viernes, 3 de diciembre de 2010

Coletilla: el impuesto de valor añadido

Cien años de soledad es uno de los libros imprescindibles de la historia de la humanidad. Es una delicia pasmosa, una obra que construye un universo. Sin embargo, cuando García Márquez le llevó el manuscrito a Carlos Barral, éste lo rechazó.
¿Cómo es posible?, nos preguntamos. Carlos Barral era un poeta y un editor sensible, y un hombre muy culto y muy informado de las nuevas corrientes narrativas. ¿Por qué rechazó esa obra maestra? ¿Por qué renunció a la maravillosa posibilidad de editarla?
Yo creo que, principalmente, por una razón. Porque Barral recibió un denso manuscrito de manos de un joven desconocido, arruinado y desesperado, y no se dio cuenta de que aquel libro titulado Cien años de soledad de ese tal Gabriel García Márquez iba a acabar siendo Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
En cambio, cuando nosotros tomamos el libro lo hacemos ya con todo lo que ese libro tiene encima, con todo su prestigio, y nos disponemos a leer “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota etc” con unción mística. Y, claro, no tiene más remedio que encantarnos.
Por la misma razón, la escalera de la que hablamos ayer nos emociona porque es de Le Corbusier, y porque lo sabemos. Así que asumimos con gusto la –tampoco tanta, al fin y al cabo– incomodidad de subirla y bajarla a cambio de la emoción que nos produce.


Pero esa emoción es principalmente porque somos mitómanos. Es posible que hayamos tomado un avión para ir a París a ver algunas obras de Le Corbusier. Hemos hecho un buen esfuerzo para disfrutar de nuestro héroe. (Insisto en que el turista siempre sabe de antemano la emoción que va a experimentar cuando llegue a su meta, y está dispuesto a disfrutarla pase lo que pase, y a que la persistente realidad no se la chafe). Por tanto, no estamos dispuestos a escandalizarnos por subir las escaleras de medio lado, sino que llevamos babeando desde que vimos el volumen del edificio a quinientos metros. (Y desde ese momento hasta que hemos entrado por la puerta hemos tirado trescientas veintiséis fotos con la cámara digital que tiene una tarjeta de memoria de dos gigas).
En resumen, ayer dije que algunas obras de arquitectura nos pagan en emoción lo que nos quitan en funcionalidad. Y nos lo pagan con creces. Pero hoy digo que en muchas obras la emoción la llevamos ya de entrada, desbocada. Muchas obras nos imponen el valor añadido de su fama, de sus circunstancias míticas, y nosotros, antes de disfrutarlas, de juzgarlas o de criticarlas, ya tenemos impuesto ese valor añadido.
El Pabellón Suizo de Le Corbusier me parece una muy buena obra de arquitectura (tampoco es de las mejores de LC, pero es digna hija suya), pero estoy seguro de que si yo fuera profesor y un alumno me trajera esas plantas le pediría que mejorase la escalera. Y estoy seguro de que cualquier profesor de proyectos haría lo mismo. Igual que seguramente Carlos Barral le habría recomendado a García Márquez -en el caso de haberle dedicado el tiempo suficiente- una completa reconsideración de su novela.

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