A Agustín Ferrer Casas, que otra vez que le metí prisas no solo conseguí que terminara un cómic insigne, sino que incluso me mencionara en los agradecimientos. A ver si con esto le vuelvo a animar.
En el reportaje de El País dicen 4.200.000 €. En este
anuncio pone 3.950.000 €. (No sé si es que ya lo han rebajado).
La primera es que la casa "está en precio". Tan grande, con una parcela también enorme y en una urbanización de lujo, se está pidiendo por ella lo que vale el metro cuadrado en esa zona, sin ningún plus por ser una obra de arte (aunque en el anuncio inmobiliario presumen de ello con legítimo orgullo).
Pero es que el hecho de ser oficialmente una obra de arte no solo no hace que el precio suba, sino que la perjudica notablemente y los vendedores quisieran quitarle esa etiqueta para que los posibles compradores se animaran. Porque ¿quién quiere una obra de arte? Colgada en una pared está muy bien, y de adorno en un jardín también, pero para vivir en ella es una tortura.
No voy a haceros aquí un resumen de lo que hablamos, pero sí que lo voy a usar como base para lo que hoy quiero contar.
En la introducción, Alberto Ruiz puso un pasmoso ejemplo de la jerga que usan ciertos arquitectos (muchos, por desgracia demasiados) para hablar de sus cosas. Consistía en unas páginas de una revista de arquitectura en las que aparecía un muy buen edificio: limpio, elegante, inteligente, bien resuelto... pero con unos textos infumables, incomprensibles, estúpidos y muy groseros de los mismos arquitectos, que con esa faramalla de absurdeces pretendían explicarlo.
Hay arquitectos muy buenos, que en sus proyectos hacen alarde de tacto, potencia, talento y claridad, pero que cuando los explican lo llenan todo de farfolla, chorradas y frontoncitos. No comprendo por qué no escriben como proyectan. No entiendo que tengan dos personalidades tan diferentes. ¿En sus edificios ponen canecillos falsos, pilastras de mentira, arcos de cartón-piedra? No. ¿Entonces por qué todo su discurso está lleno de ridiculeces similares?
Siempre he creído que cuando se escribe así es porque no se tienen las ideas claras. También dijimos en aquella mesa de debate (y todos estuvimos de acuerdo) que hay una idea preestablecida de que es necesario escribir así para hacerse respetar o admitir en el círculo selecto.
En definitiva, todos los presentes propugnamos la sencillez y la claridad en la comunicación. (De hecho a mí me invitaron por cómo escribo en este blog, siempre intentando que se me entienda, en vez de querer epatar con palabrerío aparentemente culto, pero lamentable. Y sí: volvió a salir mi tabla, y no la saqué yo. En cuanto a mis ilustres compañeros, estaban allí porque siempre han dado muestras de que se explican divinamente y son grandes comunicadores y divulgadores de la arquitectura, y porque el rigor no solo no está reñido con el aburrimiento, sino que es todo lo contrario)(1).
Lo que sigue, aunque se inspira en lo que hablamos allí, son opiniones mías, y, aunque seguramente mis compañeros compartan más de una, no quiero embarcarlos ni hacerlos solidarios.
Para empezar, yo diría que cuando uno no es un brillante artista del lenguaje más le vale ser sencillo y escribir como Baroja. Pero hay algunos elegidos que tienen unas fantásticas cualidades y son exuberantes, y deben serlo, como Valle Inclán.
(Nota previa: Todo lo que sigue puede ser leído como una autojustificación muy mezquina del tipo "si no he hecho nunca un gran trabajo es porque soy buena persona y prefiero la vida a la obra, prefiero ser un hombre honrado y con muchos amigos que ser un monstruo déspota". Pues bien: Nada de eso. Eso es una imbecilidad y una justificación tan idiota como la de la zorra y las uvas. Para nada.
Pero leed vosotros mismos lo que sigue y opinad).
Primero estudiando la carrera y después ya ejerciendo la profesión, he conocido a algunos arquitectos excepcionales. Los que he tratado algo más de cerca me han impresionado mucho por su capacidad de organización, de mando, de control. Unos conseguían esa rara magia de hacerse obedecer y respetar siendo afables y otros eran tiránicos, pero todos ellos se tenían que enfrentar a una horda de enemigos para lograr que su obra saliera airosa. Demasiada gente le mete mano a las obras con demasiados intereses contrapuestos (costos, rapidez, chapuza...) sin que el arquitecto pueda hacer gran cosa. Los buenos sí lo consiguen, a veces quemando las naves, los amigos y a quien se ponga por delante.
Yo he aprendido que cuando una rejilla tiene todas sus lamas paralelas es un milagro, que cuando un pasamanos de madera engarza limpiamente con los anclajes metálicos es otro, y que cuando una ventana tiene sus jambas y su dintel bien perfilados ha bajado del Olimpo el mismo Júpiter Tonante para marcarse unos fandangos. En una obra hasta la cosa más tonta y más anodina es dificilísima de conseguir.
Si un arquitecto consigue todo esto es porque es capaz de vender a su madre por la satisfacción infinita de que todos los picaportes estén a la misma altura, y de arrancarle la piel a tiras con sus propias manos a quien tuerza 0º 0' 1" una hilada de ladrillo.
Si el arquitecto no es así se lo comen. La chapuza lo invade todo y la obra fracasa. Y si los clientes dicen durante la obra: "Hemos pensado que...", hay que embadurnarlos de brea y emplumarlos en el primer momento o acabarán contigo.
(Lo normal es que sea el arquitecto el embadurnado y emplumado desde el primer día).
Al final, en la magnífica obra se ha salvado el detalle de los vierteaguas: Un detalle en el que el arquitecto ha estado empeñado en cuerpo y alma durante todo el tiempo pero cuyo sublime y delicado éxito es inapreciable por cualquier otro ser vivo.
(Y, en definitiva, un detalle que va a permanecer limpio apenas unos meses, hasta que lo "arreglen" y "mejoren" los dueños).
El arquitecto (me refiero al buen arquitecto) es, por lo tanto, un ser insomne, reconcentrado, psicótico, con instintos homicidas si se le llega a contrariar, consagrado a su obra como un samurai, asesino, traidor, canalla, infiel a todos menos a su sacrosanta obra.
No hay más remedio que ser un cabrón. Interviene tanta gente que hay que ser un tirano para que se hagan las cosas como uno quiere.
Se parece a la dirección de cine: El director de cine, como el arquitecto, sabe lo que quiere y cómo lo quiere, pero no lo puede hacer él. Se lo tienen que hacer otros, y son muchos.
Al hilo de esto, me gustaría comentar dos ejemplos: uno de Orson Welles y otro de John Ford. (El primero admiraba al segundo. El segundo no admiraba a nadie).
En una entrevista le preguntan a Welles si alguna vez contrató a algún amigo en vez de a la persona adecuada para un papel.
-¡Frecuentemente! -contesta en el acto, casi sin darle tiempo al entrevistador a terminar su pregunta.
-¿Lo lamentó?
-¡Frecuentemente!
-¿Volvería a hacerlo?
-¡Sí!
¿Por qué? Pues porque, según Welles, el arte no es lo más importante, y él valora mucho más la lealtad, la amistad, la vida.
Conocí a Ferrer Casas por Cazador de Sonrisas, un cómic inquietante y a la vez luminoso sobre un dentista psicópata. Me gustó mucho y se lo regalé a mi amigo Francis, colega del protagonista, para que lo pusiera en su sala de espera. (No pude resistirme a proponérselo, pero supongo que por sensatez y por una mínima prudencia profesional no lo habrá hecho).
A partir de entonces Agustín y yo nos hicimos "amigos virtuales" en las redes sociales. Es curioso el grado de amistad y de entendimiento que puede lograr la gente en el mundo electrónico sin haberse visto las caras ni estrechado las manos.
Y me enteré de que estaba preparando un cómic sobre Mies van der Rohe. De vez en cuando, con morosa delectación, mostraba algunos dibujos y a unos cuantos arquitectos tuiteros nos tenía en vilo:
-¿Para cuándo estará?
-Para la primavera de 2019.
-¿2019? Uff. Vaya una espera larga.
(Para colmo, mientras tanto publicó Arde Cuba, que está muy bien, es muy divertido y trepidante, sí, y todo lo que queráis, pero a mí me sentó fatal porque yo quería MIES ya, y no soportaba que nada le distrajera de ello).
¿Cómo se puede tardar tanto tiempo en hacer un cómic? Pues porque Agustín Ferrer Casas trabaja con una meticulosidad apabullante (y, para alguien tan ansioso como yo, desesperante).
Cada página es una acuarela: Un dibujo minuciosísimo y un colorido no menos exquisito.