La arquitectura estará dotada de todas las intenciones que queráis, será un "hecho intelectual" e incluso "espiritual"; tendrá propósitos, programas, manifiestos, ideas, potencias y lo que se os ocurra decirme, sí, naturalmente, pero es algo físico, material. Es un cuerpo.
No solo es un cuerpo como nosotros(1), sino que a menudo se inspira en nuestros cuerpos para tener unas proporciones bellas, armoniosas, divinas(2). (Si el cuerpo humano es la imagen de Dios, cómo no hacer que nuestros edificios sean la imagen del cuerpo humano)
(2). ¿Qué cuerpo, el tuyo o el de Charlize Theron?
Hay muchos tratados sobre esto. Desde la más remota antigüedad el hombre se ha medido y ha querido entender (o ha preferido creer) que sus proporciones son idóneas, y que en las cosas que él construyera debía aplicarlas. Yo no estoy demasiado de acuerdo con eso porque creo que, en general, la proporción entre dos elementos (por ejemplo muslo y pierna) que sirven para algo (por ejemplo sentarse) no tienen por qué valer para otros (por ejemplo columna y arco) que sirven para otra cosa (por ejemplo salvar un vano soportando carga).
Pero hecha la ley, hecha la trampa. El ser humano no ha medido cuerpos reales para hacer estas cosas, sino cuerpos irreales, inventados. Ha tirado de series de Fibonacci, de proporciones áureas, de escalas dóricas o de lo que quiera que sea para proclamar que las relaciones de las partes de nuestros cuerpos son realmente armoniosas cuando en realidad no lo son.
Leonardo mira esto:
E imagina esto:
Sí, vale. Ya lo sé: caracolas, estrellas de mar, flores, espigas, moluscos... En la naturaleza hay unas proporciones matemáticas y mágicas. De acuerdo: entonces yo también soy Yorch Cluni y Blas Pit, y tengo el mismo derecho que ellos de fascinar a las mujeres.
Pero ¿por qué me derivo por estos lares si yo quería contar otra cosa? Yo quería hablar de que la arquitectura es material y, por lo tanto, contingente. La arquitectura, como el cuerpo de las personas, por mucha imagen divina que tenga, se está estropeando todo el tiempo. Alguna nace enferma desde el primer día, pero incluso la que comienza su vida con todas las bendiciones de la materia se deteriora, se queda obsoleta, disfuncional, raída, cochambrosa. Es su maldición. Alguna tiene la suerte de que la están restaurando a menudo, pero mucha otra (yo diría que la mayoría) va envejeciendo sin más y termina muriendo. Y ya no es solo que se estropee, es que aunque no lo haga, aunque no se rompa, los grifos son antiguos y no dan las prestaciones de los actuales, la instalación eléctrica es pobretona, los vidrios no tienen buen aislamiento, etc. No es solo que las cosas se hagan pedazos, sino que aunque se mantengan incólumes ya no sirven.
Las proporciones son mejores o peores, Yorch Cluni o yo, pero el deterioro es la última realidad de la arquitectura. La muy hermosa (la más escasa) nos sigue atrayendo morbosamente: nos atraen sus desgastes, incluso sus ruinas, y las toleramos románticamente, pero sin motivos. Las casas de los más grandes arquitectos de la historia, a partir del medio siglo ya huelen raro (a veces literalmente), y nos gustan casi más por su ingenuidad y su debilidad que por su genio. Es emocionante ver la casita de la madre de Le Corbusier a orillas del lago Leman, pero uno no puede dejar de espeluznarse ante la fragilidad de las carpinterías y de los vidrios, ni de dar una tiritona tan solo con imaginar el invierno allí, el mismo que el de Oak Park en aquellas casas míticas como cáscaras de nuez, con esos aleros de madera tan livianos y esos vidrios emplomados tan gélidos.
Y todo ello, todo el panorama de nuestras admiraciones y de nuestros deseos, incluso restaurado y bien tratado, tan viejo y tan cariado, tan poquita cosa, tan de aliento de abuelo, tan oscuro y tan remoto. Tan hundido como nosotros mismos ante los TAC, las resonancias magnéticas, los tratamientos oncológicos, la vejez, la muerte y el olvido.
Esa es la clave de la arquitectura y la de todo lo demás: funcionar mientras dure e intentar cumplir su función hasta el último día del fracaso del cuerpo.
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Entrada desestructurada y seguramente fallida. He empezado hablando de proporciones de la arquitectura inspiradas en las del cuerpo humano y he seguido con algo que no tenía que ver: el deterioro de la arquitectura también semejante al del cuerpo humano. Pero no lo cambio. Lo dejo así porque creo que también me gusta señalar cómo buscamos el cuerpo en la arquitectura como un atributo y una gloria, y en realidad es todo una miseria. (En fin, no sé si esta nota lo estropea todo todavía un poco más).
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