lunes, 11 de marzo de 2013

Algo que yo no quiero ser

En este blog me explayo a menudo contra lo que considero excesos intolerables de la arquitectura de relumbrón, y la critico sin reservas (y creo que con razón).
El propio título de mi blog, ya lo he contado varias veces, se debe a la indignación que siento (o que sentía, en plena época de acrobacias circenses) ante la celebrada arquitectura vacua y tonta, que se retuerce sin motivo ni justificación, y ante la sonriente mirada de complicidad y de estulticia de la mayor parte de las revistas de arquitectura y de quienes deberían haber hecho alguna crítica justificada y ponderada, pero, en cambio, se limitaban a palmotear como las focas.
Con esta actitud me he granjeado amigos y seguidores, y un cierto prestigio de aguafiestas, de Doña Cuaresma y de "Ese Señor de Negro", tan triste como aburrido y, lo que es peor, peligroso.


No. Yo no soy así. O creo que no soy así. O no quiero ser así.
En la lucha ancestral de Don Carnal contra Doña Cuaresma el uno peca de chabacano, poco digno de confianza, perezoso, facilón y zafio, pero la otra peca de insoportable, castradora, frustrada, seca, envarada y estéril. Y yo no quiero ser ésa. Pero tampoco quiero ser aquél. ¿Entonces qué? ¿Es que no hay otra opción?
Me entusiasma la Ópera de Sydney. Creo que la arquitectura es espacio y es forma. Creo que la alegría que manifiesta una obra arquitectónica tiñe a una ciudad más allá del dinero que haya costado o de los problemas que haya ocasionado en su día. Y creo que merece la pena siempre. Pero siempre.



Uno de mis posts más celebrados, comentados y difundidos es el que dediqué hace poco a Zaha Hadid. Mejor dicho: a las Zahas Hadides. No quito ni una palabra, pero reconozco que si denuesto esa arquitectura porque la forma es caprichosa y no se rige por la función que tiene que resolver, ¿entonces por qué me gustan tanto las cáscaras de la Ópera de Sydney? Si me indigno con las formas caprichosas que ni el autor sabe cómo construir, ¿por qué me gusta tanto la Ópera de Sydney? Si me repugna que los costes de obra se disparen obscenamente, ¿por qué me gusta tanto la Ópera de Sydney? No lo sé. Mejor dicho: Sí lo sé, pero no lo puedo explicar.
¡Ah! ¡Acabáramos! ¿Y se supone que quiero tener una inclinación crítica cuando mi última palabra es "porque sí" o "lo experimento con fuerza pero no lo sé explicar"? No, no. Eso no vale.


Tampoco vale decir que la Ópera de Sydney es muy bella, mientras que lo de las hadides es muy feo. ¿No había quedado claro que el argumento ad venustam era caprichoso e inconsistente? ¿Entonces qué? ¿Entonces qué? ¿Eh, listo?

Antonio Miranda merece todos mis respetos. Es un crítico serio y profundo de la arquitectura. Con la mayor honradez establece primero un criterio, una estructura que le permita juzgar la arquitectura, y después lo utiliza para mostrarnos una lista de más de quinientos edificios del S. XX que salen airosos de ese severo juicio.
Naturalmente, si te construyes un tamiz, por más complejo y amplio que sea, y después quieres pasar por él los edificios puestos a examen, la Ópera de Sydney no va a pasar. (A Miranda no le pasa ningún edificio de Utzon). Y, por poner un ejemplo, de Michelucci pasa la Estación de Santa Maria Novella, pero no la iglesia de la Autopista del Sol. Por supuesto que de Le Corbusier pasan muchísimas obras suyas (y desde luego la Villa Saboya), pero no la iglesia de Ronchamp. En cuanto a Frank Lloyd Wright, ya sabemos todos a estas alturas que el Guggenheim no va a pasar, pero que no pase tampoco la Casa de la Cascada suena casi a provocación.
Pero provocación no hay ninguna. Miranda marca unas reglas (nada caprichosas ni inconsistentes; al contrario: muy coherentes y sólidas) y enumera una lista de edificios canónicos.


Respeto a Miranda, ya lo he dicho. Pero no me gusta. No es que no me guste él personalmente. Él (lo vuelvo a repetir) me parece un crítico muy válido y un profesor muy capaz. Pero si su método crítico no admite a Utzon es que algo en él (o tal vez mucho) falla y está mal.
Tengo unos principios éticos bastante sólidos, pero si esos principios me hicieran repudiar a mi madre los abandonaría sin dudarlo un instante. Y eso que son unos principios muy buenos.
Yo no quiero ser eso. No quiero ser un denostador profesional, un aguafiestas de obras valiosas pero un poco disparatadas (o mucho), y, sobre todo, de obras valiosas precisamente porque son disparatadas.
Tal vez no se pueda hacer una crítica en camino deductivo de ida, sino que, por el contrario, sintamos primero "el flechazo" y luego, en camino de vuelta, busquemos argumentos. El método deductivo no funciona. El inductivo tampoco. Hay demasiadas variables inconmensurables que no responden a análisis ni a fórmula. Tenemos que probar el método abductivo. (Ya hablaremos de él: Es necesario).
¿Entonces no puede haber crítica válida? Eso me gusta menos todavía. Si no me apetece ser la avinagrada Doña Cuaresma, tabulándolo todo, tampoco quiero ser un Don Carnal vivalavirgen. Puestos a ser incompletos casi que me quedo con Miranda.
(Pero antes de tomar una decisión drástica recurriremos a la abducción. No es que sea una panacea, pero es de lo poco que nos queda. Tal vez lo único. Ya lo veremos. Me tengo que armar de valor para explicarlo sencilla y limpiamente. Es muy fácil enredarse en la hojarasca y no aclarar nunca nada).

Por otra parte, hay una cosa muy interesante que ha dicho hoy mismo Santiago de Molina en su blog. Habla de que cada proyecto busca su propio método proyectual. Habla de la honradez interna de la obra, debida a la de su autor en el proceso de crearla. Habla del trabajo y de la capacidad de investigación y de caza del arquitecto, que busca intensamente y encuentra el tesoro. En ese sentido sí puedo defender éticamente a Utzon frente a las Hadides, porque aquél se encerró en su obra, se fundió en ella y se dejó literalmente la piel viendo cómo resolver los innumerables problemas que, por otra parte, sólo él se había buscado, mientras que éstas no pisan la obra nada más que para hacerse la foto glamurosa.
Pero eso, a la larga, tampoco sirve del todo. Se puede ser un trabajador muy honrado y hacer mala arquitectura. Eso por sí solo no sirve.
Utzon se presentó al concurso con una idea que no sabía cómo se podría hacer. Y lo ganó, y le tocó hacerla. Y la hizo con enorme esfuerzo y concentración, y lucha.


Los arquitectos locos: Utzon en Sydney, Wright en Nueva York, Le Corbusier en Ronchamp, demuestran que una idea enfebrecida, una cabeza obsesionada y una musculatura tensa y dispuesta pueden lograr el milagro ilógico, el disparate pasmoso.
Y, mientras tanta gente brillante hace cosas tremendas, yo, desde este humilde y estúpido blog, no quiero ser un amargado.

12 comentarios:

  1. La critica nunca será sinónimo de amargura.

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  2. Notre Dame du Haut se construyó en 1954. En 1959 se termina el Guggenheim mientras la Opera de Sidney estaba en construcción. Las Zahas Hadides llegan con 50 años de retraso, animadas aún por el efecto Bilbao. El hastío es comprensible.

    En el siglo XVII, la Contrarreforma Católica requería una arquitectura que atrajera de nuevo al fiel. La respuesta fue el barroco. Posiblemente en el futuro se seguirán requiriendo edificios con espectacularidad artificiosa. Solo pediría que se hicieran con verdadera originalidad e imaginación. No más Zahas Hadides.

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  3. Aún gustándome la Ópera de Sydney, y dando por hecho que Utzon tenía clarísimas las exigencias técnicas de sonoridad y demás necesidades constructivas, y por muy espectaculares que sean determinadas construcciones, no puedo evitar una cierta sensación de rechazo sobre todo aquello que sobrepasa unas dimensiones que yo considere razonables y acordes con la medida humana. Me parecería mucho más razonable que hubiera diez auditorios con la décima parte de volumen en diez ciudades con la décima parte de habitantes.

    El mismo rechazo me produce, por ejemplo, un avión para quinientos pasajeros, por muy admirable que sea la tecnología empleada y los ahorros de costes. Al final, todo gigantismo artificial me huele a especulación salvaje, cosa que me produce el mayor de los rechazos. Los gigantismos naturales no me producen rechazo, pero sí sensación de impotencia y de ansiedad, por inabarcables de forma natural. Prefiero los rinconcitos más a la medida de mis piernas y como mucho de mis brazos para trepar un poquito sin ayuda de herramientas ni elementos de seguridad y en un tiempo asequible que permita la repetición frecuente.

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  4. Estimado José Ramón,
    Las grandes Catedrales dieron paso en el dibujo de los perfiles de las ciudades a las grandes multinacionales, empresas privadas y algún edificio público cultural afortunado. Quizá la Ilustración debe ser de nuevo tomada en cuenta para reflexionar qué debe aportar el edificio a la ciudad y al hombre cuando hay un cambio de escala considerable. El caso que mencionas me "suena bien"; quiero que los ecos de los grandes conciertos conquisten la ciudad de Sydney,..., quiero creer eso.

    Gracias

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  5. Hola José Ramón:

    Con la lectura de tu entrada me viene el recuerdo de una frase escrita en la pared del despacho de un vicerrector de la UPC:
    "Que no entre el que no sea geómetra.
    Que no entre el que sea demasiado geómetra"

    En relación con Utzon, hay un magnífico y corto relato en el libro de Peter Rice "Un ingeniero imagina" (traducido al castellano) ed. CINTER. En el Cap 3 desribe de forma deliciosa sus andanzas en la Ópera de Sydney.

    Un saludo cordial

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  6. hola y magnifica entrada...
    Para encerrar la opera de Sydney dentro de una justificación de esas que tanto gustan a los críticos, los entendidos y todos aquellos que buscan sentido incluso a las cosas más pequeñas, estructuralista no estructuralista, racional, etc.. solo tienes que buscar su utilidad en aquello para lo que sirve, se utiliza o se pensó... en este caso ser símbolo ser icono, ser tarjeta de visita de una ciudad, un país y un momento cultural; esa la función subyacente a la forma que utilizo Utzon en la opera; ella misma es una mera escusa solo es un significante con sentido propio distinto del significado...

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  7. UF!
    José Ramón, el tema de la crítica (no sólo la arquitectónica) es complicado, pero no por sí misma, sino porque está rodeado de oscurantismos e ideologías. Lo cual es clara muestra de por qué es tan NECESARIA.
    Asociar a Antonio Miranda con la crítica arquitectónica es muy justo, porque ésta ha sido su caballo de batalla de siempre y es su legado. Ha sido profesor mío, le he escuchado muchas veces, he leído sus libros y hasta donde yo puedo saber, me parece una persona tremendamente honesta en lo que dice. Y, en estos tiempos, eso ya es muchísimo. Es un profesor de verdad, de los que enseñan, pero de los que enseñan cómo es el mundo, que es para lo que debiera servir la universidad. Ejemplo: en una sesión para otorgar sobresalientes a varios pfc, mientras otros catedráticos se dedicaron a hablar exclusivamente sobre asuntos más o menos arquitectónicos, Miranda dijo tres cosas. La primera, habló sobre el poema de Bertolt Brecht "refugio nocturno", para enseñar la diferencia entre la caridad y la justicia social; la segunda, habló de cómo la Guerra Civil española no fue más que el asesinato de miles de obreros a manos de cuatro familias de terratenientes que no querían perder sus privilegios; la tercera, dijo que el pfc que acababa de ser expuesto por su autor estaba muy bien resuelto, pero que fallaba en lo esencial, que era responder a si hacía falta tal proyecto en ese sitio (y no la hacía, palabra). Sólo por decir las dos primeras cosas en una universidad públlica, ya se merece mis respetos y mis ganas de escucharle. Con la tercera cosa, directamente superó el alcance de lo que habían dicho los catedráticos que le antecedieron. (por cierto, al final les dieron a tods un sobresaliente : )
    De todas formas, esto que digo no tiene como objetivo analizar la persona de Miranda, sino la cuestión de la crítica y su necesidad.
    Pues la crítica la necesitamos para no despilfarrar, y para desenmascarar las ideologías que ocultan la verdadera manera de funcionar del mundo. Miranda lo cuenta muy bien en sus libros, a pesar de ser repetitivo y machacón con ello, como él mismo dice.

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  8. Obviamente, no hay modos infalibles de crítica, ni procesos automáticos que sirvan para producir "buena arquitectura". Para nada. Lo que sí se puede es reducir el margen de errores, y eso implica el trabajo en equipo, el conocer lo que muchos entendidos en la materia señalan como buena arquitectura. Por ello, uno de los documentos más importantes y que más me enseñó de arquitectura ha sido el famoso cánon de obras maestras de Miranda (primero en su mítica versión autoeditada en forma de "Antologuía"), porque sirve para saber distinguir lo excelente de lo mediocre y de lo malo. Luego ya puede ir uno sólo guiándose por su criterio, pero primero hay que educarlo. Y no se sabe lo que es bueno de modo innato. Cómo sería el formarse como arquitecto teniendo la obra de Calatrava como modelo...¡hasta escalofríos me dan!
    La crítica es rigurosa, pero no por ello coacciona o corta alas. Eso que decía Paul Valéry en su Eupalinos es cierto: "la mayor libertad nace del mayor rigor". Alejandro de la Sota tiene una obra muy seria y muy rigurosa, y sin embargo está llena de alegría. Él mismo lo decía: "la emoción de la arquitectura hace sonrer, da risa. La vida no."
    Lo cierto es que sin bases éticas, se cae en el relativismo del "todo vale"; "todo es igual". De ahí se pasa a Auschwitz en un momento. Y no es broma. ¿Cómo se evita? Con criterio, con conocimiento, con la adopción de valores éticos. ¿Y cómo sabemos qué valores deben ser éstos? Mediante la crítica, como método científico que elimine lo falso, la mentira, el capricho, la ideología. Se pueden estudiar diversos modelos de crítica, pero la crítica es imprescindible.

    Respecto a por qué la Falling Water no es una obra maestra para Miranda, puedo decir lo que él mismo ha dicho (y expresa su deseo de que se haga un juicio crítico en profundidad de esa obra, junto a otras como el Museo Kimbell de Albert Khan). Para empezar, es una obra rodeada de mito: es una leyenda. Eso ya hace que entremos a juzgarla con la guardia baja, con sentimentalismos, a todos "nos gusta". Si la miramos con calma, en sus plantas, secciones y alzados (que es el método principal de crítica que propone Miranda), vemos que tiene inconsistencias graves. Por ejemplo, muros de carga apoyando en medio de la luz libre de forjados, peto de las terrazas que no llega a las rodillas (por eso se ven pocas fotos publicadas con gente en las mismas), etc. Es decir: no es que no haya elementos valiosos en esa obra (que los hay), pero tiene contradicciones internas que no la elevan a la categoría de obra maestra (lo cual tampoco es grave, pues F.LL. Wright ya tiene otras, como la casa Jacobs o la casa Wrikler, quizá menos espectaculares que la Falling Water, pero con menos contradicciones.

    Sobre la Ópera de Sydney, Miranda dice que el podio es una obra maestra, pero que que las cubiertas están llenas de falsedades. Y yo creo que así es (hasta Peter Rice reconoce los quebraderos de cabeza que originó, y la solución construída realmente tiene poco que ver con la idea original de Utzon, que eran láminas de hormigón muy tendidas, a mode de velas al viento). Otra cosa es que en ese sitio, con el objetivo del proyecto (que no era otro que lograr un icono turístico), pues Utzon lo borda, desde luego con una calidad impensable en los proyectos icónicos que se hacen hoy en día ( y así y tod, le echaron de la obra antes de acabarla y sólo recientemente hizo las paces con el gobierno Australiano, que le pidió disculpas).

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  9. Para terminar, decir que Miranda en su canon no incluye todas las obras valiosas, y que las que no estén no importan. Qué va. Muchas se quedan fuera, y él mismo lo admite. Tampoco es su pretensión meter todas, sólo algunas de las más valiosas, o mejor dicho, las más valiosas a su juicio y a al de muchos profesores. Luego ya puede ir el alumno con su criterio formado encontrando el resto. Además, yo no me lo tomo como una guía doctrinaria. Es una ayuda más, no las Tablas de la Ley. Luego uno por ahí hace lo que puede, y si en ese "lo que puede" se incluye el pasárselo bien al estilo sotiano, pues mejor que mejor.

    Gracias, de nuevo, por tu genial blog.

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    1. Muchísimas gracias a ti por tu exposición, muy lúcida y digna de reflexión.
      Un abrazo, anónimo amigo.

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  10. El Museo Kimbell es de Louis Khan, no de Albert Khan....
    Albert es el "Khan bueno" el de las fábricas de aviones y coches. ; )

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  11. Dos artículos recientes de Antonio Miranda:

    http://arkrit.dpa-etsam.com/blog/miseria-kitsch-en-la-arquitectura-universitaria/

    http://arkrit.dpa-etsam.com/blog/madrid-olimpico/

    Un par de extractos que muestran por qué es un profesor tan valioso:

    "En muchas aceras de Madrid, el panorama de las personas sin cobijo es casi continuo. Vayas por donde vayas la miseria aparece con evidencia (aún no se oculta ni se exporta) en la inmensa cantidad de pobres, tullidos, mendigos, vagabundos, gentes en fin, abandonada, desvalida, empobrecida, saqueada. Esos miles de seres humanos constituyen una pequeña muestra, una prueba de la realidad: Un 30% de la población en la miseria. La gran vergüenza nacional. A veces, a pocos metros -en paralelo y en la sombra- un club de pocos cientos de financieros mafiosos, saqueadores inmobiliarios y políticos corruptos aprovechan la criminal lenidad fiscal sobre grandes fortunas, para hacerse con buena parte de la riqueza colectiva, común, de todos. Constituyen la otra cara de la misma moneda respecto a la miseria: la miseria ética, estética y epistémica en un solo Horror. Los datos confirman otra forma de la misma Vergüenza Nacional: dos millones de niños y niñas en España –y en Madrid- viven por debajo del umbral de la pobreza. "

    "Pero el fiasco crítico (acrítico) puede no terminar ahí. También los Nobel deben cargar con su cuota de sangre y terror; porque, entre otros, los economistas F. Hayek y M. Friedman recibieron su Nobel de Economía. ¿Dos premios científicos? De nada sirvieron las protestas de la razón. Ambos economistas neoliberales (ultraliberales) además de cómplices e inspiradores de sangrientos golpes de Estado contra democracias progresistas, con sus premiados textos han sido una parte fundamental en la ideología que desencadenó la crisis mundial de 2008 que aún sigue extendiendo el dolor y el sufrimiento entre los pobres (la mayoría) de los habitantes de nuestro planeta común. Por el contrario, podríamos asegurar -con un mínimo margen de error- que si alguien recibe un premio de importancia internacional es porque jamás ha escrito una sola palabra para denunciar la abismal desigualdad de renta entre las personas del planeta. (Véase por ejemplo el Índice Gini)."

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