lunes, 6 de junio de 2022

Sacar al niño

He visto en Twitter una foto de una etiqueta de una prenda infantil hecha en China que, esta vez en correcto español, advierte de que hay que sacar al niño de dentro de la ropa para poder proceder a su lavado (creo que al de la ropa, pero obviamente también al del niño).


Vemos esto y pensamos con una sonrisa: "Ay, estos chinos". Pero no. Estoy seguro de que esta advertencia no es exigible en China, ni siquiera se considerará recomendable allí. No: Eso es cosa nuestra. Lo vemos cada vez más por aquí, y conocemos bastantes casos.

Acordaos de aquella mujer que puso a secar a su perrito en el horno microondas y se le murió. Y demandó a la empresa porque en ningún sitio del manual de funcionamiento advertía del peligro de meter animales de compañía en el cacharro. Mirad la guía de uso de vuestro coche: Es muy probable que en algún rincón diga que no debéis beberos el ácido de la batería, y es posible que lo diga porque alguien se lo bebió y sus deudos les demandaron y ganaron.

Tampoco debéis meter la cabeza en una bolsa de plástico, introducir un destornillador en ninguno de los orificios de una base de enchufe, intentar destaponaros un oído con la blacandéquer o apoyar la mano en la vitrocerámica encendida. Y no es por sentido común; es porque lo pone en los respectivos manuales. Así estamos.

lunes, 30 de mayo de 2022

Complejidad y sencillez

A Raquel Martínez, por su magisterio.


Creo que a la gente, en general, le gusta que pasen cosas. Sí, bueno, claro. La vida puede llegar a ser muy aburrida si no pasa nada. Y el arte también. En las novelas y en las películas se prefiere la aventura y el frenesí, en la pintura el colorido y la narración de episodios o el retorcimiento de formas, en la música la melodía brillante, y así en todo.

¿A quién no le gusta una historia trepidante? ¿Recordáis cómo empieza Con faldas y a lo loco? Es una magnífica película, y no sé si encontraréis a alguien a quien no le guste, ya sea un espectador poco exigente y muy "básico" o ya sea un sesudo crítico. Pero estos últimos se descuelgan también a menudo con peliculones de tres horas en los que se ve crecer la hierba y poco más. Y el público no entiende cómo hacen tales alabanzas de semejantes truños.

Lo mismo pasa con el minimalismo, con ciertas novelas existencialistas y con buena parte de la arquitectura contemporánea. Hablaré de esta:

A la gente en general le gusta la arquitectura barroca, por ejemplo, tan llena de cosas, tan impresionante e incluso a veces desequilibrante, y no puede entender que en los albores del siglo veinte ciertos arquitectos propugnaran las cajas paralelepipédicas blancas y no solo no se les echara a los leones sino que acabaran triunfando.

Por eso la arquitectura contemporánea no gusta, y cuando alguna obra sí alcanza al público lo hace por ser "barroca", entendiendo esto como retorcida, expresiva, llamativa y, en definitiva, en la que pasan cosas.


Y muchos de nosotros ponemos carita y decimos que no con el dedito. Nos preguntan entonces: "¿No te gusta porque pasan cosas?, ¿porque es divertido?, ¿porque es un desafío?" Entonces recordamos tantos edificios narrativos, divertidos y desafiantes que nos apasionan y contestamos: "No es por eso. Es porque es malo".

¿Y eso cómo podemos explicarlo? Porque enseguida nuestro interlocutor nos pregunta: "¿Y según tú esto otro es bueno?"

Y decimos que sí, que naturalmente, y nos sentimos como ese crítico de cine que afirma que esa película iraní en la que una joven madre camina con su hijo hacia un horizonte incierto durante veintitrés minutos y sin hablar es una obra maestra (hay que tener cuajo), y que Los bingueros, en la que te tronchas de risa y pasan muchas cosas, es un bluff.

Es un tema del que hablamos demasiado. Yo estoy siempre dándole vueltas (la última vez, hace solo cuatro entradas, aquí), y sé que aburro mucho, pero hoy tengo un enfoque nuevo, o una consideración que aún no había hecho, y aprovecho para contarla.

viernes, 20 de mayo de 2022

Un canto al trabajo

No sé por qué narices nos empeñamos en seguir siendo pobres, con lo bien que se tiene que estar siendo rico, por mucho que TitaThyssen diga que casi que no trae cuenta.

Yo confieso que sí que querría ser rico, y no para tener coches de lujo o varias mansiones. O un avión privado. No. Todo eso no me dice nada; es más, me agobia. Lo querría ser para llevar más o menos el mismo tipo de vida que llevo (con algunos caprichos y comodidades extra, claro que sí, pero eso es lo de menos, de verdad), pero SIN TENER QUE TRABAJAR.

Sí, ya sé: Que me gusta mi trabajo y todo eso. Claro que sí, guapis. Mencanta: Los informes, los certificados, ir a medir una casa una tarde de estas a cuarenta grados, los problemas, los requeridos... Todo. Mencanta. Por eso estoy ya decidido a jubilarme en poco tiempo. No seré rico de dinero, pero lo seré de tiempo y de libertad.

Claro, que cuando al fin me haya sacudido el yugo de la maldición bíblica de ganarme el pan con el sudor de mi frente me perderé escenas tan brillantes y emotivas como esta:

domingo, 1 de mayo de 2022

Vestido de nazareno

No tenía intención de continuar la entrada anterior, ni la planteé como primera parte de nada, pero en ella comenté de pasada que hacía no mucho tiempo Norman Foster era un huracán que se remangaba la camisa y dije que alguna vez lo contaría aquí si no lo había hecho ya. (Obviamente, en seguida alguien me pidió que lo hiciera).

Suelo escribir tan compulsivamente que ni me paré a comprobarlo antes de publicar esa entrada. Lo hice después y vi que no lo había contado, así que creo que está bien hacerlo ahora. (También vi que no se remanga la camisa. La memoria es engañosa y, al menos en mi caso, magnifica las escenas y las hace más épicas aún de lo que ya son).

Titulo esta entrada "vestido de nazareno" para completar el dístico de Machado que transcribí el otro día, aunque los títulos resultan ahora cruzados. Hoy cuento lo del trueno y la semana pasada dije lo del nazareno.

Foster sin chaqueta y con el rotu gordo

En mayo de 2012 la empresa L&L Holding Company invitó a once estudios de arquitectura de fama internacional para que presentaran ideas para un rascacielos de oficinas que pretendían construir (conservando el 25% de la estructura del edificio existente(1)) en el número 425 de Park Avenue, en Nueva York. De esos once quedaron cuatro finalistas: Foster + Partners, Rogers Stirk Harbour + Partners, OMA y Zaha Hadid Architects, y se les pidió que participaran en una segunda vuelta para ver a quién le encargaban el proyecto.

Esa ronda final se filmó y tenemos a nuestra disposición un documento valioso de cómo venden sus dotes y sus cualidades tan grandes estudios. Vamos a verlo un poco(2).

lunes, 25 de abril de 2022

Aquel trueno

El otro día el perfil de instagram officialnormanfoster ha publicado esta foto:

Y me ha dado mucha envidia. ¿Os cuento por qué? Creo que es fácil, pero aun así os lo voy a decir. Lo primero es que está trabajando en su casa. Tiene un enorme estudio en Londres (y en más sitios, claro) en el que trabajan cientos de personas, pero él está trabajando en casa. Lo segundo es que menuda casa tiene que tener, a la vista de lo poco que se atisba. ¿Habéis visto esa pradera al fondo, y esos árboles? Tanto espacio, tanta luz, tanta blancura. Lo tercero es la camisa rosa: Recién lavada y recién planchada; fresca, cómoda, ligera. No es la camisa, claro; hasta ahí llego (es a lo único que llego); es la ausencia de metro, de autobús, de prisa, de sofoco, de sudores camachiles. Veo (creo ver) que se ha levantado, ha hecho algo de deporte ligero, se ha duchado, ha desayunado una tostada con mermelada de arándanos, un zumo de naranja y un café con leche y se ha quedado tan a gusto. Yo no estoy así ni en vacaciones. Yo salgo de la ducha y ya estoy más sucio y más sudoroso que él. Lo cuarto es que está trabajando con una paz envidiable, sin teléfono, sin correo electrónico, sin molestias de ninguna clase. Lo quinto es que está trabajando en algo muy bonito y gustoso: coloreando delicadamente un dibujo, y no contestando a un requerimiento o algo así. Y lo sexto, y corolario de todo lo anterior, es que no está trabajando.

Está coloreando, sin salirse de las rayas, una perspectiva de la parte inferior de un edificio. Alguien la ha dibujado en cad y la ha ploteado, y el jefe la colorea con lápices. Un trabajo perfectamente inútil.

Quien le lleva el instagram ha insistido y nos ha mostrado la escena desde el otro lado:

Pues bueno, pues vale. Estupendo. Miradle qué aplicadito y qué mono.

Norman Foster está desde hace muchos años en un plan de 

Se hace fotos en su unicornio gigante flotante, o esquiando, o conduciendo coches de lujo, o lo que sea. Siempre algo más allá de cualquier sueño humano. Pero esto de dibujar en casa, que es con mucho lo más asequible para todos, se me antoja lo más sacachorrero: "Hala, hala, trabajad, que yo estoy aquí tan a gusto con mis cositas".

Y eso precisamente es lo peor de todo: Él está ahí con sus cositas mientras un montón de gente trabaja en un proyecto en el que él, alejado en su casa, coloreando con sus lápices, no participa en absoluto.

martes, 19 de abril de 2022

Buenos días lo primero

Todos hemos tenido a alguien que nos lo ha dicho: nuestros padres, nuestra abuela paterna o nuestra tía Herminia. Entrábamos corriendo, urgidos por una novedad o un hallazgo, donde estaban reunidos nuestros familiares, lo proclamábamos con entusiasmo y en vez de pasmarse ante nuestros asertos nos recriminaban: "Buenos días lo primero". No entendíamos nada: Lo que estábamos contando era emocionante, importante, divertido, y nos cortaban para exigirnos que cerráramos el chorro y diéramos los buenos días. ¿A quiénes les podían importar los buenos días? No obstante, al parecer era obligatorio darlos.

Imaginaos a Hitler o a Rommel mandando callar al espía que traía los datos del lugar y el momento exactos en que se iba a producir el desembarco en Normandía y gritándole: "¡Buenos días lo primero!" Imaginaos al excitadísimo espía intentando pese a todo decir cuántas tropas, cuántos barcos y con qué armamento iban a desembarcar y a sus superiores arrestándolo e incluso mandándolo fusilar por cabezota e indisciplinado, y no haciéndole caso por no haber dado los buenos días. (¿Os imagináis?)

Pues con lo de Normandía es casi seguro que no ocurrió, pero con la arquitectura ocurrió, ocurre y seguirá ocurriendo. Nos hemos creído portadores de nuevos conceptos de espacio, de nuevas y mejores eficiencias, de mayor lógica constructiva y de más avanzado régimen de confort, pero nos obstinamos en proclamarlo sin dar los buenos días (o, mejor dicho, los damos de una manera muy rara) y nos mandan al cuarto de los ratones sin escuchar ni apreciar nuestra buena nueva.

Vamos a hacer una prueba. Proponédsela a vuestros amigos cultos pero no en arquitectura ni especialmente interesados en ella. Mostradles estas cuatro parejas de edificios y pedidles que elijan el que más les guste de cada una.




(Se pueden clicar para verlas más grandes)

Yo lo he hecho y los resultados son prácticamente unánimes: derecha, izquierda, izquierda e izquierda.

lunes, 4 de abril de 2022

Las botas de goma

A Emilio. (Esta historia me la ha contado él).


A raíz de mi antepenúltima entrada ("Mucho hierro") mi amigo Emilio me llamó y estuvimos un rato charlando sobre tanta gente que interviene en las obras y sabe tanto de estructuras que nos dejan en mal lugar, siempre sospechosos y a menudo desautorizados, puesto que aseguran que llevan toda la vida haciendo eso y que saben más que nosotros.

Aprovecho para decir que siempre he aprendido de quienes hacen las obras y que, efectivamente, saben muchas cosas que yo ignoro. Pero también he de decir que ellos ignoran algunas cosas que yo sé, y que estaría bien que también me hicieran caso de vez en cuando, como se lo hago yo siempre, pues a menudo he asistido y sigo asistiendo a obras en las que hay operarios que tienen toda la experiencia práctica que se pueda tener, y realizan su trabajo con una habilidad manifiesta, pero ignoran cualquier fundamento básico teórico sobre lo que están haciendo.

Para iluminarme sobre este asunto, Emilio me dijo una anécdota que Ricardo Aroca contaba a menudo en sus clases.

Decía que hizo una vivienda unifamiliar con una considerable losa de hormigón armado en voladizo. En una visita de obra supervisó el encofrado y dio instrucciones sobre la armadura, que estaban empezando a colocar.