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miércoles, 17 de julio de 2019

Vida y obra

(Nota previa: Todo lo que sigue puede ser leído como una autojustificación muy mezquina del tipo "si no he hecho nunca un gran trabajo es porque soy buena persona y prefiero la vida a la obra, prefiero ser un hombre honrado y con muchos amigos que ser un monstruo déspota". Pues bien: Nada de eso. Eso es una imbecilidad y una justificación tan idiota como la de la zorra y las uvas. Para nada.
Pero leed vosotros mismos lo que sigue y opinad).


Primero estudiando la carrera y después ya ejerciendo la profesión, he conocido a algunos arquitectos excepcionales. Los que he tratado algo más de cerca me han impresionado mucho por su capacidad de organización, de mando, de control. Unos conseguían esa rara magia de hacerse obedecer y respetar siendo afables y otros eran tiránicos, pero todos ellos se tenían que enfrentar a una horda de enemigos para lograr que su obra saliera airosa. Demasiada gente le mete mano a las obras con demasiados intereses contrapuestos (costos, rapidez, chapuza...) sin que el arquitecto pueda hacer gran cosa. Los buenos sí lo consiguen, a veces quemando las naves, los amigos y a quien se ponga por delante.

Yo he aprendido que cuando una rejilla tiene todas sus lamas paralelas es un milagro, que cuando un pasamanos de madera engarza limpiamente con los anclajes metálicos es otro, y que cuando una ventana tiene sus jambas y su dintel bien perfilados ha bajado del Olimpo el mismo Júpiter Tonante para marcarse unos fandangos. En una obra hasta la cosa más tonta y más anodina es dificilísima de conseguir.

Si un arquitecto consigue todo esto es porque es capaz de vender a su madre por la satisfacción infinita de que todos los picaportes estén a la misma altura, y de arrancarle la piel a tiras con sus propias manos a quien tuerza 0º 0' 1" una hilada de ladrillo.

Si el arquitecto no es así se lo comen. La chapuza lo invade todo y la obra fracasa. Y si los clientes dicen durante la obra: "Hemos pensado que...", hay que embadurnarlos de brea y emplumarlos en el primer momento o acabarán contigo.
(Lo normal es que sea el arquitecto el embadurnado y emplumado desde el primer día).

Al final, en la magnífica obra se ha salvado el detalle de los vierteaguas: Un detalle en el que el arquitecto ha estado empeñado en cuerpo y alma durante todo el tiempo pero cuyo sublime y delicado éxito es inapreciable por cualquier otro ser vivo.
(Y, en definitiva, un detalle que va a permanecer limpio apenas unos meses, hasta que lo "arreglen" y "mejoren" los dueños).

El arquitecto (me refiero al buen arquitecto) es, por lo tanto, un ser insomne, reconcentrado, psicótico, con instintos homicidas si se le llega a contrariar, consagrado a su obra como un samurai, asesino, traidor, canalla, infiel a todos menos a su sacrosanta obra.

No hay más remedio que ser un cabrón. Interviene tanta gente que hay que ser un tirano para que se hagan las cosas como uno quiere.

Se parece a la dirección de cine: El director de cine, como el arquitecto, sabe lo que quiere y cómo lo quiere, pero no lo puede hacer él. Se lo tienen que hacer otros, y son muchos.


Al hilo de esto, me gustaría comentar dos ejemplos: uno de Orson Welles y otro de John Ford. (El primero admiraba al segundo. El segundo no admiraba a nadie).

En una entrevista le preguntan a Welles si alguna vez contrató a algún amigo en vez de a la persona adecuada para un papel.
-¡Frecuentemente! -contesta en el acto, casi sin darle tiempo al entrevistador a terminar su pregunta.
-¿Lo lamentó?
-¡Frecuentemente!
-¿Volvería a hacerlo?
-¡Sí!


¿Por qué? Pues porque, según Welles, el arte no es lo más importante, y él valora mucho más la lealtad, la amistad, la vida.

lunes, 6 de septiembre de 2010

¿Se puede ser moderno?

Borges decía que él era moderno porque no podía ser otra cosa. Ciertamente, en su situación, en su ambiente, en su momento, no tenía más remedio que ser moderno.
Por eso mismo, nosotros somos post-modernos.
Hace décadas que el arte moderno terminó de decir lo que tenía que decir, y nació su manierismo, en el que aún estamos.
Lo primero que se me ocurre pensar es que el arte, según definición clásica, imitaba a la naturaleza. Después estudió la naturaleza, sobre todo la naturaleza abstracta de las cosas y del mundo, e intentó descubrir pautas de generación de un universo. O sea, volvió a imitar a la naturaleza, pero no en sus ejemplos externos y anecdóticos, sino en sus leyes.
Y ahora el arte ha dejado de imitar tanto las formas externas de la naturaleza como su orden íntimo, e imita al propio arte. O sea, es un simulacro de un simulacro.

jueves, 26 de agosto de 2010

El hombre que no mató a Liberty Valance

(Nota previa nº1: Escribo los post en word, y estoy harto de sus correcciones automáticas y estúpidas. No es mi culpa que este programa presuntuoso y chulesco no tenga ni idea de cine ni de nada, y que sólo conozca balances contables, pero el Valance de Liberty Valance es con uve. ¡Con uve! Me lo cambia sin pedirme permiso y tengo que ir luego yo por detrás, a escondidas, volviéndolo a cambiar sin que se entere. Y las veces que se me pasa algo por alto, ¿qué? Estoy harto).
(Nota previa nº 2: No me gusta destripar las películas. Ni siquiera Psicosis –alguien habrá que aún no la haya visto todavía-. Ésta la voy a contar muy por encima, pero si no la habéis visto preferiría que no leyerais lo que sigue. Id corriendo a verla, en vez de perder el tiempo aquí).

El Hombre que Mató a Liberty Valance es una de mis diez películas favoritas, y también de mis cinco, y también de mis tres. Pero como las otras dos cambian según el momento y el estado de ánimo, y ésta permanece siempre en mi Olimpo particular, creo que puedo afirmar que es mi película favorita. La he visto más de cinco veces y menos de cincuenta, y siempre encuentro algún detalle nuevo, o, lo que es mucho mejor, me emociono confirmando los que ya me sé de memoria. Los comento siempre con mi amigo Emilio (ya hablé de él), y nos emocionamos los dos.

Tantas cosas, tantos años, tanta tiernísima desolación, tanto amoroso desamparo, no se pueden resumir en un folio, así que elijo un solo asunto.

La película es de 1962, y es de la última época de Ford. John Ford realizó los westerns más memorables, cantando la fuerza y celebrando la tosquedad de los pioneros. John Ford nos hizo reír con las meras borracheras burras de gente como Victor McLaglen (qué tío), y luego nos hacía llorar con uno de estos tipos llevando un manojo de flores secas a la tumba de su esposa, y hablando con ella de las trivialidades del día. Dos recursos muy facilones: la risa tonta causada por una pelea de borrachos y la lagrimita fácil por un contraluz y una música de fondo. Pero, amigos, eso es el cine; y Ford lo sabía controlar con mano admirable.
Y, de repente, esta película nostálgica y dulce: Los buenos tiempos se terminan, y están naciendo otros que a John Ford no le gustan, pero sabe que son más justos, y hace una película que lo muestra.