miércoles, 15 de diciembre de 2010

Fisión semántica

Hoy quiero ponerme serio y profesoral. Lo siento. Intentaré ser lo más ligero posible. Pero creo que el tema merece la pena.
Vamos a hablar de la fisión semántica, un término acuñado por Lévi-Strauss y que no aparece en ninguno de sus libros. Así que no debió de parecerle tan importante. (Lo dijo en una conferencia, pero luego no desarrolló el concepto en obras más extensas y densas. Se hizo eco el siempre atento y lúcido Bruno Zevi, pero tampoco fue más allá de plasmarlo en un artículo. Umberto Eco, por fin, lo encuadernó en su célebre La estructura ausente (C.3.III). Más tarde expuso elocuentemente este concepto Juan Daniel Fullaondo en sus clases y en sus escritos (por ejemplo, Composición de lugar, Hermann Blume, Madrid, 1990).

El concepto es sencillo, pero tiene implicaciones complejas. Consiste en que tenemos todo el abanico de la historia de las formas a nuestro alcance, y toda la libertad del mundo para usarlas. Pero al utilizar formas del pasado las deformamos, porque leemos en ellas unos mensajes que no son los originales. Nuestras claves para "leer" esos signos son aberrantes, porque no son las mismas que había en la época de aquella forma, y sus connotaciones han cambiado muchísimo. Por ejemplo, si usamos un capitel jónico en un bloque de viviendas estamos interpretando ese capitel de manera completamente diferente al de un arquitecto griego. Pero, por otra parte, también estamos en condiciones de estudiar historia y de entender perfectamente las claves de aquel remoto arquitecto. Usamos entonces ese capitel jónico con erudición y sabiduría del pasado. Pero en ese caso, aun sin querer, también estamos provocando una fisión semántica, porque el mundo en el que estamos insertando ese capitel no es el antiguo mundo griego, y el solo hecho de que lo insertemos produce distorsiones y deformaciones, produce una fisión.



También ocurre que los gustos, los criterios, las sensibilidades, parecen recorren una espiral, y lo que triunfa en su época deja de ser entendido unos siglos después, pero vuelve a entusiasmar otros cuantos siglos más tarde. Los estilos neo- y los historicismos recuperan formas que habían estado muertas después de su época de esplendor, y que vuelven a resurgir. A menudo ese resurgimiento de formas del pasado convive con las del presente. El Renacimiento no fue la recuperación del arte grecorromano. Brunelleschi no es un arquitecto romano, ni Donatello un escultor griego. El Renacimiento es mucho más que un revival, porque complejiza el mero historicismo, lo rebasa tan ampliamente que los signos antiguos toman significados modernos.
En nuestro mundo hiperculto e hiperinformado, podemos insertar un objeto antiguo en un ambiente moderno, y disfrutar de aquel objeto por lo que antes significaba (cosa que hemos aprendido) y además por las connotaciones que le damos con nuestros criterios y códigos actuales.
Todo esto constituye una gigantesca operación pop y un ready made surrealista. Un signo antiguo se saca de contexto, y a su significado antiguo (mutilado, deformado, alterado) se le añaden nuevos significados, que a su vez son mutaciones, alteraciones, deformaciones de otros significados.
La fisión semántica la vemos y la sentimos a cada momento, en todas partes: formas descontextualizadas, proyectos incompletos, partes diversas e incoherentes de distintas procedencias... A veces ese choque, esa explosión, se enriquece con sus confusas y contradictorias connotaciones.
Siempre ha habido redescubrimientos y redefiniciones (acabamos de hablar del Renacimiento), pero antes se buscaba con ello un cambio de ideología, de base, una revolución social. Ahora, sin embargo, se hace por puro capricho, sin que las formas impliquen una base. Es un fenómeno superficial, divertido. (A mí, ya me vais conociendo, no me suele hacer ninguna gracia). A veces funciona, a veces surge la chispa, los códigos chocan y se produce un nuevo resultado imprevisto, más rico, más complejo, más atractivo. Eso es pura fisión semántica. Y no se trata de un mero historicismo, de un redescubrimiento del pasado, sino de un nuevo código. Entonces "el salto hacia atrás se convierte en un salto hacia adelante. La historia como engaño cíclico se convierte en proyección de futuro". (Eco, op. cit. C.3.III.4).

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