lunes, 27 de marzo de 2017

Una crítica

A Eduardo Almalé, que se indignó con
este edificio. (Qué hombre más soso).

Últimamente he recibido varias opiniones en la línea de que este es un blog divertido, simpático, majete... pero en el que no se hace una crítica arquitectónica seria. Y me ha dolido. Me ha dolido porque quienes me han hecho tales observaciones tienen razón.
Me he picado en mi amor propio y he decidido exhibir mi capacidad crítica. Para ello voy a hablar de un edificio notable: Ática 7, en Pozuelo de Alarcón (Madrid).
No tengo el honor de conocer el nombre de su autor, pero lo prefiero. A menudo la fama del artista impide una visión limpia y desprejuiciada de su obra. Analicemos, pues, este edificio por sus propios méritos.


Se trata de un edificio de oficinas diseñado con gran cuidado y precisión. La fachada de vidrio está formada por piezas rectangulares colocadas unas encima de otras y unas al lado de otras, formando filas bien alineadas.
Todo coincide. No hay franjas torcidas. Todo cuadra.
Los vidrios están muy limpios.
Hay varios pórticos colocados en distintas fachadas y con distintos criterios: No en los centros, no en los ejes de simetría, no en las direcciones principales. Es un alarde de arquitectura moderna, libre y no dependiente de rancios esquemas compositivos.
Los capiteles de las columnas también son muy modernos. Son de un orden como jónico-mireusté o jónico-chúpateesa. Y de metal verde. De alguna forma están diciendo: "Ictinos, Calícrates: Comednos lo de abajo" o "este Fidias nos toca las pilotas".


Unos capiteles muy bonitos. Y no sólo muy bonitos, sino muy comilfó en estos tiempos de desorden, confusión y marasmo. (Vale, y también pleonasmo). (Y orgasmo).

miércoles, 22 de marzo de 2017

Mesas ordenadas

A David García-Asenjo, a Carlos Santamarina,
A AGUA arquitectos y a Alberto Alonso, por su
colaboración y por sus mesas.

La idea de escribir esta entrada nació con un tuit de David García-Asenjo en el que citaba un artículo de Juan Tallón: "Instrucciones para ordenar la mesa". David es un lector infatigable, culto e inteligente, y si él cita, glosa o refiere un artículo te lo tienes que leer. Así son las cosas, así que me lo leí inmediatamente. (Hacedlo también vosotros). Al momento saqué con el móvil una foto a mi mesa según estaba, y la mandé como respuesta al tuit de David y al artículo.
Esto desencadenó más respuestas de más amigos, y así, espontáneamente, nos fuimos retratando.

Mi mesa

He trabajado durante veinte años con mi socio Tomás Saura. Durante ese tiempo me ha dado muchos motivos de envidia. Uno de ellos era su mesa siempre ordenada. Podríamos tener muchísimo trabajo, muchas llamadas apremiantes, muchos faxes, cartas, lo que fuera. Él tenía cada cosa en una carpeta, en un archivador, en un cajón. Todo en su sitio. A veces, mientras trabajaba, tenía la mesa inundada de papeles, pero cada uno de ellos cumplía una función exacta y estaba donde tenía que estar, y al terminar la jornada era guardado y clasificado en su correspondiente carpeta, convenientemente etiquetada, y la mesa quedaba limpia y libre para el día siguiente.
Yo no puedo. Mi mesa ya me expulsa a mí. Busco un rincón despejado para escribir allí, encogido, una nota. Como Juan Tallón, me digo a mí mismo que no es tan difícil guardar cada cosa en su sitio, pero, también como él, veo cosas que no lo tienen, y, lo que es peor, cosas que pueden tener dos o tres sitios válidos porque pertenecen simultáneamente a dos o tres órdenes o familias.
Por otra parte, me da miedo tirar cosas. Ese folleto de un material de cubierta: No tengo intención de usar ese material, pero no lo tiro. Esa carta medio rara que te llega, esa tarjeta de un comercial de fontanería, esa notificación, esa invitación a un acto, esa lo que sea. ¿Dónde guardarla? En ningún sitio. Su sitio es la papelera, pero ya. Pues no. La dejo sobre la mesa vagando y vegetando y al cabo de meses y meses ya se ha pasado la fecha, la efectividad, la oportunidad, lo que sea, y la tiro por fin, cosa que debería haber hecho el primer día. Me digo y me repito que si un papel me es útil debe tener su sitio para ser guardado y ordenado, y si no lo es debe ir a la papelera, pero no lo hago.
(Por cierto, ¿alguna vez habéis revuelto la papelera buscando ese papel que tirasteis el otro día y que ahora necesitáis? Yo sí. Soy un desastre).
Otra cosa que pienso es que si yo trabajara en una empresa, si yo tuviera un jefe, sería más cuidadoso con el aspecto de mi mesa. Supongo que no me atrevería a ser censurado por mi jefe ni por mis compañeros. Pero trabajo solo, a mi bola, y creo que eso ayuda también a tener la mesa así. En este caso el desorden tiene también algo de capricho. Pero cuidado con el capricho: Es como no afeitarse un día para trabajar (¿qué más da?, por un día no pasa nada): Acaba uno trabajando otro día en zapatillas de estar por casa, y otro día en chándal, y otro día en pijama. Esto del desorden mesero es como el alcoholismo: Uno reconoce en ciertos momentos que se está pasando, que está siendo superado y no puede controlarlo, pero en el fondo no cree que sea un problema grave, no se da cuenta, se va abandonando y naufraga. Uno se agarra una borrachera de desorden y se olvida de los problemas que le abruman.
En medio del caos, uno está rodeado de amigos: Un medallón, unos sellos, una lupa, unas fotos, una figurita de Astérix, un viejo llavero... Cosas que te acompañan y te alegran, pero que, aún más, te abruman, te descentran y te fastidian. Y todo ello a la vez.

No sé muy bien por qué (o sí, pero para qué andar dando explicaciones tontas) en el follón de mi mesa había un montón coronado por el Corto Maltés en Siberia. Debajo, no se ve en la foto, había un número del Jot Down, un libro de órdenes, un bloc, varias carpetas que no eran de ahí, etcétera. Al fondo, detrás de los botes de lápices y bolis (tantos botes y cuando necesito un rotulador no lo hay) tengo la novela Oblomoff, en una vieja edición de 1931, y debajo de ella Si te dicen que caí. Entre los botes de bolis y las novelas hay un medallón de bronce en el que sale el Palacio de Cristal de la Casa de Campo de Madrid, en una rara vista curvada en ojo de pez. A su lado, una tarjeta de la residencia de ancianos de mi pueblo.
Y para qué seguir.

A mi foto reaccionó David poniendo dos de su mesa según estaba en ese momento. Por un lado libros y papeles amontonados (y un aparato eléctrico que no identifico) y por otro unos apuntes de un ratón (diría que sí, que es un ratón) sobre un libro ilustrado. También veo herramientas y más cosas.


Mesa de David García-Asenjo

sábado, 4 de marzo de 2017

Necio chinchorrero

No quiero escribir esta entrada. No quiero reaccionar airadamente cada vez que un tonto del haba se mete con la arquitectura y con los arquitectos porque sí, sin dar una razón, sin un fundamento, sin conocimiento de causa. No quiero darle a esa gente boba y autocomplaciente una importancia que no tiene. No quiero ensuciar este blog con mi cabreo y mi desprecio.
Pero es que hacen mucho daño. Es que es un bombardeo continuo desde la tele y desde la radio, una gota malaya inmisericorde. Es que es el insulto gratuito y constante sin que nadie haga nada por frenarlo, y calando un día tras otro en la opinión pública.
Es un lugar común: Nadie lo niega, ni siquiera la gente supuestamente culta. (Esos menos que nadie). Una panda de opinadores indocumentados, bobos y chinchorreros dicen que la arquitectura moderna es una desgracia para la humanidad y que los arquitectos somos los enemigos. Y nadie les calla la boca, nadie les pide que se retracten, que pidan perdón. Es una ofensa gratuita y estúpida, sin el menor fundamento ni la menor base, y que sigue cundiendo.
Uno de estos personajillos patéticos que aletean y cacarean con estas falacias es un tal Adriansens, que se tiene por artista, por hombre muy culto y sensible, que no sabe nada de nada más allá de tres datos inanes y de tres nombres alemanes del siglo diecisiete o dieciocho, que babea sus orgasmos stendhalianos y jadea sus suspiritos y sus exabruptos escupiendo alabanzas a los castillos del Loira y a los orinales del Rey Sol mientras despotrica contra todo lo moderno. Habla con rotundidad, con exaltación, con cabreo, y loa sus bibelots y sus chuminadas grasientas a toda hora. Ah, y además pinta.

Cosita de Adriansens

Ayer, en el programa de radio Julia en la Onda, que dirige Julia Otero en Onda Cero, este mamarracho se ha permitido eructar que no puede perdonar a los arquitectos modernos porque han afeado el mundo. Y nadie le ha mandado callar. Ni siquiera nadie ha mediado o ha intentado terciar, matizar nada. Así, tal cual: Los arquitectos modernos no merecen perdón porque han afeado el mundo.
¿Pero por qué nos tiene usted que perdonar? ¿De qué? ¿Pero quién se ha creído usted que es?
Imaginaos que alguien hiciera una afirmación tan genérica sobre los médicos, los charcuteros o los taxidermistas. Tal vez alguien se sintiera molesto y le pidiera que matizara algo, que puntualizara algún detalle o suavizara alguna expresión. Pero con los arquitectos no hay matices. No pasa nada. Somos el pimpampum, los enemigos de la humanidad.
El otro día un eurodiputado polaco ha dicho que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son más bajitas y más tontas y se ha liado buena, con toda la razón. Si hubiera dicho que los arquitectos debemos cobrar aún menos de lo que cobramos porque somos la pura maldad nadie se habría sentido molesto.

Cosita de Adriansens

Por otra parte, este odiador de la arquitectura moderna (y de la arquitectura en general, pues diga lo que diga no entiende ni sabe nada de arquitectura, ni le interesa lo arquitectónico) va a Florencia o a Venecia y se despiporra. Le da un stendhalazo que se cae al suelo. Levita y palmotea, y se le cae la baba. Pero habría que haberlo visto allí, en la Florencia del quattrocento, cuando el moderno Brunelleschi se lio la manta a la cabeza y acometió aquella tremenda barbaridad del cupulón.

Cosita de Adriansens