El otro día llovía en Aranjuez, y mi mujer y yo, caminando bajo el paraguas, charlábamos. Mientras lo hacíamos, yo miraba distraídamente al frente, pero poco a poco me sentí extraño. Noté que algo no cuadraba en lo que estaba viendo y me costó un rato entender qué era. Me quedé parado, sin cruzar la calle, mirando un balcón que he visto mil veces.
Ese balcón... ¿Qué le pasaba a ese balcón?
Esta foto la tomé después, y al verla ahora ampliada compruebo claramente la falta de continuidad de uno de los barrotes de la derecha de la barandilla, que se ve claramente pintado sobre el relieve del borde del hueco. También se aprecia eso en la barra horizontal superior. Pero en el punto exacto en el que me paré en la calle el truco era perfecto. O casi. En un primer momento tan solo me llamó la atención la perspectiva del suelo que supuestamente vuela. Se lo señalé a mi mujer, a quien también le costó verlo. (La grisura del día y la lluvia también colaboraban a enturbiarlo y disimularlo todo).
Todo está muy bien hecho: la persiana de plástico, su cajón... hasta los falsos vidrios muestran un tenue falso reflejo del edificio de enfrente (en una perspectiva que no se corresponde, porque en realidad es paralelo a este).
Un trabajo notable que, obviamente, en cuanto cruzamos la calle quedó descubierto:
Vuelvo a decir que no sé cuántas veces he mirado hacia ese balcón, pero teniendo en cuenta que llevo bastantes años yendo a ese barrio casi a diario, tienen que ser miles. Y nunca me había dado cuenta. Vamos siempre medio distraídos, mirando al infinito, en Babia, sin fijarnos en casi nada, y estos trucos se nos cuelan sin darnos cuenta.
He pensado en los más conocidos casos de trompe l'oeil ("engaña al ojo") o en español trampantojo ("trampa ante ojo") y los he vuelto a admirar:
El primero en el que pienso siempre es el del gran maestro Borromini en el patio del Palazzo Spada de Roma:
Y, por supuesto, no podemos olvidar las "correcciones ópticas" (esa es la expresión habitual en este caso, mucho más digna que "trampantojos") del Partenón y otros templos griegos.
Aunque hay miles de trampantojos en la historia de la arquitectura y de la pintura, yo cierro mi selección con la oficina de la aseguradora neoyorkina en la que trabaja C.C. "Bud" Baxter en la película El Apartamento.
Billy Wilder quería que la oficina fuera enorme, gigantesca, para reforzar la idea de que el protagonista de su película era un mero número, una hormiga, una pulga, nadie, un ser insignificante perdido en una compañía grandísima.
Buscó locales muy grandes y no encontraba lo que quería. Había naves inmensas, pero que también tenían los techos muy altos, y acondicionarlo todo iba a ser mucho más caro, e iba a quedar peor, que hacer una falsa perspectiva.
Su director artístico, Alexandre Trauner, encontró un local bastante grande, pero no tanto como el que pretendían, e hizo lo mismo que los arquitectos mencionados: creó una falsa perspectiva. Los plafones de luz iban disminuyendo de tamaño hacia el fondo, y las mesas también, y las personas, que acabaron siendo muñecos pequeños en las filas del fondo. Los falsos pilares se iban juntando cada vez más a medida que se alejaban y el resultado no tuvo nada que envidiar a la galería de Borromini.
Me pongo a buscar trampantojos en la red y son inacabables. Es imposible hacer una mínima exposición de casos. Y acabo convencido de que toda (o casi toda) la arquitectura es trampantojo. Porque no toda ella -ni mucho menos- pretende engañarnos sobre sus dimensiones, pero sí que casi toda lo hace sobre sus materiales, sus elementos constructivos, su estructura, sus acabados, sus texturas y sobre casi todo lo demás.
La arquitectura absolutamente sincera yo diría que no existe, e incluso la moda de dejar lo más tosco y lo más bruto a la vista es otra manera sofisticada de engañar y de buscar una imagen seductora que oculta otras cosas.
Los grandes maestros de la arquitectura moderna (la que iba a acabar con la falsa decoración y a mostrar la sinceridad de la forma y de la función) también cayeron en la falsedad y el disimulo de todo aquello que no cuadraba con sus sublimes sueños. Desde la bajante vergonzosa de la casa Farnsworth a los canalones de los tejados volados de las casas de la pradera (jamás dibujados en las bellas perspectivas con acuarela o lápices de colores), pasando por la falsa mole de hormigón -en realidad hueca- de la cubierta de Ronchamp, todos estos sincerísimos y honradísimos creadores de la nueva arquitectura se dijeron lo que se habían dicho siempre sus antepasados desde el inicio de los tiempos: "Si el resultado no va a quedar bien, miente".
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