martes, 9 de noviembre de 2010

El arquitecto de Dios

Así llama el ABC a Gaudí: El arquitecto de Dios. También le llama -otra variante- El arquitecto de la fe.
Todo ello a cuento de la visita del Papa Benedicto XVI a Barcelona y de la consagración de la Sagrada Familia.
Sin embargo, las fotos con las que se ilustran esos artículos del ABC no son de la obra de Gaudí, sino de la que ha perpetrado el conjunto de profesionales mejor intencionados del mundo. (El infierno está empedrado de buenas intenciones).



Vaya por delante que en mi opinión La Sagrada Familia era una obra inacabable, imposible, incluso para el propio Gaudí, que se había metido en un atolladero delicioso desde el punto de vista literario o cinematográfico (¡Ay, Dios, qué buena historia!), pero envenenado arquitectónicamente. Por lo tanto, al equipo que la está terminando no se le debe acusar de nada. Al menos yo no lo haré.




Si a mí me hubieran encargado terminar el templo, ¿qué habría hecho? Huir. Bueno, eso no. Hay que trabajar, hay que hacer lo que sea (e intentar cobrarlo). Probablemente habría intentado consolidar lo que ya estuviera construido, afianzándolo, y habría dejado el resto de la parcela como era: un parque romántico (y algo siniestro) alrededor y por dentro de la gran ruina, como lo vi en los años ochenta (y ya por entonces se había hecho mucho post-gaudí). Esa sensación de ruina prenatal, de criatura malograda, de edificio decrépito no por la vejez, sino por no haber nacido nunca, me fascinó. Los excesos de Gaudí, siempre a punto de naufragar entre Richard Wagner y Walt Disney, pero siempre mejor que ellos, quizá por su componente trágica, daban a la obra una potencia insoportable. Estaba llena de elementos surrealistas, de barbaridades, de agonías. Pero ahora ya sí que lo veo definitivamente Disneyland. No puedo evitarlo. Y lo siento. Bien que lo siento.


Si no me hubieran permitido dejarlo como digo, si me hubieran obligado a terminarlo, lo habría hecho lo más discretamente posible, de la manera más neutra, para que se notara claramente la intervención de Gaudí. Creo que por un exceso de amor hacia él le han diluido en una verbena y han confundido a todo el mundo (como a los del ABC, que mientras alaban a Gaudí no atinan con una sola foto de su obra).
Gaudí tiene un poder que me cautiva. Me empalaga, me supera, lo aborrezco, lo repudio, y me vuelve a conquistar. Es horrible, es bello, es cutre, es sublime. No sé qué es. Era un tío raro, un obseso, un santo. No sé cómo va su proceso de canonización. Me gustaría que lo terminaran ya, para tener a alguien a quien rezar (yo, que soy un descreído), y para iniciar una campaña, tan virulenta como sea posible, para que a los arquitectos nos quitaran ya de una vez de patrona a Nuestra Señora de Belén (en su Huida a Egipto), que nunca he sabido qué tiene que ver con la arquitectura (y más concretamente en ese preciso trance, como no fuera que visitara las pirámides), y nos pusieran por fin a nuestro santo colega.

PD.- He dicho que nunca he sabido el por qué de nuestra patrona y precisamente lo explica José Álvarez Guerra en el enlace que he puesto. Me acabo de enterar. Gracias, compañero.

1 comentario:

  1. En la última de EL PAÍS de hoy, 14-11-2010, el siempre lúcido Manuel Vicent escribe lo siguiente: (Copio las primeras y las últimas frases de su artículo)

    Una de las peores pesadillas sería soñar que toda Barcelona había sido diseñada por Gaudí y que uno estaba condenado a habitar ese espacio el resto de su vida. Por fortuna este arquitecto construyó sólo algunos edificios significativos y por eso se le considera un genio. Uno de sus engendros imaginativos, reproducido a veces en chocolate como mona de pascua, es el templo de la Sagrada Familia, que acaba de ser dedicado al culto turístico por el Papa Ratzinger.
    [...]
    El templo de la Sagrada Familia, que si alguna gracia tenía era la de estar inacabado como el sueño de un genio enloquecido por la mística arbórea, será terminado de construir con el dinero del turismo y cuando se encierren del todo sus paredes dentro no habrá más que japoneses.

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