domingo, 17 de julio de 2011

Los tres davides

No quiero dar una clase sobre historia del arte, por lo que me permito la acostumbrada ligereza expositiva, rayana en la falta de rigor.
No voy a exponer las características del primer Renacimiento, del Manierismo y del Barroco ni a ejemplificarlas con los tres magníficos davides correspondientes. Ya hay un montón de libros buenos, y esto es sólo un blog. Tan sólo voy a haceros notar un detallito que me llama mucho la atención y que me parece muy importante. Y con ese detalle hablaremos de arquitectura un día de estos.
Veamos el genial David de Donatello. Donatello busca el equilibrio clásico, la forma perfecta, y elige el  momento de reposo final. Ya ha terminado todo.
David ha terminado su tarea. Tiene la cabeza de Goliath a sus pies y casi se contonea. Se apoya en la espada del gigante, que ha usado para cortarle la cabeza, y la otra mano se la apoya coquetonamente en la cadera. Tiene una pose poco heroica, incluso poco varonil, y ese sombrerito con flores no le ayuda nada.
Su cuerpo no tiene ninguna tensión. Es un adolescente sin terminar de formarse, pero ya se adivinan los músculos del que será un atleta en un futuro. Pero por ahora es poco más que un niño.
Bella imagen, equilibrio, tensión terminada, relajamiento.

Vamos ahora al extremo opuesto. Desde el incipiente Renacimiento damos un salto de dos siglos y nos vamos al Barroco de Bernini.
Si Donatello elegía el momento tranquilo en el que todo había terminado, Bernini nos lleva al instante en el que todo está ocurriendo. El momento decisivo, de tensión total, de desgarro.
David está lanzando la piedra. Su cuerpo está tenso, proyectándose al éxito o al fracaso. Se la está jugando.
La escultura es extraordinaria. Refleja perfectamente la acción, la violencia del gesto
y la cara de determinación y de fuerza tremenda. Se muerde los labios y su mirada da miedo.
Si Donatello nos mostraba un muchachito encantador que ya había terminado, que ya había pasado el mal trago, Bernini nos pone ante los ojos un hombre hecho y derecho, en plena violencia, en plena acción brutal.

Y en medio de los dos, entre Renacimiento y Barroco, el raro Manierismo, el sutil y alambicado estar en tierra de nadie, en la cuerda floja. El momento de transición, más flojo, más ambiguo, más indefinido, en el que no hay ideales tan rotundos ni tan fáciles de entender, en el que hay mucha ambigüedad y en el que los artistas suelen hacer juegos malabares, tonterías, ejercicios de estilo sin trascendencia y sin importancia alguna.
A no ser que uno sea un genio.
Porque precisamente el genio inclasificable se mueve como un pez en estas aguas revueltas. Miguel Ángel no se ciñe ni al Renacimiento ni al Barroco. Ni a nada ni a nadie.
Miguel Ángel no elige ni el momento en el que el acto está ocurriendo ni en el que ya ha ocurrido, sino en el que está a punto de ocurrir. Es el momento más delicado y más extraño de todos.
Vemos también a un joven que ya hace tiempo que dejó atrás la adolescencia. Y le vemos muy equilibrado. Incluso en una primera mirada nos parece también relajado.
Nada de eso. Hay equilibrio, sí, pero éste no es porque no haya fuerzas, sino al revés, hay un montón de fuerzas contrarias que se neutralizan.
Está tranquilo, pero en tensión. Una tensión psicológica, que aún no ha disparado los músculos, pero que los tiene atentos a su orden. El cerebro está a punto de darla. El café no sale todavía, pero el agua ya está hirviendo dentro de la cafetera.
David tiene la honda (con la mano izquierda) descansando sobre su hombro. Aún ni siquiera la ha armado.

En la mano derecha tiene la piedra plana. (O eso parece visto por detrás, porque por delante ni se le nota).
Está estudiando al enemigo, y analizando todas las circunstancias (el terreno, la luz, el viento...). Si en algún momento se puede tener miedo es precisamente en ése. Donatello eligió el momento de felicidad en el que uno ya ha ganado. Bernini el V1 (velocidad de despegue de los aviones) en el que ya no hay remedio. Alea iacta est. Que sea lo que Dios quiera. Miguel Ángel elige un instante en el que todavía uno se puede rajar, salir corriendo, caer de rodillas, pedir perdón, llorar... Pero también el momento en el que el triunfador elige su estrategia, comprueba sus medios, sopesa sus bazas. En ese momento Goliath está muy ufano, burlándose de David, provocándole, mientras que David le estudia en silencio y sólo piensa cómo vencerle.
Impresionante. ¿Puede haber un retrato mejor que éste? Una mirada fulminante, pero serena. Valiente y tranquilo. "Te vas a enterar", está pensando.
Miguel Ángel es un monstruo. Podría haber elegido, como Bernini, un momento más "lucido", más "resultón", con efectos especiales, explosiones, etc, como el cine actual. O podría haber elegido un momento "de belleza", como Donatello. Pero hace como John Ford, el pedazo de animal. Elige un momento de máxima tensión dramática dentro de una calma aparente, como cuando John Wayne se cruza los brazos por detrás de la espalda y observa lo que hay. En ese observar lo que hay se nos cuenta una epopeya.
Y a los que amamos las historias se nos saltan las lágrimas de puro gusto.

4 comentarios:

  1. Genial Ramón, me ha gustado mucho, hablas de la sensibilidad... y hablas desde ella misma, porque para ver... hay que tener ojos... la sensibilidad es ese algo que te caracteriza. Gracias por endulzar nuestro buen gusto.

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  2. Pedro Luis Marín.19 de julio de 2011, 11:42

    Muy bonito compañero, gracias a tí he visto al Miguel Angel de siempre, al genuino, al MIGUEL ANGEL con mayúsculas de otra manera que el ojo turístico no observa nunca por falta de tiempo.

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  3. Ahora estamos en este David:
    http://fiac2010.blogspot.com/2009/12/david-de-miguel-angel-moderno.html

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  4. Estimado Jose Ramón:
    Me voy a permitir una licencia sin ningún ánimo académico. Te voy a hacer notar una consideración estructural que, seguro, ya habrás analizado antes:
    1º.- El David de Donatello está hecha en bronce y mide 1,58 cms. La excentricidad del eje de la escultura hace que necesite un peso (la cabeza de Goliat) y un apoyo (la espada) para equilibrar el sistema.
    2º.- El David de Bernini es de mármol y mide 1,83 cms. La contorsión necesaria para el lanzamiento de una piedra con una honda, lo que le lleva a composiciones diagonales, hace que el artista necesite la armadura para dar sección a su pierna derecha (resistencia) y a usar la pierna izquierda como un tirante de tracción. Este David es diestro.
    3º.- El David de Miguel Ángel es un pedazo de estatua de 5 m.. Mucho más arriesgada estructuralmente, El eje cabeza-pierna derecha equilibra estructuralmente las fuerzas, solo necesita un pequeño arbusto en su talón para conseguir un poco más de sección en el apoyo. Libera toda la composición.
    Este David es zurdo y todos los que amamos esta escultura sabemos que da lo mismo quien sea el objeto de esa mirada: le desprecia, está seguro de lo que puede hacer con una honda (había matado a un oso y a un león), le está escuchando, tranquilo, sus bravuconadas tal vez esperando a que se levantara la visera del yelmo y mostrara su frente….sabe que Goliat es un cadáver….le está mirando como si fuera un apunte contable, una factura que no se ha cobrado, y le va a borrar. Al final, amigo, pienso que todo esto es un problema de empatía….nuestra participación afectiva en un trozo de mármol. Ciertamente, Miguel Ángel fue un fenómeno difícilmente repetible.

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