miércoles, 6 de julio de 2011

Uno de los grandes (viejos) maestros

Caigo en la cuenta de que las dos o tres veces que he escrito en este blog sobre Le Corbusier lo he hecho como con un aire de suficiencia e incluso de condescendencia hacia él, como restándole valor o vacilándole.
Pero, bueno. ¿Pero qué me he creido? ¿Pero arquitectoy loco?
Perdón, y perdón, y mil veces perdón.
Le Corbusier es uno de los más grandes arquitectos de la historia de la humanidad.
(Es tan grande, doy por hecho que es tan grande, que cuando descubro alguna cosilla suya que me parece más floja o más débil corro a contarla. Pero eso sólo se puede hacer con los muy grandes. Uno no se toma la molestia de señalar presuntos fallos de alguien mediano).
La cosa es que hoy, despistado, débil, confuso, hojeo su libro Hacia una arquitectura (1923) y en la segunda de las "Tres advertencias a los señores arquitectos", la de la superficie, (páginas 25, 27, 28 de mi edicion de Poseidón de 1978, qué joven era yo entonces) leo (subrayadas lejana, ya remortamente, por mí) algunas obviedades, pero qué hermosas y qué sabias obviedades (de 1923):
"La arquitectura no tiene nada que ver con los 'estilos'.
 [...]
"Como la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes reunidos bajo la luz, el arquitecto tiene por misión dar vida a las superficies que envuelven esos volúmenes [...]
"La superficie del templo o de la fábrica es, la mayoría de las veces, un muro agujereado por puertas y ventanas. Esos agujeros son con frecuencia destructores de la forma y es preciso hacer que ellos acusen la forma. [...]

"Todo conduce a la reinstauración de los volúmenes simples [...]. La superficie, agujereada por las necesidades del destino, debe tomar las generatrices acusatrices de esas formas simples".

Esas palabras las podría suscribir Adolf Loos (y de hecho escribió cosas parecidas), pero Loos sí pone ventanas como agujeros que se cargan la pureza formal. Loos es mucho más tosco.
Lo que nos emociona del viejo Corbu es que, aun con toda su ideología de simplicidad y de esencialidad, es un artista plástico muy dotado, un maestro de las formas. Juega con ellas, las domina, y tiene ese tacto y ese instinto, que no tiene casi nadie, de saber hasta dónde llegar.
Las "simples" obras de Le Corbusier son inagotables. La sencillez de sus volúmenes es complejísima y siempre nos da nuevas sorpresas y nuevos placeres.
No me refiero ya a Ronchamp o a otras obras más "explosivas". No. Las más tranquilas, las más "quietas" tienen una fuerza interior casi insoportable.
No me enrollo más. A ver si escribo una cosa sobre los tres davides y comparo la rampa de esta casita que he puesto hoy (La Villa Saboya) con el David de Miguel Ángel.
En este blog, Próximamente.

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