lunes, 10 de diciembre de 2018

Contra la arquitectura

No hay escritor-pensador que se precie que no acabe escribiendo un artículo o incluso un libro entero contra la arquitectura contemporánea, y, si lo leemos con atención y amplitud de miras, veremos que es contra la arquitectura. Así, en general: contra la arquitectura como disciplina, como ocupación, como forma de ver las cosas, como pretensión, como plástica. Como todo. Contra la arquitectura.

Alegoría de la Arquitectura en la fachada del Museo del Prado, Madrid.
Obra de Valeriano Salvatierra, o de Francisco Elías, o de José Piquer y Duart,
o de Francisco Pérez Valle, o un poco de todos ellos. 1830-1852.
La foto de base es de Rafael Gómez. Los tachones rojos son míos.

No quiero citar nombres porque son muchos (y además porque no quiero "linkarlos" ni "hastagearlos" aquí; no me apetece nada), pero es fácil identificarlos. No falla: Si han destacado en tertulias televisivas o radiofónicas, si han entrevistado por extenso a un futbolista retirado en una revista cool, si son expertos en la literatura española de postguerra, si han publicado un ensayo sobre la despoblación del campo y el éxodo a las ciudades, si se han distinguido como hábiles críticos de la política internacional, si han escrito libros de ética, si han publicado reseñas de jazz... no falla: Acabarán despotricando de lo inhumana que es la arquitectura moderna, de lo fea que es, de lo alienante, agria, cara, horrible... De que produce granos, impotencia, alopecia, miopía, sarna y dengue en quienes la padecen y, sobre todo, en quienes la ejecutan.
(Bueno, en realidad quienes la ejecutan ya venían con todo eso de serie. Por eso son tan mala gente, tan hijosdeputa, y su mayor afán es propagar sus taras).

Se culpa al arquitecto, a su ego, a su vanidad, a su inconsciencia, a su avaricia, de todos los vómitos de acero cortén que arruinan nuestras vidas, de todas las rotondas con osos gigantes de gominola (aunque no sean cosa suya) y de todos los volúmenes inclinados al borde del Cantábrico, en una zona que fue tan señorial y tan bonita. Se le culpa de destrozar hipódromos históricos con ampliaciones de color caca. Se le culpa de fabricar hornos de pan en plena Plaza de Oriente de Madrid, de hacer iglesias que parecen trasteros y casas que parecen frigoríficos, de acabar con aquel mundo tan bonito y anacrónico del romanticismo. Se le culpa de haber interpuesto su criterio, su trabajo, su habilidad, su determinación, entre el ojo del paseante y el paisaje construido. En definitiva se le culpa del delito de lesa arquitectura y, prácticamente, de lesa humanidad.

Algunos de estos aguafiestas criticones saben de otras cosas, pero de arquitectura no tienen ni idea. Sin embargo, compruebo que otros sí que saben del asunto, y mucho. Es solo que no les gusta, que no lo soportan.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El precursor atrasado

A Miguel Barahona, gracias a cuyas indica-
ciones y advertencias pude hacer esta visita.


He estado unos días (muy pocos) en Praga y he aprovechado para visitar la Villa Müller, de Adolf Loos.
No sé muy bien qué decir, pero al mismo tiempo tengo una especie de necesidad de decir algo de ella.


Está en un barrio muy agradable, a pocos kilómetros al oeste del casco histórico, en una cota elevada desde la que este se ve estupendamente bien.

La casa ha sido restaurada y está muy pero que muy bien cuidada. (Esto daría para otra entrada: El orgullo de cuidar y exponer el patrimonio).

Esta villa es una de las que mejor exhiben la idea loosiana de raumplan: Esa palabra significa plano espacial, y consiste en que los niveles de suelo y techo de cada planta no son constantes. Es decir: Un salón y un comedor están al lado, pero para pasar de uno a otro se suben tres o cuatro peldaños. Cada habitación tiene la altura que necesita.
En unos puntos sube o baja el suelo. En otros el techo.
De este modo, cada habitación tiene su expresión, su luz, su altura, sus vistas, su espacio, y la casa no es una superposición de plantas como las rebanadas de pan de un sandwich, sino una especie de tetris en el que cada pieza encaja de forma quebrada o irregular con las demás.






Como arquitecto friki la casa me gustó mucho. Vamos, quiero decir que me gustó mucho la sensación triunfal de haber cruzado media Europa para llegar a la puerta (fuera del cogollo de Praga) a la hora prevista (pues había que reservar la visita y mi mujer y yo lo habíamos hecho semanas antes del viaje)(1).
Hay un poco de no creérselo del todo. Qué bien. Todo ha salido bien. Aquí estamos, finalmente. Eso os parecerá una tontería, pero para mí no es lo menos importante. He llegado a tiempo, ha coincidido el espacio y el tiempo para rendir el rito y el culto necesarios a la Arquitectura. Podemos proceder.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Haz el amor (y también la guerra)

Salvador Dalí conoció a John Lennon y a Yoko Ono en París en 1969 durante la luna de miel de estos. Se habían casado en Gibraltar y se fueron de viaje de novios a Ámsterdam, a París y a otros lugares haciendo campaña por la paz.


Los recién casados se "encamaron por la paz" en la suite presidencial del Hotel Hilton de Ámsterdam(1). Lennon dijo que lo mejor que podía hacer por la paz del mundo era meterse en la cama y dejarse crecer el pelo.
Después siguieron con esa campaña por París y por más sitios. En la capital francesa, como he dicho, coincidieron con Dalí, a quien estas cosas le chiflaban.


Yoko Ono, John Lennon y Salvador Dalí en París, a la puerta del
Hôtel Plaza-Athénée, en 1969

A Dalí ya le gustaba mucho la música pop, y había sido siempre fan de los Beatles, pero esta nueva deriva que estaba tomando Lennon le entusiasmaba.
Al matrimonio también le gustaba mucho Dalí y su obra, y fueron a visitarlo en varias ocasiones a Portlligat.

Querían que el pintor les apoyara en su campaña por la paz, y Dalí accedió, porque todo eso de llamar la atención era su vida.

¿Qué podían hacer? ¿Encamarse los tres? ¿Encamarse solo Lennon y Dalí? Bueno. Vale. De acuerdo. Qué más daba.
Lo que fuera.

Lennon estaba entusiasmado con la idea. Le dijo a Dalí que una opción muy interesante sería, por ejemplo, pasar unos días en algún escaparate de París, en alguna avenida importante y muy transitada. Seguro que habría firmas prestigiosas que les ofrecerían buenos locales en Los Campos Elíseos, por decir una gran avenida mundialmente conocida. No iban a tener ningún problema.

viernes, 23 de noviembre de 2018

"Respeto"

El otro día un amigo compartió en las redes sociales este lacónico aviso:


No lo parece, así, tan aséptico, tan mono, pero esconde una historia interesante. Vamos, es un microrrelato. A ver si lo sé desarrollar:

Lo que veis es un pantallazo de un anuncio de la Oficina de Concursos del Colegio Oficial de Arquitectos Vasco-Navarro, que publica (sin gritar, sin llorar, sin insultar, sin quemar nada, sin cagarse en nadie) que un concurso público que tiene por objeto la contratación de un estudio de arquitectura para la remodelación y ampliación del servicio de urgencias de un complejo hospitalario ha sido adjudicado a alguien que ha hecho un 64,74% de baja.

Ya está. Solo eso. ¿Y qué?

Pues nada. Nada demasiado importante. Que en la limpia y sana competencia comercial, uno de los estudios de arquitectura ha conseguido aquilatar tanto su previsible trabajo futuro que ha hecho una rebaja del 64,74% sobre los honorarios base de licitación, que ya estaban bastante bajos porque la administración los baja y los baja a cada nuevo concurso, y los sigue bajando a la vista de que hay quien hace ofertas de ese calibre.

Eso sí que es un Black Friday (día que, por cierto, se está celebrando hoy).

No hay de qué preocuparse ni de qué asustarse. Cada uno afina su oferta con el afán de llevarse el encargo. "Es el mercado, amigo", que dijo un ilustre presidiario.

(Por cierto, ¿os habéis dado cuenta de que todos los ideólogos del anarcoliberalismo han estado chupando de la teta pública toda su vida? O son políticos o son empresarios muy bien anclados y muy favorecidos por los poderes públicos. Y te dicen a ti que emprendas y que te tires al charco. Qué risa).

Estos "compañeros" que hacen esa oferta suscitan pena, compasión, asco... todo junto. No sé qué pensar de ellos y tampoco quiero saber quiénes son ni por qué lo hacen. ¿Los compadezco y les doy palmaditas en la espalda o les escupo en la cara? Pues ninguna de las dos cosas. Los desprecio y ya está. A otra cosa.

¿Os imagináis que esa misma administración autonómica, en ese mismo hospital, contratara a los cirujanos, a los anestesistas y a los traumatólogos con el mismo método? Quien quiera cobrar menos se queda con el puesto. Sería bastante raro, ¿no? Sin embargo con los arquitectos es lo normal.

¿Qué tal os sentiríais si os operara un cirujano que ha hecho un 64,74% de baja en su sueldo para poder operaros? ¿Y si hubieran comprado el equipo de anestesia que costaba un 64,74% menos?

Una persona muy cercana a mí ha estado varios años preparando una oposición. Me parece algo de lo más cruel. Según los años se ofertaban ciento y pico plazas, doscientas... y se presentaban dos mil, tres mil aspirantes. Horrible. No vale con saberse el temario; hay que sabérselo mejor que el noventa y tantos por ciento de los presentados.
Imaginaos que en cualquiera de los años en que esta persona fracasó le hubieran dicho: "Vale: Si te bajas el sueldo te contratamos a ti". Naturalmente que lo habría hecho.
Ahora bien: ¿Cuánto habría estado dispuesto a bajárselo? ¿Y los demás? La demencial carrera por memorizar el mayor número posible de artículos de la ley tal y del real decreto cual se habría transformado en la no menos demencial carrera por bajarse el sueldo más que el de al lado.

Pues así estamos nosotros.

Tengo un amigo que ha trabajado muchos años en la gestión de un hospital público. Se ha encargado de todo tipo de concursos de suministros de bienes y servicios, excepto de obras. Ha comprado escáneres, equipos de resonancia magnética, pijamas, sábanas, anestésicos, material de quirófano... Muchos de los concursos eran de bastantes millones de euros, y me dice que el precio no era nunca el factor más importante, sino que lo eran la calidad y las prestaciones.

Me parece que así es como tiene que ser, ¿pero cómo se mide la calidad de la arquitectura? Me sorprende y me duele que la administración pública piense a ese respecto lo mismo que el vecino de mi pueblo cuando me pide precio porque los muy tal del ayuntamiento le exigen un proyecto, que maldita la falta que le hace. La administración no da ejemplo precisamente.

Lo que sí sabe, y cada vez mejor (como cualquier cliente) es que ponga el precio que ponga siempre va a haber un arquitecto que se lo va a bajar.
Nuestra profesión está hundida irremisiblemente. Nos han perdido el respeto, pero porque antes nos lo hemos perdido nosotros mismos. Nos hemos quedado como arquitectos zombies, muertos vivientes, caminantes que van a recogerse a su colegio suplicando amparo, pero que se encuentran con que donde estaba han puesto un macdónalds.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Dedicatoria

Aquí, a la derecha, tenéis mi tesis doctoral, que os podéis descargar cuando queráis.

Pero, aunque sé que algunos lo habéis hecho y lo seguís haciendo, y os lo agradezco mucho, me apetece especialmente que quienes pasáis de ella (pase más que comprensible) leáis su dedicatoria y sus agradecimientos, y como sé que descargarla es un tostón os la pongo aquí.

Terminé y entregué mi tesis en el año 1991 y la leí en marzo de 1992. Cuando la rematé aún no tenía hijos, pero cuando meses después la leí mi mujer estaba embarazada de nuestro primogénito. Ahora se me hace raro habérsela dedicado a tanta gente y que mis hijos no aparezcan, que no existieran, que aún no fueran nada para mí.
Por el contrario, algunas personas a quienes se la dediqué y a las que estaba muy unido entonces hoy están ya muy alejadas de mí. Y, lo que es peor, otras han fallecido. Qué dolor.
Qué extraño: Uno cree que tiene una vida sólida y muy estable y sin embargo todo está siempre bullendo y cambiando.

Sin embargo, los grandes amigos permanecen y permanecerán siempre. Los grandes maestros también. Copio aquí aquella dedicatoria para homenajearlos.

Me llama mucho la atención verme a mis treinta y un años coqueteando ya de viejo, haciéndome el anciano evocando series de televisión y personajes de mi (entonces lo creía) lejana adolescencia y de mi remota infancia. Dónde estarán ahora. (Aunque, de alguna forma, muy a menudo vuelvo a verme niño con gran naturalidad).

Han pasado muchos años. Demasiados. Lo que os enseño ahora es en cierto modo un autorretrato que me hice entonces. Mirad qué ingenuo y qué tierno.


viernes, 9 de noviembre de 2018

La lección del maestro

Hoy quiero hablaros de los maestros: las grandes personas a quienes admiramos y a quienes deseamos escuchar porque pensamos -porque sabemos- que tienen algo importante que decirnos. Ellos han descubierto el secreto (de lo que sea) y deseamos que nos digan algo, que nos dediquen un gesto, una palabra (incluso enigmática) para que rumiemos y rumiemos cada detalle y saquemos enseñanzas valiosísimas. 
Maestros hay muy pocos. Una persona que verdaderamente merezca ese nombre es un tesoro rarísimo, y hay que mimarlo y venerarlo.

Para nosotros Jorge Oteiza es un maestro. Yo estuve un par de veces a punto de conocerlo, pero finalmente la cosa no salió porque... porque patatas. (No removamos el asunto, que aún me resulta muy doloroso).
Sin embargo, ese Oteiza mayor, con barba apostólica y gesto impresionante, fue también una vez un joven tímido en busca de maestros.

Se había ido a Sudamérica en 1934 (con veinticinco o veintiséis años(1)) y allí le sobrevino la guerra civil española y se quedó. Malvivió entre Bolivia, Colombia, Argentina y Chile.
En el año 1937 (con veintiocho o veintinueve años(1)), el joven escultor estaba en Buenos Aires muy desanimado y muy perdido: La guerra en España, su impotencia allí, sin dinero, con muchas dudas como creador... Estaba realmente en unos momentos muy bajos.
En ese momento llegaba Pau Casals a Buenos Aires para dar un concierto benéfico para los niños que habían salido de España. El maestro tenía sesenta años(2) y estaba en la cumbre de su carrera.
Oteiza no era muy aficionado a la música clásica ni tampoco especialmente al arte de Casals, pero este gran artista, en ese preciso lugar y en ese momento, era una referencia para el joven desorientado.

Retrato de Pau Casals por Ferdinand Schmutzer.
Tarjeta dedicada a Oteitza.

Casals, además de como artista, era admirable por su valor político y cívico y por su generosidad.

Oteiza lo llamó al Hotel Plaza y él le concedió una cita.

Tal como lo cuenta el escultor se nota su nerviosismo al llegar al hotel, su timidez y también el valor trascendental que le daba a ese encuentro. Nos habla de cómo desde recepción llamaron al maestro para anunciarle la visita, y que él dijo que podía subir. Lo veo paleto, cohibido, bruto (se sorprende y admira por la mullida alfombra). Subió callado con el ascensorista hasta uno de los pisos más altos. Al llegar, este le dijo lacónicamente: "Al final", y lo dejó solo. (Sí: Oteiza nos dice que el ascensorista lo dejó solo. ¿Qué quería, que saliera con él del ascensor y lo acompañara hasta el final del pasillo?)

Avanzó tímidamente por el corredor, en silencio (nos vuelve a decir que iba solo) y muy despacio. Comenzó a oír el violonchelo, que le condujo hasta la puerta de la habitación. Ante ella no se atrevió a llamar. El maestro estaba tocando y él no podía interrumpirlo. Se quedó escuchando, extasiado y con los ojos cerrados.
Cuando Casals terminó, Oteiza aún permaneció unos momentos sin atreverse a llamar. Por fin lo hizo y el músico le abrió la puerta, sonriente.

-Pase, joven.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Redundancia

El otro día he visto este rótulo en una furgoneta y me ha llamado mucho la atención. A ver si sois capaces de entender qué pone en la luna trasera:


¿Alguno no ha leído "solución10"? Por favor, quien no lo haya podido leer porque le faltan signos, o haya leído otra cosa, que lo diga en un comentario. Pero me sorprendería mucho. Estoy seguro de que todos habéis leído sin problema la palabra solución.

Hay dos letras que han sido sustituidas por dos signos arbitrarios: dos manos abiertas con parte de sus correspondientes antebrazos. Se ha aprovechado su forma alargada y vertical porque puede recordar vagamente a las letras sustituidas, pero lo más curioso es que se ha empleado el mismo icono para dos letras diferentes: la ele y la i. (Uno un poco más grande que otro, para adaptarse a la diferencia de altura de esas dos letras).

En la máquina de escribir de mi padre la ele minúscula era exactamente igual que el uno. Es más: es que no traía uno, había que usar la ele. En algunas tipografías la i mayúscula es igual que la ele minúscula, y al escribir "Illescas" se ven tres palotes verticales y luego "escas". En otras tipografías los ceros son iguales que las oes mayúsculas. Pero no suele haber confusión. Y cuando la hay (por ejemplo, alguien con mala ortografía que quiere escribir "sábana" pero omite la tilde y en vez de la ropa de cama menciona la llanura africana), el contexto de la frase corrige el error.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a pesar de errores de tecleo, mala letra o pérdida de algún signo seguimos entendiendo casi todos los mensajes? La lengua resiste ruidos, interferencias, alteraciones, mutilaciones, etc. porque está más que reforzada con redundancias,
con insistencias,
con repeticiones,
con reiteraciones,
con prolijidades,
con excesos,
con demasías,
con sobreabundancias,
con...
-¡Ya, ya! ¡Cállate! Te hemos entendido.
-Lo hacía para que quedara claro. Lo hacía para ser redundante. Lo hacía para insistir. Lo hacía para...
-¡Que sí! ¡Que te calles!

Las pocas veces que realmente se puede producir un error de interpretación, un cortocircuito, un doble sentido, son tan llamativas que nos sorprenden mucho y nos hacen reír. Grandes humoristas como Les Luthiers triunfan buscando contextos en los que estos patinazos sí puedan inducir a error. Y es difícil.

Porque, aparte de la propia estructura sobrerredundante de las palabras y de las frases, el contexto en el que se dicen aporta aún más redundancia.

Por ejemplo, este texto,

Visto en varios sitios de internet. No dicen su autoría. Siento no poder mencionarla.

aunque para hacernos los interesantes nos dicen que solo pocas personas lo logran, creo que es entendible por todos nosotros.
Se basa en que ciertas cifras recuerdan por su forma a ciertas letras. Sin embargo, aun con ese leve parecido gráfico, yo no sabría leer la primera palabra "3573" si me la encontrara aislada, pero cogiendo carrerilla para leerlo todo, y anticipando las siguientes palabras, veo que 3573 es ESTE.

Sí: El cerebro es muy ágil y muy plástico, y se adapta a leer lo que pone en el mensaje por muchos tropezones y faltas que tenga. Pero es que además de lo listo que sea, la lengua está saturada de pistas insistentes y machaconas.

(Vamos, que el asesino ha dejado huellas dactilares, restos biológicos, notas manuscritas... y hasta su documento de identidad. Como para no pillarlo).