martes, 22 de febrero de 2011

Funcionalismo y chabolización


La maldición de la arquitectura es que a las pocas semanas de estrenarse un edificio se empieza a chabolizar, y a partir de ahí sigue chabolizándose sin parar. El arquitecto lo fotografía perentoriamente y se resigna a que desde ese mismo instante se vaya degradando sin solución ni esperanza.
Siguiendo con mis argumentos del otro día, sostengo que esa inevitable chabolización es fruto (un fruto malo, pero legítimo) de la adaptación funcional de los edificios.
Por ejemplo: en nuestro clima brutal las persianas son necesarias, pero son cutres. Por eso muchos arquitectos no las ponen. Las lamas, las celosías, las contraventanas, pueden hacer la misma función y son más elegantes; pero nada hay más elegante que el vidrio desnudo, enrasado a fachada. Corolario: Al conserje de la Fundación recién inaugurada le entra un sol implacable que le pega justo en la calva, y además, ponga como ponga la cabeza, ésta le hace sombra sobre el crucigrama. Y un conserje con el crucigrama en sombra es un asesino en potencia.
-Por favor, ¿el servicio de publicaciones?
-Segunda plantaaaaaaaa –ruge.
No aprecia la hendidura de luz que alegra su chiscón. No aprecia el cerezo retorcido de fuera, enmarcado por la rendija minimalista de la fachada. No aprecia nada. No puede defenderse con nada. Solución (mala pero necesaria): tres hojas del Marca pegadas con celo por la cara interior del vidrio.
Vale; no quiero decir que las pequeñas imprevisiones del arquitecto deban ser castigadas tan duramente. Hay estores rojos, azules, anaranjados, tostados. Hay polivinilos, hay tejidos, papeles japoneses… Hay de todo, pero sabed de una vez por todas que un conserje como Dios manda siempre pondrá el Marca.
La gente tiene la sensibilidad ahí; sí, ahí mismo. A cada carencia arquitectónica responderá de la manera más inmediata y tosca posible. Puro funcionalismo, sin pretensiones ni desvíos. Pura chabolización.

domingo, 20 de febrero de 2011

Ha muerto Antonio Miró

El pasado día nueve de febrero ha muerto el arquitecto Antonio Miró. (Y yo me he enterado ayer, diez días después, porque ha tenido a bien publicar su obituario EL PAÍS. Espero y deseo que su tocayo modisto viva muchos años; pero, si acaso muriera, ¿cuánto tardaría un periódico como EL PAÍS en publicar su necrológica? Seguramente saldría en los noticiarios de la televisión y todo. Perdonad esta reflexión amarga sobre la insignificancia de la arquitectura).
Su nombre ha ido ligado durante muchos años al de su compañero Fernando Higueras, fallecido hace tres años (30-1-2008). Se perpetúa el concienzudo cliché de la pareja de arquitectos en la que uno es el artista creador más o menos loco y disparatado y el otro es el racionalista sensato. Dejémoslo así: es un cliché que funciona. Higueras era creativo, barroco, exuberante, salvaje... y Miró era racional, trabajador, metódico, aplicado... Pues bueno. El caso es que juntos hicieron obras notables.



 ("Corona de espinas" de la ciudad universitaria de Madrid, concurso en Montecarlo y viviendas para militares en la glorieta de San Bernardo, de Madrid).

sábado, 19 de febrero de 2011

Karl Marx, escondido en ARCO

Todos los años lo mismo. Todos los años, cuando se celebra en Madrid la feria de arte contemporáneo ARCO, a los periodistas les sale la vena sarcástica, belenestebaniana, de santa indignación.
¿Pero es que no van a darse cuenta jamás de que es una feria y un mercado? Los galeristas exponen, y los coleccionistas compran. ¿Hay algún motivo para indignarse? El caso es que gracias a esa indignación ARCO permanece "en el candelabro" (por cierto: una expresión correcta).
ARCO no es la vanguardia del arte, ni tampoco la retaguardia. El Premio Planeta tampoco lo es de la literatura, ni los Oscars lo son del cine. Ya está bien de confundir el mullido pandero con los cuatro puntos cardinales.
Ayer (siempre lo mismo) la enviada de una emisora de radio a ese antro de perdición comentaba, entre cool e irónica, que una de las obras de arte expuestas era un sobre cerrado, con una foto de Marx en su interior, que no puede verse.

(Según el Diario de Sevilla, la foto es del mausoleo de Marx en Londres. Seguramente el periódico esté mejor informado que la enviada de la radio, pero eso a nosotros nos da igual).

Sea cual sea la fotografía que haya dentro del sobre, el comprador no lo podrá saber hasta el próximo 15 de septiembre, aniversario de la caída de Lehman Brothers. Es una crítica al capitalismo desaforado y demencial (crítica que, por cierto, se vende en euros). El comprador no sólo se compromete a no abrir el sobre hasta el 15 de septiembre, sino que también jura que, una vez que vea la foto, la volverá a guardar en el sobre y no la volverá a sacar hasta el siguiente 15 de septiembre. Y no sólo eso, sino que no pasará ni un solo 15 de septiembre sin que la foto salga de su celda y sea contemplada. Y así toda su vida.
-Le doy cita para la colonoscopia... a ver... ¿el quince de septiembre?
-Imposible, doctor. Tengo que sacar la foto del sobre.
Imagino que a su muerte, quien herede el sobre heredará también el compromiso. Y si lo adquiere un museo hará una jornada especial cada 15 de septiembre. El sobre, no hace falta decirlo, está vendido. Dicen los de ARCO que están muy contentos, vendiendo a mansalva. No me extraña.
Creo que esto es el paradigma de la Obra Abierta. El comprador quiere ser colaborador del artista, socio creativo con él, parte activa en el proceso. (El artista, no lo he dicho, es el chileno Alfredo Jaar). Si esto supone una renuncia, una incomodidad, un sufrimiento de alguna clase, mejor que mejor.

jueves, 17 de febrero de 2011

La verdadera arquitectura funcional

Creo que soy un funcionalista (más o menos), porque siempre he pensado que las cosas diseñadas para que funcionen bien son por ende hermosas.
(Eso mismo pensaba Fisac, que una tarde en la escuela nos contó que las mujeres hermosas lo eran porque "funcionaban" bien, y nos explicó diversos problemas de salud de las muy chatas, o muy narigonas, etc).
Bueno, pues cada vez estoy más convencido de que todo eso no es cierto. La arquitectura funcional que tanto amamos es más plástica que funcional. Mies no es funcional en absoluto (hace auditorios paralelepipédicos, sin importarle la acústica, iguales a museos, aulas o fábricas). Corbu tampoco (siempre le importa más la plástica que la función).
Yo pensaba que las máquinas de afeitar eran bellas (que lo son) porque eran funcionales (que lo son), pero ahora reparo en que los bordes de goma rugosa, dispuestos funcionalmente para que la afeitadora no se resbale de la mano, hacen hexágonos, rombos, olas, espirales, círculos, etc, totalmente caprichosos, pensados para ser bellos, y también tienen bellas combinaciones de colores. La idea es que funcionen, y luego la belleza es una propina añadida. Me parece muy bien, pero entonces no es verdad mi anterior creencia (y la de Fisac) de que sólo por funcionar bien ya se es bello. (El propio Fisac hizo algunos edificios muy bellos, y algunas vigas muy poco funcionales).
Creo que la verdadera arquitectura funcional es el "aquí te pillo, aquí te mato" de resolver los problemas de uso que se plantean a cada momento: Se me cuela la gente por aquí; solución: tapo este paso. Me entra agua por aquí; solución: lo cubro. Necesito más sitio; solución: cojo más. Necesito más altura aquí; solución: subo el tejado. Cada decisión resuelve un problema concreto, y la solución no mira estéticas ni demás chorradas. Funcionalismo puro:

La arquitectura funcional se experimenta continuamente, y se adapta a las nuevas necesidades de cada día. Nada de cocinas funcionales donde al final no puedo ni abrir una sandía gorda: Tabla y cuchillo. Y así todo.

sábado, 12 de febrero de 2011

El RAG de Bilbao: un edificio (im)-prescindible

La reciente entrada sobre "coleccionismo arquitectónico" surgió de un interesante, divertido y lúcido artículo de Pablo Martínez Zarracina (clicad el nombre) que me pasó Francis el otro día.
El artículo de Zarracina se titula "Adjetivos", y los pone muy bien. Al edificio del RAG lo llama "feo y carismático", y más cosas. Pero leed su artículo.
(Al final, lo de "bonito", lo tomo con cierta ironía. Es mucho mejor que sea "bueno", pero no vamos a discutir. En el contexto que él lo dice me parece muy bien).
El moribundo edificio del RAG es un edificio como tantos, uno más, sin mayor mérito ni atractivo. Responde a su época y está muy bien hecho. Eso es todo.


Bilbao está lleno de edificios así, con la esquina redondeada. Y Madrid también. La típica esquina de un cine o de un bloque de pisos de los años treinta y cuarenta. Una moda. Una moda de ser limpio, de abrir los huecos con nitidez, de marcar con discreción y elegancia las tiras de ventanas y el ritmo de los pilares.
Es un edificio en el que uno ni se fija al pasar, uno de tantos. Muy bien hecho, muy bien pensado. Con todo en su sitio. Un edificio que ya me gustaría ser capaz de hacer.


Pero hace ya tiempo que ha quedado obsoleto. Incluso tenía una gasolinera en planta baja. (Como dice Zarracina, eso entonces no asustaba a nadie, como ver a un médico pasar consulta con el cigarrillo en la boca).

viernes, 11 de febrero de 2011

Así que era humano

Acabo de escuchar en la radio que Santiago Calatrava ha sido imputado en el caso "Palma Arena" y ha tenido que ir a declarar. Se presume que pagó comisiones para que le encargaran un trabajo.
A mí Calatrava no me gusta demasiado (vamos, que no me gusta nada). Su arquitectura me parece efectista, antifuncional, caprichosa, antieconómica y, por lo tanto, fea, muy fea.
Además, es un arquitecto-estrella endiosado y muy antipático. Otros arquitectos-estrella son grandes comunicadores, grandes showmen, gente muy atractiva. Pero este señor, las pocas veces que le he visto en la tele, me ha parecido siempre muy soberbio y muy seco.
Pues bien. La noticia de su imputación, en vez de colmar el vaso de mis odios, de pronto me lo acerca, me lo hace humano, me produce simpatía.
Resulta que el gran superarquitecto, el artista que presuntamente hacía babear a alcaldes y presidentes de comunidades autonómicas (véase mi entrada anterior sobre coleccionismo arquitectónico) tenía que bajarse los pantalones, como todos. Tenía que hacer cualquier cosa por obtener un encargo, como todos. De pronto le veo a mi lado, en una rotonda conmigo, expuesto, solícito. Así que no estaba en el Olimpo, sino en la rotonda, enseñando pierna y escote.
Y no salgo de mi asombro, porque de verdad que me creía que esta gente estaba a salvo de esto. (Pensé que podría estar en otras cosas, incluso más turbias; pero no en ésta).
Así que si quería un encargo tenía que pasar por el aro. Pues me solidarizo con él. No es que quiera que le condenen, entendedme; pero si le condenan me caerá mejor y tendrá mi apoyo moral.
Acabaremos dando vivas a la corrupción, y diciendo que la corrupción era vida, y no esta miseria en la que estamos. Al tiempo.

martes, 8 de febrero de 2011

Coleccionismo arquitectónico

En los últimos años boyantes, antes de la crisis, se llegó a rizar un extraño rizo: Se pasó del afán hormigonero al éxtasis arquitectónico. Quizá fue una catarsis, o una revelación, o un acto final de sacralización y purificación, una justificación y una dignificación de la pasta gansa. Probablemente los beneficiarios del truco del almendruco de comprar por cien, menear el cotarro y vender por mil, acabaron creyéndose su propia magia, e invocaron a la sacrosanta arquitectura como sacerdotisa de esa nueva religión del pelotazo cósmico.
El caso es que se hablaba de arquitectos (no tanto de arquitectura, pero algo es algo).
Bueno, pues no estuvo mal que de tan sorprendente actividad económica se desprendiesen el interés y la atención por los arquitectos (aunque fuese de manera anecdótica, lateral y hojarrabanil).
Por todas partes se hablaba de los "arquitectos-estrella", y de su poder mágico y curativo para resolver todos los problemas urbanos, estéticos e incluso sociales. La gente conocía nombres de arquitectos no tanto como los de futbolistas (qué más quisiéramos), pero al menos como los de pintores y escritores, algo nunca antes pensado.
Se hacían chistes sobre arquitectos porque se sabía que el público los iba a entender.
(Este fenómeno, aunque característico de España, ocurría en todo el mundo).


El poder mágico hizo que la sola invocación de un nombre famoso ya significara de antemano que cualquier difícil problema urbano se iba a solucionar. Y la verdad es que así fue muchas veces.
Los alcaldes y los presidentes de comunidad hablaban de Rafa, de Zaha, de Jean, de Rem, de Arata, de Álvaro, de Norman o de Santi (sobre todo de Santi) como de amigos íntimos y valedores glamurosos. Se convirtieron en coleccionistas arquitectónicos como otros se hacen (nos hacemos) coleccionistas numismáticos.
Hay que reconocer que se trata de grandes arquitectos y que han hecho una gran labor.
Uno de sus mayores éxitos como “colectivo” ha sido la ciudad de Bilbao.

viernes, 4 de febrero de 2011

Arquitectura bolchevique en el Caixafórum

Veo que las dos entradas que dediqué a Leonidov no han suscitado vuestro interés. A mí me emociona. Cuando veo la enorme cantidad de dibujos y maquetas que se quedaron en el fracaso, se me humedecen los ojos. Y cuando veo su única obra, el bodrio ampuloso que construyó, lloro desenfrenadamente.
Vuelvo a llamar vuestra atención sobre la emocionante, magnífica, fracasada arquitectura vanguardista soviética.
El Caixafórum de Barcelona muestra una exposición sobre la arquitectura de la revolución. Creo que no nos la debemos perder. Estará en Barcelona hasta abril, y en Madrid a partir de mayo. Yo quiero verla en Madrid. A ver si quedamos.

No quiero hacer comentarios políticos. No soy anticomunista, ni procapitalista, ni tampoco lo contrario. Pero hay que decir (y a voces) que la revolución bolchevique usó a los arquitectos vanguardistas (y a pintores, escultores, poetas...) como chivos expiatorios, como a primos, para ayudar a revolver el caldero. Pero cuando triunfó se instaló en los palacios neoclásicos.
A Stalin le gustó el neoclásico, y los grandes murales de musculosos obreros sacando las castañas del fuego.
Desde el ignominioso Palacio de los Soviets hasta el absurdo Metro de Moscú hay infinitas muestras de megalomanía kitsch ensuciando el nombre de la revolución.
Y las poquísimas obras vanguardistas que llegaron a construirse están que se caen a trozos. Los nuevos oligarcas tampoco van a poner ni un dólar (sí, dólar) para restaurarlas. Vistas así las cosas, lo mejor va a ser que se caigan y desaparezcan de una vez.

martes, 1 de febrero de 2011

De mapas y planos


En la película En busca del fuego, tres arriesgados homínidos se aventuran por un inmenso territorio para buscar el fuego que han perdido.
Tal vez la aventura entera transcurra en unos pocos kilómetros, pero la sensación de inmensidad es vertiginosa (otra vez el vértigo horizontal), y el que al final de todo consigan volver con su clan parece un milagro.
El territorio es inabordable, el planeta es inhabitable. No hay otra opción que vagar, que viajar perdidos de por vida.
El territorio no es que sea inmenso, es que es infinito. Porque, al no poder medirlo ni cartografiarlo, es imposible saber de cuánta “cantidad” de espacio se trata. Da igual que el mundo tenga cien kilómetros cuadrados o cien mil millones. La única experiencia visual es el horizonte, y al horizonte nunca se llega; nunca se acaba.
Y va el ser humano, que no puede soportar tal barbaridad, y cuadricula el mundo, y lo amojona, y lo mide, y se apropia de él.
Un mapa es la prueba palpable de la inteligencia humana, pero, sobre todo, del optimismo humano, de la voluntad y de la confianza.
Un mapa es el precipitado sólido y literal de la idea de Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación. (Vale, ya sé que la obra de Schopenhauer no va de eso, pero en una lectura retorcida yo le veo la relación). Un mapa es la representación del mundo, pero, sobre todo, la plasmación de la voluntad humana.
Yo no sé, no quiero, ir por la vida sin señalar en un mapa mi paso por el mundo, sin conocer en un mapa dónde estoy, qué es de mi insignificante yo en este marasmo.
Mapas con itinerarios en rotulador, mapas con chinchetas de colores, mapas con todo tipo de anotaciones. Planos de ciudades. Mapas y planos plegados, arrugados, o extendidos en la pared, enmarcados o clavados a un panel de corcho.
Mi amigo Miguel Ángel Ballesteros tiene varias pasiones: una es la de las monedas antiguas, muy antiguas. Otra es la de los mapas. Os dejo varias imágenes, fascinantes, que me ha proporcionado de un mapa de la Península Ibérica de hacia 1605, basado en las planchas de Mercator pero modificadas por Hondius y Van der Keere.