martes, 30 de agosto de 2011

Cuando sonríes

Os propongo un ejemplo típico del jazz: Se toma una canción "popular", sin demasiadas pretensiones "artísticas" (lo que no quiere decir que no sea una obra de arte) y se "jazzea" al gusto.
Veamos cómo una canción deliciosa como When You're Smiling (compuesta por Larry Shay, Mark Fisher, y Joe Goodwin) puede versionarse de muy diferentes maneras. Cómo sobre una base melódica y rítmica muy sencilla (y muy buena) se pueden construir estructuras complejas pero muy frescas.
La letra de la canción es ésta:


WHEN YOU’RE SMILING

When you're smiling, when you're smiling
The whole world smiles with you
When you're laughing, when you're laughing
The sun comes shining through

But when you're crying, you bring on the rain
So stop that crying, be happy again
Keep on smiling, because when you're smiling
The whole world smiles with you.

(Apenas dos estrofas, que se pueden repetir y modificar ad libitum).


Una traducción podría ser ésta:

CUANDO SONRÍES

Cuando sonríes, cuando sonríes
El mundo entero sonríe contigo
Cuando te ríes, cuando te ríes
Sale el sol brillando al máximo

Pero cuando lloras traes la lluvia
Por eso, deja de llorar; sé feliz de nuevo
Sigue sonriendo, porque cuando sonríes
El mundo entero sonríe contigo.

La letra es muy sencilla y muy directa, pero muy bonita. La música también lo es.
La estructura permite dar una primera vuelta sólo presentando la melodía, otra con improvisaciones, otra con la letra, otra a orquesta completa en plan apoteosis, etc. Como se quiera.
Todo el mundo la ha cantado. Veamos algunos ejemplos. Os pido que no los escuchéis todos seguidos, porque os puede dar una sobredosis.
Quería dejar a Satchmo para más tarde, porque su interpretación no es la más "típica" para empezar. Es demasiadio lenta. Pero a ver quién le dice que no a Don Luis. Una pasada.



Empieza la banda, muy despacio, tocando los acordes finales, la resolución. Mientras, Armstrong adorna con los duduá exquisitos de su trompeta. Y tú te quedas diciendo: "¿será posible?" Hace una transición entre el duduá y un final tranquilo (entre 0.12 y 0.18, seis segundos) y empieza a cantar. ¿A cantar? ¿Será posible? Entre 0.18 y 0.22 arranca a cantar algo así como "ban to totsi du du tsant tsa tsa" y ahí mismo un "ooh" que no deja ni un ápice de respiración al "when-you'res-miling" en un stacato inesperado. Y yo le digo: "Vale, Don Luis, cántelo como le de la gana, que sólo por esto ya merece la pena tener un blog de arquitectura: para ponerle a usted".
No sigo segundo por segundo. Sólo os repito que reparéis en la versatilidad que ofrece un esquema tan sencillo, que permite solear, bandear y cantar a placer.
Demasiado lento, ¿verdad? Pero la canción lo aguanta bien.

Vamos ahora con otro Don Nadie. ¿Quién dudaba si era o no era cantante de jazz?

Un estilo completamente distinto. Cinco segundos de entrada de gran banda y Don Francisco ataca la letra directamente. Escuchad el adorno del saxo a cada paso. (When you're smiling -dadarada tabadadá- when you're s -tariradá dabadará taratá). Muy bien, Muy buen swing.
Canta la letra con un gran dominio -como siempre- y la termina en 0.48. Ahí deja el toro dispuesto a los subalternos (¿subalternos? nadie lo diría), que tocan la melodía a toda potencia y con una alegria contagiosa. Da gusto escucharlos. Y en 1.12 empieza un solo de saxo que es como para que los que manoseamos uno lo dejemos ya de una vez. Qué frescura y qué fraseo. Dura sólo hasta 1.33. Apenas ha durado 21 segundos, pero en 21 segundos uno puede demostrar su absoluta maestría.
La banda redondea cinco segundos y el jefe vuelve a entrar y repite lo mismo que ha hecho al principio. Un esquema clásico cantante-banda-cantante, pero ahora llega a la parte final de la letra con un ritardando muy escénico, y la banda cierra de un golpe. Ya está. Así se canta y así se toca la música.

lunes, 29 de agosto de 2011

Santiago (y cierra España)

Voy a meter la pata otra vez. Lo sé.
He estado una semana en Galicia, y uno de los días he ido de visita a Santiago de Compostela. Creo que es la cuarta vez en mi vida que voy a Santiago. Hasta ahora no había observado detenidamente la fachada de la catedral. Es horrorosa. Es un engendro tremendo.
(He buscado imágenes grandes para que las cliquéis y las podáis analizar con detalle).
Se dice y se lee que esta excesiva vomitona de piedra fue encargada en el siglo XVIII al arquitecto Fernando de Casas Novoa para proteger el excelso Pórtico de la Gloria, que estaba deteriorándose mucho por la dura meteorología del lugar.
(Si era por eso, haberle puesto un plástico).
Está más que claro que este exceso pétreo no es un mero protector. (Un protector que se cargó parte de las figuras y que no deja ver bien la fachada original).

Esta fachada, como las demás (todas fruto de la fiebre barroca, ¿o profiláctica?) tiene su encanto, a pesar de todo. La humedad barniza la piedra con una pátina oscura y con una población de musgos, que, por contraste, brillan maravillosamente en los escasos ratos en los que sale el sol. Además, en esos raros momentos de potencia solar, el ringorrango de la disparatada composición crea relieves que son muy agradecidos a la hora de arrojar sombras.

Pero si nos plantamos en la Plaza del Obradoiro y miramos la fachada un rato veremos cuánta mentira, cuánta ampulosidad, cuánto disparate arquitectónico. Cada tramo de cada torre es de su padre y de su madre. Cada partición de la vidriera frontal tiene unas curvas y unas contracurvas que no se sabe a dónde van. Cada moldura, cada estatua, cada coliflor, cada boloncio, cada farfolla, son un más, y más, y más... hasta dejar exhausto al mismo Dios.
-Oiga, Don Fernando: ¿Y no podría haber puesto más columnas en cada torre?
-No me cabían más.
-¿Y un dinosaurio?
-No se me ocurrió.

jueves, 18 de agosto de 2011

Santiago Robinhoodrugeda

Esta mañana he escuchado en RNE1 al arquitecto sevillano Santiago Cirugeda.
Había visto obras suyas y leído sobre él, pero nunca le había escuchado. Me ha gustado su tono franco y su campechanía. Me ha gustado que en una hora tan tiesa, dedicada casi en exclusiva a los políticos, viniera hoy un joven al que se le escapaban los tacos.
En esta España percudida y sacudida por el capitalismo más corrupto, podrida de deudas y de choriceo, las propuestas provocativas y desafiantes de este arquitecto me oxigenan. Me hacen pensar, reconsiderar cosas que parecen sagradas e inamovibles y que, si lo miras durante tres segundos, no tienen razón de ser.
Santiago Cirugeda es un arquitecto al borde de la ley, un Robin Hood, un Spiderman, un Coyote... Alguien que aparece a trasmano de la autoridad competente, actúa de una forma muy marginal y se va.
Se ha hecho famoso ocupando azoteas y construyendo en ellas más de lo que la ordenanza permite, volando más allá de las alineaciones oficiales, actuando en edificios públicos sin permiso, ocupando solares, etc.
Es un experto en las construcciones ilegales, sin licencia, y en incendiar después los medios de comunicación y los vecindarios para montar el pollo. Y a ver quién es el guapo que lo tira.

viernes, 12 de agosto de 2011

Malaria, animales salvajes, congelación, caníbales.

Estamos en verano otra vez, y vuelvo a hacer un artículo muy chorra con la excusa de que es "el post veraniego". (El del año pasado está yendo muy bien. Tiene bastante éxito).
El motivo es que me he encontrado esta bonita sección, El ladrillazo del verano, en el suplemento Vivienda del periódico EL MUNDO.
Han acudido a diez conspicuos personajes de la sociedad española y les han hecho a todos las mismas diez preguntas prediseñadas para obtener evidentes respuestas demagógicas.
Me ha hecho gracia, porque una de las diez preguntas perennes es que digan tres razones para irse a vivir o no irse a vivir a Seseña.
Seseña es tristemente famosa en el mundo de "la vivienda". La hizo famosa "el personaje", como le dice uno de los preguntados. Y me veo, yo, que tanto he despotricado contra todo aquello, esperando que alguien diga algo amable de mi pueblo. Pero nada. No hay forma.

Tan sólo se sale de lo trillado Joaquín Reyes, que dice que no se iría a vivir a Seseña por la malaria, por los animales salvajes, por la congelación en invierno y por los caníbales. Si es por eso, vale. Pero al escritor superextraordinario (por cierto, muy bien parodiado por Joaquín Reyes en sus Celebrities) a lo mejor le tendríamos que decir los seseñeros que nosotros tampoco le querríamos por vecino. No sé. Es un decir.
Todos los entrevistados creen que Seseña es sólo aquel famoso episodio de urbanismo creativo. Bueno, qué se le va a hacer. Seseña es mucho más, como cualquier grupo de gente y de historias.
Influido por el escritor, y contagiado por su pertinaz y contumaz afán de protagonismo, os comento que hace tiempo escribí una novela sobre Seseña. Bueno, sobre mi familia seseñera. Pero al menos es algo más que asociar mi pueblo al pocerismo. Se ve que en ese pueblo ya hubo gente antes, y que no lo inauguró "el personaje".
Perdonad por este post, que se va demasiado de lo que yo quiero que sea mi blog, pero comprended que hace mucho calor y que no me centro, ni pienso con la suficiente claridad, y me dejo llevar por lo que veo en internet cuando curioseo.


martes, 2 de agosto de 2011

Una ocurrencia potente

Hace muchos años me contaron una ocurrencia muy buena de Sáenz de Oíza. No estoy seguro de que fuera exactamente así, pero se non è vero, è ben trovato.
Juan Huarte, aquel mecenas, encargó a Oíza el proyecto de unas torres de viviendas en Madrid, que deberían ser el estandarte de la empresa Huarte, de Oíza y de la arquitectura moderna española, europea y mundial. (Y así fue: Al final quedó una sola torre, aunque mantuvo el plural: Torres Blancas, y es uno de los edificios más importantes de la arquitectura europea y mundial de la segunda mitad del S.XX).

El encargo era tremendo, y Oíza barajó cientos y cientos de ideas, de influencias, de esquemas... Creo que todos hemos visto la planta wrightiana, la lecorbuseriana (llamadas así para simplificar), y otro montón de soluciones con muy diversos enfoques. Oíza se tomó el trabajo muy en serio. Trabajó muchísimo. Quiso explorar todas las posibilidades, atender a todas las influencias, a todas las voces que tenía en su interior.
Tuve la suerte de escuchar a Oíza unas cuantas veces en la Escuela de Madrid. Tenía la palabra rápida, nerviosa, apasionada. Gesticulaba, subía la voz. Parecía que te estaba contando una aventura. Mejor dicho: cualquier reflexión arquitectónica suya era una aventura.
En el largo proceso de concebir este endiablado proyecto tuvo que lanzar millones de ideas, en un brain storming agotador e inacabable. Me lo imagino, subiéndose y bajándose las gafas, nervioso siempre, inteligente, brillante, desafiante, provocador.