los peores estilistas se hacen llamar esthéticiennes,
el peor arquitecto permite que se le llame artista o
genio estilizador de la estética.
Antonio Miranda(1)
-PERIODISTA: ¿Y qué piensa usted como artista de cine?
-ACTRIZ: He trabajado en algunas películas pornográficas,
sí, pero, por favor, eso no le autoriza a usted para llamarme
artista.
El romanticismo, el modernismo, el arte (entendido siempre como un motivo de gozo burgués), el postmoderno, los estilos... toda esa basura ha contaminado siempre y sigue contaminando lo mejor del progreso y de la creación humana. El kitsch tiene los dedos larguísimos y, con el embeleco de lo bonito, de lo pintoresco y de lo bello, destruye toda aspiración humana a la verdad, a la razón y a la ética.
La verdadera arquitectura, como todo lo verdadero, es un compromiso ético, racional, económico, objetivo hacia el bien. Y cuando, a la vista de un edificio, decimos: "¡qué bello!", "¡qué bonito!, "¡cómo mola!", a menudo es porque hemos bajado la guardia (nadie es perfecto, y no se puede estar siempre con el banderín de la ética enhiesto) y hemos sucumbido a las más bajas pasiones: una curva, un jeribeque, una graciosa patosidad. Pero si lo pensamos un poco no tiene ninguna gracia.
Una buena casa es esa en la que por la mañana te levantas de la cama y te gusta la luz que entra. Y te sientas en el borde de la cama, te pones las zapatillas, vas al baño y todo te conoce. Y haces café.
Por supuesto, una buena casa es esa en la que vives con buena gente, con gente cariñosa y querida. Y la casa lo sabe.
En una buena casa, por supuesto, los postigos ajustan, los suelos no hacen cejas y el grifo no vibra. Eso es obvio. En una buena casa la puerta del baño va bien, y el cerrojo encaja, aunque, la verdad, no hace falta, porque nunca echas el cerrojo en el baño.
Una buena casa tiene tus libros perfectamente desordenados, los juguetes de los niños tirados de cualquier manera, pero, por lo que sea, te gusta cómo han quedado.
En una buena casa se tiende la ropa en un espacio soleado y colorido, y el olor a limpio se expande por el patio. (En una buena casa se plancha lo menos posible, pero cuando no hay más remedio que hacerlo hay un rincón tranquilo en el que hasta puedes dejar un vasito de vino o un café en un poyetito ad hoc). (Por supuesto, una buena casa tiene siempre baldas y poyetitos ad hoc).
En una buena casa te apetece cantar (horrorosamente) y silbar; no necesariamente en la ducha. Y, por supuesto, tienes un sitio fantástico para leer, que puede ser bajo el tiro de escalera, casi retorcido, o sentado de media anqueta en un sillón de la sala. Y también lees en cualquier otro sitio que no sea fantástico.
En una buena casa por la mañana temprano das los buenos días a quienes conviven contigo, y les preguntas qué esperan de la jornada que empieza, y por la tarde les preguntas qué tal les ha ido. Y te cruzas con ellos en pijama o en pantalón corto y desnudo de cintura para arriba. Hay confianza. A veces demasiada confianza.
A una buena casa la madrugada del seis de enero vienen los Reyes Magos.
En una buena casa se habla mucho. Todos se cuentan muchas cosas, y a veces hay alguien viendo una película y dice: "¡Callaos un poquito, que no me entero!"
En una buena casa cada uno tiene sitio para hacer lo que quiere hacer, e incluso lo que tiene que hacer. No tiene por qué ser un sitio muy grande, pero lo hay, y uno se siente muy bien ubicado.
Una buena casa recibe visitas. Vienen los amigos de los niños y se quedan a merendar. Vienen las tías abuelas con pasteles y se hace café, y el aroma llena todo el espacio.
En una buena casa si estás enfermo puedes descansar, y te sientes más aliviado. Y si estás pletórico puedes dar saltos o lo que más vaya con tu personalidad.
Ah, ¡y cómo se come en una buena casa!
Una buena casa era la de mis abuelos y las de mis tíos. Y juntarnos muchos, poner un tablero sobre borriquetas en el patio y unas tortillas, una paella, pan, un cazo de pisto.
Podría seguir contando episodios de la vida porque una buena casa es una buena vida y una buena gente, y ocurre de todo en una buena casa.
Y la misión sagrada de la arquitectura es entender eso y darle cauce(2). Y no andarse con esas mierdas del arte, que no hacen más que desviar la atención para donde no es.


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