sábado, 9 de abril de 2016

Un arquitecto en el diván (I)

A Javier Molowny, por la idea y por la
interpretación de la primera lámina.

Jesús Federico Momparnás Gómez de Borrelia, arquitecto municipal de Gerindote (Toledo), llevaba semanas inquieto. No sabía qué le pasaba. No comía bien, apenas dormía, estaba triste y no podía trabajar, ni leer, ni hacer nada.
Pensó en el estrés, en un trastorno de ansiedad, incluso en una incipiente depresión. Al principio creyó que se le pasaría por sí solo, que sería capaz de superarlo con un poco de voluntad. Pero cada vez estaba peor.
Finalmente se decidió (cuánto le costaba) a acudir a la consulta de Afrodisio Pernambuco-Ligero Sáenz de Soslayo, un psicólogo clínico y psicoanalista de quien le había hablado muy bien su cuñado Manolín (no el cuñado del arquitecto, sino el del psicoanalista).
Afrodisio le escuchó atentamente en las cuatro primeras citas. Le preguntaba con inteligencia y le dejaba que se explayase. Cada vez, al salir de la consulta Jesús Federico se encontraba mejor, pero esa sensación duraba pocas horas y en seguida volvía la negrura.
En la quinta consulta Afrodisio le propuso a Jesús Federico que se sometiera al test de Rorschach. En principio parecía un poco fuerte; era como matar moscas a cañonazos. Se solía emplear para diagnosticar trastornos de la personalidad, pero el psicoanalista estimó que tal vez arrojara luz sobre el problema.
Le explicó lo que tenía que hacer: estar tranquilo y decir qué le sugería cada imagen que le iba a mostrar. Tenía que hablar con toda libertad, sin vergüenza ni freno; lo que se le viniera a la mente.
Al arquitecto le gustaba ese tipo de cosas. No era tímido, y le distraía jugar y experimentar. Había oído hablar del test, pero no lo había hecho nunca. Ni siquiera había mirado atentamente hasta entonces las famosas diez imágenes. Si acaso, de refilón y de pasada, siempre había pensado que las manchas parecían mariposas.
-¿Estás preparado?
-Sí. Adelante.
Afrodisio le pasó la primera tarjeta:


-¿Qué ves ahí? ¿Qué te parece que representa?
-Hmmm... Veamos... ¡Ondiá! ¡Las vetas del ónice del Pabellón de Barcelona de Mies van der Rohe!
El psicólogo no sabía qué era el pabellón ni quién era Mies. El arquitecto se lo explicó brevemente, e incluso le señaló cómo las formas de las manchas equivalían a las de las placas de ónice del muro central.

-Muy bien. Pues vamos con la segunda:


-Esta ya me cuesta más. Veamos... El vacío central es la propuesta de Le Corbusier para el concurso del Palacio de los Soviets. El caso es que lo puedo ver en planta, pero también en sección. Es curioso.
Y se extendió en detalles sobre el gran arco, las rampas y las pasarelas.

-A ver. La tercera:


-Cada vez son más difíciles. A ver... No veo nada. Nada. Ah, bueno: La sección del estadio grande de Tokio, de Kenzo Tange.
Y, como antes, contento por haberlo visto, se lo explicó a Afrodisio; esta vez juntando las manos, cruzando los dedos y abriéndolos. Vamos: muy satisfecho.

viernes, 1 de abril de 2016

Zaha Hadid: Necrotectónica

Dedicado a mi amigo Fredy Ovando Grajales,
arquitecto y profesor en Chiapas (México).

Ayer nos ha sorprendido y consternado a todos la noticia de la muerte de Zaha Hadid.
Era aún joven, 65 años, y no padecía ninguna enfermedad preocupante. Apenas una bronquitis (era propensa: tenía una tos crónica muy característica) que se estaba tratando en Miami y que desencadenó un inesperado ataque cardíaco.
Hace tiempo escribí en este blog sobre el "efecto estrella" de las "Zahas Hadides", y en ese texto comentaba que todos estos arquitectos eran ya corporaciones, entes abstractos e impersonales, aunque en su origen hubieran sido jóvenes brillantes. Lamentaba, pues, que su personalidad se hubiera opacado tras el estrellato y se hubiera atrincherado tras una empresa, una marca, una máquina.
Pero la inapelable muerte nos pone frente a la persona, y volvemos a ver a la Zaha Hadid que un día fue.

La primera noticia que tuve de Zaha Hadid fue sólo unos pocos días después de que la tuviera Juan Daniel Fullaondo, que a su vez la tuvo unos pocos después que Antonio Fernández Alba. Este último había descubierto unos fantásticos dibujos de aquella desconocida en una revista en Londres, se la trajo para Madrid y se la enseñó a su amigo Juan Daniel.




Los dos estaban entusiasmados, impactados. Fullaondo nos habló de esa mujer con pasión, con fascinación.
De alguna manera podría recordar a una cierta visión post-moderna del constructivismo, y esos dibujos ideales podrían emparentar con los de Yakov Chernikhov. (Esto lo digo yo; él no lo dijo. Pero quiero suponer que habría estado de acuerdo). 
Los dibujos eran algo más que meras ilustraciones. Parecían expresar una gran sabiduría arquitectónica muy polémica y combativa. Eran el manifiesto de quien no puede construir pero tiene mucho que decir (y también mucho que construir a la primera oportunidad que tenga). Exactamente igual que todos aquellos brillantes y desgraciados arquitectos soviéticos.
También eran dibujos que ponían de manifiesto toda la confusión post-moderna de aquella época, toda la ambigüedad ideológica y todo el talento y la potencia de proponer estructuras delicuescentes y tramas superpuestas, contradictorias y dotadas de "profundidad teórica", "complejidad semiótica" o como lo queráis decir.
Esto fue más o menos hacia la mitad de la década de los 1980s. Muy pronto (desde luego mucho más que los rusos) Zaha Hadid construyó: Hizo su estación de bomberos de Vitra en 1993 y... Bueno, no era lo mismo. No tenía la misma tensión. Pero, claro, es que eso era muy difícil. Había que confiar en que siguiera construyendo. A ver qué tal evolucionaba.
Pues mal. Evolucionó mal. Es cierto que mantener esas expectativas con su obra construida era imposible. ¿Qué habría pasado si Chernikov hubiera construido? ¿Qué habría sabido construir el mismo Leonidov? Nadie lo sabe, pero podríamos temer decepciones parecidas.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Ofú; claro que la noto

Estos días he visto este pasquín en Facebook:


Me pregunta si noto la diferencia. Ofú; claro que la noto.

Veo un intento muy torpe de defender la profesión de arquitecto respecto a la de ingeniero, y lo hace -como de costumbre- exponiendo lo peor de nosotros.
Yo también defiendo (aquí lo hice por extenso) la competencia de los arquitectos para diseñar casas, y me opongo a los intrusismos y demás confusiones y zancadillas, aunque creo (ya lo dije) que nuestro problema no son los ingenieros.
Pero sí, naturalmente: Creo que un arquitecto es quien debe diseñar una casa, como creo que un médico es quien debe curar enfermedades. Me parece obvio.
Pero es que precisamente el ejemplo de marras muestra lo peor de nosotros.
La casa que (supuestamente) ha proyectado ese ingeniero es un poco tristona y anodina, pero no está mal. La planta muestra unas piezas rectangulares aceptablemente bien distribuidas. Se accede al salón desde un porche, con una piscina enfrente. Puede ser un sitio agradable. La cocina queda a mano del salón, y tiene una salida accesoria a un tendedero-lavadero. Me parece bien. Un pasillo da al dormitorio y, al fondo, al baño, que tienen suficiente intimidad e independencia para ser una casa tan pequeña. Pues no está nada mal.
En todo caso, la forma en que están colocadas las ventanas da una cierta sensación de pobreza o de torpeza. Es demasiado inmediato, y se le podría dar una vueltecilla. O dos. Pero en principio puede valer.

Sin embargo, la otra casa es una vergüenza. A mí me da un poco de vergüenza ajena, y me ofende que se exponga como muestra de "lo que sabemos hacer los arquitectos".
Para empezar, hace trampas. Ingeniero y arquitecto no juegan con las mismas reglas. El dibujo del arquitecto es en colores, y tiene vegetación y otros complementos. No vale comparar dos cosas en desigualdad de condiciones, haciendo una trampa tan evidente y zafia.
En cuanto al diseño de la casa de colores... Ofú. No sé por dónde empezar.
La cocina tiene una forma muy poco práctica, que además deja al salón sin posibilidad de nada. ¿Cómo usar ese salón? Lo veo difícil, y muy molesto. Para colmo le casca una puerta de acceso aún más torpe que la del ingeniero. El dormitorio tiene una pared oblicua, absurda, y el armario queda en el quinto infierno. En una casa tan pequeña se consigue que todo esté lejísimos y nada quede a mano de nada.
¿Y qué es ese círculo entre el dormitorio y el armario? ¿Una piscina-barreño? ¿Cuánto puede tener de diámetro?, ¿un metro veinte? ¿Es un bidé exterior? "Es un jacuzzi", me dice Fray Vicente Jesús de Albadearriba Nomeolvides Tressabores.
-¿Un jacuzzi? ¡Qué me dice usted, Fray Vicen! ¿De uno veinte?
(Ah, sí, vale, que el dibujo del arquitecto también hace trampas con la escala).
-Un jacuzzi íntimo, en una zona semiexterior, para que se bañe la feliz pareja en la intimidad.
-¿Y la piscina?
-Esa es más para toda la familia.
-¿Qué familia, si es una casa de un solo dormitorio?
-¿Y las visitas? Es que eres un borde y un aguafiestas, Joserramoncito.
-Vale, pues apúnteme un jacuzzi... una terraza redonda para el dormitorio... un templete de planta cuadrada en la esquina de la piscina... ¿Es un templete, o sólo es pavimento?

Vamos, que la mierda de casa del arquitecto cuesta el triple o el cuádruple que la del ingeniero y además ha sido cuidadosamente pensada para amargarles la vida a quienes vivan ahí.

jueves, 24 de marzo de 2016

Talento

El talento es la cosa más injusta que hay.
Esto se entiende claramente en la película Amadeus (1984). Allí vemos a Antonio Salieri, gran músico, cuidadoso, estudioso, aplicado, trabajador... apabullado y apisonado por Mozart, inmaduro, frívolo, juerguista... pero un genio.
Sí, ya sé que la película (y la obra de teatro en que se basa) no es excesivamente fidedigna a la realidad histórica: Ni Mozart era tan así ni Salieri tan asao. Pero me vale para ejemplificar lo que digo, que en la película se expone con elocuencia y de una manera muy nítida y gráfica.


¿De qué sirve el trabajo serio, el estudio, la dedicación diligente, si no nos brilla la lamparita, la puñetera e injusta luciérnaga del don? ¿De qué sirve esforzarse tanto, amar tanto lo que hacemos, sufrirlo tanto, si jamás vamos a ser capaces de crear algo perdurable?
¡Ah, qué tremenda injusticia la de los dioses, que nos han dado el ansia, la vocación, las ganas, pero no el talento!

En la escuela de arquitectura coincidí con brillantes alumnos, algunos de los cuales son hoy arquitectos consagrados. Recuerdo que en las correcciones de croquis yo iba con los míos, tan trabajados, tan medidos, tan pensados, tan insulsos y apretujados, con las piezas del programa metidas como con calzador, encajadas con un esfuerzo ímprobo. Y cuando veía los suyos... Tenía la vaga sensación de que habían hecho trampa: Todo tan limpio, tan luminoso, tan sencillo... Era como si estos compañeros brillantes estuvieran recién duchados y yo sucio. Veía sus croquis admirables y pensaba indignado: "Ah, claro, es que hace la entrada por el centro y desde ahí distribuye", o "así cualquiera, con esa doble altura", o "un esquema lineal, ¿no te digo?". Nada de eso me había estado prohibido a mí. Era tan sólo que yo no había tenido la limpieza de ideas, la claridad, la determinación natural, la facilidad... el talento.
Me había peleado con el programa, había estudiado a los maestros, había emborronado muchos croquis, había hecho organigramas con el funcionamiento y relación de las distintas piezas... y veía ahora esos dibujos de mis compañeros claros como un teorema, mientras que los míos eran como una zapatilla vieja.

lunes, 21 de marzo de 2016

La vaca

Hoy es el Día Mundial de la Poesía, y para celebrarlo Arturo González-Campos ha publicado en Facebook una especie de poesía involuntaria fascinante escrita por un niño, que me ha dejado tan estupefacto y tan entusiasmado que dejo lo que estoy haciendo para copiarla aquí.
Arturo dice: "Una de mis poesías preferidas la escribió un niño que no sabía que lo estaba haciendo. #DiaMundialDeLaPoesia"

Y pone a modo de imagen un texto impreso.

(Me he enterado de todo esto gracias a que mi generoso y siempre inteligente amigo Miguel Morea lo ha compartido en su muro. Muchas gracias, Miguel: Me has alegrado el día).

El texto impreso tiene esta introducción: "Ejercicio de redacción escrito por un niño y que se conserva en el Museo Pedagógico de París. El tema propuesto era describir un mamífero o un ave".

Vamos allá:


¿QUÉ ES UNA VACA?

El pájaro del que voy a hablar es el búho.
El búho no ve de día y de noche es más ciego que un topo.
No sé gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca.

La vaca es un mamífero.
Tiene seis lados: el de la derecha, el de la izquierda, el de arriba, el de abajo.
El de la parte de atrás tiene un rabo, del que cuelga una brocha.
Con esta brocha se espantan las moscas, para que no caigan en la leche.

La cabeza sirve para que le salgan los cuernos,
y además, porque la boca tiene que estar en alguna parte.
Los cuernos son para combatir con ellos.

Por la parte de abajo tiene la leche.
Está equipada para que se la pueda ordeñar.
Cuando se la ordeña, la leche viene y ya no para nunca.
¿Cómo se las arregla la vaca?
Nunca he podido comprenderlo, pero cada vez sale con más abundancia.

El marido de la vaca es el buey.
El buey no es mamífero.
La vaca no come mucho, pero lo que come lo come dos veces,
así que ya tiene bastante.

Cuando tiene hambre muge,
y cuando no dice nada, es que ya está llena de hierba por dentro.
Las patas le llegan hasta el suelo.

Las vacas tienen un olfato muy desarrollado,
por lo que se la puede oler desde muy lejos.
Por eso es por lo que el aire del campo es tan puro.

(Al pie del texto pone: "Cortesía de Marc Peguera")

sábado, 12 de marzo de 2016

Agradecidoooo, y emocionadoooo...

Agnieszka Stepien y Lorenzo Barnó me han entrevistado en su gran blog.


Como podéis suponer, me encanta.
En las redes sociales tanto ellos como yo hemos difundido mucho la entrevista. Y a su vez muchos amigos se han hecho eco, me han dedicado muy amables palabras y también la han difundido.
Pero como sé que muchos de vosotros seguís este blog pero no estáis en las redes (y hacéis muy bien, qué narices) os pongo abajo el enlace por si os apetece leerla.

Muchas gracias a Lorenzo y a Agnieszka por su atención, y por dedicarme espacio en su solicitadísimo y seguidísimo blog. Han sido muy buenos anfitriones.
Muchas gracias también a todos los que han leído la entrevista y me han felicitado y la han difundido.
Y muchas gracias a todos vosotros. Espero que os guste.

Podéis leerla clicando aquí.

martes, 8 de marzo de 2016

El desierto de Buzzati

Después de haber ido comprando y leyendo durante los años de mi juventud casi todos los libros de Borges que iba sacando Alianza Editorial en su colección de bolsillo, Emecé empezó a publicar los tochos de las obras completas. Los fui comprando también, a pesar de que ya los tenía casi todos en suelto. Qué sé yo: El placer de tener los volúmenes compactos y tochacos, más el prurito de la completitud, de poseer hasta los libros más recónditos y minoritarios (que no menores).
Aunque tengo muchos repetidos me alegro de lo que hice. Y, sobre todo, celebro el tomo IV, que fue una novedad absoluta para mí, y cuyos componentes no habría leído nunca si no hubiera sido por ese afán coleccionista y maniático.
Era una colección de artículos cortos, reseñas, prólogos para otros libros y alguna conferencia.
Y, de entre todos ellos, y entre las varias referencias a muchos libros desconocidos para mí, había un elogiosísimo prólogo de El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati.


Era sólo media página (Borges era lacónico), y apenas contaba algo; pero qué bien lo insinuaba y cuántas ganas daban de leer ese libro.
Al menos a mí sí me dieron muchas ganas. Me fui a la biblioteca y lo saqué. Y lo devoré.
Me entusiasmó, ¿pero por qué?
Jamás había oído hablar de Dino Buzzati, y con esa novela me había quedado conmocionado. Busqué más obras suyas, pero había poco más: un libro de cuentos también en Alianza Editorial ("Los siete mensajeros y otros relatos") y, muchos años después y en una librería de viejo, un gran tomo de cuentos, con las páginas ya amarillas y quebradizas. Y nada más. Dino Buzzati, definitivamente, ha pasado de moda.
Y, sin embargo, El desierto de los tártaros es inmortal y eterno.
¿Por qué es tan grandísima esta novela? Porque no cuenta nada. No pasa nada.
Bueno, no es por eso. El mérito no es que no pase nada. El mérito es que te pasas toda la novela (y el protagonista toda su vida) esperando que pase algo. Y nada.