martes, 14 de mayo de 2019

Tatuajes: El tiro por la culata (y II)

El otro día os dejé con la curiosidad de saber por qué me había hecho tatuajes, cómo eran, dónde los tenía...
(Bueno, dejé con la curiosidad a dos personas. Otra lo acertó desde el primer momento y ahí acabó la intriga. La verdad es que no soy demasiado bueno generando suspense).

En junio de 2016 me diagnosticaron un cáncer colorrectal, en julio me lo operaron con éxito, en agosto estuve de reposo y recuperación y en septiembre empecé con la radioterapia. Me dieron 27 sesiones entre septiembre y octubre. Y después me puse con la quimioterapia.

Todo salió estupendamente bien y aquí estoy: hecho un pimpollo.

Para la radioterapia había zonas sensibles muy próximas a la afectada y era fundamental no tocarlas; es decir: apuntar los haces de rayos con gran precisión.

Dada mi lesión, lo idóneo en mi caso era ponerme en la no muy airosa postura de tumbado boca abajo y con el culo en pompa. (Se ve uno en cada fregado...).

El primer día no hubo sesión de radioterapia, sino solamente trabajos previos de reconocimiento del terreno y replanteo.
Me hicieron pasar a un vestuario en el que me quité todo menos los calcetines y me puse una bata verde cortita con toda la parte trasera abierta. Un paripé para ir desde allí hasta el aparato haciendo el paseíllo, pero nada más, ya que una vez tumbado boca abajo me abrieron y levantaron la batita hasta la espalda.

La foto que sigue me va a ayudar en mi explicación. Este paciente está boca arriba y vestido, y yo estaba boca abajo y casi desnudo (con calcetines, eso sí), pero lo que os voy a contar se ve perfectamente. (Podéis clicar en ella para verla más grande).


Me hicieron ponerme boca abajo, como digo, sobre una pieza que hacía un montículo (esa cuña azul oscuro bajo las piernas del paciente de la foto) para quedar con el culo en pompa.
Esa pieza era estándar. La tenían que suplementar con otra a mi medida. Para ello, entre la cuña y yo metieron una bolsa de plástico (la de color azul claro que se ve en la foto) y la llenaron de una pasta muy fluida de fraguado rápido. Me hicieron moverme un poco hacia delante, apoyarme un pelín en las rodillas para mover un poco las caderas... Me menearon los muslos... Y también las nalgas... (Sí, amigos. Pero yo ya había hecho dejación total de dignidad y de vergüenza) ...hasta dejarme en una postura que les pareció adecuada. Entonces me dijeron que me quedara muy quieto y esperaron a que la pasta fraguara e hiciera el molde duro de mi abdomen y mi pelvis.

A continuación -siempre sin moverme un milímetro- me hicieron un TAC con el que vieron el lugar exacto que me tenían que bombardear. Me dijeron que lo primero que tenían que hacer cada día, antes de comenzar la sesión de radio, era colocarme exactamente así, pero como no se me podía hacer un TAC diario me iban a tatuar unos puntos de referencia para hacer puntería cada vez.
Por supuesto que di mi aquiescencia, incluso divertido. Tatuajes. A mi edad (56 años en aquel momento) iba a tener tatuajes.

Me los hizo una de las técnicas que me iba a atender a diario. Llevaba tatuada en la muñeca una rosa de los vientos y me pareció muy bien que además de por necesidad sanitaria les tuviera afición y gusto a los tattoos. Siempre es mejor que estas cosas se hagan con alegría y vocación.

Así que, colocado mi cuerpo (mi culo) en la posición exacta, me tatuaron cuatro puntos: uno en la rabadilla, dos en una nalga y uno en la otra. Son casi imperceptibles, como pecas o lunares.

Como veis en la foto, al fondo hay una estantería con los moldes de cada paciente. Así estaba el mío. Llegaba cada día, me ponía la batita mientras sacaban mi molde y lo colocaban, me tumbaba boca abajo encajándome en esa mi contrafigura siamesa mientras me remangaban la bata, me movían a un lado y a otro jalándome de los muslos y de las nalgas hasta dejar perfectamente apuntada la máquina a mis cuatro tatuajes y me dejaban solo(1). Yo tenía la cara encajada en un cojín cuadrado con agujero y no veía nada, pero me lo imaginaba todo. La máquina hacía ruidos característicos y cambiantes, y aunque nunca pude calcular bien el tiempo que duraba la sesión, acabé reconociendo el inicio de cada fase.

Tantos días así, en un agujero sin tiempo, pensando tonterías (sobre todo la manera de calcular ese tiempo contando mentalmente, cantando, marcando compases, recitando, imaginando escenas) dio incluso para elucubrar la posibilidad de, cuando todo hubiera acabado con éxito, ir a un tatuador a que me uniera los cuatro puntos con un diseño que yo le suministrara: Una especie de recuerdo agradecido a esos días y a esas sesiones. Pensaba en una especie de rosa de los vientos, como la de la técnica que me atendía, o en un mapa a lo Isla del tesoro. Una clave, un secreto, un mensaje oculto que el tatuador me haría con toda exactitud (y a quien después, naturalmente,  tendría que matar).

Pero una cosa es tontear con la máquina de imaginar gilipolleces y otra tomárselo en serio y ponerlo en práctica. Así que sigo con los cuatro puntos casi imperceptibles, y que, todo lo más, parecen pecas o lunares.

Me vais a decir que he hecho trampa con lo que os conté en la anterior entrada. Creo que no. Os dije que tenía cuatro tatuajes y es verdad. No vale contraargumentar que no fueron por capricho, sino por necesidad, porque, de acuerdo: no soy un auténtico "tatuéiter", pero si de verdad hubiera tenido sólidos principios "antitatus" habría exigido que me pintaran los puntos con un rotulador permanente, y que me los repasaran cada dos o tres sesiones: cuando fueran perdiendo visibilidad. Al fin y al cabo solo tenían que aguantar mes y medio.

Pero no: Me hizo gracia. Me presté voluntariamente. Me pareció muy bien.

(Lo que no voy a hacer, a diferencia de mi amigo Valentín, va a ser ponerme interesantón diciéndoos que me tenéis que ver el culo, ni tampoco os voy a poner aquí una foto de mi pandero sabrosón. No lo hago tanto por un pudor mío, que cada vez es más pequeño, como por la generosidad de ahorraros un mal rato).

¿Adónde voy con todo esto? Y yo qué sé. A deciros que es bueno tener unos principios irreductibles, incluso unos principios por los que merezca la pena dar hasta la vida, pero esos son dos o tres. Tal vez cuatro. Lo que es absurdo es tener ideas tan tercas y tan rígidas sobre los tatuajes, los estilos de vida de la gente, la moda, la moral(2), la sexualidad, el fútbol, el cine, la literatura, el sincebollismo, el veganismo, la numismática, la soltería, el dodecafonismo o la arquitectura y no darnos cuenta de que la mayoría de ellas son infundadas y perezosas. Quiero decir que nos ponemos una cataplasma de prejuicios para no pensar y para no dudar.

Cada problema, incluso cada problema arquitectónico, tiene una solución fácil aplicando las fórmulas mágicas y los apriorismos (las cinco reglas, el manifiesto, la receta), y otra difícil (la correcta) aguantando el bofetón de la realidad, asimilándolo y reaccionando con la mente y el corazón limpios para intentar ver con lucidez qué se puede hacer.

Así que ya veis. A lo mejor va siendo hora de contestar al famoso artículo de "Ornamento y delito" que ha desencadenado todo esto y decir que sí, que también mi estética es mi ética. Por supuesto. Pero que a lo mejor no es culpa del ornamento, que a lo mejor el ornamento no es el delito, y que a lo mejor mi ética y mi estética pueden hasta llevar tatuajes. ¿Por qué no?


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(1).- Quiero hacer un homenaje a mis dos radioterapeutas y extenderlo a todas las personas que me atendieron e incluso a todas las que trabajan en la sanidad. Lo que hacen puede tener a menudo facetas desagradables e incluso un poco humillantes. A veces son malas noticias, otras son escenas que exponen lo más desguarnecido de uno, lo más frágil, e incluso en otras se tiene que infligir algún dolor o alguna molestia física o psíquica.
Qué bien que lo hagan con respeto, con humor, con optimismo, y que le hagan a uno sentirse siempre cómodo y simpático.
Mi agradecimiento por ello.

(2).- Aquí viene pintiparada la diferencia entre moral y ética.
La moral (moralis) trata sobre las costumbres; sobre las "buenas" costumbres. Habla sobre todo de sexo, y como corolario a ello, de ropa, de usos, de conveniencias, de decoro, etcétera.
La ética (ethikós) procede de la moral (de la "filosofía moral") pero para tratar el bien.
En principio, las buenas costumbres y el bien coinciden (de hecho la RAE define la ética como moral), pero con la evolución y complejización de la sociedad y del pensamiento libre se van separando, llegando incluso a asociarse la ética con la verdad y la moral con la hipocresía.
Lo dejo ahí. Bastantes jardines tengo yo con la arquitectura como para meterme en más.

6 comentarios:

  1. Cuando una mujer tiene un cáncer de mama lo más normal es que le hagan una mastectomía en la que desaparece todo el pecho incluido el pezón. Posteriormente los cirujanos plásticos proceden a su reconstrucción, igualando en lo posible forma y volumen con el pecho superviviente, le hacen un nuevo pezón y ya está; teta nueva.

    Pero claro, tenemos forma, volumen, pero falta la aureola que rebordea al pezón. Pues bien, hasta donde yo sé, hay dos técnicas para reconstruirla. La primera un autotransplante de piel procedente normalmente de los labios menores. La otra es mucho más sencilla. Se tatúa una aureola y punto. En Madrid hay (o había, no sé) un equipo el La Paz especializado en esto.

    Y creo que ambas cosas están muy relacionadas con la arquitectura. Lo tuyo no fue un vulgar tatuaje sino más bien un levantamiento topográfico de tu trasero y lo del tatuaje de la aureola no deja de ser parte de una intervención arquitectónica para reconstrucción y restauración de un monumento.

    Resumiendo; que los tatuajes en el cuerpo humano no tienen por qué ser de una vulgaridad atroz y que a veces es necesario hacer un grafiti en una columna de un templo griego. (Lo de Lord Byron fue una gamberrada, que quede claro)

    ¡Suerte con tus revisiones!

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    1. Muchas gracias.
      Lo que yo quería decir es que, en principio, podríamos distinguir entre mis tatuajes o los que comentas de pezón y aréola, considerándolos como "necesarios" e incluso "decentes" y el de un guerrero ninja en el pecho, que podría considerarse "caprichoso", "innecesario", "frívolo" e incluso "tonto" o "inmaduro".
      Confieso que, como dije al principio de la entrada anterior, esa podría ser, más o menos, mi opinión hace unos años. Pero según pasa el tiempo me pregunto que por qué he de opinar (mal) sobre motivaciones que no entiendo y que ni me perjudican ni me afectan ni me molestan. ¿Para qué ser un protestón?
      Y también veo que la moda va por ahí, y que aunque todas las modas son frívolas y tienen mucha tontería, sus seguidores son tan dignos, tan decentes, tan inteligentes y tan éticos como quienes no las siguen. (Los hay que sí y los hay que no en cada uno de los dos grupos). Y yo no tengo ni ganas, ni fuerzas ni criterios como para criticar ni juzgar.
      Y, como muy bien dices, hacemos arquitectura con nuestro cuerpo y con nuestras circunstancias. (Claro, que hacemos mejor o peor arquitectura. Hay cada cagada... Pero eso es otra historia).

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  2. Te sigo desde hace tiempo y "casi" siempre me gusta mucho lo que nos cuentas y como nos lo cuentas, en muchas ocasiones me has alegrado el día, ni me podía imaginar que hubo momentos en los que pudieras estar pasando por una situación tan dura, me inclino ante ti, un abrazo fuerte.

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    1. Sí. Sería gracioso ver qué tonterías escribí en este blog durante aquellos meses. (No lo he hecho, pero me has despertado la curiosidad; voy a mirarlo). Más de una entrada se me debió de ocurrir allí en la máquina, con el culo en pompa.
      De todas formas mi buen humor durante todo aquello no tiene ningún mérito: Desde el primer día se vio que todo estaba bastante bien. No tenía metástasis ni ganglios afectados y la cosa se planteaba con bastante optimismo.
      Muchas gracias por tu fidelidad. Un abrazo.

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  3. Usted demuestra que escribir bien nada tiene que ver con complejidad.Hilvanar Ornamento y Delito con tatuajes y la condición médica que tuvo es sencillamente genial.

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  4. A propósito,al usted compartir su enfermedad nos hace más próximos que unos simples lectores de blog, pues no todo el mundo debe saber de nuestras enfermedades graves.Un saludo cariñoso desde Cali,Colombia.

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