viernes, 14 de enero de 2011

Ordet (La Palabra)

Voy a decir un par de cosas inconexas (y tal vez incoherentes) sobre la película Ordet (La Palabra), de Carl Dreyer. Es una película rara, y maravillosa.
Voy a destripar la película. Así que, si no la has visto pero tienes una vaga intención de verla (quizás) algún día, no sigas leyendo y vete a verla en cuanto puedas, que merece la pena. Y si te has propuesto no ver nunca ese tostón, entonces, por favor, sigue leyendo, a ver si cambias de opinión y te animas. (Si ya la has visto, probablemente todo lo que sigue te sobre).
Es una película de un realismo pertinaz, de una materialidad contundente, pero al mismo tiempo es espiritual, maravillosa, mágica. Yo hablaría de "realismo mágico" si eso no nos llevara de cabeza a García Márquez y a Juan Rulfo.
Sólo quiero hablar de dos cosas. La primera es del espíritu nórdico puritano, de la nitidez vital unida a la austeridad ascética, y de cómo la arquitectura nos da esa nota.
Voy a mostraros espacios vividos y vitales.
La película empieza con un barrido de izquierda a derecha de la finca de los protagonistas.






Como veis, es una arquitectura racional, limpia. Una casa enorme, pero sin ostentaciones ni lujos de ninguna clase.
Se ve el interior, el mobiliario, la cuadra, etc. Todo me suena a racionalismo, a funcionalidad. Demasiada desnudez, demasiado rigor.
En esa casa vive un anciano con sus tres hijos, su nuera (la esposa del hijo mayor) y su nieta. El segundo hijo es un místico loco.
La película es una sucesión de imágenes bellísimas, de una materialidad tangible. Algo tan tonto y tan sencillo como esto:
produce una sensación de verdad. La ropa blanca ondeando al viento. ¿Hay algo más sencillo? Esos escalones, esa hierba alta... Sí, es una tontería. Pero tiene algo.



El hijo menor está enamorado de la hija del sastre. ¡Malo! El sastre y el abuelo que ya hemos mencionado son las cabezas de dos familias muy religiosas, pero con algún matiz distinto en su fe; algo insignificante, pero que les hace irreconciliables.
Por otra parte, el sastre, una especie de fanático religioso, no aparece como uno podría pensar, de una manera torva y odiosa, sino cómodamente sentado en su taller, trabajando alegremente:


¿Se puede trabajar más a gusto? ¿Se puede estar mejor?
Por otra parte, su casa-taller es de lo más austero, y casi triste.


Creo que les salva a todos una cosa: el trabajo. Siempre están ocupados, y en esa ocupación ocupan el espacio y el mundo, y sus vidas tienen dimensión y ubicación. Tienen raíces y tienen sentido.
Me encanta cómo son los espacios y cómo se viven y ocupan:


Esta digresión era la primera que quería hacer: Cómo la arquitectura (entendida en un sentido amplio) nos aloja a todos, y cómo la vida auténtica autentifica a la arquitectura y la dignifica. (Y a lo mejor al revés también).

La segunda es una observación meramente cinematográfica.
La esposa del hermano mayor muere en el parto de su segundo hijo. El viudo se desespera, y su padre, tan religioso, le pide que tenga fe y le recuerda que su esposa está ahora en el cielo. El viudo llora y dice: "Sí, pero yo la quiero aquí, a mi lado. Quiero su cuerpo". Una declaración de deseo carnal palmario e indeclinable. Una renuncia a la fe espiritual, que no puede calmarle ni consolarle, y un ansia de vida física, corporal, material.
A todo esto, el hermano loco, el místico, se acerca con su sobrina de la mano, se pone delante del ataúd y... no, no va a hacerlo. Sí. Le pide permiso a Jesucristo para decirle la palabra a su cuñada muerta y resucitarla. Dice la palabra: "En el nombre de Dios te ordeno... levántate".
La cámara nos da un primer plano de la muerta y... no, no se le ocurrirá... no, no va a.... Parece que el labio de la muerta ha temblado. Uno no sabe si ha sido sugestión, o si la actriz no ha podido aguantar el plano tanto tiempo... No, desde luego que no va a... Vemos las manos enlazadas de la muerta y los dedos débiles, trémulos, inseguros, se desenlazan.
Pues sí. Ahí queda eso. Con un par.
La actriz está sublime. Verdaderamente vuelve a la vida. Los brazos le pesan, el cuerpo le pesa. Está agotada por el viaje inconcebible que acaba de hacer.
Y su marido la abraza.
Y ella le besa... y cómo le besa. No se lo come a besos. Se lo bebe.

Nunca había visto un beso así. La resucitada respira a su marido. Es como un pez dando boqueadas. Es un momento emocionante. Una maravilla del cine.
La única que ha visto todo esto con naturalidad es la niña. Para ella, su tío ha hecho lo que había que hacer. Lo normal.
¿Por qué me emociona tanto todo esto? ¿Por que lo cuento tan imbuido de espíritu arquitectónico? No lo sé.

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