En este blog suelo ser muy crítico con algunas obras de algunos creadores triunfantes, y no solo no me duelen prendas, sino que a veces incluso me regodeo en la suerte. Esto lo hago así por dos razones: la primera es que a un triunfador no le va a llegar ni un atisbo de lo que yo -este pobre imbécil- escriba aquí, y si le llegara le entraría por here y le saldría por there sin el menor problema ni disgusto(1), que para eso está en su nube de néctar y ambrosía; y la segunda y más importante es que cuando un arquitecto que lo tiene todo a favor -amplio presupuesto siempre ampliable, respeto e incluso veneración de los encargantes y libertad creadora- mete la pata, y especialmente cuando la mete por exceso de ego y afán de protagonismo, se merece cualquier crítica e incluso cualquier burla.
Sin embargo, con los arquitectos "mortales", y especialmente con los muy jóvenes, soy tan respetuoso y tan generoso como puedo, porque es dificilísimo proyectar nada y que los demás lo respeten y lo lleven a cabo como ha sido concebido. Las veces que eso ocurre me parecen un milagro, y entonces qué más me da tal o cual matiz ínfimo que puede estar algo peor que el resto. El mero hecho de haber llegado a puerto sin demasiadas mutilaciones ni adulteraciones me parece tan emocionante que quién soy yo para aguar la fiesta con una observación desagradable.
Escribo ahora esto porque he oído una crítica muy fácil a un proyecto muy difícil y me he disgustado mucho. No digo nombres ni datos concretos porque no quiero echar más leña al fuego ni agobiar a los miembros de un joven estudio emergente de arquitectura, que están ya hasta las narices de todo esto. No merece la pena alimentar la polémica y, además, esto es extensivo a toda la gente que quiere hacer algo con toda su dedicación y todo su talento y no encuentran nada más que paredes contra las que estrellarse.
Un estudio joven y lleno de entusiasmo tiene que pelear contra sus escasos clientes, que en general llegan allí por casualidad y buscando otra cosa, o, mejor dicho, no buscando nada, y ofrecerles un sueño, un deseo, una potencialidad. La mayor parte de las veces su única respuesta a estas ofertas es el aburrimiento y la decepción, pero no obstante siguen soñando, siguen imaginando, siguen proponiendo. No se cansan nunca. No se desaniman por nada.
Entonces, inopinadamente y seguramente por error, una comunidad de propietarios contacta con ellos para que hagan una cosa ínfima en el acceso ajardinado a su bloque de pisos, o un ayuntamiento saca una adjudicación para remodelar un kiosquito municipal y la ganan.
Y aquello es la gran fiesta. Se ponen a trabajar febrilmente con tanto entusiasmo como si tuvieran que hacer la Alhambra o el Escorial. Pero solo se equiparan a ello en volumen de trabajo: maquetas, perspectivas, secciones, modelos 3D..., no en presupuesto, que ya saben que cuentan con cuatro perras y que es inconcebible pasarse ni en un solo céntimo.
Y sacan su diseño adelante, y están en obra a diario, y elaboran un detalle difícil con el constructor, y hacen un prototipo de lámpara, y construyen un taburete de contrachapado hiperbarato, y lo que haga falta para que la obra llegue a buen puerto pese a todas las dificultades y carencias.
Y la obra se termina y es, como dije al principio, un pequeño milagro. Y entonces llegan los tripones, los huevoscolganderos, los cuñados profesionales, los listos, los sotacaballoyrey, los ciudadanos ejemplares y las gentesdebien y empieza el festival.
Empieza el festival porque no se ha hecho lo esperable, lo típico, lo adocenado, lo rancio, sino algo nuevo y esperanzador, algo que nos habla de un tiempo nuevo y de una coordenada poética estimulante que toda esta gentuza no solo no puede concebir, sino ni aceptar ni tolerar.
Y lo fácil es considerar como fallos de diseño y errores de proyecto todo lo que no les gusta y no entienden, e incluso -esa es una de las cosas que he oído en la crítica que digo- acusar al estudio de arquitectura de no haber sabido evitar un acto posterior de vandalismo. Es decir: si unos desalmados han roto por puro placer enfermo tal elemento -que era otra alegría para la vista y para el espíritu- es porque ese elemento estaba mal diseñado porque no había tenido en cuenta que los analfabestias podían cargárselo.
Todo es culpa de esta gente talentosa porque, en definitiva, qué se ha creído, y debe ser erradicada de nuestra ciudad, de nuestro entorno, de nuestra tierra para que todo siga funcionando de la manera prevista y previsible, sosa, consabida y trillada.
Y las críticas crueles y borricas son capaces de calar en la opinión pública, y esta en los posibles futuros clientes, que se cuidarán muy mucho de acudir a estos jóvenes apestados y apartados.
Pero, contra todo pronóstico, y con todo su esfuerzo y su heroísmo, estos jóvenes siguen haciendo cositas, viviendo en el alambre, asumiendo retos, dando respuestas siempre brillantes, hasta que alguna vez, si hay muchísima suerte, suena la flauta -pero no por casualidad, como con el burro de la fábula, sino por arte y técnica, y muchísimo trabajo y dedicación- y ocurre un nuevo milagro.
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(1).- Algún arquitecto muy conocido leyó (o le contaron) algo que yo escribí, me bloqueó y santas pascuas. E hizo muy bien.
(2).- No se me ocurre cómo escribirlo peor.
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