viernes, 12 de julio de 2024

Elogio de lo monstruoso

El otro día vimos "lo monstruoso" como criterio último y más eficaz para invalidar y descartar una obra de cualquier tipo: Si no responde a su naturaleza (o si algo de ella no lo hace), si no es coherente con su propia esencia, no nos sirve. No la queremos.

De acuerdo. Eso parece irrefutable, y probablemente lo es. (Vamos, que seguro que sí lo es). Pero sin embargo... Sin embargo lo monstruoso está en el centro de muchas obras de arte, e incluso, exagerando, podríamos llegar a decir que está en todo arte que no quiera cumplir lo establecido. (No me refiero ya a que no quiera cumplir los códigos -de eso ya escribí el otro día y lo di por legítimo-, sino a que no quiera cumplir con la forma de pensar, con la coherencia, con la inteligencia, con la bondad. Me refiero a un non serviam en toda la línea de flotación).

Lo monstruoso ha ejercido siempre una rara fascinación sobre muchos artistas, que han intentado explorar alguna de sus facetas.

Grandes escritores han penetrado en los abismos más siniestros del alma humana y nos los han mostrado para nuestro pasmo y horror, y grandes ilustradores, actores y directores han reaccionado intentando darles forma visual y tangible.

Portada de la adaptación a cómic de El extraño caso del Doctor Jekyll

Pero no me refiero a que escritores, dibujantes, actores, etc, utilizando su arte maduro y coherente sepan dar la imagen y la sensación de lo monstruoso. Eso tiene un valor indiscutible: que utilizando las destrezas y los saberes de su oficio muestren ese horror y ese sinsentido. No: Me refiero a que ellos mismos incurran en lo monstruoso olvidando todo lo que aprendieron y sumergiéndose en el desorden y en la ilógica.


Permitidme dos ejemplos, a ver si sé explicar lo que quiero, con los dos artistas que acabo de mostrar:

En primer lugar, un artista como Ralph Steadman es capaz (como prácticamente nadie) de descubrirnos y mostrarnos lo monstruoso en una novela tan deliciosa como La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Todo el mundo lo ve en Jekyll y Hyde, pero para verlo en La isla, que es ejemplo palmario de novela limpia, blanca, optimista y juvenil, hay que tener varias cuchillas de afeitar en el cerebro. Y el caso es que Stevenson también las tenía. Conozco bien el libro, y de inocente no tiene nada. Por el contrario, muestra todo el tiempo una sutil faceta monstruosa. Y leerlo con las ilustraciones de Steadman es una experiencia bellísima, pero al mismo tiempo sumamente inquietante.



Ilustraciones de Steadman para La isla del tesoro

El segundo ejemplo es Saturno devorando a su hijo, de Goya. La historia es terrible: Un oráculo le dijo al dios Saturno que uno de sus hijos lo destronaría, por lo que decidió comérselos uno a uno, según iban naciendo. Aquí tenéis el cuadro completo y un detalle.


Fijaos cómo desgarra con sus dientes (los dientes no se ven, pero se entiende) el pecho del bebé. Qué bestia. Qué horrible. Pero no, no me he equivocado. Este no es el cuadro de Goya, sino el de Rubens. Uno de los más grandes pintores de la historia del arte, de la historia de la humanidad. Un genio. Pero este gran artista pinta el cuadro como eso que es él: como un gran artista. Pinta una escena monstruosa, pero dominando la técnica pictórica a la perfección: la composición, el color, la luz, la expresión... todo. Es un cuadro buenísimo.

Goya, por su parte, hace esto:

No hay palabras. Solo hay que mirar. La cara, el pelo, las piernas (mirad la pierna derecha) del dios y el cuerpo ya medio comido de su hijo. ¿Qué es eso? ¿Qué especie de loco peligroso lo ha pintado? ¿Dónde ha dejado Goya lo poco que supo nunca de composición, proporción, equilibrio...? Eso sí que es monstruoso. Pura monstruosidad sin coherencia ni otra cualidad que no sea exclusivamente su propia monstruosidad no ya de tema, sino de técnica y de oficio. Esto es otra cosa, otra categoría, otra liga.

Y es en ese aspecto en el que también lo monstruoso hace avanzar al arte y al pensamiento humanos, y les da fuerza y combustible. Desde lo más hondo de nuestro subconsciente lo monstruoso nos llama y nos exige atención y respeto. Y nos promete enseñarnos cosas nunca vistas ni sentidas.

Fotograma de Freaks, de Tod Browning

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