miércoles, 7 de julio de 2010

¿Qué es arquitectura? (2)

Creo que me he equivocado con este título, y con ir dándolo por entregas. A este paso puedo llegar a “¿Qué es arquitectura? (825)” y seguiré sin haber entrado en harina. Creo que el número tres es un buen número, y ahí terminaré esta miniserie. Luego, dure lo que dure este blog, y tengan los títulos que tengan los distintos textos (perdón, entradas o posts), siempre estaremos hablando de lo mismo: de qué es la arquitectura.
He leído más definiciones. Las hay a centenares. Es agotador. Todos los arquitectos y todos los críticos han hecho alguna vez su propia definición. No pienso copiarlas aquí; no quiero soltaros ese tostón. Me quedo con la definición del DRAE que ya dije ayer: “Arquitectura: Arte de proyectar y construir edificios”. Y de esa definición voy a hablar sólo de la palabra “arte”.
Cada vez tengo más claro que lo de considerar a la arquitectura como una de las bellas artes es un error. En principio por su “utilidad utilitaria” (digámoslo así para mantener abierto el debate con Gema), y también por el concepto de “bellas artes”, hoy completamente obsoleto y empalagoso. La sola expresión “bellas artes” nos da ahora un poco de grima. Hace mucho tiempo que el arte no busca tanto la belleza como el conocimiento. (Bueno: Ese es otro charco).
Yo creo más bien que la arquitectura es un arte en el sentido en que lo es también la medicina. Se ha hablado siempre del arte de la medicina, o del arte culinario, o del arte oratorio. Entiendo el arte como maña o astucia, como técnica, como buena disposición y talento para resolver problemas y disponer mecanismos u objetos para encontrar soluciones. En el lenguaje común tener arte es tener maña y habilidad.
Aparte de eso, hay una trascendencia del arte. La pintura o la escultura, y también la poesía y la música, por ejemplo, trascienden esa definición de arte, la dejan raquítica y mezquina. Aportan algo inefable al ser humano, y le hacen mejor. Esa es su utilidad. La utilidad de la arquitectura, frente a eso, se queda en nada: en que los pasillos de los hospitales sean suficientemente anchos como para que pasen y giren las camillas.
Sin embargo, la arquitectura puede tener una funcionalidad trascendida y ser también un arte trascendido. Eso es lo que me apasiona, pero también lo que me produce más desconfianza.
Es una contradicción que no sé resolver. Lo que sí tengo claro es que cuando de la arquitectura se valora su “estética” como cosa autónoma o como valor en sí mismo, entonces hay gato encerrado. Huele a postizo, a kitsch. Un edificio es algo demasiado complejo y demasiado caro, y tiene demasiadas armaduras de acero y tuberías como para que lo que valoremos por encima de eso sea su “estética”.
Además me pregunto: “¿En qué consiste la estética de un edificio?” Creo que, principalmente, en que sus armaduras estén en su sitio y sus tuberías funcionen y no estorben.
Bueno. Ya sé que eso no es todo, y que hay mucho más que decir. Pero, amigos, esto no es ni la Encyclopedia Britannica, ni una tesis doctoral, ni una clase universitaria. Es sólo un blog y sólo pretende suscitar contradicciones y dudar en voz alta. Creo que tenemos tiempo para seguir hablando de estas cosas.

1 comentario:

  1. Me doy cuenta que esto me está quedando un poco denso. Todo tiene una pinta un poco apresurada.
    Llevo mucho tiempo pensando en crear un blog y sin hacerlo, y de repente se me cruzó un cable y lo hice. Tengo mucha prisa, y muchas ganas de dejar claros mis puntos de partida, de establecer mis criterios, para a partir de ahí aclararme yo mismo y tranquilizarme. Aunque llevo tres sermones en tres días, mi objetivo no es soltar sermones, sino liberarme de ellos en seguida y pasar a escribir de cotilleos cotidianos, de películas, de anécdotas, etc, todo empapado de la maldita arquitectura, pero bajándome del púlpito. Noi quiero púlpitos, pero necesito poner una hilada de piedra antes de saltar. Ya voy.

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