domingo, 16 de octubre de 2011

Dos ejemplos, dos ideologías arquitectónicas

Siempre estamos con lo mismo:

modernidad / postmodernidad
funcionalismo / metáfora
racionalismo / poesía.

Esto ya aburre, ¿verdad?. Menudo tostón.
Bueno; aburriría si de vez en cuando, en las tontas horas de conducción, no aparecieran inesperadamente algunas joyas. (Joyas que debería prohibir la Dirección General de Tráfico, porque producen súbitos ataques de placer que podrían provocar accidentes).
(Por cierto: las fotos me las ha proporcionado una fuente que, como comprenderá la Meretérica, mantendré en el más riguroso economato).
El primer ejemplo está en la entrada de Aranjuez (Madrid), viniendo desde Madrid por la carretera antigua, a mano derecha.
(Si clicáis la foto, se ampliará y podréis ver los sorprendentes detalles).
Es una casa muy sencilla y muy agradable, diseñada con gusto y limpieza.
Obviamente, el dueño ha necesitado un poco más de altura, probablemente para crear un altillo. Ha analizado racionalmente sus necesidades programáticas y las ha resuelto directa y perentoriamente. Funcionalismo puro, sin concesiones a la "estética", sin tonterías. No se ha molestado en quitar la moldura que señala el anterior perfil del hastial. (Bueno, por no molestarse no se ha molestado ni en pintar su obra).
Soy un racionalista convencido, un funcionalista confeso, y por lo tanto no sé qué afear en esta intervención. Si acaso, se me ocurre la ya mítica observación que le hace la Juani a la Cristal en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?: "Solo tienes sensibilidad en el shosho". Pues sí; hay gente que tiene la sensibilidad ahí mismo. ¿Pero qué es la sensibilidad? ¿Ya estamos con chorradas? ¿Es que vamos a volver a hablar de "la belleza"?
No. No me lo puedo tolerar a mí mismo. Siempre he estado convencido de que una máquina de afeitar es hermosa porque funciona bien, y de que no hacía falta más para "embellecerla". Es más: los intentos de embellecimiento siempre desembocan en la chabacanería y en el kitsch.
Pues entonces esta ampliación es estupenda, y arquitectónicamente irreprochable. Y no sé decir nada malo de ella.
Una última foto antes de que desaparezca detrás del árbol:
Por cierto: ¿Por qué nos parece tan hermoso un árbol? Porque funciona. Porque es un organismo habilísimo. Pues la casa de detrás también funciona ahora mejor que antes. (Supongo; no la conozco por dentro. Pero me imagino que si no fuera así no se habrían gastado el dinero en hacer eso).
Me reafirmo en que toda "chabolización" de un edificio se hace siempre en aras de la funcionalidad. La chabola es la "máquina de habitar" en su estado puro.

Otro susto al volante, este completamente opuesto al anterior.
Entramos en Nombela (Toledo) viniendo desde Escalona. A la derecha aparece una casa sorprendente.
Es una casa llena de simbolismo, una pura metáfora del acto de habitar. "Mi casa es mi castillo" (con la variante complementaria de "pa chulo yo").
Esta sí es una obra con pretensiones, con afán de belleza, de representatividad y hasta de glamour. Aquí ya no cuenta la funcionalidad, ni el racionalismo. Aquí se da un paso más y se busca otra cosa. Aquí estamos, quizá, ante un espíritu más elevado que en el caso anterior.
Por otra parte, resulta curioso que el afán elevadísimo de diseño conviva con una manifiesta zafiedad constructiva, que se aprecia en las carpinerías de alumino mal encajadas en sus huecos, en la balaustrada y las columnas de la terraza-porche, en las troneras seudomudéjares, en las almenas, etc. El espíritu elevado se ve constreñido por una materialidad muy imperfecta. (¿Hablamos de Platón? ¡Vaya nivelazo!)
Y todo eso es a la vez puro Venturi (ya lo vimos el otro día). (Complejidad, contradicción, connotación, metáfora, símbolo... ¡puf!).
Esta segunda casa me resulta mucho más fácil de criticar que la primera, pero no lo haré porque no me parece justo. Hasta que no sea capaz de explicar qué tiene de malo la primera no me autorizaré a hablar mal de la segunda. Además, hablaría mal de la segunda señalando sobre todo sus problemas funcionales, pero esto no es válido para una obra que ha renunciado voluntaria e ideológicamente a la funcionalidad. Es todo demasiado complejo y difícil; estamos ante asuntos demasiado avanzados y enrevesados. La propia crítica arquitectónica deviene en una crítica postmoderna, en una especie de post-crítica y/o meta-crítica.
(Menudo vértigo. Menudos dos ejemplazos, que desestabilizan todas mis bases. Chapó, chapó).

Nota.- Sin que tenga nada que ver con lo anterior, señalo de paso que supongo que en ambos casos ha habido que solicitar la licencia municipal de obras, y que para ello habrá habido que contratar a algún arquitecto para que firmara el proyecto.
Ambas obras han sido, obviamente, proyecto de los propietarios y no de los técnicos. Y me llena de ternura ver lo frágiles que somos, lo disponibles que estamos, y lo necesitados de cariño y de encargos.

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