domingo, 26 de julio de 2015

Los pianos de Casablanca

Seguro que todos conocéis la escena del piano de Casablanca (en la que Ingrid Bergman NO dice: "Tócala otra vez, Sam").


Dooley Wilson hace la interpretación de su vida cantando y tocando al piano sólo un trocito de As Times Goes By. Suficiente para que ya todos reconozcamos la canción para siempre.
Un buen tema para dedicarle no una, sino una docena de entradas.

Pero esta no. Esta va de otra cosa.
El gran arquitecto Luis Gutiérrez Soto hizo de todo, y entre ello varios cabarets o salas de fiesta. 
En 1933 (nueve años antes que la película) proyectó la Sala de Baile Casablanca, que fue muy popular en el Madrid de la época y que hoy ha desaparecido, como tantas obras.


Nos resulta curioso que en aquel momento aún no se olieran los fétidos vapores de la inminente guerra civil, y los madrileños vivieran la noche con alegría y optimismo.
Estos dancings nos llevan a una época de alegría, de sofisticación, de alcohol, jazz y cosmopolitismo, y también nos transportan a una suerte de agujero negro o de escondite de avestruz. No hay más que ver fotografías del Madrid de ese tiempo de unas cuantas manzanas más allá, o de esa misma zona por la mañana (cómo cambia el mundo por la noche). Las fotos de los niños llenos de mocos, de las mulas con cántaros de agua, de los hombres con boina y navaja y la cara renegrida y áspera como una lija son de ahí mismo, pero pertenecen a otro universo.
Pero, como digo, los dancings eran otra cosa: una vida feliz y llena de promesas. Fijaos en el delicioso grafismo de los planos y en la maestría del diseño, que se apoya en la simetría para contradecirla cuando lo necesita, reforzándola al mismo tiempo. Una obra menor, una obra hecha de un tirón, sin despeinarse, pero llena de sabiduría. Qué rincones, qué esquinas, qué escaleras. Un máster en diseño arquitectónico concentrado en unas líneas.
Planta baja

Planta alta

¿Qué os parecen? Fantásticos, ¿verdad? Como todo lo que hacía Don Luis. Demuestran un oficio pasmoso. Si los clicáis podéis verlos más grandes y apreciar mejor sus detalles.
¿Pero os habéis dado cuenta de un detallito?


La orquesta, formada por gajos que se pueden elevar independientemente y así alojar tanto a una Big Band como a un pequeño grupo, está escoltada delante por ¡dos pianos! ¡Qué lujo! ¡Qué derroche! ¡Qué barbaridad!
Ya. Lo curioso es que un piano tiene la escala creciente y el otro decreciente. Vamos, que uno va a derechas y el otro a izquierdas. Y eso no es posible. La cola de los pianos es más larga por la izquierda y más corta por la derecha. Uno de ellos está mal.
Las guitarras se pueden acordar al derecho y al revés, para diestros y zurdos (aunque un guitarrista me dijo una vez que hay guitarras para zurdos, ya que la simetría no es perfecta y a un zurdo no le viene del todo bien colocar las cuerdas al revés en una guitarra para diestros). Pero los saxofones, por ejemplo, sólo son de una forma, porque la digitación es tan sencilla que se pueden tocar con dos manos izquierdas. Los pianos también tienen una sola forma, pero por el motivo contrario: Su digitación es tan difícil que hay que tener dos manos derechas, diez dedos sabios. Vamos, que sí que hay pianistas zurdos haciendo otras cosas, pero tocando el piano no.




Si miramos las fotos de la sala ya en uso (podéis clicarlas para verlas más grandes) vemos que sí que se colocaron dos pianos, pero "normales", o "reales".


¿A qué se deben esos dos pianos de los planos de Don Luis? ¿Un mero error (repetido en las dos plantas)? Puede ser. Es lo más seguro. Un detalle que a uno se le escapa; uno no puede estar en todo ni ser experto en todo.
Sí. Debe de ser eso. Pero Don Luis tenía un fastuoso piano en su estudio, del que ya hemos hablado: el piano de cola del mantón de Manila. Todos, hasta el último de sus delineantes, debían de estar muy acostumbrados a verlo.
¿Y qué mas da? Siempre hay un tonto experto en descubrir estos fallitos insignificantes, y yo, amigos y amigas, cada día lo soy más (tonto y experto).

Creo, analizando esos dibujos y dejándome llevar por su sensualidad, que los pianos pedían esos dos "balcones" donde asomarse, y que la voluptuosidad de la simetría y del puro dibujo dieron esa solución geométrica entre balcón, escalera y plataforma de la orquesta. (Los más mayores recordaréis que difícil puñeta y al mismo tiempo qué delicado placer suponía empalmar con el compás sobre el papel vegetal arcos de circunferencia de distintos radios y centros, qué delicadeza en las tangencias, qué cuidado y qué pulcritud exigían).
Ya puestos, la curva del piano correcto tampoco es así. Es un canto al mero placer del dibujo. ¿No os parece?
¿No pudo encajarse ahí cada piano para forzar, o para diseñar, o para regular el complejo acuerdo de todos esos elementos constructivos? ¿No pudo ser cada piano una mera excusa para que las cosas se hicieran precisamente así?
¿No puede el arquitecto permitirse el placer de soltar una mentirijilla en lo que no importa para que lo que importa salga bien?

No sé. No estoy seguro. ¿Qué os parece?



(Desde luego, nada que ver con este frontón en Santullán, Cantabria, que sí parece ser sólo un error. Bueno, un error o una estrategia del entrenador local para ganar siempre en casa. El visitante no debe de dar ni una).


-¿Y tú quién te has creído, tío moñas? En Santullán jugamos así al frontón.
-Vale. Vale. Perdón.
-Vaya un tío faltoso. El típico tonto que va de experto.
-Repito: Perdón.



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