lunes, 31 de octubre de 2016

Ridículo

Esta historia es verdadera. He disimulado y emborronado los
detalles porque implican a otras personas y las dejan en una posición
tal vez algo ridícula, o, al menos, poco brillante. Pero el peor
parado, con todo, fui yo, y por eso me atrevo a contarlo.

No tengo ningún pudor para hablar de mis ridiculeces, pero esta afecta sobre todo a otra persona y me da apuro. Se me ha pasado por la cabeza varias veces contar esta anécdota aquí, pero siempre me he arrugado al final por no poner en evidencia a nadie. Así que permitidme que la cuente sin contarla del todo.

El caso es que hace unos años el director de una escuela de arquitectura de entonces inminente inauguración estaba desesperado porque no encontraba profesores.
Un día se quejó a un arquitecto amigo suyo (y mío) de que había poquísimos doctores, y que los pocos que había y que cumplían el perfil ya estaban dando clase en alguna escuela consagrada y no querían dar un salto en el vacío para venir a la nueva.
Ese amigo común le habló de mí, y muy bien. Yo era doctor, yo había sido profesor (hacía mucho, eso sí) en la escuela de Madrid y estaba disponible. Y seguro que me haría ilusión.
El director de la escuela le pidió mi teléfono y me citó una tarde a tomar un café y a charlar.

Fue una tarde estupenda. Le conté en pocas palabras mi currículum y le di un CD que contenía mi tesis, otros escritos y material variado para que lo examinara. Le pareció todo muy bien. Tal como me habló yo di por hecho que prácticamente ya formaba parte del claustro de profesores. Me dijo incluso el sueldo (aproximado) que podría tener, y me dio ciertos detalles de organización, de enfoque del curso, de estructura académica, etc, que parecían un tanto excesivos para ese primer momento. Vamos, que lo vi hecho.

Nos despedimos cordialmente.
Se lo conté a mis padres y todo. Estaba muy contento.
Caí en la cuenta de que en los últimos años había descuidado mi perfil cultureta y respetable, y me notaba bastante obsoleto e incluso oxidado. Así que me aprovisioné de libros para releer (y algunos para leer por primera vez) para refrescar la memoria y ambientarme un poco.
Iba a empezar el verano.  Me hice la cuenta de que el director me llamaría en seguida.
No me llamó.
Tal vez me llamaría a mitad del verano, o a finales, para preparar el curso con mis compañeros.

He tecleado profesor arquitectura en las imágenes de google y esta es la primera
que ha salido. No intentéis reconocer a nadie ni relacionarlo con esta historia.

Pasaba el verano y a mí no me llamaba nadie. Incluso refrescaba ya un poquito a la puesta de sol, y nada. Ya iba a empezar el curso. ¿Cuándo vamos a reunirnos? ¡No pretenderá que me lance a mi aire, a contar a los alumnos lo que me dé la gana! ¿Cuándo prepararemos el curso?

El verano estaba casi acabado y yo no tenía noticia de nada. Me daba muchísimo reparo y muchísima vergüenza llamar al director (me había dado su teléfono y todo) para preguntarle qué tal iban las cosas y qué había de lo mío, así que llamé a una compañera con la que tenía confianza y que yo sabía que era la mano derecha del director. Este eminente señor estaba en otras cosas, y delegaba estas tareas en mi amiga.
Cuando la llamé la puse en un compromiso y en una situación incómoda. Me contó que ya estaba todo hecho y preparado para el curso inaugural, y que yo no estaba. La notaba incómoda y cohibida por tener que darme explicaciones a mí: un disparatado espontáneo que llamaba sin venir a cuento para preguntar por su hipotética plaza.
De alguna manera llegué a la conclusión de que tal vez el director me reservara para un curso más avanzado. La escuela nacía en ese momento y sólo iba a impartir el primer curso. El año siguiente daría primero y segundo, y después primero, segundo y tercero. Etcétera.
(Pues como me hayan elegido para dar el doctorado voy listo).

viernes, 28 de octubre de 2016

Crítica funcionalista

El otro día, a raíz de la entrada que escribí sobre la corrección de Carvajal a un proyecto de un alumno, alguien me comentó que Carvajal no tenía un cuerpo teórico coherente, y que se limitaba a hacer una crítica funcionalista, que es algo muy fácil, muy elemental y muy pobre, ya que consiste tan sólo en ir leyendo los planos.
(La verdad es que ese sistema ha sido el de casi todos los profesores que he conocido).
Esto me hizo pensar un par de cosas que quiero contar ahora.
En primer lugar, creo que la funcionalidad es obligatoria. La funcionalidad es una condición previa y sine qua non. Hay que satisfacerla siempre. Una vez que hemos constatado que está ahí y que cumple, podemos pasar a hablar de otras cosas.
De nada sirve hacer consideraciones plásticas, espaciales, estéticas, etc., si el edificio no funciona. Si no funciona no hay nada más que hacer.


Veamos por ejemplo una planta de una vivienda situada en Francia. Vemos varias cosas antifuncionales: La escalera hace el cambio de dirección con peldaños compensados muy incómodos, y eso que le sobra sitio para haber tenido una meseta amplia. Al desembarcar de ella tenemos un largo pasillo para ir a un dormitorio, allá al fondo, y otro pasillo para ir al dormitorio principal, también al fondo (y al que además se entra a través de un baño). Es decir: un pasillo por delante de la escalera y otro por detrás cuando cualquiera habría sabido aprovechar mejor la superficie útil haciendo uno solo. También hay un amplio espacio de distribución al lado de la escalera, al que abre la puerta del salón estorbando la salida a la terraza. (A quienes hemos hecho adosados de 5,50 m de fachada nos parece mentira que en un distribuidor tan grande se puedan estorbar las puertas). Vemos además un baño ciego cuando hay metros y metros de fachada por todas partes.
Etcétera. ¿Para qué seguir? Carvajal se habría puesto las botas corrigiendo este proyecto.


Veamos ahora una casa de campo en Estados Unidos.
Con esta no vamos a perder el tiempo. Sólo diremos:
-¿Cariño, vas a quedarte hasta tarde viendo la tele?
-Hasta que termine el fútbol.
-Pues me voy a la cama a leer un rato.

sábado, 22 de octubre de 2016

Javier Carvajal: la lúcida mala leche

A Alfredo Aviñó y a José Javier Quintana,
que aseguran que salieron airosos de las
correcciones de Javier Carvajal.

Yo era de la cátedra de Oíza, y mis mejores amigos de la escuela (Emilio, Paco, Joaquín, Iván...) eran de la de Carvajal. Eran dos mundos irreconciliables. Podéis reíros de los Capuleto y de los Montesco, o de los merengues y culés: Esto sí que era una rivalidad peor que la de West Side Story. Nos mirábamos los unos a los otros por encima del hombro. Nos despreciábamos olímpica y minuciosamente.
¡Bah, los de Oíza!
¡Puaj, los de Carvajal!

Los de Carvajal dibujaban en la escuela; no podían llevarse los dibujos a casa. A mí eso me parecía incomodísimo. Dibujaban en papel caballo, en un formato enorme, pegado al tablero.
El papel caballo es opaco. No se puede calcar en él. Eso les obligaba a dibujarlo todo minuciosamente a lápiz antes de empezar a pasarlo a tinta. Y, naturalmente, toda esa brega previa no podía ensuciar el papel. Recuerdo que usaban una especie de microbolitas de goma que esparcían sobre el papel para que el paralex corriera sin ensuciar. Y también polvos de talco. Las minas de lápiz eran 4H, 5H, qué sé yo.
¿Para qué servía dibujar en papel caballo? Era un sistema de tortura hábilmente diseñado. Era un sádico y sofisticado sistema de dolor. Era un taller medieval de duro y ascético aprendizaje.
Además, los chapones de tinta son muy difíciles de raspar en papel caballo. Lo que en papel vegetal es una pequeña molestia fácilmente reparable, en ese antipático papel supone un desafío muy duro, con altas probabilidades de cagarla después de tantísimas horas de trabajo. Saber raspar era aún más importante que saber dibujar.

Pero lo peor, con todo, era que las interminables horas nocturnas y finisemanales que todos nos pegábamos en casa, en nuestro cuarto, ellos se las pasaban en el aula.
Vivían en una especie de monacato, yendo a la escuela los sábados por la tarde e incluso los domingos para tirar líneas y líneas con un lápiz 5H afilado como un estilete.
También era divertido. Se despedían de sus padres o de sus compañeros de colegio mayor y se disponían a pasar unos cuantos días seguidos en el aula, con los demás monjes, todos locos de estrés.

Carvajal, al menos por esa época, ni tenía grupo de alumnos ni iba mucho por la escuela. No recuerdo con qué periodicidad iba, pero sí que iba periódicamente, y que el día que tocaba su visita era una fiesta. Cada profesor seleccionaba uno o dos proyectos de sus alumnos (los mejores), y todos los seleccionados se mostraban ante el gran maestro, que los corregía (y con ello corregía a sus profesores por la tremenda osadía de haber pretendido que esos eran buenos proyectos).

Javier Carvajal

Los seleccionados lo sabían con varios días de antelación, y temblaban ante la idea de ser juzgados por el monstruo.
Una vez Paco fue uno de los elegidos, y nos pidió a todos sus amigos -incluso a los que estábamos en la cátedra de Oíza- que fuéramos a verle para hacerle sentir arropado.

Aquello fue una masacre.

domingo, 16 de octubre de 2016

Mi tesis

El día 31 de marzo de 1992 leí mi tesis doctoral en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Hace ya veinticuatro años de aquello. Cómo pasa el tiempo.
La tesis se titula -o se titulaba, porque no sé si sigue viva o murió hace años- WRIGHT - VAN DOESBURG - MIES VAN DER ROHE. De la descomposición del espacio a la composición del vacío.
Mi director de tesis fue Juan Daniel Fullaondo. Me guió con mano maestra, me prestó libros inencontrables (los tenía todos), me sugirió enfoques, me animó siempre y nos reímos mucho. Lo pasé realmente bien durante todo el tiempo. Qué suerte tuve.


He caído en la cuenta de que no la tenía colgada en el blog, así que la acabo de poner. Tenéis la portada en la columna de la derecha. Si clicáis en ella os saldrá un enlace a dropbox en el que la podréis descargar.

Vamos a ver: es una tesis, no una novela policíaca. Quiero decir que, aunque siempre intento escribir con claridad y con sencillez, tiene una gran componente de truño infumable. Descargáosla sólo si tenéis verdadero interés. Intentar leerla puede ser un esfuerzo vano, sin recompensa.

jueves, 13 de octubre de 2016

La mona

El otro día el concejal de arquitectura, paisaje urbano y patrimonio del ayuntamiento de Barcelona dijo que la Sagrada Familia es una mona de pascua. Esa declaración ha levantado revuelo, pero no es nueva. Desde hace muchas décadas muchos artistas e intelectuales (incluido nada menos que Le Corbusier) han pedido que se pare de una vez ese horror.


Lo que ocurre con estas críticas es que suelen dar por buena la obra de Gaudí, y claman contra la continuación porque desvirtúa el proyecto del genio.
Yo, seguramente pecando de bocazas indocumentado, sostengo que ya la actuación de Gaudí (por otra parte un arquitecto admirable, autor de unas cuantas obras maestras) era fallida desde el principio.
Una mala tarde la tiene cualquiera, y una mala obra la tiene cualquier arquitecto. Y esta, a mi juicio, fue mal desde el principio.
En 1866 el librero Josep Maria Bocabella i Verdaguer fundó la Asociación Espiritual de Devotos de San José, que tomó en sus manos la desaforada misión de construir en Barcelona un templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia.
La asociación, siempre escasa de recursos, al fin consiguió contratar al arquitecto Francisco de Paula de Villar y Lozano, que hizo un proyecto de templo neogótico.

El proyecto neogótico inicial de Villar

El día de San José de 1882 comenzó la obra, y al poco tiempo empezaron los problemas. Los pilares de piedra maciza proyectados por Villar eran caros. Era mucho más barato chapar de piedra unos pilares de argamasa y cascote. Villar se indignó y abandonó la obra.
Este detalle me parece muy interesante: Desde el primer momento, los piadosos socios pretendían que la obra mintiera. (Nunca he entendido que alguien, movido por su fe, haga una obra en loor de lo que tiene por más sagrado y para ello se agazape en la mentira, en la mera apariencia. Volveré a ello porque Gaudí siguió en parte con esa actitud).
A la mentira del estilo (neo-loquesea) se unía, pues, la mentira constructiva (pilares de hormigón ciclópeo pero que parecieran de piedra).
La obra, apenas empezada, se quedó parada.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Diseño

Nos pasamos la vida diseñando y hablando de diseño y no sabemos en qué consiste exactamente.
Creo que es bueno saber que todo lo que vemos y tocamos está diseñado. Aunque creo que, para simplificar un poco el problema, podríamos reducir el campo a lo que está diseñado voluntaria y conscientemente por alguien. Me refiero, por tanto, a las asas de los cubos y a los cubos, a las gomas de borrar, a los chupetes, a los bolígrafos, a los azadones, a los zapatos, a los pomos de las puertas, etcétera.
Siempre el diseño ha sido funcional. Al objeto hay que darle una forma, y una resistencia, y un filo, o un canto romo, o una resbaladicidad, lo que sea, para que nos sea útil. En eso consiste el diseño.
Pero, ya que se pone uno a satisfacer una mera necesidad, se acaba entusiasmando y deja volar su imaginación, sus deseos de expresión, su afán de notoriedad.
A veces esto último se le va de las manos al diseñador y acaba perpetrando cosas inútiles y absurdas que nos llenan a todos de congoja.


Yo siempre he sido de los de "ande yo caliente y ríase la gente". A veces voy con unas pintas un tanto estrafalarias, pero muy cómodo. Por lo tanto, no me escandaliza ni el casquete-peluca que lleva el de la foto ni el punto tremendo de los puños. Todo vale para combatir el frío. Pero, entonces, ¿por qué ese escote? ¿Para qué las desnudas clavículas, el desprotegido esternón?
Y entonces sí. Entonces sí me atrevo a decir que ese pobre modelo (vedle la cara) es un adefesio y va hecho un mamarracho, y que el diseñador de esa cosa es un inútil y un zascandil de pronóstico.
Y entonces sí. Entonces sí me atrevo a decir que esa cosa es horrible, que su diseñador es un pretencioso y que todo es vanitas vanitatis.
Comparo esa prenda de vestir con mi afeitadora y veo qué es un diseño funcional, ergonómico, pensado con éxito, y qué es un mero parloteo de cacatúa.
Miro ese jersey absurdo y aprendo mucho sobre arquitectura.