Hay distintas formas de terminar una carrera universitaria. Algunas se terminan cuando se aprueba la última asignatura pendiente. ¿Algunas? Deberían ser todas, ¿no? Pues no: En algún momento a alguien debió de ocurrírsele que echar a la buchaca el último aprobado no era suficiente. ¿Por qué? No lo sé, pero el único motivo que se me ocurre es el del lucimiento personal, la celebración, la fiesta, la alegría, salir por la puerta grande vitoreado por los profesores, abrazarse a los catedráticos, saludar con la manita, encender la traca de fin de fiesta y pirarse. Si no es por eso, no le veo ningún sentido.
Uno aprueba su última asignatura (que ni siquiera tiene por qué ser del último curso; hay alguna asignatura-garrapata que se lleva colgando -no digo de dónde- durante años) y ya. Ya está. Ya debería estar. Pues no. Es necesario hacer una fiesta para celebrarlo.
De acuerdo: Como fiesta lo admito. Si es para hacer una fiesta me parece bien; pero para otra cosa no.
En muchas carreras se hace una tesis (que se suele llamar "tesina" para distinguirla de la tesis doctoral) y en otras (las técnicas) se hace un proyecto.
Es un proyecto con el que uno demuestra que ya sabe. Es el "mira, mamá, sin manos" del niño en bici ante su madre aterrorizada. Es (debería ser) un paseo militar, un desfile, un pasacalle. (Con banda de música y todo).
Eso debería ser nuestro PFC: Un miramamásinmanos, una exhibición, una fiesta, con nuestras madres (o en su caso nuestros tutores del proyecto) aplaudiendo y vitoreando.
El alumno, en ese momento trascendente, sonreiría con legítimo orgullo, saludaría a los asistentes y saldría al mundo exterior armado de valor y de confianza.
Hace una pila de años el PFC venía a ser eso: un trámite, una gestión que se daba por aprobada de antemano, y cuyo único incentivo era obtener alguna distinción: un sobresaliente, una matrícula de honor... tal vez el premio extraordinario... ¿Que no se conseguía? Bueno, pues se conformaba uno con su aprobado o su notable y se iba a casa tan tranquilo con su título de arquitecto (u orden supletoria) bajo el brazo.
Pero últimamente, por lo que me dicen, el PFC es un verdadero trago, una cuesta arriba muy dura, una prueba que ríete tú de las de Indiana Jones.
Yo sostengo que todo alumno que presente el PFC completo, con todo lo que le han pedido, debe ser aprobado por definición y por imperativo legal.
El tutor supervisa el proyecto, y si éste está incompleto, o alguna de sus partes ha sido hecha con desidia o con prisa, entonces debe exigirle al alumno que lo complete. Pero una vez que lo ha hecho y el tutor lo da por terminado y lo presenta, ¿qué más se requiere? Nada en absoluto. Ya está, y sólo falta saber si el alumno sale de la plaza (de una bendita vez) con ovación, vuelta al ruedo, orejas o rabo.
Vamos a ver: Imaginaos la increíble historia del alumno que ha aprobado Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III... (¿cuántos hay ahora?) y que recibe del Tribunal del PFC la dura crítica de que no ha resuelto claramente, con la jerarquía adecuada, el espacio de entrada (por ejemplo). ¿Entonces cómo es que aprobó Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III... (y los que sean)?
En ese caso, yo creo que si el tribunal del PFC necesita suspender a alguien para sentirse gonadalmente fuerte, al único que debe suspender es al tutor, y expulsarle.
El alumno ha estado durante meses mostrándole a su tutor los croquis del proyecto, recibiendo sus correcciones y modificándolos. Si no estaba bien resuelto el espacio de entrada el tutor ha tenido meses para decírselo.
Corrección a corrección los croquis se van perfeccionando, el proyecto va determinándose. La conclusión es (debe ser) un trabajo brillante. Y, si no es brillante, al menos será aseado y digno.
Me refiero, naturalmente, al alumno que se toma el PFC en serio y se lo curra. Porque si no es así, el tutor no le autorizará a presentarlo.
jueves, 26 de septiembre de 2013
lunes, 23 de septiembre de 2013
Arquitectura y Caos
Acabo de leer una buena frase de Rem Koolhaas en el blog de Cosas de Arquitectos. El titular dice: "La arquitectura por definición es una aventura caótica". La frase completa no la copio para que así les hagáis una visita a estos chicos, que lo merecen, (Clicad aquí: Frasecica).
Hacer arquitectura es coordinar aspectos que en principio no son coordinables, y es dar cancha a muchas solicitaciones diversas.
Estoy de acuerdo con lo que dice Koolhaas, sólo que yo utilizaría como conclusión (y titular) prácticamente la contraria: La arquitectura es una aventura que siempre lucha contra el caos.
¿Que pierde? Vale, también nosotros, todos, nos pasamos la vida luchando contra la muerte y al final perdemos. La vida es una enfermedad mortal, y la arquitectura es una aventura caótica que acaba naufragando en el caos. Sí, de acuerdo. Pero es un naufragio extraordinario, fruto de la convicción de que se puede y se debe luchar.
Eso es lo que le da gracia y sentido a la aventura. Sentimos trágica, unamunianamente, la vida. Tenemos miedo a morir, a desaparecer sin dejar nada, a dejar de ser. Pero por eso mismo nos aferramos a la vida y la disfrutamos. Si no muriéramos nunca no tendría sentido nada; todo sería un aburrimiento.
Por el mismo motivo, si nuestro mundo fuera un ente ordenado no habría por qué hacer arquitectura, ya que nos vendría todo dado, y cualquier chabolo (o cualquier montón de trastos) colocado y dispuesto de cualquier manera sería armonioso y bello, útil y funcional, y sus proporciones, dimensiones y características varias serían siempre gratas.
Pero no es así. La entropía es una puñetera. (Es una puñetera y al mismo tiempo una estimuladora y una entusiasmadora. Es la que nos hace saltar de la cama todas las mañanas y lanzarnos a la lucha diaria).
El Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges, comienza así:
El universo es un inextricable (y divino) laberinto de causas y efectos, pero el ser humano jamás renunciará a soñar con un plano del laberinto, y a trabajar duramente para dibujarlo.
Tal vez en muchos siglos sólo sea capaz de cartografiar un par de giros o recodos, pero no se desanimará ante el ingente trabajo que le queda, sino que celebrará haber reconocido esos dos giros, y estará siempre dispuesto a descifrar el siguiente, aunque le lleve otro milenio.
Esa es la condición humana.
En arquitectura, no sólo una obra tiene que luchar contra mil dificultades, y no triunfa nunca completamente y casi nunca parcialmente, sino que las pocas veces que sale más o menos airosa se levanta en medio de un entorno hostil. (¿Cuántas veces hemos ido en peregrinación a ver una obra mítica y nos la hemos encontrado casi tapada por un concesionario de coches o por un restaurante de comida rápida, que los fotógrafos de arquitectura evitan hábilmente?). Ya no es que no podamos hacer una buena obra de arquitectura: Es que no podemos cambiar el mundo.
Y sin embargo seguimos.
He puesto antes un enlace al concepto "entropía" de la wikipedia, y me ha sorprendido (y agradado especialmente) que la palabra proceda del griego "evolución" o "transformación". Yo ya sabía que era una medida del desorden, y que era una energía que no produce trabajo, una energía inútil, una gaita. Y además significa la irreversibilidad de los procesos y, en definitiva, la tragedia de la vida (El Sentimiento Trágico de la Vida). Pero lo que no me esperaba (pero, por lo demás, es obvio) es que eso mismo fuera la evolución o la transformación.
Hacer arquitectura es coordinar aspectos que en principio no son coordinables, y es dar cancha a muchas solicitaciones diversas.
Estoy de acuerdo con lo que dice Koolhaas, sólo que yo utilizaría como conclusión (y titular) prácticamente la contraria: La arquitectura es una aventura que siempre lucha contra el caos.
¿Que pierde? Vale, también nosotros, todos, nos pasamos la vida luchando contra la muerte y al final perdemos. La vida es una enfermedad mortal, y la arquitectura es una aventura caótica que acaba naufragando en el caos. Sí, de acuerdo. Pero es un naufragio extraordinario, fruto de la convicción de que se puede y se debe luchar.
Eso es lo que le da gracia y sentido a la aventura. Sentimos trágica, unamunianamente, la vida. Tenemos miedo a morir, a desaparecer sin dejar nada, a dejar de ser. Pero por eso mismo nos aferramos a la vida y la disfrutamos. Si no muriéramos nunca no tendría sentido nada; todo sería un aburrimiento.
Por el mismo motivo, si nuestro mundo fuera un ente ordenado no habría por qué hacer arquitectura, ya que nos vendría todo dado, y cualquier chabolo (o cualquier montón de trastos) colocado y dispuesto de cualquier manera sería armonioso y bello, útil y funcional, y sus proporciones, dimensiones y características varias serían siempre gratas.
Pero no es así. La entropía es una puñetera. (Es una puñetera y al mismo tiempo una estimuladora y una entusiasmadora. Es la que nos hace saltar de la cama todas las mañanas y lanzarnos a la lucha diaria).
El Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges, comienza así:
Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón, que no cesará de soñar
con un plano del laberinto,
[...]
El universo es un inextricable (y divino) laberinto de causas y efectos, pero el ser humano jamás renunciará a soñar con un plano del laberinto, y a trabajar duramente para dibujarlo.
Tal vez en muchos siglos sólo sea capaz de cartografiar un par de giros o recodos, pero no se desanimará ante el ingente trabajo que le queda, sino que celebrará haber reconocido esos dos giros, y estará siempre dispuesto a descifrar el siguiente, aunque le lleve otro milenio.
Esa es la condición humana.
En arquitectura, no sólo una obra tiene que luchar contra mil dificultades, y no triunfa nunca completamente y casi nunca parcialmente, sino que las pocas veces que sale más o menos airosa se levanta en medio de un entorno hostil. (¿Cuántas veces hemos ido en peregrinación a ver una obra mítica y nos la hemos encontrado casi tapada por un concesionario de coches o por un restaurante de comida rápida, que los fotógrafos de arquitectura evitan hábilmente?). Ya no es que no podamos hacer una buena obra de arquitectura: Es que no podemos cambiar el mundo.
Y sin embargo seguimos.
He puesto antes un enlace al concepto "entropía" de la wikipedia, y me ha sorprendido (y agradado especialmente) que la palabra proceda del griego "evolución" o "transformación". Yo ya sabía que era una medida del desorden, y que era una energía que no produce trabajo, una energía inútil, una gaita. Y además significa la irreversibilidad de los procesos y, en definitiva, la tragedia de la vida (El Sentimiento Trágico de la Vida). Pero lo que no me esperaba (pero, por lo demás, es obvio) es que eso mismo fuera la evolución o la transformación.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Cuando todo se hunde
Me propongo no hablar de cosas tristes en este blog. Principalmente porque eso no sirve para nada; ni siquiera para desahogarse.
Llorar es bueno, incluso higiénico, pero quejarse de todo es de nenazas, o de futbolistas.
Además, ¿qué voy a decir? Todos lo sabemos. ¿Para qué insistir?
Así que no entraré a ese trapo.
La vida es muy injusta, naturalmente que sí. Eso ya lo aprendí de niño con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. La parejita de lirones caretos estaba tan contenta preparando su madriguera y acopiando comida para el invierno y de repente llegaba el buitre leonado y ¡zasca! No hay derecho. Esto no debería ser así. Justo cuando les habías cogido cariño a los lirones, no me fastidies.
Todo es así de cruel. Es la vida.
Los arquitectos hemos tenido mucho trabajo y mucha prosperidad hace unos años, y de repente se terminó todo. No es que hayamos bajado un cincuenta, un sesenta, un setenta por ciento. Es que ha hecho pum y nos hemos quedado a dos velas. Y los últimos trabajos que hicimos ni los cobramos ni los cobraremos nunca, pero tenemos que seguir pagando, y pagando, y pagando.
Bueno, esto es así.
Ya está. Se acabó.
Claro. Y qué le vamos a hacer. Además de esto mucha gente padece enfermedades injustísimas y toda suerte de desgracias que no merecen. ¿Por qué? Así ha sido siempre, pero ahora parece que es más. Todo es más gris, más triste, más injusto, y todo colabora a que estemos con un desánimo y un pesimismo terribles, que tiñen todos los aspectos y nos amargan aún más nuestra vida.
No se puede decir nada. No tengo derecho a decir nada más, ni siquiera a intentar quitarle hierro a todo esto, porque lo tiene. Tiene muchísimo hierro.
Personas que no sólo no pueden ganarse la vida, no pueden subsistir, sino que, sobre todo, se sienten inútiles, se sienten fracasadas, se sienten incompetentes, torpes, tontas, fallidas, estúpidas, ignorantes. ¡No! ¡Eso sí que no!
Gente que se pone a estudiar inglés, o informática, o lo que sea, porque necesita decirse a sí misma que la culpa no es suya. ¡Pues claro que no es culpa suya! ¡Estaría bueno! Gente válida, que sabía (y sabe) calcular una estructura de hormigón, que sabía (y sabe) vender un piso, alquilar una plaza de garaje, preparar un contrato de compraventa, hacer unas maestras en un paño, montar la ferralla de una viga o clavar una estaca para un replanteo. Y ahora resulta que no saben nada. Hay que reinventarse. Hay que reconvertirse, nos dicen.
Os lo advierto: No me digáis que tengo que reinventarme. Si apreciáis vuestra integridad física no me lo digáis. Pues claro que nos estamos reinventando todos, a cada momento y a la fuerza, aceptando trabajos y haciendo chorradas que jamás habríamos sospechado, dando más vueltas que un tonto, gastando gasolina para nada, de acá para allá, llamando mil veces para ver si nos pagan al menos una parte de las facturas que nos deben (y pasando más vergüenza que nuestros deudores, y no cobrando ni un chavo de nadie), yendo a cursillos chorras que organizan los colegios, las escuelas, los institutos y los viveros de empresa, haciéndonos emprendedores quienes siempre lo hemos sido, que nos hemos pasado la vida ahí, en el ruedo, esperando al toro a portagayola sin más armas que un lápiz, un escalímetro y una calculadora, y que jamás hemos tenido miedo a ningún miura ni a ningún vitorino. Lo que pasa es que se acabaron los toros y ahora nos toca torear garrapatas y mosquitos, que no sólo es más difícil, sino que además, hagas lo que hagas y por más que trabajes y sufras, no se pueden torear, ni puedes conseguir de ellos ninguna oreja ni ningún rabo.
Estamos acostumbrados a darnos cabezazos contra un muro, pero ya no encontramos ni el muro para abrirnos la cabeza. Por favor, una buena pared para estampar en ella la sesera. No pedimos más.
Siempre estamos diciendo que estudiamos una carrera difícil, muy exigente, pero apasionante, y que hemos ejercido una profesión no menos difícil, no menos exigente y no menos apasionante. Ahora, sin embargo, sentimos que vivimos una época muy dificil y muy exigente, pero nada apasionante, y nos hemos desapasionado completamente. Se nos han caído todos los palos del sombrajo y nos hemos dado cuenta de que no hay nada.
Y sin embargo...
Llorar es bueno, incluso higiénico, pero quejarse de todo es de nenazas, o de futbolistas.
Además, ¿qué voy a decir? Todos lo sabemos. ¿Para qué insistir?
Así que no entraré a ese trapo.
La vida es muy injusta, naturalmente que sí. Eso ya lo aprendí de niño con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. La parejita de lirones caretos estaba tan contenta preparando su madriguera y acopiando comida para el invierno y de repente llegaba el buitre leonado y ¡zasca! No hay derecho. Esto no debería ser así. Justo cuando les habías cogido cariño a los lirones, no me fastidies.
Todo es así de cruel. Es la vida.
Los arquitectos hemos tenido mucho trabajo y mucha prosperidad hace unos años, y de repente se terminó todo. No es que hayamos bajado un cincuenta, un sesenta, un setenta por ciento. Es que ha hecho pum y nos hemos quedado a dos velas. Y los últimos trabajos que hicimos ni los cobramos ni los cobraremos nunca, pero tenemos que seguir pagando, y pagando, y pagando.
Bueno, esto es así.
Ya está. Se acabó.
Claro. Y qué le vamos a hacer. Además de esto mucha gente padece enfermedades injustísimas y toda suerte de desgracias que no merecen. ¿Por qué? Así ha sido siempre, pero ahora parece que es más. Todo es más gris, más triste, más injusto, y todo colabora a que estemos con un desánimo y un pesimismo terribles, que tiñen todos los aspectos y nos amargan aún más nuestra vida.
No se puede decir nada. No tengo derecho a decir nada más, ni siquiera a intentar quitarle hierro a todo esto, porque lo tiene. Tiene muchísimo hierro.
Personas que no sólo no pueden ganarse la vida, no pueden subsistir, sino que, sobre todo, se sienten inútiles, se sienten fracasadas, se sienten incompetentes, torpes, tontas, fallidas, estúpidas, ignorantes. ¡No! ¡Eso sí que no!
Gente que se pone a estudiar inglés, o informática, o lo que sea, porque necesita decirse a sí misma que la culpa no es suya. ¡Pues claro que no es culpa suya! ¡Estaría bueno! Gente válida, que sabía (y sabe) calcular una estructura de hormigón, que sabía (y sabe) vender un piso, alquilar una plaza de garaje, preparar un contrato de compraventa, hacer unas maestras en un paño, montar la ferralla de una viga o clavar una estaca para un replanteo. Y ahora resulta que no saben nada. Hay que reinventarse. Hay que reconvertirse, nos dicen.
Os lo advierto: No me digáis que tengo que reinventarme. Si apreciáis vuestra integridad física no me lo digáis. Pues claro que nos estamos reinventando todos, a cada momento y a la fuerza, aceptando trabajos y haciendo chorradas que jamás habríamos sospechado, dando más vueltas que un tonto, gastando gasolina para nada, de acá para allá, llamando mil veces para ver si nos pagan al menos una parte de las facturas que nos deben (y pasando más vergüenza que nuestros deudores, y no cobrando ni un chavo de nadie), yendo a cursillos chorras que organizan los colegios, las escuelas, los institutos y los viveros de empresa, haciéndonos emprendedores quienes siempre lo hemos sido, que nos hemos pasado la vida ahí, en el ruedo, esperando al toro a portagayola sin más armas que un lápiz, un escalímetro y una calculadora, y que jamás hemos tenido miedo a ningún miura ni a ningún vitorino. Lo que pasa es que se acabaron los toros y ahora nos toca torear garrapatas y mosquitos, que no sólo es más difícil, sino que además, hagas lo que hagas y por más que trabajes y sufras, no se pueden torear, ni puedes conseguir de ellos ninguna oreja ni ningún rabo.
Estamos acostumbrados a darnos cabezazos contra un muro, pero ya no encontramos ni el muro para abrirnos la cabeza. Por favor, una buena pared para estampar en ella la sesera. No pedimos más.
Siempre estamos diciendo que estudiamos una carrera difícil, muy exigente, pero apasionante, y que hemos ejercido una profesión no menos difícil, no menos exigente y no menos apasionante. Ahora, sin embargo, sentimos que vivimos una época muy dificil y muy exigente, pero nada apasionante, y nos hemos desapasionado completamente. Se nos han caído todos los palos del sombrajo y nos hemos dado cuenta de que no hay nada.
Y sin embargo...
jueves, 5 de septiembre de 2013
Capricho filatélico nº 2
El otro día, a cuenta del sello de Alvar Aalto que había mostrado anteriormente, escribí una entrada filatélica sobre una obra suya, el Finlandia Talo, rareza o capricho que justifiqué porque estábamos en agosto, y en agosto todo vale.
Pero también dije que haría otra para cerrar el tema Aalto, y no lo hice.
Como agosto ha terminado hace nada, y estamos en pleno despiste septembreño, me acojo a ello para publicar ahora esa entrada, otra vez atípica. Espero que la acojáis como un nuevo capricho, como una curiosidad simpática (y, en todo caso, con mucha paciencia).
Por terminar de mostrar lo que conozco de Alvar Aalto en la filatelia (aparte de matasellos y otros), os comento que en 1978 Finlandia emitió una serie (dentro de la anual de Europa) dedicada a arquitectura local. Tenía dos sellos:
El primero, de una corona, mostraba el Sanatorio de Paimio, de Alvar Aalto, y lo mostraba como ejemplo del funcionalismo. El segundo, de 1,20 coronas, era un ejemplo del romanticismo nacional, y muestra el museo Hvitträsk, que al documentarme para este post me he enterado de que es obra de tres arquitectos, uno de ellos Eliel Saarinen.
Pero volvamos a Alvar Aalto: Aparte de su retrato en la fecha de su muerte, y de un interés desaforado por su Palacio de Congresos en Helsinki (por su interés político, como vimos, que no arquitectónico), vemos ahora este Sanatorio de Paimio, también uno sobre diseño finlandés (compratiendo hojita bloque con otros compatriotas), con sus famosos vasos de vidrio ondulado,
y poco más.
¿Poco más?
Sí, muy poco. Un solo edificio más. Pero muy curioso filatélicamente hablando.
Hacia 1960 a los gobiernos de los países nórdicos se les ocurrió regalarle a Islandia un edificio: Un pequeño centro de congresos con biblioteca, cafetería y lugar de reunión, dedicado a los países nórdicos, a su historia y a su cultura.
El edificio se llamó "Casa del Norte". Alvar Aalto hizo el proyecto entre 1962 y 1963, y la obra se realizó entre 1965 y 1968.
Es una obrita menor, una cosilla sin importancia, que a Alvar Aalto le sale solamente perfecta. (Me río yo de los que llaman "películas menores" a algunas de Alfred Hitchcock, de Billy Wilder o de John Ford. Vale: No serán sus obras maestras, pero a ver quién es el guapo que las hace así de "anodinas" y "torpes").
La Casa del Norte, como hemos dicho, tiene salas de reuniones, una sala mayor para congresos, una librería sobre temas nórdicos y una cafetería.
En fin, ya digo: una "obra menor".
No es de sus obras más notorias, pero el gobierno islandés quedó muy agradecido con el regalo de los gobiernos de los países amigos. Tanto que, entre otras cosas, el 26 de junio de 1973 emitió una serie de dos sellos, de 9 y 10 coronas:
Bueno, muy variados no son, pero a mí me parecen muy hermosos: El elegante alzado del edificio de Alvar Aalto recortándose contra un cielo en el que se insinúa la aurora boreal.
Pero también dije que haría otra para cerrar el tema Aalto, y no lo hice.
Como agosto ha terminado hace nada, y estamos en pleno despiste septembreño, me acojo a ello para publicar ahora esa entrada, otra vez atípica. Espero que la acojáis como un nuevo capricho, como una curiosidad simpática (y, en todo caso, con mucha paciencia).
Por terminar de mostrar lo que conozco de Alvar Aalto en la filatelia (aparte de matasellos y otros), os comento que en 1978 Finlandia emitió una serie (dentro de la anual de Europa) dedicada a arquitectura local. Tenía dos sellos:
El primero, de una corona, mostraba el Sanatorio de Paimio, de Alvar Aalto, y lo mostraba como ejemplo del funcionalismo. El segundo, de 1,20 coronas, era un ejemplo del romanticismo nacional, y muestra el museo Hvitträsk, que al documentarme para este post me he enterado de que es obra de tres arquitectos, uno de ellos Eliel Saarinen.
Pero volvamos a Alvar Aalto: Aparte de su retrato en la fecha de su muerte, y de un interés desaforado por su Palacio de Congresos en Helsinki (por su interés político, como vimos, que no arquitectónico), vemos ahora este Sanatorio de Paimio, también uno sobre diseño finlandés (compratiendo hojita bloque con otros compatriotas), con sus famosos vasos de vidrio ondulado,
y poco más.
¿Poco más?
Sí, muy poco. Un solo edificio más. Pero muy curioso filatélicamente hablando.
Hacia 1960 a los gobiernos de los países nórdicos se les ocurrió regalarle a Islandia un edificio: Un pequeño centro de congresos con biblioteca, cafetería y lugar de reunión, dedicado a los países nórdicos, a su historia y a su cultura.
El edificio se llamó "Casa del Norte". Alvar Aalto hizo el proyecto entre 1962 y 1963, y la obra se realizó entre 1965 y 1968.
Es una obrita menor, una cosilla sin importancia, que a Alvar Aalto le sale solamente perfecta. (Me río yo de los que llaman "películas menores" a algunas de Alfred Hitchcock, de Billy Wilder o de John Ford. Vale: No serán sus obras maestras, pero a ver quién es el guapo que las hace así de "anodinas" y "torpes").
La Casa del Norte, como hemos dicho, tiene salas de reuniones, una sala mayor para congresos, una librería sobre temas nórdicos y una cafetería.
En fin, ya digo: una "obra menor".
No es de sus obras más notorias, pero el gobierno islandés quedó muy agradecido con el regalo de los gobiernos de los países amigos. Tanto que, entre otras cosas, el 26 de junio de 1973 emitió una serie de dos sellos, de 9 y 10 coronas:
Bueno, muy variados no son, pero a mí me parecen muy hermosos: El elegante alzado del edificio de Alvar Aalto recortándose contra un cielo en el que se insinúa la aurora boreal.
domingo, 25 de agosto de 2013
Ocasiones perdidas
(Dedicado a Joan Carles Sánchez)
El mes pasado, el compañero Joan Carles Sánchez, como consecuencia de unos comentarios que hicimos en twitter sobre la humildad y la sencillez de trato de los grandes maestros, me sugirió que le dedicara una entrada de este blog a Alejandro de la Sota; no tanto para exponer un discurso académico como para contar mis vivencias personales con el genio.
Pues bien: No tuve vivencias personales con él. No lo conocí.
Alejandro de la Sota fue profesor de la Escuela de Madrid durante un breve período, que terminó en 1971 (si no estoy mal informado), y yo empecé la carrera en septiembre de 1977.
Es cierto que fue más de una vez a la escuela, llamado por algún profesor amigo, a dar alguna charla, pero la mayoría de estudiantes éramos tan bobos que no veíamos más allá de nuestras narices. Estábamos tan agobiados con nuestras asignaturas que si una figura de esas no iba a tu clase, llamado por tu profesor, para que tú hicieras algún ejercicio sobre lo que contara, no te afectaba. No era cosa tuya y no tenía nada que ver contigo.
Por ejemplo, una tarde Miguel Fisac vino a mi clase de Análisis II, y le escuchamos unos veinte alumnos. Nada más. Tuve la suerte de que me tocó, y nunca olvidaré lo que nos contó (ya lo he escrito en parte en este blog, y lo seguiré contando porque soy muy repetitivo). Pero los de la clase de al lado (y de todas las demás) se lo perdieron, como me lo habría perdido yo si él hubiera ido a hablar a la clase de al lado (o a cualquier otra).
A otra clase, la de un amigo mío, vino Pablo Palazuelo, que les contó que había empezado a estudiar arquitectura, pero que lo dejó. Lo dijo tímidamente; sólo le faltó añadir: "Yo no soy tan inteligente como ustedes". Y les habló de cuestiones que él tenía muy presentes en su pintura, y cómo entendía la escultura. Y, por lo visto, con esa seriedad que tenía y esa mirada tan acerada, fue muy amable y muy cariñoso con todos ellos. Los alumnos de esa clase tenían que hacer un trabajo sobre las esculturas de Palazuelo que se estaban exponiendo entonces en Madrid. Como yo no era de ese grupo y no tenía que hacer ese trabajo, pues no fui a la charla. Me la ahorré. (Dios, qué listo era).
Muchos años después (también lo he contado ya), en el curso en que fui profesor, José Antonio Corrales tuvo la amabilidad y la generosidad de venir a clase para explicar el Pabellón de Bruselas. Le escucharon mis alumnos, y no todos. Tampoco hubo una afluencia masiva de otras clases. (Creo recordar que vino un alumno que no era del grupo. Lo mismo fueron dos).
El compañero de Corrales y coautor del citado pabellón, Molezún, fue también profesor de la escuela de Madrid, y tampoco asistí a ninguna de sus clases (aunque afortunadamente sí le escuché en el Johnny). Ahí no tengo excusa: Fue profesor en los años en los que yo estudiaba allí. Él iba por la mañana, yo por la tarde... Excusas imperdonables.
Repito: Estábamos demasiado agobiados con nuestras clases como para ir a otras, sobre todo en los primeros cursos. Ahora lo recuerdo con rabia: Tantas ocasiones perdidas; tantos hombres de talento pasando a mi lado, y yo sin darme cuenta.
El mes pasado, el compañero Joan Carles Sánchez, como consecuencia de unos comentarios que hicimos en twitter sobre la humildad y la sencillez de trato de los grandes maestros, me sugirió que le dedicara una entrada de este blog a Alejandro de la Sota; no tanto para exponer un discurso académico como para contar mis vivencias personales con el genio.
Pues bien: No tuve vivencias personales con él. No lo conocí.
Alejandro de la Sota fue profesor de la Escuela de Madrid durante un breve período, que terminó en 1971 (si no estoy mal informado), y yo empecé la carrera en septiembre de 1977.
Es cierto que fue más de una vez a la escuela, llamado por algún profesor amigo, a dar alguna charla, pero la mayoría de estudiantes éramos tan bobos que no veíamos más allá de nuestras narices. Estábamos tan agobiados con nuestras asignaturas que si una figura de esas no iba a tu clase, llamado por tu profesor, para que tú hicieras algún ejercicio sobre lo que contara, no te afectaba. No era cosa tuya y no tenía nada que ver contigo.
Por ejemplo, una tarde Miguel Fisac vino a mi clase de Análisis II, y le escuchamos unos veinte alumnos. Nada más. Tuve la suerte de que me tocó, y nunca olvidaré lo que nos contó (ya lo he escrito en parte en este blog, y lo seguiré contando porque soy muy repetitivo). Pero los de la clase de al lado (y de todas las demás) se lo perdieron, como me lo habría perdido yo si él hubiera ido a hablar a la clase de al lado (o a cualquier otra).
A otra clase, la de un amigo mío, vino Pablo Palazuelo, que les contó que había empezado a estudiar arquitectura, pero que lo dejó. Lo dijo tímidamente; sólo le faltó añadir: "Yo no soy tan inteligente como ustedes". Y les habló de cuestiones que él tenía muy presentes en su pintura, y cómo entendía la escultura. Y, por lo visto, con esa seriedad que tenía y esa mirada tan acerada, fue muy amable y muy cariñoso con todos ellos. Los alumnos de esa clase tenían que hacer un trabajo sobre las esculturas de Palazuelo que se estaban exponiendo entonces en Madrid. Como yo no era de ese grupo y no tenía que hacer ese trabajo, pues no fui a la charla. Me la ahorré. (Dios, qué listo era).
Muchos años después (también lo he contado ya), en el curso en que fui profesor, José Antonio Corrales tuvo la amabilidad y la generosidad de venir a clase para explicar el Pabellón de Bruselas. Le escucharon mis alumnos, y no todos. Tampoco hubo una afluencia masiva de otras clases. (Creo recordar que vino un alumno que no era del grupo. Lo mismo fueron dos).
El compañero de Corrales y coautor del citado pabellón, Molezún, fue también profesor de la escuela de Madrid, y tampoco asistí a ninguna de sus clases (aunque afortunadamente sí le escuché en el Johnny). Ahí no tengo excusa: Fue profesor en los años en los que yo estudiaba allí. Él iba por la mañana, yo por la tarde... Excusas imperdonables.
Repito: Estábamos demasiado agobiados con nuestras clases como para ir a otras, sobre todo en los primeros cursos. Ahora lo recuerdo con rabia: Tantas ocasiones perdidas; tantos hombres de talento pasando a mi lado, y yo sin darme cuenta.
jueves, 15 de agosto de 2013
El bailón solitario
(Dedicado a Javier Ibarrola)
(Dedicado también a Ana Moreno, experta en De Stijl y seguidora de este blog)
El otro día mi colega y amigo virtual Javier Ibarrola colgó en Facebook esta magnífica foto:
Es el pintor Piet Mondrian con su cuadro Broadway Boogie Woogie.
Me pareció una foto fascinante y la comenté con entusasmo. (Entusiasmo que aún me dura, y me da fuerza para acometer esta entrada).
Creo que la foto plasma plásticamente una vida entera (a punto de terminar: Mondrian murió al año siguiente de terminar este cuadro).
Le veo como fue siempre: serio, preciso, solitario. Adivino que lleva corbata (no se le ve, pero quiero verla) y que pinta con la meticulosidad de un colibrí, sin mancharse. La bata sólo tiene manchas en la zona del abdomen, entiendo que de mover los cuadros y de apoyarse en el borde inferior del caballete, pero apenas hay otras (dos muy pequeñas en la manga izquierda).
Sujeta un cigarrillo entero y, al parecer, apagado, e inclina levemente el cráneo hacia adelante, para mostrarnos su nítida calva.
Los zapatos están bien lustrados y dan una impresión de limpieza y cuidado, como toda su persona y toda su obra.
Contaré dos o tres datos muy brevemente. Se podría decir mucho más, e incluso hay quien lo hace, pero este no es el lugar adecuado para ello.
Tan sólo evocaré a Theo van Doesburg y a Piet Mondrian (con otros, pero estos dos fueron los pilares) fundando el movimiento De Stijl y juramentándose para respetar la abstracción y la pureza perfectas con varios principios inamovibles: La planitud de la pintura (no sugerir relieve ni modelado, sino potenciar su realidad plana); las rectas verticales y horizontales, en ángulo recto (con todo el simbolismo aplicable a la vertical y a la horizontal); los colores primarios (rojo, amarillo y azul) y los no-colores (blanco-gris-negro).
Todos empezaron a cumplir esos principios con aplicación, pero era una disciplina insoportable.
El culo inquieto de van Doesburg le hizo militar, mientras lideraba De Stijl, en todos los bandos enemigos, utilizando varios seudónimos simultáneos.
Pero es que van Doesburg, aparte de lo que hiciera clandestina y traidoramente en otros grupos y movimientos, en el mismo De Stijl comenzó a pintar con morados, marrones, verdes caquis... Algo insufrible para Mondrian, que tenía en su estudio un jarrón con tulipanes cuyos tallos pintaba meticulosamente de blanco para no ver el verde, y cerraba las contraventanas para no ver los árboles.
Y, todavía más: ¡Van Doesburg se permitió inclinar las líneas!
Por no hablar de los demás: Cada uno a su manera habían ido violando todos y cada uno de los principios sagrados de De Stijl. Pero Mondrian siguió, años y años, décadas y décadas, pintando cuadros que manifestaban su planitud, que tenían líneas verticales y horizontales y que sólo usaban los colores puros reglamentarios.
Cuando van Doesburg inclinó las líneas y las masas de color Mondrian dio esta delicadísima, elaboradísima, sutilísima respuesta:
Giraba cuarenta y cinco grados todo el Universo, pero en él sus líneas seguían siendo la vertical y la horizontal. Y los colores... Nada de esos morados, pardos, castaños que habían engatusado a su ex amigo. Nada de corrupciones. ¿Colores puros? Pues más puros todavía.
(Mencionemos de paso que al gran arquitecto Dudok el municipio de Hilversum le había provisto de una pequeña cantidad de dinero para que amueblara y decorara el edificio del Ayuntamiento con lo que mejor le pareciese, y compró este cuadrito. Que conste para los que dicen que Dudok no estaba al día de la vanguardia).
Nos quedamos con esa imagen: Todos los artistas de De Stijl saltándose a la torera las rígidas normas cada vez que les venía bien, y Mondrian solitario, meticuloso, disciplinado, pintando una y otra vez cuadros completamente ortodoxos. Había dado su palabra, y la cumplía todos y cada uno de los días de su vida.
(Dedicado también a Ana Moreno, experta en De Stijl y seguidora de este blog)
El otro día mi colega y amigo virtual Javier Ibarrola colgó en Facebook esta magnífica foto:
Es el pintor Piet Mondrian con su cuadro Broadway Boogie Woogie.
Me pareció una foto fascinante y la comenté con entusasmo. (Entusiasmo que aún me dura, y me da fuerza para acometer esta entrada).
Creo que la foto plasma plásticamente una vida entera (a punto de terminar: Mondrian murió al año siguiente de terminar este cuadro).
Le veo como fue siempre: serio, preciso, solitario. Adivino que lleva corbata (no se le ve, pero quiero verla) y que pinta con la meticulosidad de un colibrí, sin mancharse. La bata sólo tiene manchas en la zona del abdomen, entiendo que de mover los cuadros y de apoyarse en el borde inferior del caballete, pero apenas hay otras (dos muy pequeñas en la manga izquierda).
Sujeta un cigarrillo entero y, al parecer, apagado, e inclina levemente el cráneo hacia adelante, para mostrarnos su nítida calva.
Los zapatos están bien lustrados y dan una impresión de limpieza y cuidado, como toda su persona y toda su obra.
Contaré dos o tres datos muy brevemente. Se podría decir mucho más, e incluso hay quien lo hace, pero este no es el lugar adecuado para ello.
Tan sólo evocaré a Theo van Doesburg y a Piet Mondrian (con otros, pero estos dos fueron los pilares) fundando el movimiento De Stijl y juramentándose para respetar la abstracción y la pureza perfectas con varios principios inamovibles: La planitud de la pintura (no sugerir relieve ni modelado, sino potenciar su realidad plana); las rectas verticales y horizontales, en ángulo recto (con todo el simbolismo aplicable a la vertical y a la horizontal); los colores primarios (rojo, amarillo y azul) y los no-colores (blanco-gris-negro).
Todos empezaron a cumplir esos principios con aplicación, pero era una disciplina insoportable.
El culo inquieto de van Doesburg le hizo militar, mientras lideraba De Stijl, en todos los bandos enemigos, utilizando varios seudónimos simultáneos.
Pero es que van Doesburg, aparte de lo que hiciera clandestina y traidoramente en otros grupos y movimientos, en el mismo De Stijl comenzó a pintar con morados, marrones, verdes caquis... Algo insufrible para Mondrian, que tenía en su estudio un jarrón con tulipanes cuyos tallos pintaba meticulosamente de blanco para no ver el verde, y cerraba las contraventanas para no ver los árboles.
Y, todavía más: ¡Van Doesburg se permitió inclinar las líneas!
Por no hablar de los demás: Cada uno a su manera habían ido violando todos y cada uno de los principios sagrados de De Stijl. Pero Mondrian siguió, años y años, décadas y décadas, pintando cuadros que manifestaban su planitud, que tenían líneas verticales y horizontales y que sólo usaban los colores puros reglamentarios.
Cuando van Doesburg inclinó las líneas y las masas de color Mondrian dio esta delicadísima, elaboradísima, sutilísima respuesta:
Giraba cuarenta y cinco grados todo el Universo, pero en él sus líneas seguían siendo la vertical y la horizontal. Y los colores... Nada de esos morados, pardos, castaños que habían engatusado a su ex amigo. Nada de corrupciones. ¿Colores puros? Pues más puros todavía.
(Mencionemos de paso que al gran arquitecto Dudok el municipio de Hilversum le había provisto de una pequeña cantidad de dinero para que amueblara y decorara el edificio del Ayuntamiento con lo que mejor le pareciese, y compró este cuadrito. Que conste para los que dicen que Dudok no estaba al día de la vanguardia).
Nos quedamos con esa imagen: Todos los artistas de De Stijl saltándose a la torera las rígidas normas cada vez que les venía bien, y Mondrian solitario, meticuloso, disciplinado, pintando una y otra vez cuadros completamente ortodoxos. Había dado su palabra, y la cumplía todos y cada uno de los días de su vida.
jueves, 8 de agosto de 2013
Capricho filatélico nº 1 (licencia agosteña)
En mi entrada anterior, para hacer notar cuánto apreciaban los finlandeses a Alvar Aalto, puse un sello de correos y un billete de banco. Son dos elementos que los estados utilizan habitualmente, además de para su fin principal, para hacer propaganda de sus países, de su cultura, de su historia.
El hecho de que un personaje aparezca en un sello o en un billete de su país es una especie de certificado de inmortalidad.
Por eso puse esa imagen, pero como en twitter me entretengo a menudo buscando sellos conmemorativos (#Arquisellos, que suelen ser respuesta a las efemérides arquitectónicas que cada día nos muestra nuestro amigo @alfavino), algunos han querido ver en esa entrada un atisbo de artículo "arquisellístico", y me llaman por teléfono a todas horas, me envían e-mails, golpean la puerta de mi casa, me amenazan, me ofrecen sobornos, etc., para que dedique una entrada a estos #Arquisellos.
No les haré caso del todo (aunque me juegue la vida con ello), sino que voy a hacer una somera reflexión y luego pondré unos ejemplos. Tómese como capricho veraniego y permítaseme por una vez. (Bueno, serán dos).
Lo primero que se me ocurre señalar al respecto es que coleccionar sellos de arquitectura moderna tiene un serio problema, y es que quien decide los motivos a emitir ni suele ser amante de la arquitectura moderna, ni suele tener mucha idea sobre ella, ni se deja asesorar.
Por ejemplo, y sin salir de España, que yo sepa no existe ni un solo sello sobre los primeros modernos (Aizpurua, Labayen, Illescas, Lacasa, Sánchez Arcas, García Mercadal, Arniches, Feduchi, Sert, Torres Clavé, etc, etc,), ni sobre los segundos (Gutiérrez Soto, Cabrero, etc), ni sobre Miguel Fisac, Alejandro de la Sota, José Antonio Corrales, Ramón Vázquez Molezún, Fernando Higueras, Antonio Miró...
Pero ya llevan seis sellos sobre Calatrava.
(Y, sí, afortunadamente sí hay sellos sobre Oíza, Carvajal, Moneo, Miralles, Tuñón y Mansilla, por ejemplo; aunque creo que el de Carvajal fue por chiripa, pero bienvenido sea).
Pero esto no es sólo propio de España, sino de todos los países. Los grandes grandísimos, los gaudíes, lecorbusieres, franklloydwrights, mies, gropius... sí tienen sello, pero ni se hacen con coherencia ni con lógica.
Venga. Ya está. Ya me he quejado.
Ahora voy con la segunda observación, que es más simpática. Y es que a veces un edificio, por su uso, por su trascendencia política o social, es profusamente reflejado en los sellos, independientemente de su valor arquitectónico, ya que lo que celebran aquéllos es la proclamación de una constitución, una conferencia internacional, una cumbre histórica o unas jornadas sobre el cáncer; y a veces sale el edificio donde se han celebrado, y a veces hasta es un gran edificio.
Ese es, precisamente, el caso del que comenté el otro día: El Finlandia Talo.
En él se celebró la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa en el año 1975, y las consecuencias filatélicas fueron considerables. Pongo unos ejemplos que espero que os causen curiosidad. Tomadlo como un post ligero, veraniego y semivacacional. (Post, naturalmente, dedicado al mencionado amigo @alfavino, y a @angel_neoars, y por extensión a @DGArquitecto, @quadraturaarq, @TodoEfemerides, @AGUA_architects, y a todos los demás que se suman alguna vez al grupo de arquiselleros de twitter).
(Releo esto el día 11 de mayo de 2015 y añado a @AmasUArquitecto, que se incorporó después pero se ha convertido en el alma de este grupo pro-filatélico, y quien más #Arquisellos aporta).
Abrimos boca con unas viñetas sin valor postal.
La primera, una hojita bloque de Hungría, de 1973. Los cuatro sellos de las esquinas sí tienen valor postal y pueden franquear cartas, pero los dos de en medio son meras viñetas. Una es nuestro Helsinki Talo. ¿Y la otra? (No lo digo).
Lo mismo pasa con esta hojita de Rumanía: Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, 1973. Ginebra y Helsinki. Hay cuatro sellos con valor postal y dos viñetas sin él, que muestran las dos sedes.
El hecho de que un personaje aparezca en un sello o en un billete de su país es una especie de certificado de inmortalidad.
Por eso puse esa imagen, pero como en twitter me entretengo a menudo buscando sellos conmemorativos (#Arquisellos, que suelen ser respuesta a las efemérides arquitectónicas que cada día nos muestra nuestro amigo @alfavino), algunos han querido ver en esa entrada un atisbo de artículo "arquisellístico", y me llaman por teléfono a todas horas, me envían e-mails, golpean la puerta de mi casa, me amenazan, me ofrecen sobornos, etc., para que dedique una entrada a estos #Arquisellos.
No les haré caso del todo (aunque me juegue la vida con ello), sino que voy a hacer una somera reflexión y luego pondré unos ejemplos. Tómese como capricho veraniego y permítaseme por una vez. (Bueno, serán dos).
Lo primero que se me ocurre señalar al respecto es que coleccionar sellos de arquitectura moderna tiene un serio problema, y es que quien decide los motivos a emitir ni suele ser amante de la arquitectura moderna, ni suele tener mucha idea sobre ella, ni se deja asesorar.
Por ejemplo, y sin salir de España, que yo sepa no existe ni un solo sello sobre los primeros modernos (Aizpurua, Labayen, Illescas, Lacasa, Sánchez Arcas, García Mercadal, Arniches, Feduchi, Sert, Torres Clavé, etc, etc,), ni sobre los segundos (Gutiérrez Soto, Cabrero, etc), ni sobre Miguel Fisac, Alejandro de la Sota, José Antonio Corrales, Ramón Vázquez Molezún, Fernando Higueras, Antonio Miró...
Pero ya llevan seis sellos sobre Calatrava.
(Y, sí, afortunadamente sí hay sellos sobre Oíza, Carvajal, Moneo, Miralles, Tuñón y Mansilla, por ejemplo; aunque creo que el de Carvajal fue por chiripa, pero bienvenido sea).
Pero esto no es sólo propio de España, sino de todos los países. Los grandes grandísimos, los gaudíes, lecorbusieres, franklloydwrights, mies, gropius... sí tienen sello, pero ni se hacen con coherencia ni con lógica.
Venga. Ya está. Ya me he quejado.
Ahora voy con la segunda observación, que es más simpática. Y es que a veces un edificio, por su uso, por su trascendencia política o social, es profusamente reflejado en los sellos, independientemente de su valor arquitectónico, ya que lo que celebran aquéllos es la proclamación de una constitución, una conferencia internacional, una cumbre histórica o unas jornadas sobre el cáncer; y a veces sale el edificio donde se han celebrado, y a veces hasta es un gran edificio.
Ese es, precisamente, el caso del que comenté el otro día: El Finlandia Talo.
En él se celebró la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa en el año 1975, y las consecuencias filatélicas fueron considerables. Pongo unos ejemplos que espero que os causen curiosidad. Tomadlo como un post ligero, veraniego y semivacacional. (Post, naturalmente, dedicado al mencionado amigo @alfavino, y a @angel_neoars, y por extensión a @DGArquitecto, @quadraturaarq, @TodoEfemerides, @AGUA_architects, y a todos los demás que se suman alguna vez al grupo de arquiselleros de twitter).
(Releo esto el día 11 de mayo de 2015 y añado a @AmasUArquitecto, que se incorporó después pero se ha convertido en el alma de este grupo pro-filatélico, y quien más #Arquisellos aporta).
Abrimos boca con unas viñetas sin valor postal.
La primera, una hojita bloque de Hungría, de 1973. Los cuatro sellos de las esquinas sí tienen valor postal y pueden franquear cartas, pero los dos de en medio son meras viñetas. Una es nuestro Helsinki Talo. ¿Y la otra? (No lo digo).
Lo mismo pasa con esta hojita de Rumanía: Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, 1973. Ginebra y Helsinki. Hay cuatro sellos con valor postal y dos viñetas sin él, que muestran las dos sedes.
Llega por fin el año 1975 y se celebra en el Finlandia Talo la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, y es motivo de celebración postal por varios países:
La U.R.S.S.
Finlandia, la anfitriona.
Checoslovaquia. 1976. Hojita bloque con dos sellos con
valor postal, en los que se ve el Finlandia Talo al fondo.
A los cinco años, en 1980, se vuelve a celebrar la Conferencia, esta vez en Madrid. Hungría tiene varias hojas conmemorativas, en las que sale el Palacio de Congresos de Madrid, pero tiene esta en la que recuerda también las sedes de las conferencias anteriores:
Hungría. 1980. El sello tiene valor postal, pero los motivos arquitectónicos se quedan fuera.
Pero aquí no acaba todo. Los países del este quedaron tan encantados con la Conferencia de Helsinki que la vuelven a homenajear al cabo de 10 años.
Checoslovaquia. 1985. 10º Aniv. Conferencia de Helsinki.
Hoja bloque con cuatro sellos, pero el edificio se queda fuera,
en la hojita, como decoración, junto con otros motivos.
Rumanía, 1985. 10º Aniv. Conferencia de Helsinki.
El sello muestra una familia "ejemplar". El Finlandia Talo se queda fuera.
(como las sedes de Belgrado 1977, y Madrid 1980)
U.R.S.S. 1985. Esta sí: Un sello con el edificio.
Y Hungría, la de las magníficas hojitas, esta vez sí que saca
el Finlandia Talo como protagonista. 1985.
Pero es que a los quince años, la U.R.S.S., la más contumaz, emite otro sello conmemorativo.
U.R.S.S. 1990. 15º Aniv. de la Conferencia de Helsinki.
Bueno, pues ya veis lo que ha dado de sí este edificio en el mundo filatélico.
Termino con una curiosidad: Los matasellos tienen también interés filatélico, y hay algunos muy curiosos.
En 1992, la recién creada República de Moldavia accedió a las Naciones Unidas y a la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE). Y lo celebró con una serie de (dos) sellos, y con matasellos muy chulo:
República de Moldavia. 1992. Sobre y Matasellos conmemorativo
de su entrada en el C.S.C.E. Primer día de circulación.
Bueno, con esto ya vale de capricho. (Perdonadme la fricada). Pero, ahora que lo pienso, Alvar Aalto tiene otra buena anécdota filatélica con otro de sus edificios. Y agosto apenas está empezando, y yo sigo con espíritu friki-veraniego. Así que voy preparando nueva entrada.
(Si te ha gustado o te ha causado cierto interés o cierta curiosidad esta salida de tono, te agradecería que clicaras en el botoncito g+1).
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