ellas se dejó aconsejar por mí. Además estaba abierto a una imagen moderna de arquitectura y a mí me sentó estupendamente aparcar (siempre de manera provisional) los canecillos de hormigón imitando madera, los falsos arcos de ladrillo, las columnas de piedra, las balaustradas y toda la panoplia habitual de gadgets.

En este caso, además, esos adminículos paleto-clásico-rústico-pintorescos no fueron sustituidos por otros moderno-cool-pedantes, sino que las cosas fueron surgiendo como convenía y cuadraba, y todo salió de una forma muy natural.

Para colmo, el propietario, que tiene una pequeña empresa constructora y mucha curiosidad e iniciativa, introdujo en obra algunos elementos (siempre consultándonos al arquitecto técnico y a mí) que mejoraron notablemente el proyecto.

La obra se desarrolló muy bien, y yo, vanidoso al fin y al cabo, y muy necesitado de cariño, hice lo que no he hecho nunca: poner algunas fotos en las redes en las que ya se veía perfectamente todo, y faltaban solamente los últimos acabados.

Como el propietario-constructor se gana la vida haciendo otras obras y esta era para sí mismo y su familia, al final le iba dedicando ratos muertos, fines de semana y vacaciones, y parecía que nunca se iba a terminar.
Cuánto disfruté esta obra y qué ganas tenía de verla terminada del todo. No me podía esperar más.

Pero finalmente se ha terminado. Maldita sea.

lunes, 1 de julio de 2019

Madurez

A mi amigo Francis, y a su precioso lema:
"Nunca es tarde para tener una infancia feliz"


Tengo cincuenta y nueve años, y a mi edad más que maduro empiezo a estar pocho. Pero como sé que me lee mucha gente joven quiero decirle una cosa importante: La madurez es una mierda.

Sabedlo ya. Cuanto antes. La madurez es una mierda.

Los jóvenes lo quieren todo, y lo quieren ya. Se sienten con derecho a ello y no pueden concebir no merecerlo, o tener mala suerte, o no conseguirlo al final por lo que sea.
Tan intensa como ha sido la ilusión, tan fuerte como ha sido el deseo, así de vehemente es también la decepción. Qué mal se pasa. Qué frustraciones y qué rabias más impetuosas.

Lo único que te enseña la madurez es a poner buena cara cuando te dicen que el Oscar no es para ti, sino para uno de tus compañeros, el que más rabia te da, el más tonto. A lo único que te enseña es a no revolcarte por el suelo y lanzar patadas a diestro y siniestro, sino a mantener la calma, no perder la sonrisa e incluso a aplaudir al ganador. (Las cuatro o cinco primeras veces lo aplaudes forzando la mueca y deseándole la muerte entre horribles dolores, pero después te vas acostumbrando y palmoteas incluso con aburrimiento y desdén).

Cuando eres inmaduro lo vives todo intensamente. Las pasiones son muy fuertes, muy vivas. La verdad es que se disfruta mucho, pero también se sufre mucho.

No es Magaluf. Son alumnos de la Bauhaus muy maduros
haciendo una prueba de carga en un balcón

Si encima estudias algo creativo (en mi caso arquitectura, pero también puede ser arte dramático, bellas artes, música, imagen...) siempre crees que tienes algún talento. Y confías en que tarde o temprano se manifieste y te haga triunfar.
Mi esposa (por aquel entonces mi novia), que estudiaba medicina y tenía otra forma de ver el mundo, cuando venía a alguna movida de las que hacíamos los compañeros de arquitectura se quedaba siempre muy sorprendida y me lo decía:
-Hernández, usted tiene muchos pajaritos en la cabeza. Y sus amigos también.
-Bueno, es que...
-Todos ustedes se creen artistas, y no lo son.